Una buena mañana para correr (85).

Mati miraba a su marido.

Alberto miraba a su mujer.

Estaban completamente desbordados. No era la cena de Nochebuena que habían imaginado. No era como en otros años.

Un sitio libre.

– ¿No iba a venir Jaime?

– Se ha ido con su familia. Su madre insistió… y decidió irse en el último momento.

Mati miró a su marido. Éste la miró a ella. Se encogió de hombros y le hizo un leve gesto para que no siguiera preguntando. Ricardo mentía y los dos lo sabían. Todos lo sabían.

Por mucho que lo intentaban los dos, no lograban cambiar el ambiente en la mesa. Ricardo estaba encerrado en sí mismo, con cara ausente, o enfadada, dependiendo de momentos. Contestaba con monosílabos, si es que lo hacía. Si era Manu el que le decía algo, pasaba de él. Jonás tampoco existía.

Mati intentó hablar con él en la cocina, pero no consiguió nada. “Me duele un poco la cabeza” se excusaba. Ella sabía que era mentira. Alberto intentaba llevar la conversación por el buen humor… con bromas e ironías… pero a la media hora ya se había cansado.

– ¿Y qué voy a hacer con todo lo que sobra? – suspiró Mati – Si lo llego a saber me hubiera ido a tomar el vermuth con papá y me ahorraba la cocina.

Se hizo el silencio. Mati retiraba el pavo asado que había rellenado ella misma. Y la salsa de manzana, y las patatas asadas. Todo prácticamente sin tocar. Y la ensalada templada de gambas y gulas, ahora ya helada y casi intacta.

– Y los estudiantes se han ido… ¿quién se va a comer todo esto? – murmuraba desconcertada.

De repente le entró unas ganas irrefrenables de gritar, y se volvió desde la cocina con la ensaladera:

– Al que ha jodido la cena hoy… – le temblaba la voz – mejor será que vaya… porque le parto la jeta, lo que nunca he hecho. No sé que os pasa, pero… – y se volvió a la cocina.

Se oyó el ruido de la ensaladera al caer al suelo y romperse en mil pedazos. Alberto se levantó y fue a decir algo, pero se quedó con el dedo extendido y moviéndolo nerviosamente. Miraba alternativamente a sus hijos. Jonás jugaba con las migas de pan, Manu bajó la mirada cuando percibió que su padre le miraba. Ricardo se la mantuvo desafiante.

Suspiró.

– Mañana no habrá comida especial. Ni siquiera comida. El que quiera que vaya a la nevera y como lo que se le ponga en las narices. Así que si queréis iros por ahí a comer, estupendo. Ni Navidad ni hostias. Así lo habéis querido, pues nada… no sé que os pasa de repente… pero ya sois mayorcitos para andar jodiendo a los demás. Maldita la hora en que… – pero no siguió hablando. De repente se dio cuenta de que era el cabeza de familia y no podía comportarse de esa forma, ni hablar de esa forma. Pero era tanta la frustración que sentía, la sensación de que, desde su aniversario, todo se estaba viniendo abajo, y no tenía muy claro el por qué. Sabía que todo partía de Ricardo, pero… no acababa de comprender lo que lo originaba.

– Yo… – empezó a decir Jonás, pero vio la cara de su hermano Ricardo, y se lo pensó.

– Hala, iros por ahí. Ya hemos acabado la cena familiar.

Ricardo se levantó como una exhalación, cogió su abrigo. Cuando iba a salir por la puerta, su madre, desde la cocina, no se pudo contener:

– ¿No te dolía la cabeza? Se te pasará mejor en la cama…

Ricardo contestó dando un portazo al salir.

Manu y Jonás se quedaron en silencio en el salón. A Jonás se le notaba frustrado. Manu le tiró un trozo de pan. Jonás sonrió de medio lado… pero su madre entró como una exhalación en el salón.

– A ver. ¿Qué pasa ahora? No, no admito… ¿Qué le pasa a vuestro hermano?

Ninguno habló.

– Manu, no me vengas con esas. ¿Qué le has hecho ahora?

– Yo… oye mamá, te equivocas. No le he hecho nada… es él que… – pero se lo pensó mejor y se calló.

– Jonás, te escucho – pensó que su hijo pequeño sería más propenso a hablar, no formaba tándem con los otros dos.

