Si yo estoy tranquilo, tú también.

Y me he levantado esta mañana. No había más remedio.

Y he desayunado, frugal, me he afeitado, y me he duchado, como todos los días. A partir de la ducha, he empezado a abrir los ojos con un poco de soltura. Tampoco demasiada, no creáis.

Eso sí, mis neuronas chirriaban. Era un ruido ensordecedor. Intentaban ponerse en marcha, pero no había forma. He pensado quedarme en casa, para engrasarlas un poco con 10 ó 12 horas de sueño extra. Pero entre chirrido y chirrido, una ha conseguido mandarme un mensaje: Jaime, ¡échale huevos, hombre!

Y he salido de casa.

Suelo caminar con un ciento de historias que hacen el juego a mis neuronas. Son como pelotas de tenis que se pasean entre uno y otro jugador. Jugador como sinónimo de neurona. Dos jugadores, dos neuronas. No hay más.

Hoy predomina una historia sencilla. Es de amor. Varios personajes.

Amor.

Debería escribirla como un relato lleno de sentimiento, de sensibilidad. Es así la historia. Así me la he imaginado. Pero no sé como hacerlo. Hoy me siento impotente.

Amor. Trata de amor, sí. Y es una historia cotidiana. De amor.

Amor.

En una neurona se me abrió una pantalla con una imagen. Un chico joven, guapo, digamos 28 años. Llevaba la cabeza rapada. Se miraba en el espejo para acostumbrarse. Hacía solo unas horas que se había cortado el pelo. Debía hacerlo. Una operación.

Yo me lo he imaginado lleno de cariño. Me lo he imaginado romántico, aunque se lo guarda un poco. Un chico que ama a los suyos. Una mirada decidida, fuerte. Esperanza en sus ojos. Y temor. Aunque esto lo oculta a los suyos. “Estoy tranquilo”.

Es un chico fuerte, que está acostumbrado a luchar contra las adversidades, a superarse. Lo ha tenido que hacer varias veces. Un chico que sabe valorar lo mal que lo pasan otros. Un día, hace ya unos años, decidió ayudar lo que podía a chicos y chicas que lo estaban pasando mal. Mientras se mira en el espejo, recuerda. Recuerda cuando corría al salir del cine con su hermano. Recuerda sus baños matutinos, recuerda sus miradas cómplices. Recuerda a la familia reunida, con la música siempre presente. La música… el arte de sentir o mitigar los sentimientos.

En la otra neurona se abre otra pantalla. Un chico toca el violín. Música, siempre música. Guapo también. 22 años. Toca a Chopin, esperando tener un piano que le acompañe. Una lágrima se escapa, frunce el entrecejo. Los dedos le duelen. Lleva muchas horas tocando. De repente otro chico más joven, 15 años y guapo también, empieza a tocar el piano. Una chica sentada en el suelo, escucha. Los mira con orgullo, como si fueran algo suyo. Y lo son. Dos ángeles presiden, uno vestido con bata blanca. Son guapos también.

Amor. Se siente eso, amor.

Un flash. En la otra neurona. Un chico se acomoda en el pecho del otro. Van a dormir. Uno de ellos está triste, el otro le pasa la mano por el cabello: “ya se ha ido la bruja” le susurra.

Otra pantalla. No puedo determinar en que neurona. Unos campos con grandes trigales mecidos por el viento. De repente la nieve. Cañones, sangre, sudor… dolor y lágrimas. Fuego y desolación. Suena una música. Violines, trompetas, arpas, clarinetes, timbales y campanas.

Estamos en la nieve teñida de dolor, de sufrimiento.

Se cuela una música: 1812, Tchaikovsky. La melodía recuerda a La Marsellesa. El ejército de Napoleón avanza por las estepas rusas. El pueblo ruso se agazapa, se prepara para resurgir. Espera las nieves, las de febrero.

Otro flash. Amor. Unos hermanos, unos amigos, unos padres, una novia. El amor puede mover, puede conseguir cualquier cosa. El amor cómplice, profundo.

Vuelve a aparecer el chico rapado. El espejo en el que se mira es una pantalla de cine. Los ve a todos, a todos… y puede sentir en esa imagen todo lo que le quieren.

“Yo estoy tranquilo, vosotros debéis estarlo”, les dice.

Se lo dice a cada uno. A cada uno de los que le aman. A cada uno a los que ama.

Siente ese amor, porque él es especial. No todos podemos sentir cuando nos quieren y cuanto. Él sí. Él se alimenta de ello, aunque a veces se lo guarde. Pero hablan sus actos. No necesita palabras.

Batas verdes, o azules. Una lámpara potente, una camilla. Pantallas de ordenador, gafas especiales. Comienza la función. Para unos una función más, para otros… “La función”.

Son tantas las imágenes que me salen en mis neuronas, mientras paseo por Burgos… os lo juro, tengo los ojos acogotados.

Hace frío, pero me siento en un banco. Al lado un montón de nieve. Nevó estos días atrás. ¿Os lo dije?

