Una buena mañana para correr (86).

– No me gusta estar en medio, Jaime. Habla con Ricardo.

– No quiere hablar conmigo. Y sabes, ya paso. Creo que… es mejor dejarlo.

– Pero si…

– Carlos, yo ya lo he intentado. No he podido ni preguntarle, ni explicarle, ni nada. Y esta es la segunda vez que tiene esta salida intempestiva en pocas semanas. No… creo que… paso. La otra vez le di vueltas, y estaba triste, y le echaba de menos, pero… ahora no.

– Hacéis buena pareja.

– Carlos… no digas esas cosas… con lo que tú has sido…

– Pero mírame ahora, cambiando mi vida por un gordo asqueroso. Si no es por él, ahora estaría en Barcelona.

– No me quieres decir lo que te dijo.

– Si es que no me dijo nada. Fue un segundo en la calle…

– ¿Has vuelto a follar con él? No…

– ¡¡Jaime…!!

– Perdona, si no pasa nada… si es por… mira, es que cada vez estoy hecho un lía, quiero decir más lío, y creo que mejor me voy… que no estoy hecho para…

– Las relaciones sociales. ¡¡pesao!! – Joan había entrado en la cocina.

Carlos y Joan se echaron a reír con ganas mientras Jaime hacía esfuerzos por permanecer serio, aunque al final acabó sonriendo también.

Cuando ellos dejaron de reír, una carcajada múltiple llegaba desde el salón. Jaime y Carlos le preguntaron con la mirada sobre lo que pasaba allí.

– Nada, están jugando a la Wii.

– Joan, ven que te lo estás perdiendo… Manu se tiene que desnudar, porque ha perdido la partida, por bobo y chulo.

– Voy, voy, que no…

– ¡Una mierda! – gritó Manu – Han hecho trampas los jodidos. Son unos…

– ¡Buaaaaaaaaaaaaa! Es un cagao, Tengo un hermano cagao… y mal perdedor.

Joan salió a todo correr de la cocina, mientras gritaba “¡Qué se desnude, que se desnude!”. Carlos y Jaime fueron detrás.

Raúl, Miguel y Jonás se tiraron encima de Manu para desnudarle. La lucha estaba reñida, pero Joan decidió ayudarles. Ya le habían quitado las deportivas, y la camiseta. Estaban luchando con los pantalones. Manu intentaba quitárselos de encima, pero las risas que le provocaban las cosquillas que su hermano y Raúl le hacían, no le dejaban fuerzas. Al cabo de unos minutos, consiguieron quitarle los pantalones, pero se descuidaron un momento, y Manu aprovechó para levantarse y salir corriendo en calzoncillos.

– ¡Esto es trampa! Sois todos contra mí.

– Tú te lo has buscado, por no pagar la apuesta.

Empezaron a correr todos detrás de Manu por toda la casa. Al final volvieron al salón y empezaron a correr alrededor de la mesa. Los perseguidores se pusieron de acuerdo rápidamente para acorralarlo, y quitarle los calzoncillos, que era a la única prenda que llevaba puesta. Manu intentó huir por la derecha, hacia el pasillo para intentar refugiarse en una habitación, pero Joan que estaba en esa parte, se lanzó sobre él haciéndole un placaje, y cayendo sobre uno de los sofás.

– ¡Pillado!

Fue solo un instante. Joan sobre Manu. Eran casi de la misma altura. Las caras a la misma altura. Sus miembros a la misma altura. Sintiendo cada uno la respiración del otro. Un instante fugaz, sus miradas coincidieron.

Durante ese instante, no pudieron escuchar al resto. No escucharon tampoco la música que había de fondo y que estaba tapada por la algarabía del juego. Ni siquiera Manu se dio cuenta de que le quitaron los calzoncillos. La luz de la habitación había cambiado. Era de día, y había arena en el suelo. El mar golpeaba suavemente en la orilla, mientras dos chicos paseaban despacio, por la orilla. De vez en cuando uno de ellos se agachaba, cogía un pequeño canto, o una chirla, lanzándolo hacia el mar. No hablaban, ni se miraban, solo sentían cada uno la presencia del otro.

