Una buena mañana para correr (78).

– No necesito niñera, de verdad. Vete a tu casa, o con Jaime, que te necesita.

Ricardo bajó los hombros, como rindiéndose, y se dio media vuelta.

– Si necesitas algo, me llamas – dijo sin girarse.

– Vete, pesado. Que está Joan, además.

– Joan es como si fuera un… – Ricardo iba a decir cadáver, pero pensó que no era una buena idea en esos momentos.

– Te llamo si no sé dónde está la mantequilla.

– Vale, vale. Me voy. Luego no digas que… ¿Por qué has dicho mantequilla? ¿que…? – pero Diego no le dejó acabar.

– A ti te lo voy a contar. Vete, pesao. No soy un niño.

Diego iba a añadir que no iba a intentar suicidarse otra vez, pero pensó que no era apropiado. No era tiempo de las bromas macabras.

– ¿Vienes o qué? – Gritó Jaime desde la calle – tengo ganas de ducharme.

– ¡Ya voy pesao!

Se metieron en el coche.

Diego subió a casa.

Nada más atravesar la puerta, sintió todo el peso de la soledad encima. No era una sensación que le asustara particularmente: la mayor parte de su vida se había sentido así, aunque no hubiera estado solo en realidad. Pero desde su intento se suicidio, había estado casi permanentemente rodeado de gente. Y lo más importante, gente que le hacía sentirse acompañado. Después de todos estos días intensos, volver a su estado habitual, le chocaba un poco.

Sonó su móvil: un mensaje. Era de su hermano contándole que su madre había hecho una tarta de chocolate estupenda, y que no le guardaría un trozo.

Diego sonrió. Sabía que era una de las tácticas de su hermano para hacerle sentir menos solo. Siempre le sorprendía que acertara en los momentos. Parecía que le vigilaba con una cámara interna con la que podía ver su estado de ánimo, y así, mandarle un mensaje o llamarle cuando lo necesitaba. Y casi nunca le preguntaba cómo estaba o algo así. Siempre era para contarle absurdeces, o para tomarle el pelo, o para hablar como una cotorra.

Se quitó su abrigo, y lo dejó sobre una de las butacas del salón. Se tiró en el sofá, y entrecerró los ojos. Quería soñar… quería vivir una historia bonita que solo era posible en su imaginación. “¿Cuál elegimos hoy?” se preguntó mentalmente, mientras ponía sus brazos detrás de su cabeza, a modo de almohada.

Ricardo y Jaime no hablaron casi en el camino a la casa del segundo. Empezaba a notar el agotamiento de todos los días anteriores y la tensión de estar con tanta gente y hablar continuamente repitiendo las mismas cosas ante cada uno que se acercaba a él, como un loro amaestrado. Poner buena cara, y sonreír, y aguantarse las contestaciones que se le ocurrían a algunas de las sandeces que la gente había proferido en el funeral de Fermín. Muchos habían dado a entender que Fermín y él hubieran sido pareja. ¿Por qué sino estaba él pendiente de todo? Jaime había pasado a ser el viudo para algunos. A los primeros diez, les aclaró el tema. A partir de ahí, dejó crecer la bola. Solo a una señora que se indignó porque se había fijado que tenía cogido de la mano a Ricardo, le aclaró rotundamente que Fermín y él solo habían sido buenos amigos. ¿Era tan difícil entender para algunos que dos chicos homosexuales solo fueran amigos, sin haber tenido relaciones sexuales?

Ricardo le miraba mientras conducía. De vez en cuando preguntaba alguna cosa, para romper el silencio. Pero no estaba muy acertado. Ricardo apenas le contestaba con monosílabos, y a veces ni eso. Se dio cuenta de que no sabía hacerlo. No sabía como preocuparse por él, como romper su estado de ánimo cada vez más bajo; lo notaba según se iban acercando a casa. Al final optó simplemente por mirar al frente, y callar. “Menos mal que el trayecto es corto”, pensó Ricardo.

Diego eligió un sueño de pareja. Le salió así. Se imaginaba, soñaba, como sería tener a Carlos a su lado. ¿Cómo sería su vida? Irían mucho al cine, a Diego le gustaba, y creía que a Carlos también. Aunque sus vidas eran más “ficción” que las que contaban en la mayoría de las películas. Se cogerían de la mano cuando iban paseando por la calle. No parecía que Carlos fuera muy romántico. Pero a lo mejor era una de sus características ocultas hasta el momento. Al fin y al cabo, Carlos había tenido que ser duro desde hacía unos años. Y todavía lo tenía que seguir siendo. Incluso más, porque las cosas se le iban a poner cuesta arriba, los policías esos que le perseguían, le estaba cogiendo inquina. Bueno, rectificó su pensamiento “hace tiempo que se la han cogido”.

