Historias de Navidad (y 24) con música: “Es víspera de Nochebuena”, por Didac.

Moto perpetuo de Paganini, interpretado por Evelyn Montmoreau (piano)  y Didac Martí-Filosía (violín), en exclusiva para “El rincón de tatojimmy”.

Es víspera de Nochebuena.

El barrio de Torrero, el barrio alto; también el barrio de la antigua cárcel, allí el canal imperial y la Ferretería de Bizén. Como cada víspera de Nochebuena poco personal se acercaba al negocio y las horas se tornaban de tedio para el ferretero; entre cajas y albaranes, miraba siempre por el amplio escaparate el deambular de la gente, los niños y sus madres, los gorros las bufandas y los guantes y ese escaparate con los adornos navideños que Bizén se resistía a renovar.

Un feliz Navidad de corcho blanco y un nacimiento que cada año con meticulosidad instalaba dentro de una estufa; para los niños del barrio el nacimiento de la Ferretería era todo un clásico, pastores, reyes magos, La Virgen y San José con el niño y en la esquina del molino, entre el pozo y el riachuelo, un pastorcillo, un poco más grande que el resto de figuras ordenadas en estilo; era de plástico y llamaba la atención porque tocaba un violín.

Puntualmente el 7 de Diciembre, Bizén colocaba el Belén en el escaparate entre radiales, taladros y estufas de leña y queroseno, primero el nacimiento, luego, reyes, pozo, castillo de Herodes y por último el pastor violinista, y esa tarde como un conjuro el tiempo corría hacia atrás hasta esos 24 inviernos recién cumplidos. Tarde de frío y bata gris algo raída heredada de su padre, cuando se abrió la puerta de la tienda, Bizén levantó la vista del mostrador, allí estaba. Pantalones príncipe de gales, un chaquetón azul marino y una gran bufanda de cuadros, debajo de su brazo derecho una funda de violín

-¿Tiene candados?

-Sí, ¿Qué tamaño?

Poco importaba, Bizén estaba perdido en el azul de esos ojos, en su mentón afilado, y sobre todo en esa voz susurrante. No había gente, hablaron de frío, de música, de esos ochenta cuya travesía empezaba y poco a poco las miradas. Un rumor de sentidos danzando por la piel al compás de cada gesto. Poco a poco la noche se hacía dueña de un instante de frió que se veía acorralado por un tormenta de pasión por estallar.

Y en la complicidad de una orilla del canal, sus bocas encontraron la razón del momento, poco importaba ese frío, y nada el haber cerrado la tienda antes de tiempo, fue ese momento que toda una vida se espera y que toda una vida se añora; millones de caricias como un arco batiendo cuerdas de violín, asomarse al vértigo de lo deseado en una tarde de colores cenicientos con aromas de ciudad que se hace mayor y se torna cómplice de lo que por bello es prohibido.

-¿Volveremos a vernos?

-Mañana me marcho, he venido con una orquesta para tocar en la cárcel esta noche

Un último beso de portal, una sombra que se pierde entre el vericueto de calles de Torrero, es siete de Diciembre, las manos de Bizén están frías, busca el calor de sus bolsillos, allí entre las yemas de sus dedos, algo llama su atención, lo mira, y el brillo de sus ojos se vuelve a encender con la pasión vivida hace unos instantes; es un pastorcillo tocando el violín.

El ruido de la puerta devuelve a Bizén a la realidad, a sus actuales 50 inviernos, sus mejillas se enrojecen, sus ojos brillan, por la puerta un chico, unos 22 años, pantalón vaquero, chaquetón negro y un pañuelo palestino, colgada de su espalda una funda de violín, es víspera de noche buena.

-Hola ¿Cuánto vale el pastorcillo que toca el violín?

-No está a la venta forma parte de la vida de esta tienda.

El muchacho sonríe, Bizén también, aunque sus mejillas siguen enrojecidas, mira la cara del joven, sus ojos son verdes, su sonrisa le recuerda una música que creía olvidada.

