Una buena mañana para correr (81).

Carlos se sentó un rato. Se había levantado pasadas las 5 de la mañana. No había podido pegar ojo.

Pasó un rato sentado en una pequeña galería que daba a la calle. Se quedó mirando por la ventana, sin hacer nada especial, sin fijarse en nada. Sin pensar en nada.

Quizás debiera haber aceptado la invitación de Joan y quedarse en su casa, para no estar solo. Sus compañeros de piso se habían ido ya de vacaciones de Navidad. Casi era mejor: tampoco sabía la reacción que iban a tener al verle otra vez. En realidad si lo sabía por una nota que le habían dejado pinchada con un imán en la nevera:

Deveríamos hablar sobre el piso y tal a partir de enero. Pensamos que a lo mejor te gustaría irte ha otro lado. Por nosotros guay.”

La ortografía no era el fuerte de Ernesto.

Le hizo gracia la sutilidad del mensaje. Además mucho mejor escrito en un papel en la nevera, que mandar un mensaje al móvil, o algo. Así no corrían riesgos de que les preguntara. Ya deberían saber que estaba fuera de la cárcel, así que podrían llamarle, y de paso preguntarle como se encontraba. Pero ¿y si se cabreaba y les mataba a ellos también, como seguramente había hecho con sus padres y su pobre hermano? Mejor no arriesgarse. Cogió un trozo de papel de cocina, y un rotulador.

Por mi de puta madre. No os importará pagar mi parte de este mes ¿a que no? Si tenéis algún problema me llamáis, que enseguida os mando a mi abogado. ¿O es sicario?”

Cogió otro de los imanes, y lo puso sobre su mensaje.

Lo releyó.

Lo arrancó y lo rompió en pedazos.

Arrancó con furia otro trozo de papel del rollo, y volvió a escribir:

¡Qué pasa! ¿No tenéis huevos de vivir conmigo? ¿Tenéis miedo de que os asesine mientras dormís? Si os queréis ir por mi de puta madre. Yo me quedo”.

Colgó esta segunda nota. Esta vez ni siquiera la volvió a mirar. Abrió el frigorífico, y sacó la botella de yogur líquido.

Joan en el viaje de vuelta había intentado disuadirle de que se fuera. Pero a la vista estaba que lo mejor era irse de allí. No tenía cojones de enfrentarse a todos y que le miraran con miedo. Si antes era opaco a todo el mundo, ahora nadie se atrevería a preguntarle siquiera si le dolía la uña del pie, por si le contaba alguna cosa “delicada”. Si se enfadaba con alguien, sacarían una coña así como:

“¿Me vas a matar como a tu hermano?”

Y eso un día y otro.

Si le presentan a alguien, en cuanto se diera media vuelta dirían:

“Este es el que detuvo la policía el otro día en la Bolera, porque piensan que mató a sus padres y a su hermano. Y me ha dicho un amigo que conoce a un poli que fijo lo hizo él. Lo que pasa es que es más listo que el hambre, y no ha dejado ninguna prueba.”

Dejó el bote de yogur, y se fue a su habitación. Se tumbó en la cama. Miraba al techo, con los ojos como platos, sin apenas pestañear.

– Empezar otra vez. ¿Y a dónde me voy esta vez?

Y Diego.

Diego.

Era el muro. La barrera que le impedía ponerse a recoger sus cosas en ese preciso momento e irse. Cada vez que tenía intención de hacer algo, de preparar su enésima huida, aparecía por cualquier resquicio la cara de Diego. O solo su nombre. Y eso servía para anestesiarlo, para que inmediatamente se le quitara cualquier intención de preparar la maleta.

¡Hostias!

Se levantó de un salto, y se metió en la ducha. No se quitó ni el calzoncillo ni la camiseta. Abrió la ducha y le dio toda la presión que tenía. Se puso de cara a la pared, y la golpeaba con sus puños al ritmo de una música que solo él oía en su cabeza. Un vecino, enfadado por los ruidos, empezó a gritar improperios e insultos.

Carlos dejó de golpear la pared, y se fue escurriendo hasta sentarse en el suelo de la bañera. Lloraba de impotencia, de rabia. De no poder quitarse el cartel de culpable, aunque ningún tribunal le hubiera condenado todavía. De no poder vivir su vida, ni siquiera cambiando de ciudad. Este iba a ser el cuarto cambio. La cuarta huida. En ninguno de los sitios que había estado antes, había nada que le retuviera. Se había cuidado muy bien de crearse lazos de cariño, de amistad, mucho menos de amor. Pero en Burgos, algo había salido mal. O bien. Fermín fue una mecha. Joan fue una pequeña explosión previa, en forma de amigo. Él y todos los que le rodeaban. Y luego llegó Diego. Siempre Diego.

