Una buena mañana para correr (87).

El ambiente ya estaba cargado en “De qué vas” cuando Ricardo entró. Hacía juego con él mismo que venía cargado de rabia y de pensamientos tortuosos sobre todo. También llevaba encima un par de cervezas que para cualquiera no eran nada, pero para él sí, porque no solía beber. Esto le aumentaba la furia contra el mundo por empujarle a hacer cosas que no le gustaban, como por ejemplo, beber cerveza. Pero esa noche la había bebido, y la bebería. “No, mejor algo más fuerte, un pelotazo”, masculló para sí, “a tomar por el culo”.

Pero no era lo único que el mundo, su mundo, le había obligado a hacer que le repugnaba. Ahora se daba cuenta. Ese día, ese último día en casa de Jaime, le había abierto los ojos. Y lo que sucedió en el tanatorio unas horas antes. Aunque posiblemente todo empezó cuando levantó la vista el día del aniversario de sus padres y los vio. Y vio eso que parecía que nadie había sido capaz de ver a parte de él. O era lo que intentaban… de lo que intentaban convencerlo: “Paranoias tuyas”. Desde que salió de su casa dando un portazo físico, y un corte de mangas imaginario a su hermano Manuel y a sus padres, había repasado mentalmente su vida, mientras caminaba sin rumbo, por las calles de Burgos.

Hacía frío, mucho frío. Incluso parecía que había nevado en algún momento, aunque no lo había visto. Pero no le afectaba ni la nieve, ni el frío, ni el viento. Él era una hoguera alimentada por su enfado con todo lo que hasta ese momento había sido su vida, sus pilares, sus amigos y su familia. Toda esta situación le provocaba indefensión y confusión. Ya no sabía en quién confiar ni como afrontar las situaciones que se le iban presentando. Se suponía que él era el mejor amigo de Joan, y que Jaime era su novio. Se suponía que ellos deberían confiar en él, y… él debería conocerlos mejor que nadie. Pero eso ya no sucedía. Su hermano Manu se había encargado de ir minando su “posición” respecto a sus amigos, y de un odio profundo e intenso hacia Joan, había pasado a ser su amigo, en el que Joan apoyaba la cabeza para recuperar aliento. Era en él en el que debería haberse apoyado, no en su puto hermano.

– Y yo que confiaba en el hijo puta de Manu… y lo único que ha pretendido es joderme la vida, el capullo de él. Dejarme solo. ¿Cómo no me he dado cuenta? ¡¡Joder!!

Lo dijo en voz alta, parado en medio de la acera. Chispeaba ligeramente aunque a él le daba igual; el agua de la lluvia se paseaba por su rostro intentado limar su gesto adusto y contraído, en un vano intento de que recuperara su belleza natural. Pero Ricardo no estaba esa noche por la labor… y esas gotas minúsculas de lluvia que caían sobre su tersa y suave piel, quedaban entre ellas para formar gotas más grandes, y seguir el camino al suelo en busca de otra vida en la que poder cumplir una función revitalizadora.

Era Nochebuena. Las calles estaban llenas de vida, de alegría, de gente dispuesta a divertirse a toda costa. Gente joven la mayoría. Los de una edad nunca habían visto la Nochebuena como un día de salir a la calle después de cenar, de no ser para ir a la misa del Gallo, sino que la consideraban un buen momento para jugar a las cartas entre todos, o al bingo, cantar villancicos con los abuelos o hacer festivales de canción y karaokes, o de jugar al Monopoly, al Cluedo, al Trivial o al Veo-Veo. “Veo, veo ¿qué ves? ¡¡Mierda!!” Pero los jóvenes necesitaban estar con esos amigos que para ellos formaban su familia adoptiva. Y divertirse con ellos, al igual que habían cenado con la de sangre.

Y divertirse.

Y reír, porque eso era lo que se suponía que había que hacer. Y se aplicaban a ello con dedicación. Posiblemente el vino de la cena o el cava ayudaban mucho. O esa especie de histeria colectiva que inunda a todo el mundo en esos días, hasta a los que se pasan el resto del año despotricando contra al espíritu navideño.