No sabían si estaban desnudos, o por contra, llevaban un bañador, o quizás iban con unos vaqueros, y una camiseta vieja desteñida de tantos lavados. No percibían si hacía calor, o si por contra, soplaba la brisa y refrescaba el ambiente. Un pájaro del que no sabían nada, y al que no habían invitado a la fiesta cantaba alegre y festivo mientras ellos iban avanzando por la playa…

Paz. Eso es lo que sentían. Una sensación que ninguno de ellos había sentido hasta el momento. En realidad Joan si lo había sentido, pero de otra forma, porque lo sintió con otra persona. Pero para Manuel la sensación era rara, nueva… no sabía explicarla. Ni siquiera días después, camino de Málaga en dónde iba a pasar el resto del curso en una decisión repentina y de última hora apuntándose a un intercambio que había en su Instituto con uno de allí, podría ponerle palabras a lo que sintió. Solo supo que nada iba a ser igual a partir de aquel momento, y que un mundo nuevo se abría definitivamente a sus pies. Por primera vez estaba completamente seguro de quién era, y de lo que quería en la vida. Por primera vez había pasado a ser el protagonista de su vida. No sintió nada sexual, ni se empalmó, ni sintió ganas de besar a Joan. Fue algo interior, un cosquilleo repartido por todo su ser, por su cuerpo material y por su parte espiritual. Se llenó de un sentimiento rayano con el gozo completo, ese del que hablan los filósofos o los místicos. Así se debía sentir Santa Teresa cuando hablaba con Dios. O esa monjas que se bilocaban y estaban en un monasterio perdido en cualquier paraje recóndito de la estepa castellana, a la vez que se paseaban por las selvas del Amazonas, o las tierras de los incas.

No fue consciente de cuando Joan se levantó también confuso y le dejó a la vista de todos, completamente desnudo. Se rió con los demás cuando le jalearon, y se levantó orgulloso de él y de su cuerpo. De este último ya lo estaba antes: sus buenas horas de ejercicio le había costado. Del primero, de él mismo, no había sido consciente. Siempre se había refugiado en su hermano mayor, en sus problemas, en sus inseguridades, olvidándose de las de él. Él no importaba… pero ahora sí… y al girarse exhibiéndose, una vez más cruzó su mirada con la de Joan. Quería exhibirse para él… aunque Joan no miraba sus biceps, ni su torso, ni sus muslos fuertes, su culo duro y levantado, sin exuberancias. Joan solo tenía ojos para su rostro, sus gestos, su mirada… su sonrisa… todo a cámara lenta, con las risas y jaleos del resto como banda sonora difusa…

La fiesta siguió. Jugaron y charlaron… Miguel ese amigo de Joan recibió una llamada misteriosa y se fue rápidamente. Jonás perdió la partida siguiente, e hizo un simulacro de strep-tease encima de la mesa del comedor… sin ninguna vergüenza, seguro de sí mismo, riéndose el que más. Manu sintió también por primera vez orgullo de su hermano pequeño, y pensó que era el mejor de los tres. Una pena que se le hubiera perdido hasta ese momento… pero se prometió mentalmente el que eso iba a cambiar, y que iba a pasar más tiempo con él e intentar conocerlo. Eso si ahora no era Jonás el que le rechazaba… estaba en la edad de pasar de hermanos, de padres, de todos…

Carlos también perdió, y le tocó desnudarse. Se hizo el loco, y hubo también forcejeos para que cumpliera. Bromearon sobre la posibilidad de que esa noche les asesinara a todos, cortándoles los genitales, por haberle obligado a desnudarse… él rió con ganas, estaba a gusto… era la primera vez que se tomaba a broma y era capaz de reírse de todo lo ocurrido sobre su caso en los últimos días. Diego acabó restregándose sobre su cuerpo desnudo… y ahora sí, Carlos hubo de taparse corriendo porque su miembro empezó a volverse loco y creció… Jonás soltó un ¡Hostias! Cuando observó el tamaño que alcanzaba aquello… lo que hizo que todos volvieran a reír… y que Carlos, por primera vez en su vida, se sintiera fuera de lugar por tener un pene tan grande.