Aunque si lo pensaba fríamente, no solo era Diego. Todo el grupo tenía su importancia. Joan, Jaime, Ricardo… fue injusto con él, lo maltrató, se burló de él, y al final… era un buen tío. Y la familia de Diego… Raúl, su madre, los peques… por primera vez en sus casi 21 años de vida, se sentía a gusto con un grupo de gente. Se sentía que empezaba a formar parte de él, y lo que era más importante: le gustaba la idea de acabar siendo parte de ese grupo.

– ¿Alguien quiere ir a abrir esa puta puerta? ¡Joder con la mañanita de los cojones! Primero los putos golpes y después el puto timbre!

Carlos aguzó el oído, y cerró el grifo. Ahora lo escuchaba… el timbre de la puerta. Intentó ponerse algo encima, o al menos no ir dejando un reguero de agua hasta la puerta.

– Total si me voy a ir hoy de aquí.

Así que fue a todo correr a la puerta, para que el que fuera dejara libre el botón; parecía que se le había pegado el dedo.

– Joder, no son formas de llamar – dijo abriendo la puerta de golpe.

“Diego. ¡Joder! Lo que me hacía falta”, pensó Carlos.

Se dio media vuelta y volvió al baño para secarse y vestirse.

– ¿No es un poco pronto para hacer visitas? – preguntó Carlos desde el baño.

– Pues llevo una hora en la calle, haciendo tiempo.

Diego entró en la casa, y cerró la puerta suavemente detrás de sí. Se quedó dudando sobre qué hacer. Miraba hacia el pasillo por dónde se había perdido Carlos, y se balanceaba suavemente de atrás adelante sobre sus pies.

– ¿Te vas a quedar ahí, como un gilipollas? – Carlos asomó la cabeza en el baño – no te asustes, ya me has visto en pelotas. Así me cuentas que hostias haces aquí. ¿Vienes a ver al asesino de hermanos pequeños? ¿No tienes miedo de que te corte en pedazos con la sierra eléctrica que tengo en el armario?

Diego apenas reaccionó. El tono de Carlos le intimidaba. Era agresivo, lleno de sarcasmo hiriente, ofensivo. Aunque había venido decidido, y por primera vez en su vida, con decisión, ahora las dudas, sus inseguridades volvían a tomar ventaja. Ver a Carlos casi desnudo, porque la ropa que llevaba empapada, era como si no llevara nada. Y eso le turbaba… porque le excitaba, y no quería… no sabía dominar ese sentimiento todavía. No estaba acostumbrado. Y recordaba su imagen en el espejo, con su exceso de peso, sus marcas… y no podía por menos de comparar… y volver a caer en sus eternas dudas sobre si alguien como Carlos, podría sentirse atraído por alguien como él.

– Espero que no te moleste que ande desnudo. Además así disfrutas, que sé que mi cuerpo te pone a tope.

Carlos había salido del baño completamente desnudo. Se había ido hacia el hall del piso, en donde seguía Diego, como si unas raíces mágicas le impidieran mover sus pies del suelo.

– Desnúdate tú también… así estamos a nivel.

Y diciendo esto se acercó a Diego, y le empezó a desabrochar el abrigo, y quitarle la bufanda. Pero cuando intentó hacer lo mismo con el jersey que llevaba, Diego le apartó las manos.

– Así estoy guay, thanks.

– Huy que cool, en inglés…

Diego clavó la vista en el suelo, justo entre sus Adidas.

– ¿Te vas a quedar ahí como un pasmarote? Pasa y me ayudas a hacer el equipaje.

– ¿Así que te vas? ¿Y yo? – no lo pensó, lo dijo. Y no le gustó que pareciera una súplica.

– Tú haces lo de siempre. Compadecerte de ti mismo, y llorarle al que tengas más cerca. O siempre te puedes acabar lo que empezaste el otro día.

Carlos dijo esto dirigiéndose hacia su habitación. Se dio cuenta de que había metido la pata hasta el fondo. Pero no sabía como rectificar. Y no quería perder el tono duro que estaba empleando… no quería mostrarse débil… quería que Diego se fuera, pero que lo hiciera él, echarle… quería que dejara de ser esa barrera que le impedía irse de nuevo, salir corriendo. Así que no hizo nada, más que ir a su cuarto, sacar la bolsa de deportes para meter su ropa, y empezar a hacer su equipaje.

– ¿A dónde vas a ir? – pregunto Diego tímidamente, esta vez ya desde la puerta del cuarto de Carlos.

– Ni puta idea.

– ¿Y si te quedas? – dijo en un arranque.

– Ya no hay sitio para mí aquí. No hay nada que me retenga.

– ¿Y Joan? Te aprecia.

– Lo superará.