“Puta mierda de Navidad, puta mierda de vida” La música no le gustaba nada a Ricardo. Era machacona y el DJ parecía que estaba fumao. Pero le daba igual. Se abrió camino entre el gentío que a esa hora llenaban el local para acercarse a la barra.

– Un Red Bull con whisky – pidió a gritos al camarero.

Éste le miró con cara extrañada. Ricardo tardó en reconocerlo, pero al final cayó en que era un antiguo compañero de Instituto, Rubén, se llamaba. Era de los guays, de los que parecían los amos del mundo. “Sirviendo copas, qué se podía esperar, mira toda su chulería de mierdas siendo un puto camarero”, pensó Ricardo. No se puso a pensar que la vida para cada uno tiene unas escenas distintas, que a lo mejor te obligan a dejar los planes de futuro que te habías hecho. No se le ocurrió pensar que a lo mejor a Rubén se la había muerto el padre justo cuando acabó el Instituto y que tuvo que ayudar en casa a su madre a parte de intentar sacar sus estudios de economía. Tuvo que abandonar la idea de estudiar fisioterapeuta, porque tenía que irse a estudiar fuera, y elegir entre lo que había en la Universidad de Burgos. Ricardo no recordaba más que Rubén era un gallito en los años de bachiller, pero nada recordaba de que unos años antes era un chico gordito del que todos se reían. Pero su constancia y fuerza de voluntad, consiguió darle la vuelta a la situación. Pero en realidad, Ricardo había estado toda la vida tan centrado en sus propias miserias que a pocos había conocido algo más que de vista. A Joan lo conoció un poco más, porque desde que coincidió con él en una conferencia se enamoró de él.

Rubén en cambio sabía que Ricardo no era de los que bebían, y menos Red Bull con whisky. Rubén sabía que Ricardo era gay y durante unos meses estuvo pendiente de él, porque le gustaba. Pero éste no le hizo nunca caso. Directamente llegó a pensar que era invisible para él. Seguramente ayudaba a esa pose autoritaria y decidida que llevaba puesta desde los 14 años. Pero aunque a muchos les hubiera extrañado saberlo, porque la mayoría pensaba que era un machaca-cabezas, nunca se había metido en peleas, y menos había machacado a nadie. Pero el papel que adoptó a los 14, era lo que tenía: una ventaja, que era que ya no se reían de él, ni nadie osaba siquiera intentar amedrentarlo. Y los que antes le ofendía, se convirtieron en su pandilla. Como contrapartida, no se acercaban a él ninguno de los que le hubieran gustado. Ricardo era uno de ellos. Aunque al final, Rubén llegó al convencimiento que Ricardo no era tampoco el chico que buscaba. Era egoísta y egocéntrico. De una forma sosegada, sin llamar la atención, pero, lo era.

– Perdona no te había conocido – le dijo al final a Rubén, cuando éste le dio los cambios.

– Feliz Navidad, Ricardo.

Y Rubén se estiró a través de la barra, para darle dos besos. Se quedó mirándolo sorprendido.

Rubén le sonrió:

– No te lo esperabas ¿eh?

No esperó respuesta y se fue a seguir atendiendo. Notó tanta tensión mezclada con asco en Ricardo, que no le apeteció intentar una conversación o un acercamiento. “Y está jodidamente guapo, el tío”, pensó mientras se giraba y se dirigía hacia el otro lado de la barra: había mucha gente esperando su copa.

Ricardo le miró un rato mientras trabajaba. Durante unos minutos se preguntó sobre las cosas que se había perdido de Rubén. Pero no lo pensó demasiado, porque además le daba un poco igual. “Chulo de mierda” se repetía de vez en cuando. Aunque ahora no percibía nada de esa chulería que asociaba con él. Incluso se le escapaba de vez en cuando una mueca de desdén mientras le miraba el culo.

Este encuentro inesperado no le desvió de lo que para él era importante esa noche. Ni su estado de ánimo se desvió una pizca, en todo caso se acrecentó. Era una noche en que todo le iba a provocar una reacción negativa. Le pegó un par de tragos largos y decididos a su copa, que sabía a rayos. Y eso le enfadaba cada vez más. Porque las circunstancias le había obligado a pedirse una copa que detestaba. Si en ese momento se hubiera encontrado con su hermano o con Jaime, les hubiera dado de puñetazos sin mediar palabra y sin pensarlo ni un instante siquiera.

