Una buena mañana para correr (82).

No sabía discernir si estaba contento de que llegara el día, o simplemente aliviado. No estaba seguro de que su decisión fuera adecuada. Pero ya no había vuelta atrás. O sí… tampoco pasaría nada si se arrepentía y no iba a la cita y volvía al ostracismo. Pero en realidad Joan lo deseaba. Le daba morbo… le gustaba la idea… aunque no estaba seguro de que fuera lo mejor. Ni siquiera bueno. Presentía que algo iba a pasar. Que esa decisión iba a cambiar algo determinante en su vida. No sabía el qué, ni el cómo.

El caso es que el momento había llegado. Era la fecha acordada. Jueves 21 de diciembre. Tres días después del entierro de Fermín.

Había ido siguiendo las instrucciones de Alberto. Al día siguiente del entierro de Fermín, Joan había ido a la peluquería para cortarse el pelo casi al cero. Era parte del juego. Con ese hombre, la escenografía adquiría mucho protagonismo. El escenario, el vestuario… la música… el atrezo.

Se había duchado cuidadosamente.

Se miró en el espejo desnudo, todavía mojado. Buscó esos ángulos que sabía que le gustaban a su cliente: disfrutaba viéndole desnudo, caminar, girarse, agacharse… sentarse cruzando las piernas, moviendo el culo, haciendo que se le marcaran los hoyuelos de los laterales. Y su miembro cayendo flácido sobre sus testículos.

– Esa curva – repetía sonriendo… lo recordaba como si fuera ayer.

Se puso unos calzoncillos diminutos. Eran tan diminutos que su miembro, aun en reposo, asomaban por encima de la goma. Menos mal que sus testículos no eran grandes, porque si no, hubiera sido un problema para conducir. Por detrás era una tira un poco más ancha que un hilo dental. Joan volvió a mirarse en el espejo, y comprobó que no le quedaba mal, aunque tomó nota mental de empezar a correr por las mañanas, como hacía antes. Su culo había perdido un poco de vigor.

Se puso sus vaqueros más viejos y rotos. Se los dejó caídos. Insinuando.

El día anterior también había ido a la pedicura, para que le arreglaran los pies. Todo era parte del juego. Con ese hombre, nunca era un mete-saca, cuatro besos mal dados y hasta luego.

Alguna vez había pensado Joan, en la cantidad de dinero que podría tener este hombre. Una sesión como la que iban a tener esa tarde noche, le iba a costar fácilmente los 4.000,00 €. Joan iba a cobrar 1.000,00 €, peticiones a parte. Estuvo pensando si cobrarle o no, pero… al fin y al cabo, necesitara o no el dinero, él hacía el papel de chapero, y era justo que cobrara. Además, era un chapero de categoría, pensó Joan, sacando su orgullo por el trabajo bien hecho, porque sabía que era uno de los mejores.

Sonrió a la imagen que le devolvía el espejo.

– Y mejor será que te lo creas, Joan querido – se dijo en voz alta; y lanzó un beso a su reflejo.

– Me voy – gritó Diego desde la puerta.

– ¿Ya has comido? Había prep…

– Sí, sí no te preocupes, ya lo he visto y he comido un poco. Estaba inmenso. Me voy que llego tarde. Luego nos vemos.

– Mañana… que no vengo a dormir…

Pero Diego ya no le oía. El ruido de la puerta de la calle, lo dejó claro.

– Pues sí que llegaba tarde – se dijo Joan murmurando, mientras seguía observando como le quedaba el uniforme de trabajo de ese día.

Miró el reloj. Tenía que irse, si no quería llegar tarde.

Se puso un chaleco de cuero sobre su piel: no podía llevar nada más. Solo una cazadora encima. Y unas bambas en los pies, para conducir o ir en el coche. Cogió una mochila con algo de ropa y útiles de aseo para dejarla en el coche, por si luego necesitaba ponerse ropa distinta para volver, o para imprevistos.