– ¿Y yo? Yo…

– Seguro que Enrique te habrá contado los detalles. Es poli, y hablaría con sus compañeros. Y ya se sabe entre polis. Ya te habrá dicho lo mal bicho que soy, y lo cruel que fui con mi hermano y mis padres. Y lo listo que soy que no me pueden coger. ¿Te vas a arriesgar? ¿Y si te corto el cuello mañana, después de follar?

– Eso es una tontería.

Carlos se volvió hacia Diego, y se le acercó con los brazos en jarras.

– ¿Me vas a decir que no te ha contado Enrique? Con lo que te quiere… y cómo quiere protegerte…

– Sí me ha dicho. Pero…

– Pues hazle caso, y lárgate. Es mejor así.

– Yo…

– Que te largues.

– No me da la gana ¡Joder!

Diego se había cansado del agobio de Carlos, y había estallado. Casi le había escupido esas palabras, echando el cuerpo hacia delante, con los ojos casi fuera de sus órbitas, mirando hacia Carlos, pero en realidad sin fijar su vista en él, o al menos sin buscar su mirada.

– ¡Ahora discuten los putos maricas de mierda. Esto es una puta mierda

– ¡Cállate, hijo de puta, o subo y te rajo el cuello! ¡Hijo de puta!

Carlos respiraba agitado. Diego intentó acercarse y abrazarle, pero Carlos rechazó de un manotazo el gesto. Se dio la vuelta, y acabó de meter algo de ropa en la bolsa. Se vistió rápidamente, cogió su portátil, su cartera, y un libro que tenía sobre la mesilla.

Se puso el abrigo.

Se encasquetó la braga en el cuello, y un gorro en la cabeza.

Y se fue hacia la puerta del piso.

– Cuando te vayas, cierras la puerta. ¡Adiós!

– No te…

Carlos dio un portazo.

– … vayas… – Diego acabó la frase en apenas un susurro.

Se quedó por unos instantes mirando el sitio exacto por donde había desaparecido su amigo. Bajó los hombros derrotado.

Sin saber muy bien cómo, se puso en marcha. Una especie de rabia le estaba invadiendo su cuerpo. Cogió su abrigo, y la bufanda, y salió corriendo tras Carlos.

– Eres un cretino ¿sabes? – le gritó en la calle.

Diego jadeaba tras la pequeña carrera que había emprendido bajando las escaleras para no perder tiempo esperando al ascensor.

– Un puto cretino y cobarde. ¿Dónde están tus mentiras de la azotea? ¿Dónde están tus mentiras del hospital?

– ¡Yo no te he mentido idiota! ¿Qué te he mentido? ¿Qué hostias te he dicho…? ¿Acaso te he prometido nada? Tú sueñas, y si te crees tus putos y mierdosos sueños es tu puto problema. Yo no soy la Teresa esa de Calcuta, ni una ONG. No me vengas con gilipolleeces…

– Eso es lo que eres tú. Un puto gilipollas, y un puto cobarde. Y mentiroso. No… no has dicho nada con palabras, claro. Eso sería… el duro y jodido Carlos Menéndez Sastre, el hombre duro que engaña a la policía, que no se deja acoquinar por el mundo… que peta culos como otros comen uvas… ¿Cómo va a decir una mierda por esa boca de piñón? ¿Cómo va a reconocer en voz alta, que es un puto débil y que se enamora como un gilipollas como otro cualquiera? Él en el papel de doliente acusado de asesinato, el que sale en los papeles, y que es hasta trending topic en twitter… ¿como va a prometer algo en voz alta? Pero tu puto cuerpo habla. Y tu puta cara. Por eso te digo y te repito que eres un puto mentiroso y puto y miserable cobarde.

– ¿Cobarde yo? Mira quien fue a hablar, pero si te quería tirar hace un par de días del tejado… ojala te hubieras tirado y así todos contentos. Puto gordo de los cojones. Esto es una puta mierda… que te den. Que …

– Huye… huye… pásate tu puta vida huyendo. Siempre habrá culos y bocas que tapar con tu polla y que te hagan más llevadero tu huida. Vete dejando cadáveres en tus huidas. Amigos que confiaron en ti, como Joan, que se ha preocupado y desvivido por ti. Que se ha gastado una pasta en detectives para ayudarte. Que ha ido a buscarte a Palencia. Y Jaime, y Ricardo, a ese al que diste por culo, destrozándole la autoestima, pero que después parece que no tenía tan mal polvo… y al final mira, hasta se unió a tu club de fans. Y a mí. Ojala me hubieras dejado tirarme. ¿Para esto me salvaste? ¿Para esto me convenciste? ¿Para dejarme tirado ahora? Eres un calienta pollas… eres un mierda.