-Una lástima me ha gustado mucho la figura, gracias y…. ¡buenas tardes!

-¡Espera!, no te vayas, toma te regalo un candado para tu funda de violín.

La noche recorre las calles de Torrero, niños madres gorros y bufandas y una música que nadie puede escuchar suena en una orilla del canal.

Historias de Navidad (23)

Su madre seguía en la cocina. Eran 12 a cenar. Todavía quedaban cosas que preparar. Le dolía dejar a su madre con todo a medio hacer… pero Ana como todos los años, tenía una cita. Como siempre, su hermano y su cuñada se escaqueaban de los preparativos y solo habían aparecido para dejar a los niños, y volver a irse a todo correr.

Sin hacer ruido se puso el abrigo y la bufanda. Echó un vistazo al salón, en donde se cumplia otra de las tradiciones familiares de todos los años: estaban sus hijos y sus sobrinos con el abuelo, rodeándolo y escuchándole. Sonrió. Su padre seguía teniendo esa capacidad de encandilar a los niños. Tenía una imaginación desbordante, y una voz casi hipnótica. Los miraba además directamente a los ojos, lo que le daba mayor poder sobre ellos. Les hacía sentirse importantes, y parte de las historias que contaba. Cuando se giraba hacia la puerta de la casa, fue solo un segundo, pero percibió que él la había mirado. Y que él sabía.

Siempre sabía. La miraba, y siempre leía dentro de ella. Pero callaba.

Hacía frío en la calle. Ya había anochecido. No tardó nada en llegar. Estaba a poco más de dos manzanas. Era su parque. Poco había cambiado en todos esos años. Los juegos de los niños eran nuevos, y ahora no había arena debajo, sino ese suelo especial que evitaba que los niños se hicieran daño si se caían. Y que evitaba que luego los niños dejaran toda la casa llena de arena. Recordaba como su madre se desesperaba porque cuando volvía a casa y se ponía el pijama, iba dejando un reguero de arena por toda la casa. Los árboles, muchos de ellos apenas plantones, eran más frondosos ahora, y los que, en aquel tiempo eran ya árboles adultos y frondosos, alguno ya había cumplido su círculo vital y lo habían tenido que talar y sustituirlo por otro.

Nerea era su mejor amiga. Pasaban todo el tiempo del mundo juntas. Jugaban, y soñaban. Todo el tiempo se lo pasaban imaginando historias. Hablaban de chicos, de príncipes azules. Una empezaba, y la otra enseguida cogía el hilo, y iban tejiendo una historia llena de fantasía, de caballeros, de espadas y princesas: “El Rey, todos en pie” decía Nerea. “Pero el Príncipe Tomás, no se levantó, porque quería retar al rey, que le había quitado a su novia con malas artes”, seguía Ana. “Y el rey lo miró desafiante, aunque temeroso: sabía de las habilidades del príncipe Tomás con la espada, y lo temía” dijo Nerea. Y luego iniciaban una palea a espada, en la que el Rey tendía una trampa al Príncipe Tomás, y éste moría, pero su maldición persiguió al Rey durante toda su vida… y bla… y bla…

– Llega D. Clodomiro de la Firme Corteza – gritaba Nerea encima del árbol, haciendo de vigía.

– Abran las puertas del castillo – gritaba a su vez Ana, como oficial de guardia en la puerta principal.

– ¡Niñas! – Sus madres venían a buscarlas. Era ya casi la hora de la cena… Nochebuena…

– Juguemos al escondite – propuso Nerea a su amiga.

Y así lo hicieron. Ana se alejó unos pasos y se escondió detrás de un seto que bordeaba a un banco. Su amiga seguía en lo alto del árbol.

De repente, un grito: Nerea.

Otro grito: su madre.

Un grito salido de las entrañas, desgarrador: la madre de Nerea.

