Una buena mañana para correr (77).

Ricardo no pudo llegar antes, como hubiera querido. Joan apenas había ido a casa para ducharse y dormir un poco. Al final todo se había retrasado un poco por el tema de la autopsia y Joan sintió la necesidad de ir a Santander a ver a Gervasio.

Y él se había ocupado de hacer de anfitrión para Diego y Raúl y el resto de su familia. Todos se habían vuelto a Soria a última hora de la tarde. Y Diego se había quedado huérfano de familia y con su “amigo” en la cárcel.

Manu se acercó el domingo por la tarde, cuando ya se habían ido todos, y se fueron los tres al cine. Fueron a ver “Las Crónicas de Narnia 3”. A Diego le gustó, y a Ricardo también. Manu se durmió en la primera media hora sobre el hombro de su hermano.

Fueron a casa y prepararon algo de cena. Hablaron de cine, y de sus películas preferidas. Y de libros, y de las historias que habían leído y que les hubiera gustado protagonizar. Al final acabaron simulando una pelea a espadas, como si fueran niños de 9 años. Athos, Portos y D’Artagnan. Faltaba el pobre Aramis, que no se lo pidió ninguno.

Y les dieron las 3. Joan llegó a esa hora, cansado y enfurruñado, y se metió directamente en la cama sin decir casi ni hola. Volvía de Santander de ver a Gervasio. No dijo nada, no contó nada, pero Ricardo supo que la muerte de Fermín y encontrarse con Gervasio en la forma que lo había hecho, por lo poco que le había contado Jaime por teléfono, le había afectado mucho, y que no era el momento para hacer preguntas, ni para luchar a espadas con él. Así que levantaron el campamento de los mosqueteros, y fueron también a la cama.

Pero a las 8 ya se había levantado otra vez, y después de ducharse, salió de casa, sin hablar con nadie.

Ricardo y Diego se levantaron mucho más tarde. Se prepararon, pasaron por casa de Ricardo para que éste cogiera ropa apropiada para la situación y fueron al tanatorio. A Diego también le apetecía acompañar a sus nuevos amigos en esos momentos poco agradables, aunque Ricardo le había dicho que no era necesario que fuera.

Hacía dos días que no veía a Jaime. Cuando lo vio, al fondo del pasillo del tanatorio (estaban en el último reservado), casi no lo reconoce. Hacía de anfitrión, como si fuera una fiesta y él fuera el organizador. Al fin y al cabo era su mejor amigo, y lo más cercano que había dejado Fermín. Recibía a todos, iba de un grupo a otro, abrazaba, besaba, sonreía, explicaba…

No dejaba de ser triste, pensó Ricardo. Gran parte de nuestra existencia, al menos la mayor parte de la gente, la basan en la familia. La gente se apoya en ella, discuten y aman dentro de ella, celebran sus fiestas con ella, se mueren rodeados de ella. Y cuando ves que alguien no tiene familia con la que pasar este trance, no tienen padres, o hermanos o primos que vayan a su funeral y lloren por él, y cuenten lo majo que era de pequeño, y la primera vez que dijo “papá” y cuando se cagó en la puerta de la iglesia del pueblo, y el cura salió y pisó la mierda, y le miró con cara de Herodes, parece que es una “fiesta” descafeinada. Como si en un cumpleaños de un veinteañero no hubiera litros y litros de alcohol de diversos colores y graduaciones. “Qué raro es ese”, murmurarían los vecinos.

Y eso era este funeral. No había familia. Solo Jaime haciendo de padre, hermano, abuelo… y de amigo. Nadie diría que hacía ya semanas que no se hablaban, ni sabían de sus vidas. Pero la muerte hace que nos olvidemos de todas esas cosas. Rompe nuestros esquemas, y si es joven, nos hace pensar sobre la vida, el disfrutarla, lo que hacemos en este mundo o dejamos de hacer…

Ricardo pensó que, en el fondo, él tenia suerte. Tenía una familia, a la que a veces ponía muchas pegas, pero sabía que, era una gran familia, la envidia de muchos de sus amigos. Tenía unos padres modernos, comprensivos, cercanos, divertidos. Dos hermanos que le querían más que a su vida, con los que compartía casi todo lo que tenía. En su casa, nada era de nadie exclusivamente. Por mucho que a veces le fastidiara Manu con su seguimiento excesivo, sabía que tenía mucha suerte de tenerlo, y que si no lo tuviera, lo echaría en falta. Saber que alguien se preocupa por ti en cualquier momento, no tiene precio.

Por un momento se imaginó que él fuera el que estaba en el reservado, en la caja. Se imaginó a sus padres destrozados, hundidos en las butacas. A Manu nervioso, inquieto, sin saber que hacer, e intentando no llorar. Él que le había vigilado y protegido, como si fuera su guardián. Jonás, haciéndose el duro, pero incapaz luego de dormir durante días, y llorando en soledad y cogiendo algo de él, una camiseta, un jersey, para sentir a su hermano cerca, aunque ya no lo estaba.

