Una buena mañana para correr (88).

“¿De qué va este gilipollas?”; “Esto es una puta locura”.

Le gustaba sentirse deseado hasta tal punto que alguien se acercara a él para besarle sin perdirle siquiera permiso. Sin decirle su nombre o desearle “Feliz navidad”. Sin mirar sus lorzas o medir su atractivo tomando como modelo a Baptiste Giabiconi, o a Jon Kortajarena. Y lo estaba disfrutando. No hacía tanto tiempo creía que nunca atraería a nadie. Eso estaba cambiando. Y le hacia sentir bien… “Me gusta” “Me excita”.

Pero de repente su cabeza dio un giro a sus razonamientos, poníéndolos en la misma dirección de los últimos días, y en especial de esa noche: otra vez estaba siguiendo el ritmo que le marcaba otro. Su hermano, sus padres, Joan, Jaime, todos parecían querer controlarlo. Todos querían que fuera una ovejita que se dejara manejar. Ninguno de ellos potenció nunca su autoestima. Ahora su mente giraba en torno a esas ideas que le obsesionaban. No se encontraba a gusto consigo mismo, las cosas no eran como las había imaginado. No encontraba su sitio. La realidad era más dura, muy dura, cuando de repente te encontrabas solo… y eres consciente que en realidad lo has estado toda tu vida. “No va a estar tu hermanito mientras follas con tu novio, para aconsejarte”. Su yo sarcástico se reía de él. Su yo más crítico consigo mismo, su yo rabioso, despreciaba al sarcástico y lo empujaba hacia la rabia, hacia la furia.

Y ese chico que besaba muy bien, lo mismo, parece que quiere jugar con sus reglas.

Ricardo le siguió el juego unos minutos. Un beso de unos minutos en medio de un pub, en Nochebuena y con un desconocido.

Al final lo fue consiguiendo. La rabia dentro de sí crecía; el odio contra el mundo, contra todos los que habían constituido hasta hacía unos días las bases de su vida. Todo eso que ahora le hacía sentirse mal,

“No te han ayudado”, se dijo por enésima vez, mientras giraban el chico del beso y él por enésima vez la cara de lado: “te han controlado”. “¿Tan mierda me ven?”. “Pues este tío me besa con pasión, así que no me verá tan zurullo”.

Carlos al final tampoco le vio tan mierda.

El chico dejó de besarle. Se fue separando de él, despacio. Sonrió.

Me llamo Miguel.

Sonrió de nuevo.

Pero esa sonrisa no le gustó a Ricardo. Era una sonrisa de chulo, de dominador. Lo miraba atentamente, intentando leer algo dentro de él… pero como siempre, no era capaz de ver nada a parte de lo que era evidente: pelo rubio casi blanco, teñido, pendiente en la oreja derecha, piercing en la ceja derecha también… provocador… chulo…

Miguel intentó besarle de nuevo, pero esta vez, Ricardo se lo impidió. Ya estaba bien de dejarse llevar, dominar por todos. Y menos por un chico que no conocía de nada. Si ya no se lo permitía a sus amigos, o los que él pensaba que eran sus amigos, ni a su familia, no lo iba a hacer con un perfecto desconocido, por mucho que se sintiera atraído por él. Si quería jugar, sería con sus normas, como a partir de ahora iba a hacer con todo el mundo.

– ¿De qué vas?

Ricardo también sabía ponerse chulo. Y sabía empujar… y lo empujó, para empezar a dejar claro quién mandaba.

– Huy, te pones digna chulapona, con lo que te ponía mis labios – le provocó Miguel.

Y volvió al ataque.

Y Ricardo volvió a ser contundente en el rechazo. Lo fue tanto que Miguel el chulo, perdió el equilibrio y cayó sobre un grupo que había a su lado, saltando y cantando al ritmo de la música del pub.

¡Pero de qué vas, marica! Mira lo que has hecho, capullo, me has tirado el cubata, imbécil.

El que hablaba, 30 años, de complexión fuerte, poco pelo, muy mala hostia, se había encarado con Miguel.

¿Estás borracho machito? Empujando a la peña y te querrás irte de rositas, imbécil.

Edad indeterminada entre los 25 y los 30. Parecía algo más joven que el de Miguel, pero su mirada era más vieja, más atravesada. Intentó pegar su frente a la de Ricardo, y agarrarle el paquete, pero la bestia que llevaba dentro Ricardo, salió de sus entrañas y se encontró con un empujó que le impidió culminar su acción.

Te voy a partir la jeta, gilipollas – ese hombre no era de los que aceptaban empujones así como así.

Se echó hacia atrás para separarse del brazo extendido de Ricardo y coger impulso, ahora ya con la intención de pegarle una buena hostia.

– ¡Tchhhhh! Para Tomás. No me toques los cojones ni me des problemas.

Rubén había saltado de la barra y se había puesto en medio impidiendo que llevara a cabo sus intenciones.

– ¡Suelta eso, no jodas!

Rubén se había girado y vio a Ricardo que había agarrado una botella de cerveza y la levantaba con la intención de estampársela a su atacante en la cabeza.

– No problem, Tomás, se han caído las bebidas, Sara os está poniendo otra ronda.

– Pero …

– Tronco, son cosas que pasan, mucha peña, empujones… no te mosquées.

