Semana del libro: “A sangre fría” de Truman Capote, por Virginia.

A Sangre fría.

 De los últimos libros que he leído ninguno me ha impactado tanto como “A sangre fría”, de Truman Capote.

El libro se publicó en 1966 y narra el asesintato de los cuatro miembros de una familia de Kansas, el señor y la señora Clutter y sus dos hijos adolescentes, ocurrido la madrugada del 15 de Noviembre de 1959.

El escritor construyó este libro a partir de una serie de entrevistas y conversaciones con personas directamente relacionadas con el caso: vecinos, amigos de las victimas, investigadores, y posteriormente los propios asesinos: Perry Smith y Dick Hickcock.

Me impresionó el retrato tan cercano que hace de los asesinos, quizá porque responde a las preguntas que uno siempre se hace cuando se comente un crimen: qué siente el asesino, cómo es, cómo piensa, qué siente su familia más cercana. Este libro te da la oportunidad de descubrirlo.

El asesinato de la familia Clutter no tiene justificación, no hubo en ningún momento arrepentimiento por parte de los asesinos, fue efectivamente un crimen a sangre fría, y sin embargo cuando finalmente mueren en la horca no pude evitar sentir muchísima pena.

Como el propio autor escribe: “cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas”.

El libro engancha desde el comienzo donde describe el pueblo donde se cometieron los hechos y relata el último día de vida de la familia asesinada y la personalidad de cada uno de ellos. Paralelamente nos cuenta cómo los asesinos preparan el asalto a la casa y se desplazan hasta allí recorriendo una distancia de casi 1000 km.

Lo que más me llama la atención es que es un crimen preparado casi de cualquier manera, sobre la marcha, y con una frialdad que pone los pelos de punta. Además resulta ser un crimen totalmente absurdo ya que lo hacen por dinero y sin embargo sólo consiguieron unos 50 dólares.

Hay muchos momentos en que este libro consiguió emocionarme, y a pesar de ser una historia conocida también consiguió mantenerme en tensión de modo que no podía parar de leer.

Uno de esos momentos es cuando los asesinos son detenidos y trasladados al condado donde cometieron el crimen, se teme un linchamiento y efectivamente hay un montón de gente esperando su llegada, pero cuando llegan las personas que hay congregadas se quedan en silencio, porque lo que vieron no fue unos asesinos horribles y malcarados como esperaban, sino simplemente a dos muchachos jóvenes.

Me emociona en esta parte la bondad de la señora Meier, la mujer del vicesheriff, que trata con tanta amabilidad a Perry, el cuál es alojado en la celda de mujeres para mantenerlo separado de su compañero. Esa celda está precisamente en la casa que habita el matrimonio, y ella llega a establecer una relación muy cercana con el preso,

Cuando finalmente se conoce el veredicto la señora Meier le oye llorar en su celda, y esto le afecta profundamente. A mí también.

Del mismo modo me impresiona la semblanza que se hace de los padres de Dick Hickcock, su impotencia y sufrimiento ante el destino de su hijo.

A la famila Clutter se la describe como a una familia modélica. El señor Clutter era un hombre justo, ecuánime, que trataba bien a sus trabajadores y era muy apreciado por sus vecinos. Una persona con una gran empatía. Después de esta descripción del señor Clutter creo sinceramente que se hubiera opuesto a la pena de muerte si hubiera podido juzgar su propio crimen, de hecho ninguno de sus familiares estuvo presente en la ejecución.

El crimen que cometieron fue horrible y cruel y no admite disculpa, y sin embargo ejecutarlos en la horca…Más frío que eso es imposible.

 Extracto del libro:

En enero de 1960, la residencia del sheriff no estaba, en realidad, ocupada por Earl Robinson, sino por el vicesheriff y su mujer, Wendle y Josephine («Josie») Meier.

Los Meier, que hacía más de veinte años que estaban casados, se parecían mucho: altos, con peso y fuerza de sobra, anchas manos y rostros cuadrados, tranquilos y bondadosos, esto último más acusado en la señora Meier, mujer directa y práctica que, sin embargo, parece iluminada por una mística serenidad. Como ayudante del vicesheriff, su jornada es larga. Entre las cinco de la mañana, cuando comienza el día leyendo un capítulo de la Biblia, y las diez de la noche, hora en que se va a

acostar, guisa y cose para los presos, zurce, lava la ropa, cuida espléndidamente de su marido y se ocupa de su apartamento de cinco habitaciones con su mezcla gemütlich(1) de mullidos cojines para los pies, y poltronas y cortinas de encaje color crema. Los Meier tienen una hija única, casada, que vive en Kansas City; por tanto la pareja vive sola o, como más exactamente dice la señora Meier: «Solos, menos cuando hay alguien en la celda de señoras.”

La cárcel tiene seis celdas; la sexta, reservada para mujeres, es en realidad una unidad aislada situada en el interior de la residencia del sheriff, contigua a la cocina de los Meier.