Y sus amigos, haciendo de amigos, desconsolados unos, indiferentes otros, sintiendo de verdad algunos, y otros poniendo cara de pena el tiempo suficiente para salir del tanatorio, y llegar al primer bar y pedir unas birras bien frías. ¿Cuantos de estos irían?

Y ¿Qué más daba en realidad? El muerto ya no se entera de nada. No sabe si fueron muchos al funeral, o no. Ni si lloraron. O si algunos fingieron. No se enterará nunca de si fulanito le puso a parir, o menganito presumió de ser su mejor amigo, cuando apenas sabía nada de él, más que le gustaba la Coca-Cola sin limón.

Jaime le interrumpió en su divagar, con un suave beso en los labios. Ricardo le devolvió el beso y le sonrió. Su mirada tenia al menos 10 años más que dos días antes. Eso le entristecía un poco… porque no había sabido estar cerca de él. No se había dado cuenta de esto hasta ese momento. Se habían repartido los papeles, pero… él quizás debería haber estado más pendiente de Jaime, llamarle más a menudo, mandarle mensajes… no pensaba que le iba a afectar así.

Se apartaron los dos un poco, y se sentaron en unas sillas. Se cogieron de la mano, y se miraron. Apenas dijeron nada, al menos con palabras. Sólo duró unos minutos: llegaba más gente, algunos amigos, compañeros de trabajo… Jaime sentía que debía estar con ellos, y se levantó para hacerles los honores. Ricardo no supo que hacer, y se quedó sentado, observándolo.

Diego se le acercó.

– Si fuera él, me gustaría que estuvieras a mi lado.

Ricardo le miró extrañado. Diego le miraba directamente, como nunca le había visto hacer antes. Se decidió y se fue a buscar a Jaime, y se puso a su lado. Al principio se sentía extraño, con toda esa gente desconocida. Pero Jaime, en un momento dado, echó hacia atrás su mano izquierda y buscó la suya. Apenas entrelazaron sus dedos meñiques. Fue suficiente para hacerles sentir fuertes y seguros.

Joan hablaba por teléfono en una esquina. Hablaba con Mati. Ésta le estaba poniendo al día del estado de Gervasio. Se había levantado como un poseso, y había intentado irse a Burgos al funeral. Pero ella se lo había impedido, incluso sujetándole con sus brazos, y cerrando la puerta de casa y escondiendo la llave.

De repente, había pasado al estado contrario. Sentado en el suelo, apoyado en una butaca, con la mirada fija en algún lugar de la pared blanca del apartamento de su amigo. Apenas movía ningún músculo. Apenas si pestañeaba, incluso en algunos momentos parecía que apenas respiraba.

Cuando Mati colgó, Joan se quedó mirando el teléfono durante un buen rato. Se sentó en la primera silla que encontró. Pensaba muchas cosas, y ninguna. Frases inconexas, retazos de ideas, de recuerdos. De reproches.

Manu acababa de llegar. Se le acercó y le cogió suavemente la mano. Joan levantó la vista. Sin poder evitarlo, puso su cabeza en su regazo, y lloró. Quizás era lo que necesitaba, alguien en dónde llorar. El hombre fuerte al que todos recurrían, llorando como una magdalena. Manu le pasaba la mano por el pelo. De repente Joan le apartó, y salió corriendo hacia el baño.

Ricardo lo había visto todo. Hizo intención de irse tras él. Pero un gesto de Manu le hizo cambiar de opinión. Quizás era mejor dejarle que llorara un rato a solas. Y Jaime también lo necesitaba. Aunque se preguntó qué se había perdido para que Manu ahora tuviera esa cercanía con Joan, y viceversa, si hasta lo que él conocía no se soportaban. Algo había pasado que se le escapaba y le producía una ligera incomodidad.

El tiempo seguía siendo un concepto muy irreal en esa situación. Por una parte parecía que pasaba rápido, y por otro lado, todo se hacía largo y agobiante. La gente, todos buscaban explicaciones, Jaime contando las mismas cosas a cada uno de los que se acercaban, palabras huecas, lágrimas sentidas, todo se mezclaba para hacer una ensalada de desdicha, sentimiento y falsedad.

“Al menos no sufrió”.

“Era tan joven”.

“Ahora que parecía recuperar su vida normal”.

“Con lo que valía Fermín”.

“Y ese chico que le gustaba ¿Dónde está?”.

“Y el que lo atropelló ¿Está detenido? ¡Ah! que le empujaron… algo haría para que alguien lo quisiera empujar… a mí nadie me ha empujado nunca a la carretera”.

Preguntas. Las mismas. Respuestas. Las mismas. Maldades, las mismas.

Pero el tiemo, a pesar de su irrealidad, de que parecía que estaban sumidos en una nebulosa que lo hacía relativo, de que parecía que no avanzaba, llegó el momento.