¿Debería seguir con él? ¿Sería conveniente que siguiera soñando con una posible vida juntos? Enrique le había llamado mientras estaba en el funeral. Había hablado con sus compañeros. Antes de volverse, había tirado de placa, y había ido a la comisaría. No le había contado los detalles, pero parecía que le habían convencido. O al menos, habían instalado la duda en su cabeza. Solo se lo decía para avisarle. Parece ser que las relaciones familiares eran muy tensas. No aceptaban la forma de ser de Carlos, que siempre había ido por libre, y más desde que se había declarado “gay”. Sus padres lo tomaron como una muestra de rebeldía más y lo castigaron en consecuencia. Sus padres eran muy echados a la antigua, muy de ordeno y mando, justo lo que peor le iba al carácter de Carlos. Eso es el motivo que aducían los policías. Y sus declaraciones al principio, dejaban muchas lagunas. Algunos objetos personales aparecieron en la casa en donde les mataron y no debían estar allí. Carlos no supo explicarlo. Y una huella de unas deportivas en el charco de la sangre de su hermano, casualmente eran de su número, aunque no habían aparecido esas zapatillas. Aunque algunos de sus tíos, recordaban perfectamente ese calzado, justo los que insistían en que era el asesino. Y Carlos había intentando mentir sobre el número que calzaba.

Pero no lo podían probar. Todo era circunstancial y él tenía una coartada, que por mucho que hubieran intentado desmontar los policías encargados del caso, no lo habían conseguido. Y Carlos cada vez era más fuerte mentalmente, así que no conseguirían doblegarlo en un interrogatorio. Pero Enrique tenía sus dudas. Y no quería que Diego se lanzara a una aventura con este chico y saliera trasquilado. Además no estaban hablando de un fracaso sentimental, sino de la posibilidad de que estuvieran hablando de un asesino.

Jaime se quito los zapatos nada más entrar en casa, antes incluso que el abrigo. Parecía que ese gesto le iba a liberar más que cualquier otro. Se quedó un momento parado en la puerta del salón. Estaba como perdido, sin saber exactamente que hacer. Venía con intención de pegarse una buena ducha, pero ahora dudaba.

Ricardo se le acercó por detrás y rodeó su cintura con sus brazos. Pegó su mejilla contra su hombro. Pero Jaime no reaccionó. Era como si estuviera en otro mundo, como si no pudiera percibir nada de lo que pasaba a su alrededor.

A Ricardo se le ocurrió una cosa. Fue corriendo al baño y abrió el grifo de la bañera. Miró en una de las estanterías que había al lado del espejo, y cogió un paquete de sales de baño que seguro le habían regalado a Jaime en algún momento y las había aparcado ahí. Echó una buena cantidad en la bañera, justo debajo del chorro, y enseguida empezó a salir espuma, y un aroma que relajaba.

Jaime le había seguido al cabo de un rato. Estaba parado en la puerta. Ricardo se le acercó y le atrajo hacia dentro. Le quitó la corbata, la camisa. Al quitársela le besó entre los pezones. Le desabrochó el cinturón y dejó caer sus pantalones. E hizo lo mismo con sus calzoncillos.

Jaime no reaccionaba. Le miraba como si no entendiera lo que pasaba.

Ricardo se desnudó a toda prisa. Hubiera querido que Jaime le hubiera seguido el juego, y le desnudara, pero… le agarró de la mano, y le atrajo a la bañera.

– ¡Vamos! Te sentará bien.

Jaime no contestó. Solo entró en la bañera, y se sentó con cuidado, despacio, el agua estaba muy caliente.

Ricardo se sentó también enfrente. Cogió uno de los pies de Jaime, y empezó a masajearlo suavemente.

Diego no tenía dudas. Quería intentar algo con Carlos. Indudablemente se sentía bien a su lado. No tenía nada que ver con que le gustara físicamente, o al menos no exclusivamente. Había algo en él que le relajaba cuando estaban juntos. Y eso, no lo conseguía casi nadie. No podía dejar escapar esta oportunidad. Por primera vez quería luchar por alguien. Se sentía con fuerzas para hacerlo, y se sentía hasta cierto punto seguro de sí mismo, y eso si que era una novedad en su vida. No pensaba en su cuerpo orondo, en sus marcas, ni en su pasado. Ni siquiera comparaba como otras veces su cuerpo con el del otro, y acababa pensando que nunca se fijaría en él. Porque además, de alguna forma, Carlos ya se había fijado en él, aunque no estaba seguro de que fuera un hecho inamovible y completamente consciente.

