Una buena mañana para correr (84).

Marcó por enésima vez. Y por enésima vez, la respuesta fue la misma: ninguna.

Jaime tiró el teléfono sobre el sofá. Debía decidirse sobre lo que hacer esa noche. Era Nochebuena. Ricardo le había invitado a pasarla con su familia, pero no había podido hablar con él desde el día del entierro de Fermín. Quería explicarle, quería contarle unas cuantas cosas para que le entendiera mejor… pero no había sido posible.

Se estiró para coger el móvil de nuevo, y llamar a Joan.

– Oye, que voy a tu casa. ¿No irá mucha gente no?

– Na, no te preocupes. ¿No te ha cogido?

– Ni hostias. Ya paso. Este no es el chico que me gustaba. Algo le pasa estas últimas semanas.

– No te puedo decir – Joan tenía la impresión de que Jaime intentaba sonsacarle, que le explicara. Pero Joan hacía tiempo que había perdido la pista de su amigo Ricardo. De hecho en estos días, tampoco le había cogido el teléfono – Ya no debo estar entre sus escogidos.

– Él sabrá. A mí me la suda.

– Jaime, ese vocabulario – le dijo para picarle e intentar romper su mal humor – que eres profesor universitario.

– Vete a tomar por el culo, y ponte a cocinar, coño. Y soy catedrático, que mis buenos diazepames me costó.

Joan se rió.

– Pues ya estás viniendo a ayudarme, pinche catedrático. O comerás hostias en vinagre.

– Eres… así cualquiera, no te jode. Así invito hasta yo.

– Tú verás. Las cosas claras…

Todavía se sonreía Joan cuando colgó el teléfono.

– Dile a mi madre que todo está guay, y esto, Que cree que no quiero ir a casa hoy porque me voy a pegar un tiro, la pesada de ella. Díselo, Joan, que a ti te hará caso.

Joan le hacía gestos con las manos de que no… lo único que le hacía falta ese día es tener una conversación trascendente con la madre de Diego. Pero éste le había plantado el teléfono y todo lo que había dicho lo había hecho sin tapar el micrófono.

– Hola Isabel. ¡Feliz Navidad! – dijo Joan imprimiendo a su voz un todo cantarín.

– Escucha… – pero Isabel no le escuchaba.

– Sí.

– Pero…

– Isabel, tu hijo y yo acabamos de follar y te prometo que está estupendo de salud y de todo. Está un poco agotado, porque le hemos dado duro, y tal, pero le he dejado absolutamente satisfecho.

– Joder, pero que dices – se quejó Diego.

Joan se encogió de hombros mientras le guiñaba un ojo. “Ni puto caso me ha hecho” – le dijo en susurros poniendo por si acaso la mano sobre le teléfono para evitar que le escuchara Isabel.

Diego empezó a contar con los dedos.

Uno, dos, tres, cuatro…

– ¿Joan que has hecho qué con Diego?

– ¡Isabel! Por fin te has callado.

Diego se había quedado en siete en su cuenta.

– No estoy en contra del sexo, pero Joan, entiende que es mi hijo, que claro, no está bien que me entere de lo que hace en la cama, y… espero que lo hayas tratado bien… y ¿Carlos?

– Ha sido un trío perfecto. –

– ¡¡¡Joder!!! Diego se llevó las manos a la cabeza y se fue al baño a esconderse debajo del agua y meditar como afrontar luego a su madre, porque le tocaría charla sobre el sexo…

– ¡Tiempo muerto, Isabel. Era broma, para conseguir que me dejaras un minuto para decirte algo.

Joan se había desesperado del aluvión de frases que estaba vomitando ya sin mucho sentido la madre de Diego.

– Mira, Diego está estupendo. Hasta creo que está medio enamorado. Y no, Carlos no es peligroso. Un poco soberbio a veces, aunque creo que Diego lo ha domesticado. No, no creo que lo asesine mientras duermen. Y desde luego no va a ser esta noche. Tú hijo ha cambiado mucho en estos días, por lo menos a mí me parece. Mañana…

Isabel…

Bueno, mira si quieres venís todos mañana. Te iba a decir que…

Joan le miró a Diego con cara de desesperación mientras éste le decía con gestos que entendiera por qué estaba tan enfadado cuando le pasó el teléfono.”¡Ves, ves!” le decía gesticulando.

– Pero si… Diego la mama muy bien. Hace unas felaciones estupendas.

Diego se volvió a llevar las manos a la cabeza mientras esta vez sí, se encerraba en el baño y se sentaba en el suelo con la cabeza entre sus manos.

Joan intentaba explicarle a Isabel que Diego pensaba ir a Soria el día de Navidad. Pero su madre no le escuchaba.

– ¿Que la mama muy bien? – repitió unos minutos después Isabel.

– En realidad no lo sé, Isabel. Pero así logro meter baza. Aquí os esperamos a todos, aunque en realidad te quería decir que Diego pensaba ir en Navidad a Soria… pero no pasa nada. Hacemos una fiesta en un momento. Puedes traer algo de comer… no pasa nada…

– Pero… – la madre de Diego estaba absolutamente despistada.