Aunque hacía frío, apenas iba a pisar la calle. Tenía algo más de dos horas de camino hacia el lugar acordado, una especie de hotel especial en Madrid. Pero entraría directamente al garaje, que era particular para cada habitación. No entraría en contacto con nadie, ni con la calle. Ni siquiera con otros clientes del hotel, o el personal de recepción.

Debía enviar un mensaje cuando saliera de Burgos. Lo hizo. Y una foto de sí mismo. Lo hizo también. Así Alberto podría comprobar que cumplía sus peticiones. Aunque esto no era tanto un control como un morbo añadido.

Se puso en marcha.

Intentaba no pensar demasiado en todo lo que le había llevado a volver a este “trabajo”. Posiblemente Raúl, el hermano de Diego, tuviera razón, y no iba a encontrar lo que buscaba trabajando otra vez de chapero. Pero al menos podía justificar su falta de “ese cariño-complicidad” que buscaba en su pareja, en que le pagaban por ello, y ahí no era el sitio en dónde se encuentran esas cosas.

Se sentía fracasado en ese aspecto. Posiblemente se hubiera equivocado en todas las decisiones que había tomado. Desde el cuando, al como, y los quienes. Quizás no era la mejor solución buscarlo a mata caballo, salir a la calle pensando en que ese iba a ser el día en que iba a encontrar a su alma gemela, y por cojones lo tenía que hacer. O pensar que debía encontrar a alguien estupendo, súper guapo… pero Fermín no era súper guapo… ni súper nada. Era resultón, sí… pero… Era más guapo Ricardo, por ejemplo. Y mucho más Jaime.

La conquista. Ese es el punto clave. A Jaime y a Ricardo nunca les consideró para el puesto, porque no necesitaba conquistarles. Estaban ya conquistados. Ricardo desde casi que le conoció, bebía los vientos por él. Se convirtió en su mejor amigo, y un muy buen mejor amigo. Pero si Joan hubiera chascado los dedos, Ricardo le hubiera limpiado su cuerpo con la lengua después de una lucha en el barro. Y eso era evidente, aunque Joan nunca se hubiera dado por enterado.

– Fermín, Fermín – de repitió en voz alta.

Fermín.

No pensaba que su muerte le iba a afectar de esa forma. Durante un tiempo pensó que podría ser el sustituto de Ignacio. Pero como en toda esta época, fue simplemente un autoengaño. No obstante, le cogió un cierto cariño. No era malo, solo que no sabía hacer las cosas de otra forma. Toda la situación con Gervasio le habían llevado a tomar caminos y decisiones equivocadas. A sentirse siempre víctima, y no darse cuenta de que se había convertido en verdugo para muchos. Nadie nos enseña a afrontar las cosas que se tuercen, y a controlar de quién nos enamoremos. El mundo está lleno de parejas imposibles, de personas que se enamoran de verdaderas arpías, de mala gente. Pero no pueden hacer otra cosa. Gervasio no era malo, pero… tampoco había sabido acertar con su vida, con los pasos que había dado en ella. Y esas equivocaciones, iba desencadenando otras equivocaciones, propias o ajenas.

Faltaban unos 30 km. Hizo una perdida.

Debería estar nervioso ante lo que se iba a enfrentar. Aunque Alberto siempre le había tratado con delicadeza y cariño, no dejaba de ser un cliente, que pagaba por sus servicios. Iban a pasar una noche juntos, y Joan debería seguir todos los juegos que se le ocurrieran. Nunca antes le había pedido ir de una forma especial, ni vestido así. Y era la primera vez que iba a este hotel especial y tan lejano. Las noches en un hotel no habían sido infrecuentes en la otra época. Estaba claro que se había sofisticado en sus peticiones.

Pero iba tranquilo. Quizás era el hecho de estar seguro de sí mismo, o seguro de su cuerpo y de lo que tenía que ofrecer. O posiblemente fuera que en realidad no necesitaba el dinero, y no dependía por tanto de que el cliente quedara contento para que le enviara más clientes, o le volviera a llamar.

Ahí estaba el hotel. La puerta de entrada al garaje debería estar a la derecha.