– ¿Cómo lo haríamos? – dijo en voz alta.

Diego se sorprendió del giro tan radical que había tenido sus razonamientos. Seguía en el salón de la casa de Joan, y también su casa, por el momento. Escuchaba el suave ronquido de su compañero de piso en su habitación.

“¿Cómo lo haríamos?” – se volvió a preguntar, esta vez en el silencio de su imaginación.

Jaime parecía que empezaba a relajarse. Ricardo seguía masajeando sus pies, alternativamente. Y con los suyos, acariciaba suavemente el pecho de su pareja. Jaime tenía apoyada su cabeza en el reborde de la bañera, y miraba al techo, aunque tenía los ojos cerrados.

Ricardo se movió un poco para poder acomodarse mejor. Siguió acariciando el cuerpo de Jaime con su pie, llegando incluso a acariciar su miembro. Al principio lo hacía solo de vez en cuando, como por casualidad, pero cada vez era más atrevido. A Jaime no parecía que le disgustara, al menos no ponía objeciones, ni siquiera cambiaba de posición. Seguía con la cabeza apoyada en el borde de la bañera, con los ojos cerrados. Pero su miembro si que hablaba. Poco a poco se excitaba… Esto animó a Ricardo, que siguió con el juego… con su pie lo acariciaba suavemente… hasta que lo notó rígido y duro.

Se tomó un respiro. La posición no era la más cómoda, y corría el riesgo de que le diera un calambre, y eso definitivamente rompería el encanto. Y tampoco le podía pedir a Jaime que se moviera; eso también llevaría al traste con todo. Y Ricardo se estaba convenciendo de que era un buen método para que Jaime se relajara, y pudiera desligar su cabeza de todo lo que había pasado en los últimos días, y así, pudiera dormir tranquilamente.

Diego se imaginaba a Carlos sobre él. Le sonreía. Se agachó y le dio un beso en la frente. Y luego otro en la oreja. En la otra oreja… le mordería el lóbulo. Diego se quejaría, pero “de mentiras”. Incluso haría pucheros. Carlos se haría el ofendido, y amagaría con irse a su casa. Pero enseguida volvería a dónde estaba. Tocaba besarle la nariz, los labios… el mentón. Le desabrocharía la camisa, porque ese día Diego llevaría camisa. Así podría besar por cada botón que le desabrochaba. Le besaría los pezones ¡otro mordisco! Con una sonrisa pícara, mirándole a los ojos… más pucheros, más quejas, pero todas de mentira. Su miembro no mentía…

Diego se quedó escuchando un rato el sonido de los ronquidos de Joan. Se incorporó un poco y se quitó los pantalones. Se volvió a tumbar en el sofá, pero se lo pensó de nuevo, y se volvió a incorporar para quitarse los calzoncillos. Y la camiseta.

Ya desnudo, se tumbó. Se acomodó de nuevo, cambiando de posición alguno de los cojines.

Cerró los ojos… y ahí estaba Carlos, sonriéndole de nuevo. Le acariciaba suavemente su pecho, con el dorso de su mano. Eso simplemente conseguía que se le erizaran todos los vellos de su cuerpo. Notaba como algo dentro de él, como si… no sabía ni describirlo. Era como una sensación que empezaba en el estómago y se iba expandiendo por todo el cuerpo… un gozo inenarrable. Esas caricias… sus manos recorriendo suavemente su piel, disfrutando de sus cicatrices… por primera vez esas marcas le servían para algo bueno… Carlos no dejaba de sonreírle…

Ricardo se decidió. Volvió a poner su pie sobre el miembro de Jaime. Y empezó un suave movimiento arriba y abajo. Muy suave, casi imperceptible. Jaime suspiraba de vez en cuando. No se le había ocurrido pensarlo, pero, a lo mejor Jaime se había quedado en un mundo entre la realidad y los sueños. De vez en cuando metía su pie en el agua, para mojarlo y que las caricias fueran lo más delicadas posibles. Siguió así durante un rato, hasta que notó que el pene de Jaime empezaba a palpitar. Intentó jugar con el ritmo, pero la posición le había dejado la pierna casi medio dormida, y no podía controlarlo como a él le hubiera gustado. Siguió… el miembro estaba más duro si cabe… las palpitaciones… llegaba el momento…

– ¡Joder!