Joan se encogió de hombros.

– Hasta mañana entonces.

Y colgó antes de que cambiara de planes, o dijera algo más, o pensara pedir explicaciones sobre el trío, o sobre lo bien que la comía su hijo. Se quedaron los dos mirándose en silencio, ya que Diego había decidido volver del baño.

– Yo te prometo que… si quieres la llamo y la digo…

– Noooooooo, deja, deja. Ya nos arreglaremos. Esto pasa porque me pases el teléfono – se quedó mirando fíjamente a Diego que bajaba la cabeza sin saber que decir – Lo único es que hay que ir de compras, y pensar que ponemos de comer. Y no nos va a dar tiempo… espera, voy a llamar a los pinches y que se vayan de compras. Y tú ya te estás poniendo el mandil, que vas a cocinar hoy como un campeón.

– Pero yo… – Diego pensaba haber salido a comprar un regalo para todos sus nuevos amigos.

Joan levantó sus manos para indicarle que “¡Es lo que hay!”.

– Sabes – Diego iba a volver al baño, esta vez para ducharse – mi padre para joderla, en el juicio y tal, la dijo que tanto yo como mi hermano, la comíamos de cine.

Joan abrió los ojos de par en par.

– Joder, Diego, yo… joder…

– Na, no pasa nada…

– Una mierda no pasa nada. He quedado como un gilipollas, y ahora tu madre estará dándole vueltas al coco… Dame el teléfono, anda, que la llamo.

Diego se fue a duchar, y Joan marcó el teléfono de Isabel. Una hora de charla. Pero esta vez Joan prestó toda la atención del mundo.

Carlos pasó a recoger a Jaime y se fueron a hacer la compra. Jaime casi prefería eso a cocinar, aunque si las fiestas no le motivaban demasiado, menos lo hacía el tener que cocinar o hacer la compra. No estaba seguro de si era una buena idea el cenar con Joan, con Carlos y Diego. Desde luego, lo del día de Navidad con la familia de este último, pasaba. Ya se inventaría una historia o algo. Prefería quedarse tirado en el sofá de casa, y leer cualquier libro, o dedicarse a dormitar y pasarlo lo más rápido posible. O quizás fuera buena idea cogerse el coche y salir a hacer kilómetros. Comprar algún sándwich en cualquier gasolinera y comerlo bien abrigado en cualquier paraje perdido. Buscar un hotel de pueblo, y pasar allí el resto de los días de esas fiestas.

Esta última idea le alegró un poco la mañana. Así pudo soportar las continuas llamadas de Joan para que cogieran esto, y lo otro, y unas no sé qué para los niños, y un no sé cuentos, y si unas tostadas de este tamaño, o un paté, o una salsa, o un poco de…

– ¡Oye Tío, nos estás volviendo majaras! ¡Joder con la puta Navidad!

– ¡Qué carácter! – le contestó Joan, pasando de su enfado olímpicamente – Calla y a ver si os dais maña, que tenéis que venir aquí a poneros el delantal.

– Y una mierda – le salió del alma.

– Ese vocabulario – le picó Joan.

Pero Jaime ya le había colgado.

A partir de ese momento, Joan cambió a Jaime por Carlos, a la hora de hacer los pedidos, que dicho sea de paso, no estaba para muchas zarandajas.

Había bastante gente en Hipercor. Y algunos de ellos, lo reconocían. Carlos intentaba por todos los medios no llamar la atención, pero… la gente lo miraba y murmuraba. Esto le estaba poniendo de los nervios. Justo al colgar una de las innumerables llamadas de teléfono que se sucedía, una señora se paró a pocos metros de ellos.

– Mira, Antonio, ese es el asesino que detuvo el otro día la policía. ¡A dónde vamos a parar! Si no han pasado cuatro días y ya está de compras como si cualquier cosa.

– Angelines, a lo mejor no es él, y si lo fuera…

– No me vengas con esas Antonio. Tú siempre justificando…

– Angelines, a lo mejor no es culpable.

– Antonio, parece que… lo decían en los periódicos, y no van a decir esas cosas sin ton ni son. ¡A dónde vamos a parar, comprando el pavo para Navidad al lado de un asesino!

Carlos tensó los músculos de su cuerpo. Las venas del cuello parecía que le iban a estallar. Empujó el carro en el que llevaban la compra, y casi se estrella contra una estantería, si no lo llega a parar Jaime en el último momento.

– No les hagas ni puto caso, Carlos. ¡Joder! Qué les den. No tienen ni puta idea. De los que somos tus amigos, no nos hemos apartado de ti ninguno, tío. Eso es lo que te debe importar.

– Eso es fácil decirlo, joder. Que te miren con esa cara… pero mira a la puta señora…

Carlos señalaba a la señora que lo miraba con una expresión que iba del asco al miedo, pasando por el odio.

– Oye, sin faltar – le contestó el marido saliendo en defensa de su mujer.

