Una buena mañana para correr (83).

Alberto bebió despacio de su copa de cava concentrando toda su atención en ella, sin dar una respuesta inmediata.

– Otro día – dijo al final levantando la vista y clavándola en su amigo– hoy tengo otros planes.

– Insisto – Andrés miraba desafiante a su amigo. Parecía que se estaban retando a un duelo, o que estuvieran dirimiendo viejos asuntos con Josh y Joan de por medio.

Alberto volvió a demorar su respuesta.

– Yo también insisto en mi decisión.

– Tu chico la tiene dura como ella sola. Quizás si que le apetecería.

Alberto tensó su gesto sin apartar un ápice sus ojos de los de su amigo.

– He tomado una decisión, Andrés. – su voz denotaba autoridad y un punto de tensión.

Andrés parecía que se ponía rígido. Se diría que no estaba acostumbrado a recibir negativas. Había puesto sus músculos en tensión, y el brazo que tenía rodeando la cintura de Josh, atraía más hacia sí al joven, a la vez que con su mano pellizcaba la pierna en dónde la tenía puesta. Y lo hacía con fuerza, y dolía, o así lo indicaba la cara del joven.

– Como quieras. Tú te lo pierdes.

Alberto demoró su respuesta, sin bajar la mirada ni apartarla en ningún momento. Y cuando habló lo hizo masticando las palabras, lentamente.

– No lo dudo. Yo me lo pierdo.

– Quizás Flip quisiera dejarme su teléfono de contacto, para quedar con él otro día.

– Quizás – contestó tajante Alberto, levantándose de la butaca – Pero no será ahora – Se calló durante unos instantes – ¿Vamos? – dijo levantándose y tendiéndole la mano a Joan para ayudarle a levantarse, y llevarle hacia su habitación – El tiempo pasa.

– Cada vez eres más aburrido – dijo en voz baja Andrés, con tono despreciativo.

Aunque Alberto lo escuchó, no quiso entrar al trapo, y siguió guiando a Joan hacia la habitación. Una vez dentro, dio a un mando que cerraba la posibilidad de comunicación con el salón común.

Con el mismo mando, cambió la música. Parecía que con ese pequeño gesto echara el telón sobre lo acaecido minutos antes en la sala común.

– Flip, hoy quiero que nos acompañe Frank Sinatra. ¿Te parece?

– Es una buena elección – todavía un poco sorprendido por la escena, y con algunas preguntas que necesitaban respuesta.

Joan estaba un poco desconcertado por lo ocurrido, y por la actitud de su cliente de seguir con la velada y hacer como si nada hubiera pasado. Alberto le miraba a los ojos. Sonreía. Joan sentía como si le estuviera escrutando y comprobando cómo le había ido la vida desde la última vez que habían quedado, hacía ya 6 años al menos. Joan había cambiado, claro. Tenía su cuerpo mucho más desarrollado; en aquella época era casi escuálido, salvo su culo. Y ya no estaba pillado a las drogas, lo que le daba un aspecto general mucho mejor. Quizás las sombras, que aun marcaba su ánimo, de la falta de Ignacio, y de esa sensación de estar perdido, de necesitar un alguien especial, que le embargaban en los últimos tiempos, hacía que su mirada no fuera completamente alegre y dichosa. Aunque posiblemente la comparación con aquella mirada, 6 años atrás, cualquiera que no supiera que era de la misma persona, nunca lo hubiera adivinado. Por muy perdido que estuviera, por mucho que echara de menos a su marido, ahora tenía una vida, cosa que en aquella época no era así.

– Estás estupendo, Flip.

Joan sonrió. No sabía interpretar la mirada intensa de Alberto. Parecía que quisiera leerle los pensamientos, incluso diría, que quería averiguar algo en concreto. Hubiera dicho, si no supiera que eso era imposible, que estaba intentando preguntarle algo, y saber la respuesta. Todo sin palabras. Era como si quisiera declararle su amor, y quisiera comprobar antes si esa proposición le iba a incomodar, o le iba a causar hilaridad, o habría alguna posibilidad de que la estudiara, al menos durante un par de minutos.

