Los regalos perdidos: un cuento de Navidad (I).

Previo:

Se me había olvidado deciros que este relato bebe de una historia que publicó en su momento el amigo Saiz en su blog, que fue fruto del juego de tres amigos en una noche de verano, y que di por titular “El arcón de los sueños perdidos” y que podéis leer pinchando aquí.

Y sin más, ahora sí, empezamos:

____________

Hacía ya un rato que la primera tanda de los fuegos artificiales parecían haber acabado. La noche había recuperado el silencio que se la presupone, y más si estás en un pueblo pequeño.

La segunda tardaría aún una hora.

Su abuela se había enfadado porque no había querido ir con ellos al centro del pueblo. Allí, todos los vecinos y sus familias se juntaban para hacer su particular despedida del año. Un niño vestido de ángel, golpeaba con un mazo el gong artesanal, al que algunos mal pensados y con poco sentido del humor hubieran llamado: “paellera”. Después, la primera tanda de fuegos. De los que se compran en las tiendas. “De los caseros” como decían algunos, para dotarlos de cierto empaque.

Y a la una, la segunda tanda, por lo de Canarias y por aquellos que preferían ver la televisión comiendo las uvas.

Y luego el cava, el baile, las risas, los ligues, los chicos corriendo por el pueblo…

A Ebro no le apetecían todos esos fastos y divertimentos. Precisamente, si se había decidido a pasar el fin de año con sus abuelos, era por escapar de la asfixia a la que su madre le había querido someter, y el hecho constatable de que el año anterior lo había conseguido. Parecía empeñada en que ni él ni su hermano Enrique sintieran en nada que sus padres se habían separado. Les programaba infinidad de cosas divertidas, maravillosas, rodeados de amigos, de familiares, de regalos… Lo que habían conseguido es que su hermano se hubiera buscado un viaje a Alemania con cualquier excusa y que él se hubiera decidido por visitar a los abuelos desde el 28 de diciembre hasta que tuviera que volver a las clases.

Sus viejos se habían divorciado y ya estaba. Punto. Estaba superado… y esa ilusión, la de que siguieran siendo una familia feliz y unida, ya estaba encerrada en “El baúl de los sueños perdidos”. “No problem” le decían los dos a su madre cuando volvía con la matraca. Ebro y su hermano Enrique era de hecho en lo único que estaban de acuerdo. El resto de temas o situaciones que compartían variaban entre la indiferencia supina y la pelea a puñetazos eso sí, la mayor parte de las veces verbales.

Su madre no entendía nada. Miraba a su hijo y pensaba que su melancolía era debida a eso. Estaba tan centrada en asumir que su matrimonio había fracasado, que se creía que eso mismo, lo que a ella la agobiaba, era lo que preocupaba al resto del Universo. Pero éste era demasiado grande para que ese nimio problema de uno de sus habitantes, fuera lo que apesadumbrara al resto de sus moradores.

Ebro se volvió a sentar en la butaca al lado de la chimenea. Los reflejos de las llamas jugaban con las sombras de la noche, formando curiosas figuras, como si fueran un ballet y estuvieran interpretando “El lago de los cisnes”.

.

.

Ebro había empezado a estudiar música ese año. Solo llevaba unos meses con el solfeo. Posiblemente estudiaría violín. Su madre le decía que mejor era que aprendiera a tocar la guitarra, porque luego en las fiestas, con los amigos, era como más “cool” que tocara un par de canciones a la guitarra, que eso levantaba cualquier fiesta y le haría popular. Pero él pensaba tocar bellas baladas irlandesas o gallegas, en las que el sonido desgarrado del violín, penetraría por cada uno de los poros de los que estuvieran escuchando. Aunque alguna vez se había visto en sus sueños tocando la trompeta y levantándose como en las orquestas esas americanas. Incluso a veces se había visto tocándola con sordina…

Además, Ebro no tenía amigos ante los que tocar, ni guitarra, ni violín. Ni siquiera trompeta, la cual armaba demasiado estruendo para estar practicando a todas horas. Entonces, no debía preocuparse porque fuera mejor recibido entre sus amigos con una guitarra que con un violín.

