Historias de Navidad (23)

Su madre seguía en la cocina. Eran 12 a cenar. Todavía quedaban cosas que preparar. Le dolía dejar a su madre con todo a medio hacer… pero Ana como todos los años, tenía una cita. Como siempre, su hermano y su cuñada se escaqueaban de los preparativos y solo habían aparecido para dejar a los niños, y volver a irse a todo correr.

Sin hacer ruido se puso el abrigo y la bufanda. Echó un vistazo al salón, en donde se cumplia otra de las tradiciones familiares de todos los años: estaban sus hijos y sus sobrinos con el abuelo, rodeándolo y escuchándole. Sonrió. Su padre seguía teniendo esa capacidad de encandilar a los niños. Tenía una imaginación desbordante, y una voz casi hipnótica. Los miraba además directamente a los ojos, lo que le daba mayor poder sobre ellos. Les hacía sentirse importantes, y parte de las historias que contaba. Cuando se giraba hacia la puerta de la casa, fue solo un segundo, pero percibió que él la había mirado. Y que él sabía.

Siempre sabía. La miraba, y siempre leía dentro de ella. Pero callaba.

Hacía frío en la calle. Ya había anochecido. No tardó nada en llegar. Estaba a poco más de dos manzanas. Era su parque. Poco había cambiado en todos esos años. Los juegos de los niños eran nuevos, y ahora no había arena debajo, sino ese suelo especial que evitaba que los niños se hicieran daño si se caían. Y que evitaba que luego los niños dejaran toda la casa llena de arena. Recordaba como su madre se desesperaba porque cuando volvía a casa y se ponía el pijama, iba dejando un reguero de arena por toda la casa. Los árboles, muchos de ellos apenas plantones, eran más frondosos ahora, y los que, en aquel tiempo eran ya árboles adultos y frondosos, alguno ya había cumplido su círculo vital y lo habían tenido que talar y sustituirlo por otro.

Nerea era su mejor amiga. Pasaban todo el tiempo del mundo juntas. Jugaban, y soñaban. Todo el tiempo se lo pasaban imaginando historias. Hablaban de chicos, de príncipes azules. Una empezaba, y la otra enseguida cogía el hilo, y iban tejiendo una historia llena de fantasía, de caballeros, de espadas y princesas: “El Rey, todos en pie” decía Nerea. “Pero el Príncipe Tomás, no se levantó, porque quería retar al rey, que le había quitado a su novia con malas artes”, seguía Ana. “Y el rey lo miró desafiante, aunque temeroso: sabía de las habilidades del príncipe Tomás con la espada, y lo temía” dijo Nerea. Y luego iniciaban una palea a espada, en la que el Rey tendía una trampa al Príncipe Tomás, y éste moría, pero su maldición persiguió al Rey durante toda su vida… y bla… y bla…

– Llega D. Clodomiro de la Firme Corteza – gritaba Nerea encima del árbol, haciendo de vigía.

– Abran las puertas del castillo – gritaba a su vez Ana, como oficial de guardia en la puerta principal.

– ¡Niñas! – Sus madres venían a buscarlas. Era ya casi la hora de la cena… Nochebuena…

– Juguemos al escondite – propuso Nerea a su amiga.

Y así lo hicieron. Ana se alejó unos pasos y se escondió detrás de un seto que bordeaba a un banco. Su amiga seguía en lo alto del árbol.

De repente, un grito: Nerea.

Otro grito: su madre.

Un grito salido de las entrañas, desgarrador: la madre de Nerea.