Pero Manu, vio todo esto como si no lo estuviera viviendo él mismo, sino como si estuvieran proyectando una película de esas caseras, como antiguamente se hacía en las casas… se sentía un ángel bajado del cielo enviado por Dios, para observar el comportamiento de su rebaño.

Llegó el momento de volver a casa.

Caminaron despacio. A pocos metros de salir de la casa de Joan, Jonás se quejó de frío, y Manu le atrajo hacia sí, abrazándolo para darle calor.

– Sin mariconadas ¿Eh?

Manu rió, y apretó más contra su cuerpo a Jonás. Éste no hizo nada por separarse, bien al contrario, le pasó su brazo por la cintura.

– Me ha encantado conocerte, hermano.

– Ya has tardado, gil.

Joan iba apagando las luces de la casa. Recogió un poco el salón, y apartó el pensamiento de todo lo que debía hacer al día siguiente para la comida de Navidad con la familia de Diego allí. Al volver a oscuras hacia su habitación, que compartiría con Raúl nuevamente, se tropezó con algo que había en el suelo y se cayó sobre el sofá. En este caso, ya no estaba Manu allí, pero… pudo paladear de nuevo esa sensación que sintió en esos breves instantes tan cercanos en el tiempo, y tan lejanos a la vez. Apenas habían transcurrido un par de horas, tres a los sumo, y parecía que ese bienestar que le había invadido en ese momento, era su estado natural desde el momento en que nació. Por primera vez desde que murió Nacho, se sabía parte de alguien, sabía su camino. No había estado equivocado. No era Ricardo, ni Jaime, ni Carlos, ni Fermín, ni algunos otros que ya no recordaba, o que no quería recordar. Sabía que era Manu, Manuel, el hermano de su mejor amigo que le odió durante tantos años. Ahora solo tenía que pensar en como hacer las cosas con él. Porque Manu no era como los demás. Y no podía actuar como con los demás.

Y Manu se iba a Málaga por seis meses.

Se levantó y siguió apagando las luces.

Entró en su habitación silenciosamente, pero Raúl le esperaba despierto. Antes de cerrar la puerta, les llegó el ruido de jadeos de la habitación de enfrente: Diego y Carlos.

– Joder tu hermano.

– Es escandaloso ¿verdad? Para estos momentos mejor que no me identifiques como familia suya.

– Estás hecho polvo. Duerme.

– Ya sabes que te necesito para eso – y le hizo una mueca cómplice.

Joan se le quedó mirando pensativo.

– ¿Sabes que desde que te fuiste, no he vuelto a dormir bien?

– Idem.

Joan se quitó la camisa, y el pantalón. Raúl una vez más volvió a quedarse como hipnotizado con sus marcas.

– ¿Y si te hubieras tenido que desnudar?

Joan se quedó mirándolo.

– ¿Y tú?

– Me hubiera dado corte. No sé.

Se quedó expectante esperando la respuesta de Joan.

– Me hubiera costado… no sé lo que hubiera hecho. Me sigue dando un poco de… – Joan decidió no seguir con el tema – Apaga la luz, anda, y durmamos. Mañana viene tu madre.

– ¡Uffffff! – bufó Raúl mientras apagaba la luz de la mesilla.

– Lo pasaremos bien, ya verás – dijo Joan mientras bostezaba.

Pero solo recibió como respuesta una respiración pausada y fuerte de Raúl.

________

Historia completa seguida.
Historia por capítulos.

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