Semana del libro: “Todo lo que decimos” un poema de Jesús Aguado, por Orfeo.

Todo lo que decimos…

Todo lo que decimos inaugura distancias,
estructura de modo distinto lo que somos
y nuestra relación con lo que existe,
cambia de decorado y cambia de guión,
modifica el sentido de las leyes
y nos hace asumir actitudes y fines
que antes ni siquiera imaginábamos.
Por eso las palabras nos escriben,
es decir, nos tornean, nos labran, nos dibujan.
Para ser más exactos: las palabras,
lejos de ser pasivos instrumentos
en nuestras manos, son gigantas poderosas
(desde aquí puedo ver el grosor de sus músculos,
sus ojos inyectados, la determinación
que demuestran sus gestos) que nos usan
como materia prima para hacerse sus casas.
Las palabras nos hablan, las palabras
nos habitan. Por eso decir lo que nos dice
(o hablar lo que nos habla, callar lo que nos calla,
escribir lo que escribe nuestra vida)
es mucho más que un acto
de aceptación de la existencia; es
poner una semilla en la palabra
para que diga lo que somos; es
seducir la palabra y penetrarla
para que nos alumbre y nos lleve a su casa:
y nos lleve a una casa que es la nuestra.
Frente a todos aquellos
que están donde no están y no están donde están,
frente a todos aquellos que al vivir
en una casa ajena en realidad
habitan una cárcel,
la poesía y el amor nos hacen
libres para elegir una casa y un mundo
y nos dejan abiertos para ser elegidos
por la casa y el mundo que elegimos.
Y cuando afirmo «todo lo que decimos» quiero
decir lo que decimos con sentido:
aquello que se dice por medio de nosotros
(la poesía y el amor, la luz
y los bosques y el mar, la nada y el olvido…),
aquello que bautiza las medidas del mundo
(rediseña la planta de la casa),
aquello que le da al mundo otra apariencia
sin por ello impedir que siga intacto,
aquello, en fin, que afirma lo que es
en vez de destrozarlo, de ignorarlo,
de pasar a su lado con los ojos borrándose.

Todo lo que decimos” esculpe la forma del mundo que habitamos con la misma precisión que el artista confiere a su obra. Mas el fondo está por sembrar desde profundidades donde sólo habita el silencio.

Por ello hay tantos mundos vacíos, cuyas formas pueden deslumbrar en primera instancia, para dejar a continuación un regusto de mentira que hiere la apertura del que mira.

En nuestra sociedad de la imagen (la forma) el que mira con el corazón tendido sufre el desgarro del espejismo envenenado, carente del soporte afectivo que otorga la cualidad a la estructura. Cada vez conozco más personas que cubren su corazón con defensas automáticas para no sufrir el acoso de lo falso, sin comprender que se unen al juego del que huyen…

En algún momento evolutivo, forma y fondo parecen disociarse como toda la polaridad de la experiencia, dejando a la interioridad humana la posibilidad de reunir lo que sólo es uno en origen. Así brotan mundos que desfilan por la historia, con sus juegos de tensiones interiores, buscando ese equilibrio perdido sin el cual los extremos destruyen –en su tirantez- la coherencia de las formas.

Y cada mundo nacido termina por morir, precisamente cuando desaparece la coherencia entre forma y fondo. Toda decadencia es la historia de esa pérdida. ¿Estamos viviendo uno de esos momentos históricos? Es muy probable, pero como cada muerte lleva en sí el germen de un nacimiento, me gusta centrarme en aquello que participará, desde la raíz, en la construcción de lo que será nuevo cuando aflore.

Dotar hoy de la mayor coherencia a la palabra que moldea la forma, desde el silencio interior que la crea, es formar parte del río de la vida que regará las orillas del futuro.

la poesía y el amor nos hacen
libres para elegir una casa y un mundo
y nos dejan abiertos para ser elegidos
por la casa y el mundo que elegimos.

(Dice Jesús Aguado…)

He aquí la fórmula en que trabaja todo arquitecto del futuro y por lo que no hay que temer apocalípticos finales del mundo.”