Pero no podía ser. Por lo que Joan sabía, Alberto estaba felizmente casado con una mujer, desde los 20 años. Tenía 7 hijos, y posiblemente ahora ya algún nieto. Eso sí le gustaba jugar con hombres de vez en cuando, pero solo con dinero por medio, para evitar precisamente cualquier sentimiento. Sus juegos con hombres eran eso, juegos. O quizás era todo mentira, como su propio nombre de guerra, Flip. Pero fuera cual fuera la situación familiar de Alberto, había algo de cariño, de… Joan no era capaz de aislar el sentimiento que veía reflejado en su mirada, en sus gestos… Fuera lo que fuera, le hacía sentirse bien, abrazado imaginariamente.

Pero Alberto era su cliente. Y siempre lo había sido. ¿O había algo más?

– Voy un momento al servicio. ¿te importa?

Alberto salió de las profundidades del espíritu de Joan, apartando la mirada y centrándola en un punto menos espiritual de Joan.

– Claro. Te espero aquí – dijo sonriendo con una cierta melancolía – Pero no te demores, ya te extraño.

Joan se le acercó un segundo y le dejó un suave beso en la mejilla. Fuera lo que fuera lo que pensaba o quería con esa prospección de su mente, era algo bueno, así al menos lo había sentido. Pero le pareció oportuno romper el encantamiento. Lo necesitaba para aclarar las ideas.

Aprovechó para refrescarse un poco la cara. Para colocarse bien el mini-slip, que cada vez le resultaba más incómodo. Para echarse una mirada otra vez en el espejo del baño. Para decirse nuevamente a sí mismo, que no estaba nada mal, para lo poco que se cuidaba últimamente. Así que el Andrés ese se había puesto a cien al verlo, y quería tenerlo, pensó con un punto de orgullo profesional. Debía hablar con Alberto para que no le diera su teléfono. No le había parecido trigo limpio. Había algo turbio en él y en su forma de comportarse. No quisiera estar en el pellejo de Josh esa noche.

Salió.

Alberto estaba al lado del piano, moviéndose al ritmo de la música, como si bailara con una pareja imaginaria. Joan sonrió y se acercó decidido. Alberto se unió a la sonrisa y le esperaba con los brazos abiertos. Joan según se acercaba, se iba quitando el chaleco, despacio, suavemente, mientras no perdía la conexión de la mirada que había establecido hacía unos segundos con su cliente.

Colocaron los brazos. Y empezaron a bailar suavemente. Joan apoyó su cabeza en el pecho de Alberto. Éste pasaba una y otra vez su boca por el pelo. Buscaba esa sensación del pelo muy corto sobre su piel. No había duda de que estaba disfrutando de una de sus peticiones especiales. De vez en cuando, dejaba un suave beso sobre la cabeza de Joan.

– Me gusta abrazarte.

Y siguieron bailando. Apenas sin hablar. Durante casi una hora. Solo paraban unos instantes para llenarse las copas de cava, pegarlas un sorbo, y mirarse fugazmente a los ojos, darse un fugaz pico y… reír.

Joan durante una fracción de segundo pensó que esto parecía más una reunión de enamorados que una reunión de un cliente con su proveedor de servicios sexuales. Le estaba empezando a dar que pensar la situación. Nunca había considerado a Alberto en otros términos que no fueran los de un cliente que había sido amable durante aquellos años en los que casi nadie lo era con él. Que su dinero le había proporcionado comida durante muchos días, y en alguna ocasión le había salvado de pasar hambre, o de recibir palizas extras por no poder pagar la droga que debía. Y esa dosis de cariño, de respeto, sobre todo respeto, que le había proporcionado en aquellos tiempos, habían sido cruciales para que Joan deseara seguir viviendo. Y lo más importante: que lo consiguiera.

¿Alberto sería otro de los hombres que en algún momento habían estado a su lado y no había sabido apreciar todas sus cualidades o sus sentimientos? Otra vez le vino esa idea. ¿Debía poner definitivamente en cuarentena esa creencia suya de que tenía una cierta facilidad para percibir los sentimientos de la gente que conocía? Quizás fuera como con Ricardo, no había sabido ver más allá de lo evidente: un hombre mayor que le pagaba por tener sexo. Aunque en realidad, si lo pensaba fríamente, nunca había tenido sexo propiamente dicho con él. Alguna felación, sí, pero la mayor parte de las veces, había sido juegos eróticos, o fetiches, muchos roces, besos, comer… con él comió alimentos que hasta ese día no sabia ni que existieran. Alberto le daba de comer directamente, le sentaba en sus piernas como si fuera un niño, y le daba un bocado, y un beso, otro bocado, y una sonrisa… Qué narices, no recordaba ni a sus padres tratándolo así… en realidad no se acordaba casi de ellos.