– Mamá, a mi no me metas. Me tocan siempre las leches. Y no. Se lo preguntas a él, no te jode. Que te cuente él sus comeduras de coco… es mayorcito, como dice papá.

Mati tenía ganas de echarse a llorar. No lo entendía. De repente sus hijos no hablaban, ni le contaban sus problemas. Ricardo… ¡Manu! Que por mucho que lo intentaba, no lograba sacarle lo que le inquietaba, y algo lo hacía. Todo había cambiado radicalmente. Ese ambiente que habían logrado crear en todos esos años, de camadería, pero con respeto, de apoyo mutuo, era ya solo uns recuerdo. Y todo parecía tener como epicentro a Ricardo. Era él el que marcaba el estado de ánimo del resto de la familia ¿Por qué? ¿A qué se debía ese cambio en su forma de comportarse? Justo ahora que fuera bien o no, al menos había comprendido que era posible que alguien le quisiera, que podía ser deseado por un chico. Y se resistía a creer que Jaime fuera el culpable porque lo tratara mal… eso se lo hubiera dicho Manuel. Si no decía nada, es porque el problema era Ricardo. No se llevarían bien ahora, pero ese impulso de protegerlo, estaba tan arraigado en su hijo mediano que ni la mayor discusión haría que lo traicionara.

Y en ese equilibrio familiar, la comunicación entre Manu y Ricardo era fundamental. Pero parecía que se había roto… ¿Sería que Manu ya no le protegía de la misma forma que antes porque tenía sus propios problemas y eso le creaba inseguridad ante situaciones que antes dominaba por él su hermano? ¿O era que Ricardo había cambiado y ya no buscaba su “protección”? Otra posibilidad es que hubiera decidido liberarse e independizarse emocionalmente.

Pero Manu tenía sus propios problemas, eso era claro. Y Ricardo no se preocupaba de la misma forma de su hermano. Como Manu siempre había tomado las riendas, había sido más fuerte, se había acostumbrado a ser el centro de la atención, y no sabía preocuparse de los problemas de los demás de la misma forma. Joan, su mejor amigo, también era fuerte, a parte de ser mayor. Cuando murió su marido, estuvo pendiente de él, sí. Pero e Mati pensaba que se había enamorado de él. Eso solo era una forma de conquista, que no dio sus frutos.

Y no lograr romper la muralla que Manu había levantado a su alrededor, frustraba enormemente a Mati. Y Ricardo que a lo mejor era la persona que podía romper esa barrera, no se enteraba de nada. Ni quería enterarse.

Jonás se levantó de la mesa, y se fue con los hombros gachos a su cuarto. Iba dando patadas imaginarias a cada paso que daba. Manu le siguió con la mirada, mientras su madre volvía a la cocina.

– Te ayudo mamá.

Manu se levantó y recogió los platos.

– Déjalo, Manu. Déjalo. Prefiero hacerlo yo, o si no… a lo mejor os rompo la crisma – Mati se paró un momento apoyándose en la mesa del comedor – ¿Ves? ¿Ves lo que conseguís? Yo no soy así, joder… es que… – y se volvió con dos platos a la cocina, para llorar de impotencia en el hombro de su marido.

Manu bajó la mirada, y se fue siguiendo los pasos de su hermano. De repente se le ocurrió que podía irse a dar una vuelta.

– Jonás, vamos a dar un voltio. Y así vemos el ambiente que hay en la calle.

– Jo, no me… – la cara de su hermano no admitía un no por respuesta, a parte que bien mirado, salir con su hermano, le gustaba, aunque solo fuera por las pocas veces que le daba esa oportunidad – voy, va.

Hacía frío.

Caminaban despacio. Hablaban poco.

De vez en cuando empezaban pequeñas peleas en broma. Se reían unos minutos, y se volvían a callar. Criticaban a la gente que pasaba por allí, borrachos, disfrazados, solitarios en busca de un rollo que le hiciera cambiar su opinión sobre esa Nochebuena… jóvenes en busca de sus colegas después de aguantar con paciencia la cena familiar, al tío pesado, al cuñado grosero, al abuelo con sus recuerdos, todos los años los mismos, a la misma hora, justo después del mismo sorbo de cava. Dos chicas que debían ser hermanas, iban comentando la pelea que habían tenido sus padres con algún miembro de su familia. “¡Qué fuerte, qué fuerte!”. Pero no parecía preocuparles lo más mínimo.