Justo… ahí estaba.

Bajó por la rampa. Había una especie de interfono con un teclado. Debía marcar una serie de números y letras. Cogió el móvil, y abrió el mensaje en dónde se lo habían enviado.

Marcó. Lo tuvo que hacer dos veces. La primera no se lo aceptó.

La puerta de abrió. Debía seguir el camino marcado en el suelo. Dependiendo de la combinación marcada, el sistema te guiaba hasta la habitación correspondiente. La suya estaba al fondo del todo, a la derecha. Justo cuando llegó se abría una puerta. Era el garaje de la habitación. Ya había otro coche. Sería el de Alberto.

Apagó el motor, y salió del coche.

Se quitó el abrigo. Se colocó bien el chaleco, y los pantalones. Justo debían enseñar el principio del pelo del pubis, y el principio del culo. Se colocó también el miembro en el minúsculo slip que llevaba. Hacia arriba, bien estirado, la punta asomando por la goma. No faltaba nada. Era el momento de entrar en la habitación.

Subió las escaleras, y abrió la puerta con decisión.

Sonaba una música suave que no supo identificar. Era una habitación amplia, con mucha luz. Era como una especie de salón. A la derecha había un tresillo y un par de butacas, haciendo un ambiente, con una mesa rectangular baja y con una falsa chimenea en la pared. Ésta estaba encendida, al igual que una televisión que estaba encima, aunque sin volumen.

En el lado izquierdo, nada más entrar, había como una especie de cocina americana, con mini-bar incluido. Un poco más adelante, estaba el piano. Quizás Alberto quisiera jugar con él, como la última vez.

Hola Flip.

Por la puerta de la izquierda, salió Alberto. Traía dos copas de cava en la mano. Iba elegantemente vestido con un smoking negro, con una pajarita granate. Llevaba una barba muy recortada, casi blanca, que le daba un aire más señorial si cabe. Siempre había tenido un porte elegante y distinguido, aún desnudo. Se dirigía sonriente hacía él, ofreciéndole una de las copas. Joan cogió la suya, mientras Alberto ponía su mano derecha en el cuello de Joan, atrayendo su boca hacia la suya, para darle un beso tórrido y apasionado, con un ligero sabor a cava.

Cuando Alberto dio por terminado el saludo, Joan, lo miró sonriente.

– Veo que empiezas fuerte.

– Será por los años que he esperado este momento. Déjame que te vea.

Alberto se separó de él un momento, y fue estudiando cada parte de su cuerpo, tocando de vez en cuando.

– Quítate las bambas esas. Quiero que vayas descalzo. Estás estupendo… y esos pies han mejorado mucho desde la última vez.

– Gracias. Será la pedicura.

– Y tu culo está estupendo. Luego veremos si la curva de tu polla sigue poniéndome a cien.

– Seguro que sí – le contestó Joan con seguridad, pasando su lengua lentamente por los labios para humedecerlos un poco y mirándole de soslayo, entrecerrando los ojos, pero a la vez con decisión.

– Sigues en forma, Flip… que diablillo eres – Alberto le dio un cachete en el culo.

– Tú también estás estupendo Alberto. Solo verte y ya me he puesto medio caliente. Joan se puso de forma que Alberto pudiera ver que su polla asomaba rutilante por el pantalón caído y el mini-slip.

Alberto sonrió complacido.

– Eres uno de los mejores, no cabe duda.

– ¿Ya no el mejor?

– Vamos, que te voy a presentar a un chico que rivaliza contigo en encantos. Hoy está con un amigo mío.

Joan se quedó un poco sorprendido. No se esperaba esa propuesta. Alberto le cogió de la mano, y le fue guiando como si fuera una princesa que iba detrás de su príncipe azul. Salieron por la puerta por la que había entrado Alberto. Daba a otra especie de salón, pero parecía que era compartido por varias habitaciones.