Ana estaba sentada ahora en ese banco tras el que se escondió. No era el mismo. El árbol, sí. Estaba en frente. Pero ya no había la misma verja debajo. Esa maldita verja. No recuerda nada de lo que sucedió en el mundo “palpable” a partir de aquel grito. Lo poco que sabe, se lo contó su madre después. Dentro de su cabeza, como parte de ese mundo que habían creado ella y su amiga, recuerda perfectamente su conversación con ella. Ana se enfadaba, Nerea sonreía. Ana se quedaba, Nerea se iba… sonreía. “¡Cuida de mamá!” “¡Y de Tomás!” Ana protestaba, pataleaba… se quedaba. Nerea se iba… “Pero siempre estaré contigo”, la decía…

Su madre la encontró un rato después. Estaba llorando, y tiritaba de frío. Estaba acurrucada en el suelo, abrazada a sí misma con fuerza, tanta que se clavó las uñas en los brazos. Su madre la abrazó fuerte mientras la susurraba al oído algo que no recuerda en absoluto, pero que tuvo la capacidad de conseguir que se tranquilizara.

– ¡Mamá!

Salió de su ensimismamiento al ver a su madre sentarse. Instintivamente miró al reloj, era ya tarde. La cena, los niños…

– Perdona, se me… ¿Y la cena?

– Tú hermano se ha equivocado y ha llegado antes de lo normal, así que les he puesto el mandil a él y a Elvira. Por un día… – su madre la sonreía. De esa forma especial.

– ¿Y Tomás?

Su madre no respondió. Ana suspiró compungida.

– La he fallado, mamá.

– No… no Ana. No. ¿Por qué dices eso?

– Me dijo que cuidara de su madre, y de Tomás… y su madre se fue poco después desesperada por el dolor, y… Tomás se irá hoy, o mañana, o el mes que viene…

– Ana, eso no es culpa tuya, ni de nadie. Son cosas que pasan en la vida. Nerea sabe que has puesto todo de tu parte, hija… aunque lo de Tomás no lo haya entendido nunca.

– Se lo prometí…

– No te pidió que te casaras con él…

– La he fallado en todo… ni siquiera pude mirarla…

– Eras una niña, la querías mucho… era mejor que no la vieras así. Ella lo quiso así, por eso te habló y te mantuvo en este banco.

– Pero…

– Ana, respóndeme a una cosa: ¿Querrías que Vicente que tiene ahora 11 años, viera a Aitor con una verja atravesándole el pecho?

Ana no respondió, pero sus hombros se hundieron.

– Sabes, mamá, la sigo sintiendo a mi lado. A veces hablo con ella… incluso la veo. Siempre sonriente… me da fuerzas para seguir…

– Lo sé… por eso no debes… tienes unos hijos maravillosos. Nerea sonríe, quizás porque quiere que tú sonrías también. Sabes, desde esa Nochebuena, no has sonreído otra vez como antes…

– Es que era tan importante para mí… no hacía falta hablar entre nosotras… era como si fuéramos las dos una. Era, fue, como si yo misma ese día me partiera en dos… desde ese día me falta una parte de mí.

– Y lo seguís siendo… porque la tienes aquí, no te falta nada – y su madre le tocó el corazón – Y nunca te abandonará. Pero tienes que salir adelante, por ella… por ti… y por tus hijos. Y por tu padre que te adora.

– Oye, mamá ¿Nunca pensaste que ese grito fuera mío?

Su madre antes de contestar dio un pequeño suspiro.

– Las madres, ya debes saberlo, tenemos un sexto sentido. Yo sabía que nada te había pasado. Lo sentía. Carmen supo inmediatamente que su hija se había ido. No necesitó verlo – se calló unos instantes mientras miraba a su hija – Habrá que ir para casa.

– ¿Te importa… ?

Su madre se levantó del banco, y se agachó a darla un beso en la cabeza y emprendió el camino de vuelta hacia su casa. Mientras su hija se quedó en el parque un rato más, charlando con Nerea, su amiga, y contándola que se iba a separar de Tomás.