Manu estaba cabizbajo. Y Jonás perdido. De repente Jonás se decidió:

– ¿Eso es lo que te preocupa?

Manu le miró desconcertado.

– Sí, lo de ser marica – aclaró Jonás.

Manu se quedó un rato pensando, hasta que recordó la conversación del otro día en su casa. Pensó en tirar por la calle de en medio, y decir que le había gastado una broma, cuando Jonás le dijo que él no era gay como insinuaban Ricardo y él para tomarle el pelo. Pero pensó que, ya era hora de que su hermano pequeño mereciera un poco de confianza y respeto.

– Una de las cosas – contestó con precaución. Tampoco sabía como expresar lo que sentía. Porque no lo tenía claro.

– ¿Y por qué te preocupa? – Jonás miraba al suelo mientras preguntaba.

– Enano, joder… – Manu buscaba una respuesta pero no encontraba ninguna que le convenciera.

– No vas a cambiar por eso ¿no? Quiero decir que eres la misma persona, y… ni te va a crecer el pelo, ni a salir cuernos, ni tetas, ni nada.

Manu se echó a reír por la ocurrencia de su hermano. Pero éste no se inmutó, porque hablaba completamente en serio. Levantó la mirada del suelo para posarla en él.

– Bueno, tetas ya tienes – y Jonás sonrió con la ocurrencia.

– ¡Oye! Esto es músculo – Manu se tocaba sus pectorales, de la misma forma que hacen la mujeres cuando quieren ponerlos en valor.

– Tetas. Más duras… pero tetas.

– Oye, y como sabes… ¿No habrás tocado ya…?

– No cambies de tema – dijo Jonás rápidamente – No cambia nada si te gustan los chicos o las chicas. Salvo que te conviertas en un gilipollas como Ricardo.

– Oye, no…

– Y tú no lo defiendas. Es un egoísta, y lo sabes. Punto. Todo tiene que girar a su… sobre sí mismo… el centro de atención… quiero decir que no sabe… vamos que solo está pensando siempre en él.

– Oye, enano, eso…

– Sí, es así Manu. No soy tonto. A veces lo parece, pero de verdad que soy más listo de lo que crees. Y me cosco de las cosas. Me callo, porque total, ninguno me hacéis ni puto caso…

– Oye, eso no es cierto, mira ahora…

– Porque todo ha sido una mierda, y porque tú estás con tu comedura de coco, y no te vas a comer un coño, como otros días. Y una polla, por la cara que pones, tampoco te has comido, ni sabes como hacerlo.

– Joder, enano, esto…

– No me contestas, Manu. Si tú no vas a cambiar, si vas a ser Manu, mi hermano, el hijo de mis padres, el idiota que protege a Ricardo como si fuera su vasallo… ¿a qué viene el darle vueltas al coco? No veo diferencia en que folles con chicos en lugar de chicas. A lo mejor así te dura alguno más de una semana.

Manu se paró y se le quedó mirando. No creía que Jonás tuviera esa capacidad de percepción como para darse cuenta de su proceder de relación con las chicas con las que había salido.

– Es solo una posibilidad, no es seguro. No sé si…

– Joder, tío, eso es una milonga.

– ¿Milonga? – Manu no entendía lo que quería decir.

– Mentira, engaña-bobos – aclaró Jonás – Tú tienes que saber lo que te pone, otra cosa es que no te guste. Lo que te pone palote. Si ves desnudo a Joaquín, o a Víctor, o Félix… o…

– Yo he follado con muchas chicas.

– Y muchos maricas que se casan y tienen hijos lo hacen toda su vida, pero siguen soñando con un pavo.

– Y tú… ¿Por qué sabes tanto de maricas?

– No haces más que hacer preguntas, Manu, y no contestas a las mías.

– Tú tampoco contestas a las mías, si nos ponemos así – dijo Manu todo digno. No le gustaba que su hermano le pusiera contra las cuerdas.

– Contesta y luego yo te contesto. Es justo ¿no? Yo pregunté primero.

