Una buena mañana para correr (79).

Manu estaba tirado en su cama. Había estado estudiando toda la tarde para un examen que tenía al día siguiente. En realidad no era toda la tarde. Entre un rato que había hablado con sus padres, o discutido, más bien, y un rato más largo que se había pasado pensando en el mundo y sus incongruencias, o dicho de otro modo, en su incapacidad para entenderse a sí mismo, el “toda la tarde” había quedado reducido a un par de horas de estudio efectivo.
Pero la química orgánica se entendía mejor. Estaba chupada en comparación con el indescifrable enigma que era él mismo y las personas con las que se relacionaba, y por extensión, el mundo en general.
En su caso… seguía perdido. Había empezado a salir con Marisa hacía un par de días. Habían follado unas cuantas veces. Parece una incongruencia, un par de días y unas cuantas veces… pero así era. La verdad es que era casi lo único que habían hecho, y se habían dedicado a ello con esfuerzo e interés. Ella parecía haber disfrutado mucho, porque le estaba buscando incansable para darle otra vez. Esa tarde, de hecho, podría estar con ella jugando a los médicos. La química tenía la culpa de estar en su habitación mirando al techo.
– La química me ha servido de excusa – se corrigió Manu en voz alta.
¡Sorpresa! Ella no era lo que necesitaba. Manu estaba… buscaba ya el momento de dejarla. Como las otras. Sexo sí, bien y tal… pero tampoco era una cosa que le llenara. Había algo cuando lo hacía que le impedía disfrutarlo a tope. ¿Miedo al compromiso? ¿Miedo al género?
Esther tampoco había sido la persona adecuada. Se lió con ella después de aclarar las cosas con Joan.  Algunos tienen la costumbre de echarse un cigarrito después de hacerlo, o de ir al servicio, o de beber un vaso de agua, o de lo que sea. Esther tenía la costumbre de usar su verborrea para hacer planes de futuro… a los diez minutos ya estaba preparando la boda, a los quince, Manu estaba en la calle, abrochándose el plumas, y guardándose el calzoncillo en el bolsillo que debido a las prisas, no se había puesto.
¿Aclaró las cosas hablando con Joan? La respuesta era no. Aunque intentaba engañarse de vez en cuando. Como poniendo a la pobre química como excusa de no haber quedado con Juani. ¿O era Marisa?
Sus padres se había ido hacía un rato al cine. Daban una película de una ONG sobre la mujer, o sobre la pobreza, o las dos cosas, no se había enterado muy bien. No había prestado demasiada atención, la verdad. Habían discutido esa tarde y le había dejado un poco tocado. No estaba acostumbrado a ser el débil,  a ser el que necesitaba ayuda, y su madre se lo había planteado directamente. Ella lo notaba, lo conocía, aunque en general no interviniera. Y tenían razón, pero… no estaba preparado para tratarlo con ellos, ni con nadie. Se lo contó a Joan, y se arrepintió. No por nada, porque Joan había sido muy amable con él, le había escuchado, y se había preocupado. Pero… casi en cuanto se levantó de la silla del bar de la Universidad, se sintió… ¿vulnerable? Y además, esa frase que le dijo: “Tú tienes que saberlo” o algo así. “Tú sabes lo que te gusta, otra cosa es que quieras o no reconocértelo”. Y su excitación cuando estaba con él. Quizás debiera probar con un chico. Cada vez estaba más convencido de que esa era la resolución de sus dudas en los últimos tiempos. Si no lo solucionaba, no podría seguir con su vida. Pero… ¿qué chico?
Lo notaba. No estaba de humor con casi nadie, no dormía bien, le costaba concentrarse en cualquier cosa. Sus pensamientos tendían a perderse en absurdas y reiterativas divagaciones sin sentido. Él caminaba por una senda, en un bosque, para encontrarse con una persona encapuchada. Corrían para encontrarse y se abrazaban, y se besaban… Manu quería saber quién era, le bajaba su capucha y veía el rostro de Marisa, aunque poco después era el de Isabel, o el de Rosa, o el de Gema, o el de Patricia… recorría su mano hasta que llegaba a… y… él se echaba hacia atrás, tropezaba y caía al suelo, sobre un manto de hojas húmedas y medio putrefactas… miraba y veía un enorme miembro que asomaba entre las ropas de ¿Marisa? ¿Patricia? ¿Esther? Aunque miraba ahora y veía el rostro de Joan, que se reía a carcajadas… y el miembro se hacía más y más grande, con una cabeza enorme, y goteaba un líquido transparente… y esas carcajadas… y ahora era el rostro de Diego el que se reía, y el que le miraba… El de su hermano… pero todos reían… un pájaro se posó en el enorme falo y entonó un canto alegre, pero que a Manu le estaba sacando de quicio… las risas, el pájaro cantando apoyado en un miembro erecto y duro, como si fuera una rama de un castaño, o de un olmo… Manu se apretaba las sienes de su cabeza… parecía que ésta le iba a estallar… quería dejar todo eso… en esta parte de la consciencia quería dejarlo todo, pero… no podía evitar mirar al pájaro cantando, al miembro babeando, al rostro de ese, ahora hombre, con las facciones de Joan, aunque hacía un par de minutos eran las de Carlos, o las de Alberto, aquél otro chico que había recordado que también le había excitado hacía un par de meses.