—Pero —dice Josie Meier— eso no me preocupa. Me gusta tener compañía. Tener alguien con quien hablar mientras trabajo en la cocina. A la mayoría de esas mujeres, llegas a compadecerlas. Lo que les pasa es que se han metido en apuros, nada más. Claro que Hickock y Smith eran harina de otro costal. Que yo sepa, Perry Smith es el primer hombre que estuvo en la celda de mujeres. El sheriff quería mantenerlos separados hasta el juicio. La tarde que los trajeron, hice seis pasteles de manzana y cocí algo de pan, sin dejar de estar al tanto de lo que ocurría ahí abajo en la plaza. La ventana de mi cocina da a la plaza: no se puede pedir mejor vista. Yo no entiendo de aglomeraciones, pero diría que había varios centenares de personas esperando ver a los muchachos que mataron a la familia Clutter. Yo no conocí a los Clutter personalmente, pero, por todo cuanto he oído de ellos, debieron de ser gente muy buena. Lo que les ocurrió es difícil de perdonar y sé que Wendle estaba preocupado por si había tumultos cuando la gente viera llegar a Hickock y Smith. Temía que alguien intentara ponerles las manos encima.

Así que tenía el corazón en un puño cuando vi que llegaban los coches, vi a los periodistas, a todos los de la prensa corriendo y empujando. Pero para entonces ya había oscurecido, eran más de las seis, y hacía muchísimo frío y más de la mitad de la gente se había vuelto a casa. Los que quedaron, no dijeron ni mu. Sólo miraban.

—Luego, cuando hicieron subir a esos chicos, al primero que vi fue a Hickock. Llevaba pantalones de verano y una camisa de tela gastada. Me pareció raro que no hubiera cogido una pulmonía con el frío que hacía. Pero tenía aspecto de enfermo. Blanco como una sábana. Bueno, tiene que ser una experiencia terrible, verse contemplado así por una horda de desconocidos, tener que pasar entre ellos, sabiendo quién eres y qué has hecho. Luego subieron a Smith. Tenía cena preparada para darles en la celda, sopa caliente, café, unos bocadillos y pastel. Solemos dar de comer dos veces al día. Desayuno a las siete y media y la comida principal a las cuatro y media. Pero yo no quería que esos individuos se fueran a la cama con el estómago vacío; me parecía que ya se sentirían bastante mal. Pero cuando le llevé la cena a Smith en una bandeja, me dijo que no tenía hambre.

Estaba mirando por la ventana de la celda de mujeres. De espaldas a mí. Esa ventana tiene la misma vista que la ventana de mi cocina: árboles, la plaza y los techos de las casas. Le dije: “Pruebe la sopa por lo menos, es de verdura, no de lata. La he hecho yo. El pastel también.” Al cabo de una hora, volví a buscar la bandeja y no había probado bocado. Seguía en la ventana. Como si no se hubiera movido. Nevaba y recuerdo que le dije que era la primera nevada del año y que hasta entonces habíamos tenido un largo y maravilloso otoño. Y ahora había llegado la nieve. Le pregunté luego si había algún plato que le gustase en especial; si me lo decía, se lo haría al día siguiente.

—Se dio la vuelta y me miró. Receloso, como si estuviera burlándome de él.

Después dijo algo de una película… ¡hablaba tan bajo! Como en un susurro. Quería saber si yo había visto una película. No me acuerdo cómo se llamaba y de todos modos no la había visto: no me gusta mucho el cine. Dijo que la película pasaba en tiempos de la Biblia y que había una escena en que tiraban a un hombre por un balcón y caía sobre una multitud de hombres y mujeres que lo hacían pedazos. Y dijo que había pensado en eso cuando vio la gente en la plaza. En el hombre destrozado. Y la idea de que quizá fuera aquello lo que iban a hacerle. Me dijo que le había entrado tanto pánico, que todavía le dolía el estómago. Por eso no podía comer. Claro está que se equivocaba y yo se lo dije. Que nadie iba a hacerle daño, por mucho que llevara en la conciencia; las gentes de por acá, no son así.

—Hablamos un poco. Era muy tímido pero al cabo de un rato dijo: “Lo que me gusta mucho es el arroz a la española.” Así que le prometí que lo haría y sonrió un poco y yo me dije que, bueno, no era lo peor que yo había visto. Aquella noche, después de acostarme, se lo dije también a mi marido. Pero Wendle soltó un bufido. Wendle fue uno de los primeros que entró en la casa cuando descubrieron el crimen. Dijo que le hubiese gustado que yo hubiera estado allí, en casa de los Clutter cuando encontraron los cuerpos. Entonces hubiera podido juzgar por mí misma lo amable que era el señor Smith. El y su amigo Hickock. Dijo que eran capaces de sacarme el corazón sin parpadear. No se podía negar, no, habiendo cuatro muertos. Y me quedé despierta pensando si a ellos dos les resultaría molesta… la idea de aquellas cuatro tumbas.

(1) En alemán en el original. (N. del T.)