La mano con puñal, que me mató tan mal…

 

Tantas veces me mataron, tantas veces me morí…

sin embargo estoy aquí, resucitando…

Gracias a la desgracia, y a la mano con puñal,

porque me mató tan mal…

¿Cuántas veces nos matan todos los días? Nos matan los desprecios, el estrés, los engaños. La incomprensión, los radicales, la falta de cariño. O el afecto  impostado.

¿Todo esto nos hace más fuertes? ¿Deberíamos dar las gracias a la mano con puñal?

Yo sabes… casi que no le daría las gracias a esa mano con puñal… te daría las gracias a ti en todo caso, por curar mis heridas, a ti por el afecto, a ti por todo…

y seguí cantando

cantando al sol, como las cigarras

Y seguí escribiendo, escribiendo a la luz de la luna que es como más de escritores. Es más de esa época  que últimamente he descubierto que tiene tantos adeptos, ese París de principios del siglo XX, ese París bohemio, lleno de historias nocturnas repletas de alcohol, mujeres y arte, en la que los escritores pergeñaban sus historias, quizás llenas de romanticismo pero en todo caso llenas de excesos; o esos pintores, que le daban al pincel llenando lienzos y lienzos de esos colores y esas formas hasta esos momentos inimaginables.

Y luego salían a la vida a vivirla hasta el último aliento de la noche, a los cabarets, al Molin Rouge y otros muchos. Algunos piensan que el arte se palpaba en al aire que se respiraba… y que las bailarinas que se subían al escenario y bailaban el Can Can, en sus ligas, llevaban polvos mágicos que extendían por el ambiente al ritmo de la música, y todo parecía ser después de color de rosa, las palabras fluían con intensidad en todos los corrillos, el amor salía a flote, las manos palpaban, los  labios se buscaban… piel sobre piel, piel con piel, piel y piel ¡Oh mi amor! ¿Dónde estabas que no te vi?

Esos hombres cubiertos por sombreros, sus camisas cubiertas por los chalecos apretados, y sus relojes de bolsillo prestos a ser sacados con ese gesto estudiado de intelectual interesante, mirando por encima de los quevedos también inexcusables.

Esas teces lechosas, color de la luna, alérgicas al sol. Esas miradas vampíricas fruto de la vida cambiada, del orden inverso.

Pero mi luna no es de ese mundo, mis queridos amigos. Mi luna es más humilde. Una humilde luna de provincias, y española. La luna de Burgos. Ya, ya sé que solo se oye hablar de la luna de Valencia… pero en Burgos hay luna, y es de la que bebo todas las noches, la que me da inspiración para morderos a todos en el cuello y aprender de vosotros, extraeros vuestras esencias, vuestras vivencias, opiniones, para luego dar vida con ellas a mis personajes, vuestros personajes. Hasta los vampiros no tienen nada que hacer al respecto… no. Mis ansias de beber vuestra esencia es imparable, no se detiene ante la falta de sangre de la que adolecen esos seres de la noche que a tantos sueños da alas en estos últimos años. Los vampiros están de moda.

Todos seguimos andando después de las puñaladas de la vida, de las que nos dan en nuestra cotidianidad (qué palabro, la Virgen, lo que me costó escribirla). Ya, ya lo sé, rompí con esta aclaración el encanto que había creado antes… pero así es la vida, dura, encantos que se rompen inopinadamente, amores que se encuentran en los desiertos, desamores que aparecen tras un beso… golpes de buena suerte, patadas en el culo…

Y todo esto surgió una mañana de sábado, en la que me aprestaba a cumplir una promesa con pucho, y poner una canción de Mercedes Sosa. la canción está en lo alto del post, y luego… esta vez a la luz de la niebla, salieron estos pobres pensamientos arrullados por la voz de Mercedes Sosa y su cigarra.

Así que, queridos, ya que hemos llegado a este punto, quisiera dedicarle este artículo a pucho. Gracias.

Y también te lo quiero dedicar a ti. Sí a ti. Gracias.

Tantas veces me mataron, tantas veces me morí…

sin embargo estoy aquí, resucitando…

Gracias a la desgracia, y a la mano con puñal,

porque me mató tan mal…