Manu conseguía salir de su ensoñación y concentrarse de nuevo en su libro de química. Echaba cuentas de lo que le quedaba para acabar el curso, y de lo que se proponía hacer después de la selectividad. Hasta hacía unos días, lo tenía claro. Pero ahora… sus prioridades habían cambiado. Más bien sus necesidades. Y éstas pasaban por alejarse de su casa, de su ambiente.
Quizás debería hablar de todas estas cosas con Ricardo. Era posible que le comprendiera mejor que nadie… al fin y al cabo tenían una comunicación especial, aunque en los últimos tiempos esto parecía haber cambiado ligeramente.
Manu se sobresaltó al escuchar un sonoro portazo en la casa. Se incorporó de un salto y salió asustado al pasillo. Pensó que a lo mejor sus padres se habían olvidado de cerrar la puerta al salir, y una corriente de aire repentina había hecho que se cerrara de golpe.
– ¿Jonás? – gritó en el pasillo.
Pero éste no contestó. Fue hacia el hall despacio hasta que desde allí vio venir a Ricardo.
– Joder, macho, me has asustado.
– Pues te jodes.
Manu se quedó sorprendido de la reacción de Ricardo.
– Has discutido con Jaime ¿verdad?
No lo pensó. Sencillamente lo dijo. No podía ser otra cosa. Nada le afectaba a su hermano como el estado de su relación con Jaime. Pero ver la cara que le puso Ricardo, le hizo arrepentirse de haber abierto la boca. Estaba claro que los días en que podía hablar sin medir las palabras con su hermano habían pasado a mejor época. Debía empezar a pensar  ya las palabras que cruzaba con él.
– Tiene que ser jodido ser tan listo como tú, hermanito. Siempre sabes lo que hacer, lo que decir con todos. Tendrás que darme un puto curso, porque yo está visto que soy un mierda a tu lado.
– ¿A qué vi…?
– ¿Desde cuando eras tan amiguito de Joan como para que apoye su cabeza en tu regazo? ¿Eh? ¿A que venía eso?
– ¿Pero de que vas, Ricar? ¿Eso es lo que te cabrea? ¿A que coño viene el decirme que…? ¿No me decías que debía ser amigo de Joan? Encima que…
– Eres falso e hipócrita, hermanito. La puta madre que te parió… jodido imbécil. Ahora resulta que vas a ser el puto mejor amigo de mi mejor amigo, que te caía como el culo hasta hace… ¿Una semana?
– Ricar, no sé que te ha pasado, pero no lo pagues conmigo. Yo no tengo…
– Tú nunca tienes la culpa de nada, hermanito. Eres el listo, el fuerte, no te jode. El que sabe qué hacer. Yo siempre meto la pata, puta mierda que me parió.
Manu se volvió a su habitación y se volvió a tirar en la cama con su libro de química. “Está claro que no se puede hablar con él”. Cogió su libro de química orgánica, e hizo como si se concentraba en el estudio. No le apetecía seguir con la conversación.
Pero Ricardo pensaba de otra forma. En alguien debía descargar sus frustraciones del día, y su hermano Manuel era la mejor opción que de le presentaba. Entró decidido en la habitación y agarró el libro en el que pretendía refugiarse y de un tirón, lo lanzó sobre la pared que tenía detrás de él.
– ¡Que pasa, jodido cabrón de mierda! ¿Ahora no quieres  meterte en mi vida? ¿Ahora me ignoras? Pues te vas a joder que ahora soy yo el que quiere dejar claras unas cuantas cosas, jodido de mierda.
Ricardo le mostraba todo el odio del que era capaz en la tensión de su rostro y de su mirada. Según hablaba iba inclinándose más, hasta casi pegar su nariz a la de su hermano. Respiraba agitadamente.
Manu conservó la calma. No hizo ningún gesto, después del sobresalto inicial cuando Ricardo le quitó el libro de un tirón. Miraba hacia delante, pero sin buscar los ojos de él.
– Estás perdiendo los papeles, Ricardo. No tienes razón en nada, y lo sabes. Te has centrado tanto en ti, en darte pena, en no vivir la vida porque eras un jodido marica…
Ricardo hizo un gesto levantando la mano como para golpear a Manu.
– Si bajas esa mano, hermanito, no voy a hacer nada para evitar que me des una buena hostia. Me llevaré la primera, eso está claro. Pero te advierto que el resto de hostias de la tarde te van a caer a ti. Ya me has tocado suficiente los cojones.