– Violín – le dijo seguro a su madre, llevándola una vez más la contraria. Su madre refunfuñó y volvió a pensar que su hijo tenía esa actitud por el divorcio.

Ya habían pasado tres años desde que se encontrara con “El baúl de los sueños perdidos” en el desván de sus abuelos. Aquello fue una liberación, pero solo momentánea. Luego se dio cuenta de que otras muchas cosas aturdían su ánimo. Y ya no podía guardarlas en otra piedra. A parte de que pensaba que no eran “guardables”.

Al final del pasado curso, el profesor de lengua lo felicitó por una redacción que había escrito. Era de tema libre, y él había sido tan libre con el tema, que simplemente se había dejado llevar. Le mandó que la leyera delante de toda la clase, para que sus compañeros aprendieran “cómo se escribe”. Eso sí, después lo llamó a su despacho, porque estaba preocupado por las cosas que decía en ella. “¿Te pasa algo?” le preguntó sinceramente interesado. Él lo negó, puso su mejor sonrisa, y dijo que todo era imaginación. “¿Y en qué te basaste, Ebro?” “En un chico del barrio” contestó rápidamente Ebro. Su profesor sabía de sobra que no tenía amigos en el cole, así que era fácil suponer que en el barrio tampoco. Que jugaba de vez en cuando con algunos, pero eran relaciones sociales. No pegaba con sus compañeros. Así que dudó inmediatamente de lo del “amigo del barrio”. El profesor no se rindió,y le preguntó si le acosaba alguien, o si el divorcio de sus padres… “otra vez el divorcio de mis padres” pensó Ebro, sin atreverse a exponer en voz alta su hastío por el tema. Ebro sonrió de nuevo a cada posibilidad que apuntaba su profesor de lengua, hasta que éste desistió, al menos en ese momento. Ebro sabía que no lo había convencido. Pero le dio igual. Y era consciente de que el profesor lo seguía con la vista cuando lo veía en el patio, o en los pasillos.

Así que el único momento en el que se sentía a gusto, comprendido, sin necesidad de fingir, era en los brazos de su abuela, sobre todo cuando llegaba al pueblo. Y cuando su abuelo, más estoico en los saludos físicos, lo miraba de esa forma especial. El abuelo pensaba que si lo besaba o lo abrazaba, él se sentiría mal, como casi todos los chicos de su edad. Y de hecho, con los demás así era. Hacía años que no se había dejado besar por ninguno de sus padres, por ejemplo. Pero con sus abuelos era diferente. Ahora, ahí, sentado en su butaca, con “Veinte años después” abierto boca abajo, sobre su regazo, recordó cuando el abuelo fue a buscarlo al autobús. Cómo le puso su mano en el hombro y lo miró de esa forma… Ebro se abrazó a él, y le dio tres besos seguidos en la mejilla, como siempre hacía cuando era más pequeño. Su abuelo lo abrazó entonces con decisión, y eso sí, ya no le pudo besar en la coronilla, porque había crecido mucho. Era muy alto para su edad y aunque el abuelo todavía era unos centímetros más alto, no le daba para darle un beso en la coronilla. Se los tuvo que dar en la mejilla.

– ¿Vas a jugar al baloncesto? – le dijo sonriendo cuando rompieron de mutuo acuerdo su abrazo.

– He empezado sí. Pero soy muy patoso. No te rías abuelo – se quejó Ebro ante la cara de mofa que puso.

– Eso es hasta que te acostumbres a tus nuevas medidas. Si cada mañana cuando te levantas te encuentras con medio metro más de pierna, es normal que no atines…

– ¡Exageraoooo!

Ebro se encogió de hombros mientras sonreía y miraba a su abuelo.

Y llegó a casa, y su abuela lo estrujó entre sus brazos y lo comió a besos, besos de abuela. Muchos, seguidos, con breves paradas para echarle un vistazo e ir comprobando los cambios desde la última vez. “Está más alto y más fino” “Le han empezado a salir espinillas en la barbilla” “La nariz le está cambiando de niño a hombre”… “Y esa tristeza sigue ahí, dentro, más intensa incluso”. La abuela era capaz de ver todo eso entre tandas de besos. Y algunas cosas que se callaba.