Jaime se incorporó en la bañera, con la mirada desorientada. Todavía respiraba agitado, por el orgasmo que acababa de sentir. Miraba su miembro, miraba a Ricardo que también se estaba incorporando.

– Pero ¿qué has hecho?

– No, nada.. yo pensé…

– ¿Crees que una paja y ya?

– No…

– ¿Crees que con eso todo se soluciona? ¿Crees que es el momento?

Jaime salio de la bañera y cogió una toalla para secarse.

– Pero… al menos déjame aclararte, estás lleno de espuma.

– ¿Crees que este era el momento? ¿Crees que después de enterrar a un gran amigo, el sexo es la solución?

– No te pongas así, Jaime, a veces relaja,. Lo leí en no sé donde el otro día, y no sabía como hacer que…

– Pues si no sabes, no hagas nada. Solo con sentirte ahí bastaba. No era momento de… pajas ni juegos… ¡Joder! ¡qué mal me siento! La misma noche que enterramos a Fermín, haciendo sexo. Me parece…

– No te pongas así, joder. No es… ¡mierda! Es que no sabía… y pensaba que te iba a relajar, además tú…

– Déjalo anda – le interrumpió Jaime, mientras salía del cuarto de baño sin secarse completamente.

Ricardo le miraba impotente. Las lágrimas pugnaban por salir, de rabia, de impotencia. Abrió la ducha, y se aclaró la espuma. Salió de la bañera, se secó, se vistió a todo correr, y se fue dando un portazo.

– ¿Ricardo?

Al escuchar el portazo Jaime salió de su habitación. Se le hundieron los hombros de impotencia.

– Joder, joder… – murmuraba desquiciado mientras marcaba el móvil de Ricardo.

– ¡Contesta, coño! – se desesperaba con el teléfono en el oído

Pero no había respuesta. Escribió rápidamente un mensaje:

“Joder, perdona, no, me hagas caso, perdona, vuelve, por favor, te necesito, me he equivocado”

Diego se tocaba todo el cuerpo, como si lo hiciera Carlos. Seguía con los ojos cerrados suavemente. En su mente, solo le veía a él y su sonrisa. Y sus besos: en el pecho, en las axilas, en el hombro, en el ombligo, en la parte interior de los muslos… su lengua de vez en cuando recorriendo su polla de abajo arriba… su jugueteo con el capullo… Diego no pudo resistirlo más y agarró su pene con la mano, y empezó un desenfrenado sube y baja… ya no podía… no podía… era tanto el placer que sentía en cada poro, nunca en su vida había sentido eso, pero necesitaba explotar… necesitaba llegar al orgasmo cuanto antes, para no perder todas esas sensaciones que tenia por todo el cuerpo… ya llegaba… lo notaba… no era como otras pajas, esta era distinta, sentía todo el cuerpo… el estómago, su piel, las marcas… en el perineo empezó a notar como un torrente que empezaba a manar… aceleró su marcha… sí… nunca había sentido una cosa parecida… y explotó.

– ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!

Gritó. Lo necesitaba.

De repente se encendió la luz del salón.

– ¿Qué pasa?

Era la voz de Joan, que medio dormido, se había levantado corriendo de la cama al escuchar los gritos.

Diego se sintió de repente ridículo, vestido solo con los calcetines, y con su pecho lleno de semen, y su pene todavía palpitando. Intentó ocultarse, pero Joan se acercaba al sofá. Se giró para coger su ropa, pero no calculó bien y se cayó al suelo.

– ¡Hostias!

– ¿Diego?

– No te acerques, por favor. No pasa nada, te lo juro.

Pero ya era tarde. Joan estaba lo suficientemente cerca para ver a Diego intentar tapar su cuerpo desnudo, sin mucho acierto. Joan levantó las cejas ante lo absurdo de la situación.

– Vale, vale, ya veo que todo está bien.

Joan sonrió.

– Me vuelvo a la cama. Si necesitas algo…

– Sí, sí, ya se… no te preocupes que no necesitaré nada – Diego hablaba entrecortado intentando recuperar un ritmo normal de respiración.

– ¿Quieres un par de pañuelos?

– ¿Eh?

A Diego le ardían las mejillas de la vergüenza.

– Sí…digo no, joder… no necesito…

Pero Diego se calló al notar que Joan le había lanzado un paquete de pañuelos de papel.

– Hasta mañana

Y Joan apagó las luces de nuevo.

– La próxima vez quítate los calcetines, no me jodas, es grotesco.

Y cerró la puerta de su cuarto.

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Historia completa seguida.

Historia por capítulos.