– Guay. Soy un mierda y un cobarde. Ya lo sabes. Y un puto egoísta. Y puede que un puto asesino. Tú mismo lo has dicho.

Carlos cogió la bolsa que había dejado en el suelo cuando habían empezado a discutir, se dio media vuelta, y empezó a alejarse de Diego, camino de la parada de taxis más cercana.

– ¿Por qué no me dejaste tirarme? Eres…

– Pues tírate de una puta vez, y deja de lloriquear – gritó Carlos sin girarse.

Diego había agotado toda su furia, sus fuerzas. Nada se le ocurría para convencerlo, para detenerlo. Las piernas le empezaban a temblar. Tuvo que sentarse en el banco más cercano que había. Dobló sus piernas, las puso contra el pecho y lloró. Era la primera vez que había atisbado cómo sería el estar con alguien. Cómo sería apoyarse en alguien, y preocuparse por alguien. Que rozaran tu piel con amor. Se sintió como si hubiera gastado todas sus balas. Se sentía que había perdido su último tren. La razón que había encontrado para no pensar en dejar este mundo, para dormir casi sin pastillas, y no tener esos sueños macabros, esos recuerdos agobiantes que coartaban su libertad, su vida.

Cuando Joan llegó a casa de dejar a Carlos en la suya, le esperaba ansioso. Joan le explicó que había decidido irse esa misma mañana, y sin despedirse de nadie. Diego se puso tenso… no podía ser. Estuvo ideando cien formas de convencerlo. Mil cosas que le diría. Su cabeza echaba humo.

Apenas se acostó. Y salió de casa dispuesto a no dejarle irse. Esperó en la calle. Cuando estuvo seguro que la luz que veía desde la calle, era de la casa de Carlos, llamó. Primero tímidamente, Después con decisión. No podía dejar escapar esta oportunidad. No era esta la forma que tenía de actuar normalmente.. Era apocado, tímido. No le gustaba ser el centro de atención, ni levantar la voz.

Pero no había salido bien.

– Ojala me hubiera tirado… ¡mierda de puto Carlos!

– No.

Diego levantó la cabeza. Carlos estaba plantado enfrente de él, con su bolsa de deportes colgada de un hombro, y el portátil colgado del otro. Le miraba de esa forma. Como en el hospital. Como cuando dormía. No lo veía… pero Diego lo sentía.

– Soy un puto, y un hijo de puta. Pero tú nunca debes dejar de luchar.

Carlos no lo pudo hacer. No se pudo ir. Por eso su lucha porque fuera Diego el que saliera huyendo. Quería a ese gordo bobo. Lo quería como a su propia vida. De hecho, en parte estaba renunciando a su vida por él. Lo intentó, pero… al entrar en el taxi, no pudo decir al conductor un sitio a dónde ir. Porque en su mente, todos los sitios quedaban descartados porque no estaba Diego en ellos.

– No se luchar. Para una vez que lo intento… – contestó con un hilillo de voz en el que se notaba que estaba cercano el llanto de alegría, y apenas se había ido el llanto de la desesperación.

– Estoy aquí.

La cara de Diego se animó.

– No, no corras. Hoy no me voy. Pero no prometo nada. Mañana a lo mejor…

Diego empezó a sonreír.

– Pero no prometo nada – insistió Carlos – ni siquiera con el cuerpo.

Diego se secó las lágrimas.

Carlos hizo lo mismo con las suyas. Sonrió.

Diego lo imitó.

– ¿Tienes un pañuelo? – preguntó Carlos.

– No… se me ha olvidado…

– Mira que eres desastre…

– ¿Y tú?

– Yo soy yo… vamos a mi casa, y dormimos.

– Antes desayunaremos… ¿no?

Subieron.

Entraron en la cocina. Carlos vio el mensaje que había dejado colgado en el frigorífico. Lo cogió y lo rompió.

Estoy bien aquí. Gracias por vuestra comprensión. Me quedo”.

Este sí parecía el definitivo.

Comieron tostadas con mermelada. Y café. Y zumo de naranja.

Y se fueron a la habitación de Carlos.

Y durmieron.

Solo durmieron. Abrazados.

A penas un beso de buenos días.

Porque amanecía, aunque ellos se echaban a dormir.

 ________

Historia completa seguida.
Historia por capítulos.

7 pensamientos en “Una buena mañana para correr (81).

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  2. A veces es difícil encontrar la respuesta adecuada, a Carlos le ha costado, pero yo creo que al final consiguió encontrarla.

    Un abrazo.

  3. No entiendo por qué lo hacemos, por qué luchamos contra nosotros mismos. Me parece que el problema de Carlos no son sus amigos, ni siquiera los que le creen culpable, sino él mismo.

    He disfrutado mucho leyéndote, muchas gracias.

    Un abrazo.

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