Alberto había ido un momento al servicio. Joan decidió quitarse los pantalones, para que al volver Alberto le pudiera ver con el mini-slip que le había pedido que llevara. Su miembro estaba a medio gas, con esa flojera que a algunos les resulta más atractiva que la dureza extrema. Asomaba por encima de la goma, como casi siempre. La polla de Joan era larga en reposo. Precisamente esa curva que hacía, cayendo sobre los testículos, era una de las cosas que recordaba que a Alberto más le gustaban. Pero esa visión solo se la daría cuando él la pidiera.

Suena la bomba del váter.

Se abre la puerta, y apaga la luz. Alberto se gira, y le ve. Sonríe.

– ¡Qué bella imagen! Sigues siendo el mejor.

– Ahora ya no soy solo uno de los mejores… ¿Ya no quieres llamar al chico ese, Josh?

Alberto sonrió y puso un gesto pícaro en su rostro.

– ¿Estás celoso? Picado… – Alberto había encontrado el concepto adecuado – estás picado…

– Yo, para nada.

Joan escenificó al hombre ofendido en lo más profundo de su ser, levantando el mentó exageradamente. Alberto se acercó a Joan, y le rodeo la cintura con sus brazos, pegándolo a su cuerpo. Le besó delicadamente en la boca durante unos instantes.

– Algún día a lo mejor te pido un favor relacionado con Josh. ¿Le ayudarás si yo te lo pido?

Joan iba a protestar por la propuesta de Alberto, porque en un principio lo tomó como una broma, para seguir picándole. Pero al mirarlo, intuyó que iba en serio.

– Yo no soy la persona adecuada para…

– Nadie es la persona adecuada, Flip. Pero me cae bien ese chico y me gustaría que…

– Vale… no sé en que… no… bueno, haré lo que pueda, o … na, cuenta conmigo.

Alberto le volvió a besar. Esta vez fue un beso más largo y profundo. Joan notó que sus miembros se ponían a tono con la situación. Sinatra seguía desgranando su repertorio en el equipo. Y ellos, sin quererlo, empezaron a moverse muy suavemente al ritmo de la música, pero sin separar ni una miaja sus cuerpos.

– Quitate la mierda esa que te hice comprar. No me gusta. Te prefiero desnudo.

Alberto se separó, y le miraba atentamente como se quitaba el slip. Joan lo hizo muy despacio, para que pudiera observarle a placer, y pudiera ver los ángulos que a él le gustaban. Alberto amaba las curvas del cuerpo de un hombre atractivo, y no se cansaba de disfrutar de las diversas formas. La curva que hacían las piernas y el culo al agacharse, era unas de sus preferidas. Los músculos en tensión… las rodillas a medio doblar… y aparecer de repente, el pene, bailoteando al ritmo de los movimientos de su dueño.

Joan se irguió y se puso de medio lado. Alberto se quedó extasiado, disfrutando de ese cuerpo con el que había soñado tantas veces. Nunca se lo había confesado a Joan, pero siempre había sido su preferido. Y no había mucha lógica, en que ahora, le siguiera gustando, porque el cuerpo de Joan de hacía 6 años, no tenía nada que ver con el de ahora. Entonces era delgado, enclenque, sin casi músculo que le dieran prestancia a las piernas, al estómago, al torso… era el cuerpo de un chico casi desnutrido o en los brazos de la anorexia. Lo único que tenía era un culo extraordinario. Parecía que la naturaleza le había concentrado ahí la poca carne que le tocaba. Ahora Joan tenía un cuerpo con chicha, con curvas, con carne, en donde los huesos apenas se percibían.

– Me sigue gustando la forma que tiene tu pene al caer cuando no está duro…

Alberto fue acercando su mano, despacio, como si tuviera miedo de que si se acercaba demasiado, se fuera a esfumar. Lo bordeaba en el aire, sin tocarlo. Joan le cogió suavemente la mano, y la acercó a la base. Desde allí, lo acompañó en un paseo lento y suave a lo largo de él. Le estremecía de gusto el notar esos dedos de Alberto que casi… era como si fuera una pequeña brisa la que le acariciaba, de la suavidad con la que Alberto pasaba sus dedos a lo largo de su pene. Ya no necesitaba del empuje de sus manos, así que lo dejó que siguiera él solo.