Mientras iba por la calle camino del “De qué vas”, andando sin rumbo al principio, golpeaba las latas o alguna castaña olvidada por los barrenderos, o que algún grupo de niños había rescatado de su recolección otoñal con el fin de hacer su representación especial de “la batalla de Navidad”.

Ricardo sonrió.

“La batalla de Navidad”.

Le gustó. Si fuera escritor se decidiría a desarrollar una historia a partir de ese título. Hasta este año no habría pensado que eso fuera así. Porque en su familia siempre se habían llevado bien. O eso pensaba él. Pero ahora se daba cuenta de que todo era porque él se había dejado utilizar por su hermano Manu y por sus padres. Quizás estos estuvieran detrás de esa manipulación de su hermano para cercenar su autoestima y hacerlo dependiente de él y controlarlo. Porque ahora nacía dentro de él, la certeza de que en realidad su familia lo despreciaba por ser gay. Y Manu era el encargado por sus padres de vigilarlo.

Cuando quedaba con un chico por chat, o por alguna página de contactos, siempre le seguía. Unas veces le acompañaba con cualquier escusa. Otras veces lo hizo de tapadillo. Ricardo hasta ahora había creído que lo hacía para protegerlo, por eso de que “No sabes con quién quedas, tío. ¿Y si es un bestia, o un asesino, o un puto chorizo?” “Y te vas a su puta casa, solo con él ¿Y si te la corta?” le decía para convencerlo. O por ejemplo, lo que le pasó cuando quedó la primera vez con Carlos, que se rió de él, de su cuerpo y de su actitud, y eso le dejó hecho mierda durante una buena temporada.

Pero el hijo de puta, lo hacía para vigilar con quién salía. Para pasar el informe a sus padres, y entre todos decidir quién le convenía. “¡Cómo he podido ser tan ciego, tan gilipollas!”.

– ¡Feliz Navidad! – le dijeron unas chicas que pasaban por su lado.

– ¡Puta Navidad! – les contestó él con la mirada inyectada en sangre, y dando un puntapié a un cachi medio lleno que estaba sobre el bordillo de un jardín – Y vosotras unas hijas de la gran puta – les dijo con sus ojos inyectados en odio.

– ¡Amargaoooooo! – le contestó una de ellas, la que llevaba una botella de Coca-cola de dos litros.

Ricardo hizo amago de lanzarse contra ella, que al principio parecía con ganas de enfrentarse a él, pero sus amigas tiraron de ella y siguieron su camino riéndose y reiterando sus insultos, pero en voz más queda, para que Ricardo no se decidiera por seguirlas.

Dejó de seguir el culo de Rubén mientras ponía copas y se giró apoyándose en la barra, mirando a la gente. Pegaba de vez en cuando un trago a su vaso, acompañándolo de un gesto de desagrado.

La gente saltaba y se abrazaba. Cada uno que llegaba, pasaba un buen rato abrazando o besando a un montón de gente. Si daba la casualidad de que en ese momento la música desaparecía, o bajaba de volumen, podías escuchar los consabidos “Feliz Navidad” repetidos con decenas de voces distintas, en distintos tonos y con un “mua, mua” o con abrazos de macho, con palmadas en la espalda dadas con decisión.

– ¡Puta navidad! – se dijo entre dientes mientras se volvía para coger su vaso.

Justo cuando lo iba a coger, un codo despistado lo golpeó tirándolo sobre la barra. Ricardo se volvió hacia el dueño del codo, y lo obligó a girarse, para encararse con él.

– Te parto la jeta, put…

Pero no dijo más. Porque el chico dueño del codo, el que golpeó a su bebida, le tapó su boca un beso profundo, tórrido, con su lengua violando literalmente su boca.

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Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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2 pensamientos en “Una buena mañana para correr (87).

    • PFE, pues hombre, algo… algo lee va a cambiar. No sé en qué sentido lo va a hacer… veremos.
      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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