Los empleados de la funeraria entraron para llevarse el féretro. Había estado tapado hasta ese momento y se ofrecieron a abrirlo, por si querían verlo por última vez. A Jaime no le parecía buena idea, pero a su alrededor algunos indicaron que les gustaría. Así que Jaime les indicó que lo destaparan, aunque él se retiró. Cuando quedó descubierto, se hizo un silencio extraño, solo roto por los sollozos de María que se abrazaba desconsolada a su marido. Ella trabajaba con él codo a codo en la bodega. Habían pasado tantas horas juntos, de duro trabajo, de confidencias, de ratos agradables, de charlas tranquilas con una copa de vino en las manos…

Pasaron a la capilla. Ofició el padre Javier, un amigo de Fermín del Instituto. Había venido desde Bilbao expresamente para el funeral.

Habló. Él sí podía contar cosas de la juventud de Fermín. De lo duro que lo había tenido. Todo eso sorprendió a la mayoría, porque todos creían conocerlo, pero en realidad ninguno se había preocupado, ni había profundizado. El padre Javier, acabó llorando. El silencio se hizo en la capilla del tanatorio, que estaba a rebosar. La gente se miraba incómoda, sin saber que hacer. Hasta que un alma caritativa entonó una canción, y parte de los asistentes la cantaron a coro.

Jaime estaba sentado en la primera fila, con Ricardo a su lado. Joan estaba al fondo, flanqueado por Diego y Manu.

Llegó el momento del agua bendita. ¡Qué silencio! Solo se escuchaba el murmullo del sacerdote, y el hisopo chocando con la vasija.

El momento de los últimos rezos.

Silencio.

Los empleados de la funeraria levantaron el féretro y lo llevaron hacia el coche.

Más agua bendita.

Un padrenuestro y un avemaría.

La comitiva empieza a andar.

Jaime y Ricardo. Iban cogidos del brazo.

Detrás, los jefes de Fermín, que todavía se les notaba que no habían asimilado todo lo que estaba pasando. Miraban con cara de susto alrededor. Miraban el féretro dentro del coche, con sorpresa, como si en cualquier momento alguien fuera a decir: “Os lo habéis creído” “¡¡Es broma!!”. Pero aquello no tenía pinta de ser una broma.

Joan se quedó sentado un rato en la capilla mirando al techo y escuchando como el murmullo de la gente fuera, se iba diluyendo según se iban alejando siguiendo al coche fúnebre, camino del cementerio.

Diego y Manu se quedaron fuera, a la expectativa.

– Los chicos pequeños, cuidan al viejo. Las tornas se vuelven.

Joan había salido y les pilló de improviso. Al principio no supieron contestar, pero Manu encontró una respuesta:

– Somos fuertes o débiles, dependiendo del momento. Somos viejos o jóvenes, dependiendo del aire. Ayer tocó que nos dieras aire, hoy toca que te lo demos a ti.

– ¿Todavía te doy asco? – le preguntó Joan.

Manu se pensó la respuesta unos segundos.

– ¡Humm! Claro que sí, lo tengo muy arraigado. Aunque va, un poco menos – y le guiñó un ojo.

Joan sonrió, y les agarró de un brazo a cada uno, y se acopló en medio de ellos. Les empujó hacia el cementerio. Les dio un beso a cada uno en la mejilla, mientras caminaban siguiendo la estela de la comitiva.

– Ya estamos con mariconadas – dijo Manu dándole un codazo.

– Has tenido suerte que no te lo haya dado en los morros – Y Joan le devolvió el codazo.

Y Diego no pudo evitar soltar una carcajada, que incluso hizo volverse a alguno de los que iban delante suyo.

– En que nido de locos he ido a caer, por Dios.

– Anda, anda, calla, no nos hagas hablar – le contestó Manu.

– Vale, todavía no habéis intentado volar como yo… pero no sé cuanto vais a tardar…

Y esta vez fueron los tres los que se rieron, para indignación de algunos de los que iban en la comitiva.

Joan bajó la mirada, y caminó un rato mirando al suelo entre sus dos amigos mientras se apagaba la sonrisa provocada por la última broma. Diego lo miraba de soslayo, intentando determinar si ya estaba un poco mejor. Le había impresionado verlo tan abatido, él que normalmente era tan seguro, tan fuerte. Y Manu, además de preocuparse porque Joan recuperara un poco su fortaleza, no podía evitar preguntarse, por qué estaba tan a gusto cogido de su brazo. Era un estado y un pensamiento que lo incomodaba. No porque no le gustara la idea, que tampoco tenía una opinión al respecto, sino porque no le parecía apropiado al momento.

 ________

Historia completa seguida.

Historia por capítulos.

4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (77).

  1. Sigo enganchadísimo a esta historia y a lo que pueda suceder , después de leerme lo anterior casi del tirón ,cuesta eso de esperar cada nuevo capítulo , pero en fin…que remedio .
    No tardes mucho para el siguiente 🙂
    Un abrazo

    • No sabes lo que te agradezco que la hayas leído, pucho.
      Espero que sigas enganchado.
      Respecto a la rapidez de los capítulos… es que la verdad cuesta ya parirlos… ains.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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