Alberto acercó despacio su boca a la polla de Joan. Iba sacando la lengua… Suavemente la pasó por la cabeza… empezaba a endurecerse. Era la primera vez, que recordara Joan, que su cliente le había chupado su miembro.

Alberto se levantó de golpe.

– No… así no – dijo decidido – ¿Cenamos algo?

Estiró su mano hacia la de Joan, y otra vez le guió hacia una parte de la habitación en la que había preparada una mesa para que dos personas cenaran. Tocó un botón del mando y a los pocos minutos, aparecieron dos hombres con unas fuentes. Las dejaron en medio de la mesa, y una especie de bol, lo metieron en la nevera del minibar.

Joan, aunque estaba desnudo, no hizo amago de taparse ni de esconderse. Sabía que era lo que Alberto esperaba de él.

Cenaron despacio. Alberto vestido con su smoking y Joan desnudo. De vez en cuando se levantaba y se sentaba en las piernas de Alberto, y jugueteaban con la comida entre sus bocas. O con el cava, que era la bebida que seguían tomando durante la cena.

Y la hora del postre llegó. Alberto llevó a Joan hacia la mesa baja que estaba enfrente del sofá, y le tumbó allí. Le tapó los ojos, y fue a la nevera. Sacó lo que habían dejado los camareros. Era un bol de fresas con yogur. Cogió una cuchara, y fue distribuyendo las fresas y el yogur por el cuerpo de Joan. En el pecho, en los pezones, en el ombligo, en el pubis… Cada vez que una nueva cucharada tocaba el cuerpo de Joan, éste se estremecía ligeramente a causa del frío y de la sorpresa. Porque no podía ver ni en dónde ni cuándo exactamente lo iba a hacer Alberto.

Todavía quedaba más de medio bol, pero se dio por satisfecho. Empezó poco a poco a comer las fresas sobre el cuerpo de Joan. Y a beber el yogur. Joan reía, se estremecía, se excitaba… dependiendo de cómo decidiera Alberto comer ese bocado, o de la parte de su cuerpo en dónde tocara comerlo.

Luego tocó la otra parte del cuerpo de Joan. La espalda, el culo… la cabeza semi rapada…

Joan no comió postre. Arrastró a Alberto hacia el baño, entre risas, “Qué no Flip, que no” “Vamos Alberto, vamos” Joan se arrodillo poniendo las manos como si estuviera rezando al niño Jesús, y poniendo caras de niño bueno “Po favor, po favor, po favor” , Alberto se reía, Joan aprovechaba para tirar de él y acercarse un poco más al servicio, le soltó la pajarita, y le dio un beso fugaz, y tiró de él suavemente… “Qué no Flip” pero ya era mucho más débil la protesta… “Eres un diablo” dijo cediendo… aunque siguió poniendo un poco de resistencia… y joan seguía poniendo cara de niño bueno… “Po favor” “me tienes que frotar la espalda”, le decía entre risas…

Le desnudó poco a poco. Cada prenda que le quitaba, cubría esa parte de su cuerpo con besos; y caricias. Alberto le dejaba hacer, aunque eso no estuviera en su plan para esa noche. Pero no cabía duda de que lo estaba disfrutando.

Tampoco lo estaba la ducha juntos. Y la gozó como un niño a quien los Reyes Magos han conseguido sorprenderle con el juego perfecto que ni a él se le había ocurrido incluir en la carta.

Tampoco estaban previstos en el guión los besos tórridos con el agua cayendo sobre ellos. Ni ese rato que Joan apoyó de nuevo su cabeza sobre el hombro de él, y lo abrazaba. Y Alberto cerraba los ojos mientras besaba suavemente su cabeza. Y suspiraba de placer… un placer que en ese momento apenas tenía nada que ver con el sexo.

Ni estaba en sus planes la mamada que le hizo Joan siempre el chorro de agua, después de recorrer el camino desde el hombro hasta su miembro, besando cada palmo de su pecho. Ni cómo le correspondió Alberto con la misma secuencia.

Sí que estaba en le plan dormir abrazados.

Y durmieron abrazados.

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Historia completa seguida.
Historia por capítulos.