Semana del libro: “El alma del mundo” de Alejandro Palomas.

Hay veces que parece que un libro te busca. Parece que se acumulan las casualidades que te empujan, primero a saber de él, luego a comprarlo, y por fin a leerlo.

Un día, yendo en el coche, escuchaba la radio. Isabel Gemio hablaba en su programa de este libro. Y lo hacía muy bien. Se lo había leído mientras estaba de vacaciones y le había gustado mucho. No era un momento de esos de publicidad, que a veces parece que, en la radio y en la televisión, solo se habla de libros cuando están de promoción. Pero no me quedé con el título y apenas con una ligera idea de cómo se llamaba el autor.

Al cabo de unas semanas, coincidió que volvía a ir en el coche, y resulta que Isabel Gemio entrevistaba al autor de esta novela. Lo pillé casi al final y el autor agradecía sinceramente a la periodista que le hubiera llamado para hablar del libro: “La primera vez que me llaman para hablar de un libro sin estar de promoción”. Al menos me quedé con el autor, aunque para ser sincero, me lo quedé con un par de errores. Como para encontrarlo.

Me decidí a bucear en los podcast del programa, y al final… conseguí saber.

Un día fui a una librería con intención de curiosear. Me acordé de este libro, pero no lo encontré. Y sabes, fui a pedírselo al chico guapo que me cobraba otras compras, pero… me dije: “Si no lo encuentro, será que no estoy llamado a leerlo, a pesar de todo”. Y solo entorné los ojos al chico guapo que me cobraba, pero él se los entornaba a su compañero. Natural, claro. Aunque para mí un poco deprimente.

En esto (música de intriga, de emoción, ¡qué dolor de barriga!) que, una tarde, paseando con Borja por León, entramos en una librería. Y de repente, me saltaron a los ojos dos libros esperados. Uno de ellos era: (tchan, tchan)

El alma del mundo, de Alejandro Palomas.

Y me lo compré. Y el otro también, que yo cuando caigo en la tentación, lo hago a lo grande.

Y me lo leí. Y… me encantó.

 Ese fue el momento que eligió para hablar.

– ¿Sabe usted por qué firmé el contrato, señora Ross?

Clea se encogió de hombros y sus dedos apretaron el cuero de la correa. No hubo respuesta, solo espera. Una gaviota chilló en el aire, quizá avisando. Luego, silencio.

– Porque vi líneas en blanco entre las que me envió, señora Ross – dijo Otto Stephens, rompiendo el silencio – . Una melodía extraña como el canto de un chelo cuando el chelo tiene cuerpo y el aire se llena de frases que despiertan cosas no siempre hermosas, aunque reales. Llámeme loco, si quiere, pero yo oí esa melodía y sigo oyéndola todavía cuando comparto esos paseos con usted. Está ahí, en lo que usted es y en lo que intuyo que ha sido. “Suena un chelo”, pensé mientras leía, “y yo quiero un poco de esa música en esto que es ahora mi vida”. – Guardó un instante de silencio y después añadió con un pequeño suspiro – : Por eso firmé, señora Ross. Por eso estoy aquí.

Sobre el blanco de la grava, Clea curvó la espalda unos milímetros hacia delante y durante una décima de segundo, sus dedos huesudos se posaron con delicadeza en la nuca desnuda, frotando la piel. Luego la mano desapareció y volvió a erguir la espalda. Rita se levantó del suelo y echó a caminar alegremente, tensando de nuevo la correa un par de metros por delante de su dueña.

– Le espero esta noche en el cenador, señor Stephens – dijo Clea en un murmullo antes de reemprender la marcha – A las nueve. No me falle.

Es otra historia sencilla, pero de tan sencilla que es, como dice el título, se convierte en “el alma del mundo”. La amistad, la vida, la música, el amor. Dos viejos llegan a una residencia el mismo día. Clea Ross, y Otto Stephens. Sin olvidar a Rita, la perra de Clea. También es el primer día de Ilona, contratada para ser su acompañante. Ilona es una asistente peculiar, porque reúne unas características especiales por las que además ha sido elegida al menos por uno de ellos: fue luthier durante 15 años. Y su ocupación anterior, va a tener una relevancia especial en la historia: debe construir un violonchelo con la ayuda de Otto.

 – Siempre, desde que empecé en la música, he creído que la voz del violonchelo debe de ser lo más parecido a la voz del alma, señorita Ilona – dijo ladeando la cabeza – … /… y cuando digo el alma me refiero a eso que da sentido a todo – siguió diciendo Otto, ajeno a las cavilaciones de Ilona – Esa calma que cura y que nos reconcilia con todas las cosas que no hemos sabido ver, ni oír, ni vivir.

 Sabes, se habla mucho de amistad en este libro. Pero de amistad de la verdadera. El contrato al que hace referencia la primera cita, precisamente es un contrato de amistad; no, mejor dicho: es un contrato en el que se fijan las condiciones de la búsqueda de esa amistad. Con esto de los amigos, a veces pasa como con los novios: te das la mano, vas a la cama, y al día siguiente sois novios y tenéis ya cita para casaros en el juzgado a la semana siguiente. Con los amigos cambiamos la cama por… yo que se, un baile en la pista de la disco, o un intercambio de saludos en la reunión de la comunidad de vecinos… o salir de copas los sábados, y contarnos el resto de la semana lo bien que jugó nuestro equipo al fútbol el domingo anterior…  y… “amigos para siempre”. Clea, la protagonista, tiene muy claro que eso de la amistad es una cosa seria, y que debe cocerse a fuego lento. Y cuando Otto muestra su interés por ser su amigo, Clea coge las riendas y le obliga a firmar un contrato que regirá durante los tres meses siguientes en los que se irá gestando esa posible amistad, o en la que todo quedará en humo.

Me… sabes… creo que deberíamos coger el contrato de Clea y adoptarlo. Estaría bien. Recuerdo una frase de Iliona, que no solo es la luthier, sino que tiene pasado e historia, referida a una amiga que tuvo a los 15 años o así… “fue mi primera amiga”. Me pareció tremendo… porque si no tienes amigos de pequeño… que pena una infancia sin amigos. O una vejez. La verdad es que es una pena siempre la vida sin amigos. ¿Tenéis amigos? Amigos, no colegas.

No hay carreras, no hay grandes pasiones. Sí hay un poco de intriga… ¿Serán amigos Clea y Otto al final? ¿Qué lugar ocupa el violonchelo que están construyendo Iliona con la ayuda de Otto? Con sus 11 capas de barniz… ni una más ni una menos ¿O eran 12?. Pero son historias sencillas, de recuperar el tiempo, de mirar al pasado, de inventarse un futuro. Historias de “nunca es tarde” o quizás sí.

Dice Otto en la última cita del libro, que el violonchelo es lo más parecido a la voz del alma. Escuchemos a ver si tiene razón:

Título: El alma del mundo.

Autor: Alejandro  Palomas

Editorial Espasa.

Finalista Premio Primavera 2011.