Ana estaba sentada ahora en ese banco tras el que se escondió. No era el mismo. El árbol, sí. Estaba en frente. Pero ya no había la misma verja debajo. Esa maldita verja. No recuerda nada de lo que sucedió en el mundo “palpable” a partir de aquel grito. Lo poco que sabe, se lo contó su madre después. Dentro de su cabeza, como parte de ese mundo que habían creado ella y su amiga, recuerda perfectamente su conversación con ella. Ana se enfadaba, Nerea sonreía. Ana se quedaba, Nerea se iba… sonreía. “¡Cuida de mamá!” “¡Y de Tomás!” Ana protestaba, pataleaba… se quedaba. Nerea se iba… “Pero siempre estaré contigo”, la decía…

Su madre la encontró un rato después. Estaba llorando, y tiritaba de frío. Estaba acurrucada en el suelo, abrazada a sí misma con fuerza, tanta que se clavó las uñas en los brazos. Su madre la abrazó fuerte mientras la susurraba al oído algo que no recuerda en absoluto, pero que tuvo la capacidad de conseguir que se tranquilizara.

– ¡Mamá!

Salió de su ensimismamiento al ver a su madre sentarse. Instintivamente miró al reloj, era ya tarde. La cena, los niños…

– Perdona, se me… ¿Y la cena?

– Tú hermano se ha equivocado y ha llegado antes de lo normal, así que les he puesto el mandil a él y a Elvira. Por un día… – su madre la sonreía. De esa forma especial.

– ¿Y Tomás?

Su madre no respondió. Ana suspiró compungida.

– La he fallado, mamá.

– No… no Ana. No. ¿Por qué dices eso?

– Me dijo que cuidara de su madre, y de Tomás… y su madre se fue poco después desesperada por el dolor, y… Tomás se irá hoy, o mañana, o el mes que viene…

– Ana, eso no es culpa tuya, ni de nadie. Son cosas que pasan en la vida. Nerea sabe que has puesto todo de tu parte, hija… aunque lo de Tomás no lo haya entendido nunca.

– Se lo prometí…

– No te pidió que te casaras con él…

– La he fallado en todo… ni siquiera pude mirarla…

– Eras una niña, la querías mucho… era mejor que no la vieras así. Ella lo quiso así, por eso te habló y te mantuvo en este banco.

– Pero…

– Ana, respóndeme a una cosa: ¿Querrías que Vicente que tiene ahora 11 años, viera a Aitor con una verja atravesándole el pecho?

Ana no respondió, pero sus hombros se hundieron.

– Sabes, mamá, la sigo sintiendo a mi lado. A veces hablo con ella… incluso la veo. Siempre sonriente… me da fuerzas para seguir…

– Lo sé… por eso no debes… tienes unos hijos maravillosos. Nerea sonríe, quizás porque quiere que tú sonrías también. Sabes, desde esa Nochebuena, no has sonreído otra vez como antes…

– Es que era tan importante para mí… no hacía falta hablar entre nosotras… era como si fuéramos las dos una. Era, fue, como si yo misma ese día me partiera en dos… desde ese día me falta una parte de mí.

– Y lo seguís siendo… porque la tienes aquí, no te falta nada – y su madre le tocó el corazón – Y nunca te abandonará. Pero tienes que salir adelante, por ella… por ti… y por tus hijos. Y por tu padre que te adora.

– Oye, mamá ¿Nunca pensaste que ese grito fuera mío?

Su madre antes de contestar dio un pequeño suspiro.

– Las madres, ya debes saberlo, tenemos un sexto sentido. Yo sabía que nada te había pasado. Lo sentía. Carmen supo inmediatamente que su hija se había ido. No necesitó verlo – se calló unos instantes mientras miraba a su hija – Habrá que ir para casa.

– ¿Te importa… ?

Su madre se levantó del banco, y se agachó a darla un beso en la cabeza y emprendió el camino de vuelta hacia su casa. Mientras su hija se quedó en el parque un rato más, charlando con Nerea, su amiga, y contándola que se iba a separar de Tomás.

– Es que es bobo, Nere. Menos mal que los niños no han salido a él. Son todos iguales a mi padre. Y pensar que siempre le dábamos el papel de Príncipe Azul… Además tengo una buena noticia… ¡Vas a ser tía otra vez, Nere! Y va a ser otro chico… lo siento.

7 pensamientos en “Historias de Navidad (23)

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