Allí, sentados en un sofá grande, estaban dos hombres. Uno de ellos, de la misma edad que Alberto, de unos 65 años. Iba vestido también muy elegante, con un traje azul marino, y una camisa amarilla fuerte. Estaba casi completamente calvo, y perfectamente rasurado. Parecía estar en forma, porque no le sobraba ni un gramo de peso, y se le marcaba a través de la ropa, un torso fuerte y trabajado.

Sentado a su lado, estaba sentado un chico de unos 20 años. Solo vestía una especie de capa de gasa, muy vaporosa, de color gris perla, sujeta al cuello por una cadena que parecía de oro, y con un broche de diamantes, y un bóxer negro de Armani. Joan pensó que le sobraban un par de kilos para tener un cuerpo perfecto, aunque esto posiblemente fuera por verlo como un posible rival en su trabajo. No le había hecho gracia que Alberto le dijera que ese chico rivalizaba en encantos. Él pensaba volver en plan “aquí estoy yo”, y mira por donde, tenía rivales. Llevaba la cabeza completamente rapada, y el cuerpo depilado. Incluso las cejas estaban recortadas a la mínima expresión. Todo ello resaltaba sus ojos marrones, no excesivamente grandes, pero profundos y con una mirada expresiva, cautivadora.

Los dos se levantaron cuando les vieron acercarse. El hombre sonrió mientras rodeaba la cintura del chico y lo acercaba a él. Parecía como si tuviera miedo de que alguno de los recién llegados se lo fuera a quitar.

Alberto hizo las presentaciones. Parecía que todos en esa especie de comunidad tenían la costumbre de morrearse en forma de saludo. El hombre, que se llamaba Andrés, se entretuvo un rato largo probando los labios y la lengua de Joan. El chico se llamaba Josh, y su beso fue mucho menos intenso y tórrido, quizás porque sabía cual era su papel en esa representación.

Se sentaron los cuatro. Andrés y Josh juntos en el sofá, y Alberto y Joan en una butaca amplia que estaba formando una “L” en la esquina en dónde estaban sentados los otros. Andrés jugueteaba con el bóxer de Josh, lo mismo que Alberto hacía con las aberturas del pantalón de Joan, metiendo distraídamente la mano por él. La situación la verdad es que le estaba poniendo a cien, y su pene se estaba poniendo más duro a cada momento.

Estuvieron un buen rato hablando y picando de unas bandejas de canapés que había en la mesa. Y bebiendo cava. Josh tenía una voz muy suave, y parecía un chico culto. Sabía de música, y de literatura. Andrés se le notaba mucho más puesto en pintura, al igual que Alberto. Parecía que esa afición era la que les había juntado. ¿O sería el gusto por los chaperos?

– ¿Y si hacemos algo los cuatro? Propuesto Andrés de repente. Creo que me gustaría ver a estos dos cachorros compitiendo entre ellos.

Joan no pudo disimular su sorpresa por la propuesta. A Josh no parecía hacerle demasiada gracia. Se miraron los dos y Joan pensó que en la mirada del otro chico, había asomado un punto de miedo.

 ________

Historia completa seguida.
Historia por capítulos.

5 pensamientos en “Una buena mañana para correr (82).

  1. Uffff, creo que esta historia me está dando muy mala espina. Me da que el pobre Joan va a salir muy mal parado de todo esto, a lo mejor no tanto en el plano físico, pero si en el psicológico y justo ahora cuando seguramente lo que más necesitaba era alguien en quien apoyarse y que le diese cariño. Aunque esto muchas veces es así, justo cuando más vulnerables nos sentimos es cuando más nos exponemos.
    En fin, espero que la continuación no se haga esperar demasiado

    Un abrazo

    • Pucho, nunca se sabe. Es cierto que Joan se arriesga a encontrarse con un pasado que en realidad no fue grato, aunque guarde buenos recuerdos de algunas personas. pero veremos que pasa. A lo mejor sirve para que cierre heridas que ni él es consciente de que siguen abiertas.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Pingback: Propuestas de Pucho para el recopilatorio del 4º aniversario. | el rincón de tatojimmy v.2.0

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