Sigue sonando la música. Ya ha dejado de sonar La Marsellesa, y ahora hay unos toques de “Dios salve al Zar”. Sigue siendo 1812. Sigue componiendo Tchaikovsky.

Los cañones callan.

Una campana.

Dos.

La orquesta unida, todos, llegan al final. Llega el apoteosis majestuoso, épico. Los músicos ponen su alma en los instrumentos, y llenan cada rincón del universo con sus notas.

Las campanas… las campanas tañen a victoria, los habitantes de los pueblos salen a las calles a vitorear a los cosacos del Zar…

¡¡viva!! ¡¡viva!!

Una cama de hospital. Una sonrisa. Esas campanas se instalan en el pecho. Es muy difícil describir el gozo, la alegría de la lucha ganada, una más. La vibración de las campanas se expande célula a célula, en progresión geométrica, números que se multiplican… desde el pecho hasta el infinito.

El pelo ha crecido. Sus pómulos antes más marcados, se han suavizado. Su sonrisa es la de siempre, porque nunca dejó de sonreír, ni cuando tuvo que acostumbrarse a la adversidad.

Sus amores sonríen.

Imágenes que se repiten, aunque son nuevas.

Carreras al salir del cine, complicidad, piano y violín juntos, ahora dos pianos. Amor. Amor de padres, de hermanos, de amigos, de novia.

Amor.

Lágrimas de alegría en un mes frío. El viento sopla con fuerza. El viento mismo que trajo las lágrimas de tristeza, ahora las tornará en lágrimas de alegría.

Mis neuronas no dan más de sí. Ellas lloran, y yo lloro. No consigo hilar estas imágenes

que aparecen por mi cabeza. No consigo construir una historia novelesca con estos personajes. Yo los veo reales, de carne y hueso. Los siento besables, abrazables. Siento a Chopin corriendo por mis venas, y siento cada acorde de 1812. Cuando llega el movimiento final… parece que algo se levanta dentro de uno, es la magia… la vida… la vida que llega en todo su esplendor, la libertad… el amor… otra vez el amor… el amor por la vida, por las personas.

Sigo en el banco. El montón de nieve. Estoy agotado de buscar una solución.

El director baja la batuta. Ha sido un concierto especial.

El público aplaude.

Él tarda en girarse, espera que las lágrimas dejen de resbalar por su mejilla.

Saluda.

Lejos de allí, el chico rapado sonríe y aplaude.

“Si yo estoy tranquilo, tú también”.

Y sonríe. Otra vez.

Amor.

_____

Hoy, esta historia se lo quiero dedicar a Marcos. No hay muchas personas con “Magia” y con “Amor” en su interior. Y siento que él es uno de los elegidos. Y hay que cuidarlos. Por él y para él. ¡Salud!

11 pensamientos en “Si yo estoy tranquilo, tú también.

  1. Debes ser brujo o algo así… No es la primera vez que escribes algo que está relacionado con lo que está pasando en mi vida.

    Muchas gracias por tu historia para Marcos y un abrazo para él, y otro para ti claro.

  2. Desde este instante soy una de tus más firmes admiradoras, ya lo era. Sabes, creo que lo bello de escribir es la capacidad de transmitir esos sentires que dice un músico que conozco, y tu plasmas y transmites, llegas. Hoy me has llegado, hoy te doy millones de besos millones de gracias, porque en estos días así tan grises en mi corazón hoy me has hecho muy feliz, gracias Jamie, un besazo de tu amiga Blanca.

    • Blanca, bueno, no sé muy bien que decirte.
      No ha sido fácil escribir este relato. Esto creo que al menos lo he repetido tres veces desde ayer… me repito. Y no sabes la alegría que me da comprobar que no he errado el tiro.
      Muchas gracias por estar, por leer, y por comentar. Y por tus palabras. No sabes lo que animan a la hora de ponerme a escribir más historias. Te debo un café.

      Millones de besos. Envueltos en abrazos.

  3. Ufff, no se qué decir , sólo puedo repetir lo mucho que me sigue sorprendiendo tu talento . Y más allá del talento para escribir , admiro esa capacidad que se te intuye para sentir , que es la verdadera razón que da vida a esos personajes .
    También felicito a Marcos por tener como dices esa magia y ese amor en su interior , creo que en lo que has escrito has sabido transmitir su esencia . La vida puede volverse muy difícil en algunos momentos , pero creo que él puede sentirse doblemente afortunado , primero por ser quien es y después por tenerte cerca.
    Felicidades a los dos.

    Un abrazo

    • Pucho, amables palabras. como siempre.
      No voy a presumir de estar cerca de Marcos, porque no es así. Pero… lo que he intentado conseguir, es hacer míos y después, transmitir lo que sus amores sienten de él, por él y con él.
      él tiene suerte, sí, pero por tener personas que le quieren como lo hacen. Esas personas son las que le harán salir con bien de todo los obstáculos que se encuentre en el camino.
      de nuevo, muchas gracias.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  4. Pingback: Que sí… que llega San Valentín al rincón. « el rincón de tatojimmy v.2.0

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s