– Encima no te jode, si enc…

– Calla, joder, Carlos – Jaime le puso la mano en el pecho, porque se estaba poniendo tan furioso que incluso hizo intención de lanzarse hacia la pareja – Y ustedes ya tienen unos años para saber estar y no andar juzgando a la gente sin ton ni son. Y luego dicen de la educación de los jóvenes, pues Vds. desde luego de eso no han mostrado mucho hoy.

La señora iba a replicar, pero esta vez fue el marido el que la obligó a cerrar la boca.

– Vamos a lo nuestro Carlos. Ni puto caso – dijo Jaime, dando la espalda a la pareja.

Y le hizo ir hacia el otro lado de dónde estaba el matrimonio.

– Joder, no me empujes. Si además tenemos que ir hacia allí…

– Déjalo, vamos a por los ibéricos primero, y los patés, luego iremos a la pescadería.

– Pero…

– Carlos, joder, déjalo. Ni puto caso. Déjales que miren. A ver si así ligo yo, con eso de que te miren a ti y me encuentren a mí a tu lado.

Y le guiñó un ojo.

– Carlos no pudo más que echarse a reír al ver la cara que puso Jaime. Se le acercó, y le dio un beso en la mejilla.

– Sois buena gente.

– ¿Quienes? Yo solo me veo aquí contigo. Y si lo dices por la clientela de hoy del Hipercor, no sé que decirte.

Carlos le dio un codazo.

– Bobo. Ya sabes a qué me refiero. A ti, a Joan, Ricardo, y todos los demás.

– Ya.

Jaime se había quedado pensativo al escuchar el nombre de Ricardo incluido en el “sois buena gente”. Solo habían pasado unos días desde que se enfadara con él, y ya le sonaba raro el verse dentro del mismo saco. Él además, ya no iba a hacer nada para arreglar el asunto. Había intentado arreglar las cosa, hablar con él, pero recordaba lo que había pasado apenas unos días antes, y ya no merecía la pena. Si cada vez que tenían un desencuentro iba a pasar esto, él no estaba preparado para este tipo de cosas. Y dudaba que lo estuviera alguna vez.

– ¡Eh! ¡Qué estoy aquí! – le llamó la atención Carlos, mientras le daba otro beso en la mejilla.

– Huy, perdona. Me había perdido en el laberinto de Ricardo. Mira saluda a esos señores que parece que te conocen.

Carlos levantó las cejas… y sonrió pícaramente.

– Hola ¿que tal? – dijo dirigiéndose a al pareja que le miraba insistentemente murmurando entre ellos.

Estos balbucearon una respuesta que ni ellos pudieron escuchar, bajaron la cabeza, y aceleraron el paso, olvidándose seguro de coger el paté a la pimienta que le gustaba al abuelo Herminio.

– ¡Vamos! Que si no, no acabamos nunca. Además cuanto más tiempo estemos, más riesgo corremos de que nos llame… ¡Joder! ¿Ves?

Justo sonó su móvil; Joan había decidido alternar entre los dos, y esta le tocaba a Jaime, pensó éste, pero vio que Carlos hablaba a su vez por el móvil: “Claro, está comunicando”, se dijo Jaime.

– Dime Joan – dijo con voz cansada y displicente – ¿Helado de limón? Pero tío… ¿Cava? ¿Pero no tenías…? Vale, vale. ¿Tantas? Joder… tendrá que quedarse uno de nosotros a pasar la Navidad aquí. Si no no van a caber las cosas en el coche.

– Ya, ya, no… pero si vieras el carro… bueno, es que nosotros también debíamos comprar alguna cosa, que no…

– Vale, vale…

– Qué sí pesao.

Y colgó. Se giró hacia Carlos pero éste seguía hablando por teléfono dándole la espalda y tapándose el otro oído con la mano.

Jaime aprovechó para adelantarse y coger las botellas de cava que le había encargado Joan.

– Carlos, estaba pensando que… ¿Carlos? ¿Est… qué te pasa?

Jaime se acercó a él y le rodeó la cintura.

– Me… ¡joder! Me han amenazado… A mí y a Diego… y a Joan…

– ¿Quién?

Carlos se encogió de hombros. Jaime estaba descolocado. Nunca había visto a Carlos así, tan asustado. Ni cuando le detuvieron, o en las comparecencias en el juzgado de Palencia, cuando la gente le increpaba. Se había quedado blanco.

– ¡Eh! Serán unos bromistas. No… ¿Conoces el número desde el…?

Carlos negaba con la cabeza.

– No le des… bueno, llama a tu abogado, o… no sé. Pero no creo… va, seguro es un imbécil que cree que hoy es 28 de diciembre.

Pero Carlos seguía con su mirada perdida.

– Es que… sabes… cuando… no es por lo que me decían… es que me he mareado solo un instante, y… me he visto en mi cabeza… me… bueno, estaba yo tirado en medio de un charco de sangre en la calle.

Jaime le abrazó más fuerte.

– Mientras un hombre vestido con una gabardina gastada y sucia pasaba por su lado.

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Historia completa seguida.
Historia por capítulos.