– Mañana pan de hogaza tostado, con mantequilla para desayunar.

– ¡Bien abu! ¡Te quiero tanto! – y Ebro aprovechaba para volverse a abrazar a su abuela, estrujándola ahora él a ella.

Allí, en su habitación, le esperaban como siempre los nuevos libros. Ellos sabían que le gustaba leer, así que cada vez que iba al pueblo, le regalaban libros. Esta vez había tocado Dumas. Le gustaban esas historias de aventuras, de espadachines, o piratas… para la siguiente vez, el abuelo le había dicho que a lo mejor, el “duende de los libros”, porque según él no eran sus abuelos los que le ponían los libros en la mesilla, le dejaban alguna novela de barcos, las de Patrick O’Brien, “Master and Commander” y las siguientes.

– A lo mejor – dijo nuevamente su abuelo, dándole un pequeño coscorrón.

Pero hoy, Nochevieja, su abuela se había enfadado con él. Y estaba un poco triste por ello. Y así se habían ido los dos hacia la plaza del pueblo. Al menos pudo convencerlos de que se fueran. La abuela era remisa, pero el abuelo, la convenció de que le dejaran solo.

Pero es que no le apetecía ir a la plaza a tener que fingir de nuevo. Ninguno de los chicos del pueblo tenían nada en común con él. No se sentía a gusto jugando a las consolas, o al fútbol. Si acaso les hubiera gustado el baloncesto… pero además él se sentía muy torpe ahora, y no le apetecía que se rieran de él por lo patoso. No le apetecía que se enteraran sus abuelos, y pensaran que tenía un nieto medio bobo. Porque otra de las cosas que más le gustaban del pueblo y sus abuelos, es que estos no le veían en situaciones comprometidas, en las que su dignidad se pusiera a prueba.

Se movió en la butaca para cambiar un poco de posición. Pero al hacerlo, no se dio cuenta y el libro que estaba leyendo se cayó al suelo haciendo mucho ruido. Rápido, se agachó sin levantarse de la butaca para recogerlo. Cuando lo tenía en las manos, escuchó un ruido parecido al que había hecho el libro al caerse unos instantes antes. Miró a su alrededor un poco asustado, pensando que ya había roto algo que había golpeado sin darse cuenta, como muchas veces en los últimos tiempos. El “medio metro” de más que decía su abuelo.

Pero no vio nada.

Se volvió a recostar en la butaca, y retomó la lectura, aunque en realidad estaba atento a lo que sucedía a su alrededor…

Athos reflexionó algunos segundos, y comprendió el artificio de Artagnan, que habiéndose adelantado mucho al principio…”

Pero Ebro era el que no se había dado cuenta del artificio ni de Artagnan, ni de Aramis, o de Mazarino, o de la princesa de Éboli. Volvió atrás, y empezó a leer… pero entonces escuchó un ruido como de pasos…

– ¿Abuelo? – preguntó titubeante. – ¿Abuela?

Pero nadie respondió. Ebro podía escuchar perfectamente el crepitar de la chimenea. Sin dejar de mirar a su alrededor, vigilante, hizo como si se metiera en la lectura de su libro otra vez:

Athos obedeció haciendo una cortesía. El lacayo iba a retirarse, más una seña de Athos le obligó a detenerse”.

Ebro soltó el libro y soltó un pequeño grito. Lo había oído perfectamente. Una persona estaba andando por la casa. El libro cayó otra vez al suelo, y el ruido que hizo fue seguido por otro parecido, casi como si fuera el eco. Pero en esa casa no había eco.

– ¿Quién está ahí? – gritó titubeante – ¡No me hace ni puta gracia la broma! ¿Abuelo?

Ebro se estaba enfadando. Se sentía indefenso, inútil. Pensaba y pensaba… quizás era su hermano que había venido y no se había enterado y le estaba tomando el pelo. Enrique iba a ir unos días antes del fin de las vacaciones.

– Sí eres tú, Kike, maldita la gracia.

Pero nadie respondía.

Ebro decidió que tenía que sobreponerse.

– Eres idiota, Ebro – se decía en voz queda una y otra vez – siempre soñando que eres un héroe, y ahora estás cagado.