– Es que es bobo, Nere. Menos mal que los niños no han salido a él. Son todos iguales a mi padre. Y pensar que siempre le dábamos el papel de Príncipe Azul… Además tengo una buena noticia… ¡Vas a ser tía otra vez, Nere! Y va a ser otro chico… lo siento.

Historias de navidad (22).

Esmeralda es idiota. A Fernando no hay quién lo soporte. Papá está como siempre, intentando estar por encima de todos. Mamá calla. Los niños están para matarlos, de lo pesados y mal criados que están.

Debo decidir si perdono a Nicolás su falta de entrega hacia mí. Su falta de apoyo y confianza. Me dicen que fue una forma de huir de su impotencia, de no saber cómo actuar. No está preparado para la lucha. ¿Alguien lo está?

Va a venir ahora Rosa. Es sincera siempre. Pero a veces se confunden en ella la sinceridad y la falta de todo sentimiento. Ella lo llama de la primera forma, los demás, alguna vez hemos pensado que es la segunda. Y siempre hay quién te cuenta, sobre todo si eres capaz de crear un ambiente de confidencias en el que nada de lo que se diga va a ser tenido en cuenta, aunque no sea así, lo que dijo de uno.

Nadie es perfecto, dijo aquel. Y el otro también lo dijo. Otro apuntó que quién decía esto, es que no lo era, y quería disculparse ante el mundo, y que había perdido la batalla por serlo. Pero en verdad, “quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. ¿Quién no mete la pata alguna vez?

Les miro a todos, y sabes, paso. Paso de todas sus tonterías. Quiero vivir, quiero reír. Quiero amar, y follar, por qué no. ¿Pasa algo por decir que quiero follar? Todos lo queremos, pero solo algunos lo decimos en voz alta. Nicolás folla bien.

Tenerlo todo perdido, estar clínicamente muerto durante unos instantes, te da otra perspectiva de las cosas. Quiero disfrutar, quiero reír… me repito, ya lo sé. Pero es que lo quiero… no sé si la próxima vez voy a tener la misma suerte. Pero mientras lo descubro, que los demás asuman sus gilipolleces y se queden con ellas. Yo intentaré exprimir lo que me llena de cada uno. Y lo disfrutaré. Y luego le diré a Rosa, cuando estemos solos, que es una prepotente, que se disfraza de sincera y que tiene encendido el cartel de “ofendida” continuamente. Que ya le vale el juego.

A Nicolás le preguntaré después de follar esta noche, si le gustó cuando lo hizo con Guillermo, mientras yo estaba en la UCI. Le debió gustar, según me contó un alma caritativa, lo hicieron al menos veinte veces. O treinta. Mi confidente nunca ha sido bueno con los números.

A mi puto hermano le voy a decir un par de cosas sobre sus putos críos. Parece mentira con lo cuadriculado y corta-rollos que ha sido siempre, y que ahora consienta a sus hijos todo. Que los deje en su puta casa ¡joder! ¡Herodes, ven a mí!

Pero todo con buen rollo. (respira hondo) Todo para disfrutar. (otra vez… inspira… expira) Y pienso sacar lo mejor de todos, y disfrutarlo. Me repito, ya lo sé. Lo mejor de todos. (tranquilo)

No… no debo ponerme así. No… no debo dejar llevarme por los demonios. No… así… no, ¡coño!, esto no era lo planeado, esto no era el espíritu que yo quería para estos días… ¡Joder! Le voy a partir la crisma a este jodido de Nicolás que me ha puesto los cuernos el desgraciado de él, cuando más lo necesitaba. Y la puta Rosa se va a enterar, la jodida… ¿Como se atreve a decir que me estaba bien empleado todo lo que me pasara, la jodida? ¡La parto la…!

– ¡Feliz navidad!

Me quedo mirándola. Es la tía Juani.

Sonrío. La tía Juani. Un cielo, la tía Juani.

– ¡Feliz Navidad tía! ¡La vida es maravillosa! (cualquiera le dice lo contrario… con lo inocente que es, la pobre)