– Pues… – Manu se rindió – Sí, lo soy. ¡Joder! Pero me pregunto por qué no me he dado cuenta hasta ahora. Y por qué… también lo he pasado bien con las chicas…

Jonás enarcó las cejas.

– ¡Dios! Pero… ¿Dónde has estado escondido, joder? Parece que lo sabes todo, y tienes 14 putos años.

– Casi 16. No sabes ni los años que tengo – le reprochó Jonás.

– Los que sean. Me cuesta aceptar que me… que no me he dado cuenta hasta ahora, joder. Y podría ser bisexual, también existen. ¿Sabes?

Jonás volvió a subir sus cejas.

– Vale, vale. Me… ¡Joder! Me gustan los hombres, sí. Pero… – Manu se arrepintió de lo que iba a decir.

Pero Jonás se había parado y lo miraba atentamente esperando que continuara.

– Joder, Jonás, ya vale para un día.

Éste callaba, solo miraba a los ojos a su hermano.

– Me excito con Ricardo, joder. Ya está. ¡Joder joder! ¡Qué mal suena dicho en voz alta! ¡¡Joder, joder!! Es mi puto hermano.

Jonás callaba. Jugueteaba con su pie en el barrillo de la calle. Había estado nevando un poco esa noche, y la poca nieve que había cuajado, se había convertido en una especie de barrillo negro por las pisadas de la gente que andaba por la calle. Un grupo de parejas pasaba en ese momento a su lado, alegres, bromeando entre ellos.

– ¡¡Feliz Navidad!! – les gritaron.

– ¡Feliz Navidad! – gritó Jonás siguiéndoles el rollo.

Uno de ellos les puso un collar de papel a cada uno, y otro les tiró un poco de confeti. Manu sonreía como podía, y Jonás les contestaba con picardía a sus bromas. Al cabo de un par de minutos, el grupo siguió su camino.

– ¿No dices nada? – Manu esperaba ansioso la respuesta de su hermano.

– Y qué quieres que te diga. Has estado tan… cerrado en tu mundo con Ricardo, que nada existía a parte de él. Te pone palote, porque es lo que ves, lo que tienes siempre en la cabeza. Confundes. A mí con un paleto, medio marica, que no sabe nada de nada, y a Ricardo con el centro del Universo. Eso te lo cura un buen polvo con Joan.

– ¿Joan? ¿Qué…?

Pero Jonás no le dejó acabar.

– Otra vez… es que no te enteras… si es que le comes con los ojos, ¡Joder! 18 años y eres imbécil… y no es por lo de marica, es que eres idiota… qué suerte la mía, un hermano autista, y uno imbécil. Te lo comes con la vista, ¡Joder! Por eso no le tragas… porque Ricardo estaba colado por él…

– ¡Hola! ¡Qué casualidad!

– Jonás y Manu se giraron al escuchar el saludo.

– ¡Diego! Y tú eras…

– ¡Raúl!

– Este es Jonás, mi hermano.

– Yo soy el otro – aclaró éste mientras estrechaba las manos de ellos dos.

– No sé a que viene lo del otro – le dijo medio enfadado Manu.

Jonás se encogió de hombros mientras guiñaba un ojo a los otros.

– Nada que mi hermano ha decidido venir a Burgos para pasar la noche conmigo y he ido a buscarle.

– Eso es un buen hermano, y no otros.

– Lo dirás por tu costilla, no te jode. Anda que no soy yo un buen frere. Callado, escucha, y no se queja, o sea medio tonto.

– Huyyyy, como está el patio – dijo Diego con exageración para intentar quitar hierro a la cosa. No estaba seguro si iba de coña o no – Digo que podíais subir con nosotros, estamos con una pequeña fiesta. Estamos Joan, Carlos, Miguel, un amigo de Joan y Jaime. Hay buena comida, y bebida.

– No, gracias… – se apresuró a decir Manu.

– Sí, me parece guay – contestó a la vez Jonás.

Se miraron los dos, y al final Jonás habló antes.

– Así nos felicitamos las fiestas y eso. No he visto a Joan ni a Jaime desde las bodas de plata de papá y mamá.

Manu no dijo nada.

– Entonces, vamos.

– Guay – dijo cantarín Jonás.

– Guay – repitió Manu, con un cierto tono de querer matar a su hermano.

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Historia completa seguida.
Historia por capítulos.