Poco a poco salió del refugio en el que se había resguardado sin querer: detrás de la butaca. Fue caminando casi de puntillas hacia el otro lado del salón. Al pie de la escalera, se quedó escuchando atentamente. Parecía que del piso de arriba venía un ruido como de un carrusel antiguo, o como si fuera una caja de música… como la de su madre…

 

Ella tenía una en su habitación. Cuando tenía apenas 6 años se solía colar en el cuarto de sus padres para escucharla una y otra vez. Se tumbaba en la cama, abría la tapa… y… cerraba los ojos.

Ebro volvió a dar un pequeño grito. Claramente, había oído algo que caía al suelo en el piso superior y se rompía. Echó a correr escaleras arriba; recorrió todas las habitaciones sin apenas respirar… abriendo puertas, encendiendo todas las luces… pero allí no había nada fuera de lo normal.

Empezaba a temblar sin poder evitarlo. Su arranque de valentía había acabado tan de repente como había empezado. Volvió a la escalera, y se quedó quieto mientras intentaba recuperar la respiración. Prestó otra vez atención, pero no se oía nada.

Fue recuperando la tranquilidad y volvió a pensar que todo eran imaginaciones suyas. Se sonrió al imaginarse unos minutos antes, corriendo atemorizado por toda la casa de sus abuelos.

– Ebro, estás un poco pallá – se dijo entre risas nerviosas.

– Estás un poco pallá – repitió un poco más alto.

Su voz sonaba distinta.

– Estás un poco tonto.

Se encogió de hombros pensando que le estaría cambiando ya la voz. Era un poco más grave, pero sonaba como si tuviera un pito en la garganta.

Empezó a bajar las escaleras hablando consigo mismo en voz alta, para escucharse. “O a lo mejor ha sido el susto, o que estoy cogiendo catarro”.

– ¡Pum!

Se quedó entre dos escalones. Otra vez callado. Los músculos en tensión, y su corazón empezó a golpear otra vez fuerte en su pecho. Retrocedió lentamente, intentando no hacer ruido. Ahora era claro que el ruido venía del desván. Desde aquella vez que tuvo el encuentro con “El baúl de los sueños perdidos”, no había vuelto a subir. Ni se le había pasado por la cabeza. Cuando iba a pisar el primer peldaño de la escalera que le llevaría al desván, vio el bastón que su abuelo cogía a veces cuando iba a caminar campo a través. Sin dudarlo, lo cogió. Lo empuñó con decisión como lo había hecho con un bate de béisbol, aquella vez que había acompañado a su hermano al entrenamiento del equipo al que se había apuntado hacía un par de años.

Subió despacio, echando hacia atrás el bastón, preparado para asestar un golpe fuerte a quien quisiera que estuviera rondando por allí. Mientras, iba imaginando que eran unos ladrones, y que su actuación le granjeaba la admiración de sus abuelos, y de sus padres, y que su hermano, por una vez, no lo miraría como a una rata molesta que había venido al mundo a quitarle el trono de rey de la familia. Les perseguiría por toda la casa, porque intentarían escapar, pero él conseguiría detenerles golpeándoles en las piernas, y al último, lo derribaría tirando el bastón contra sus piernas y conseguiría que se trabara y cayera al suelo. Le pediría clemencia… era un hombre rudo, con la cara picada de viruela, a medio afeitar, y le faltaba un ojo que lo había sustituido por una canica de varios colores…

Ya había llegado a la puerta; respiró profundamente, puso la mano izquierda en el pomo, y con la izquierda blandía lo que en su imaginación había pasado a ser un mazo digno de los gladiadores que salían a morir al circo romano. “Vas a morir” murmuraba entre dientes, metido de golpe en el papel de gladiador desafiante.

Contó en voz queda:

– Uno, dos y…

El tres le costaba un poco… pero respiró profundo y…

– ¡¡Tres!! – gritó en voz alta a la vez que abría de golpe la puerta.

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4 pensamientos en “Los regalos perdidos: un cuento de Navidad (I).

    • PFE, a estas alturas, ya está todo dispuesto para que lo leas de un tirón.
      Es que cuando me pongo a escribir, no hay quién me pare… jijijiji.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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