Ricardo pareció pensarse la situación y relajó su cuerpo, bajando lentamente el brazo.
– Eres un jodido egoísta, Ricardo. Te dabas pena cuando no sabías como acercarte a los hombres, porque te has pasado desde los 16 años llorándote en tu propio hombro por la triste vida que tenías. Marica, con un físico según tú no muy atractivo, un desecho de la vida que no iba a sobrevivir solo ahí fuera, y al que nadie querría.
Manu intentaba mantener un tono monocorde, pero seguro. Iba poco a poco levantando su mirada, ahora sí,en busca de la de su hermano, que seguía de pie al lado de su cama, con su cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. Aunque esta inclinación, iba reduciéndose, como si él empezara el camino contrario al de Manu.
– Y has llegado a pensar que eras tú el centro del Universo. A eso he contribuido yo, desde luego,  que pensé siempre que necesitabas protección, o un empujón, más bien. Solo aprendiste a ver tus problemas, tus tonterías, a pensar que tus inseguridades… pero sabes, he tardado en darme cuenta, tus inseguridades solo son una parte del papel que haces. Quieres dar pena, quieres que no nos demos cuenta de que eres un jodido y apestoso ególatra, que no tiene ningún interés real por nadie de los que le rodean. Y no sabes ver lo que sienten las personas que estamos a tu alrededor, y que sabes, jodido imbécil, te queremos, y sabes, tonto del culo, a los que nos deberías conocer.
Ricardo pareció recuperarse de la amenaza de Manu, e intentó interrumpir su discurso.
– ¡Ahora te callas, hijo de puta!
Manu se incorporó de un salto. Era ahora él el que mostraba con su cuerpo el enfado que tenía con él.
– Eres tú y solo tú. No sabes ver más allá de tus gafas, cuando te las pones. Ni de tu nariz, si no las llevas. No conoces a Joan, le has pisado en los últimos meses porque dudabas de él, cuando en realidad solo dudas de ti, porque solo estás a gusto siendo el centro de todos. Viste a Joan hablar con Jaime, y no te dieron celos que hubiera follado, solo te dio celos que hablaran y se contaran sus cosas, como si fueran amigos. Y no conoces a Jaime, ni sabes lo que siente, ni te interesa. Ni sabes escuchar, ni quedarte al lado de nadie, sin que se note. No se que hostias te ha pasado con Jaime, pero apostaría que ha sido algo de eso. Y te has puesto como una furia, porque no eras el centro. No tienes ni puta idea si yo lo estoy pasando bien, si tengo problemas, si no duermo. Ni te has fijado que a Jonás le pegaron el otro día en la calle, y le robaron.
Manu se calló unos instantes.
– Y ahora te vas a ir de mi puta habitación y te vas a joder con tu gilipollez tú solo en la tuya. Pierde cuidado que en la puta vida me voy a preocupar ni un segundo por ti y tus cosas. Allá te las apañes solo, imbécil de mierda.
Se quedaron los dos callados unos minutos. Se miraban fijamente,como midiendo sus fuerzas. Al final Ricardo se dio la vuelta y enfiló la puerta. Pero antes de salir, tiró lo que había sobre la mesa de Manu.
– Me has jodido la vida, hijo de puta. Has hecho lo posible para que me quede sin amigos. Primero criticando a Joan, que si era, que si… y ahora me los has arrebatado..
– Eso es una puta mentira. ¿Joan no puede tener más amigo que  tú, gilipollas? Pero es que eres un puto amargado egocéntrico de mierda. Y ya no sabes ni razonar, solo sabes tirar las cosas al suelo, y romperlas.
– Hago lo que me da la puta gana.
– Hazlo con tus jodidas cosas. Y jode tu jodida vida. Pero al resto, déjanos en paz, imbécil.
– Haré lo que me de la puta gana.
Y salió de la habitación dando un sonoro portazo. Casi choca en el pasillo con Jonás, que acababa de entrar en la casa.
– Y ¿tú que hostias miras, jodido marica reprimido?
Y le apartó de un manotazo.
Manu salió como una exhalación de la habitación.
– Se iba a lanzar contra Ricardo, pero la súplica que vio en la expresión de su hermano pequeño, le calmó.
– ¿Nos vamos al cine, Manu?
Éste respiró un par de veces profundo. Cuando escuchó el portazo en la habitación de Ricardo, se dio la vuelta para encararse con Jonás. Fueron apenas unos segundos lo que tardó en ponerse unas deportivas y el anorak.
Salieron de casa.
Caminaron despacio y en silencio hacia los cines Van Golem. Justo cuando estaban debajo de la marquesina, antes de entrar en el hall, Jonás se paró unos instantes y le dijo a su hermano.
– No soy marica.
Manu le miró y sonrió.
– Yo a lo mejor sí.
Jonás le sonrió.
– ¿Vemos la de “los tontos…”
Guay.

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Historia completa seguida.
Historia por capítulos.