– Estos maricas…

– Tomás, no me faltes, yo soy marica también. Tengamos la fiesta en paz. Son amigos míos, así que de tranquis.

Se giró un momento hacia la barra.

Mira Tomás, Félix, Tamara, y los demás, ronda invita la casa.

¿Te los follas a pares ahora? – le incitó el primero que se había encarado con Miguel.

Si, deberías probarlo, es fetén – y le guiñó un ojo con complicidad – Si quieres te puedes unir a nosotros esta noche – le siguió provocando.

El aludido le hizo un gesto con la mano desechando la invitación.

Se giró de nuevo hacia Ricardo y Miguel. El primero seguía con la botella agarrada. Lo hacía con tanta fuerza que parecía capaz de romperla sin estrellarla contra nada. Miguel seguía con su porte chulesco, sacando ligeramente el pecho hacia delante.

Vamos, vamos a la otra esquina.

Rubén les agarró del brazo, y les empujaba hacia el otro lado del establecimiento. Antes le cogió la botella a Ricardo, y se la dio a su compañera.

Mira a ver de poner esta botella a resguardo, que mi amigo Ricardo si no creo que la va a romper con la mirada.

No eres mi amigo, que te crees.

Eres gilipollas que te crees.

Y tu un puto camata de mierda, un puto fracasado, no te jode. Con los aires que te dabas, gilipollas de mierda.

Huyyy, aquí hay amor – dijo Miguel con sarcasmo e intentando soltarse de la mano de Rubén que lo llevaba sin contemplaciones hasta el otro lado del local. Pero Rubén apretaba fuerte.

Hombre el que parecía que era todo bondad, el que iba de buenín, de víctima “el mundo no me quiere, soy demasiado poca cosa, feo y encima me gustan las pollas; ¡¡ohh!!”.

– Te parto la puta cara, hijo… – Ricardo se revolvía, pero Rubén le agarraba también con firmeza.

– ¿Pero a ti que te pasa? – le cortó Rubén, parándose de repente y encarándose con él – Parece que quieres que te partan la jeta hoy. Pues si esa es tu intención que sea fuera de aquí, no jodas, no quiero problemas.

– Es este gilipollas, que se pone a morrearme…

– Y eso lo dices después de estar más de 5 minutos tan pancho con el puto morreo. No me toque los cojones, Ricardo, no me toques los cojones.

– Y tú – Rubén se giró para encararse con el otro chico – ¿Te parece bonito ir provocando así a la peña? Es la forma más fácil de que te partan los morros. Vale – le miraba fíjamente – te gusta el sexo duro, con golpes y tal. Y eso es lo que buscas.

El chico por toda respuesta intentó besar a Rubén. Pero éste le paró separándole con la mano sin ningún miramiento.

– ¿Y cómo te llamas? Es lo mínimo, chaval.

– Miguel – contestó desafiante.

– Pues Miguel, parece que te van los rollos fuertes, pues mira de jugar en otro sitio. – se paró un momento y le dio un repaso con la mirada – Y el caso es que tienes un polvo… la madre que te parió, los tíos buenos siempre parecen gilipollas.

– Pues tú no estás mal. – Miguel se pasó la lengua por los labios provocándole – ¿Eres gilipollas también?

– Precisamente por eso lo digo – le hizo un gesto de complicidad – Una pena que no vayas a llegar a la noche con la nariz en su sitio, sino hacíamos un apaño.

– Vaya, el cherif, el puto jefe del local, ligando con un imbécil que se va morreando con cualquiera. El machito del Insti. Y las broncas para mí, no te jode. Habrá que ir morreando a todo el mundo o a lo mejor es el rubio ese marica, con esa horterada de reflejos ¿naranjas? Así en lugar de…

Rubén se giró hacia Ricardo y se fue acercando lentamente, sin dejar de mirarlo fijamente. Su cara dejaba traslucir solo una gran decepción.

– Si no te hubieras preocupado por ti, y solo por ti, gilipollas, te hubieras dado cuenta de que estaba colado por ti en el Instituto. Y te hubieras acordado de las veces que la gente se reía de mí en 8º. Sí, era ese chico gordo del que tú también te burlabas a veces. Pero solo eres un puto ególatra insensible y miserable, vestido de “pobrecito, es que la gente no me entiende”. Si no llega a ser por tu hermano, te hubieras quedado más solo que la una y con la jeta partida más de una vez. Porque eres un puto egoísta.

Rubén se giró para atender a su compañera que le reclamaba en la barra. Pero antes de entrar otra vez a la barra, tuvo un impulso y se volvió de nuevo hacia Ricardo, y pegó su frente a la de él:

– Pero no sabes la suerte que tuve de que no te dieras cuenta de que estaba pillado por ti, porque es difícil encontrar un imbécil mayor que tú. Puto egoísta de mierda. Todavía tengo en la puta cabeza – Rubén se daba golpes con el dedo en la sien – el día que le pegaron a tu hermano no hace demasiado y tú le dejaste allí en el patio, por irte detrás de ese chico, Joan. Perdías el culo por ir detrás de él. Pregúntale a Manu, seguro que todavía se acuerda. Y dile quién le ayudó a quitarse de encima a aquellos tipos y quién le ayudó a ir a la enfermería. Y te creerás el mejor del mundo… ya lo estoy viendo. Enfadado con el puto mundo que no te entiende. Ni puta cuenta te diste de que le partieron la jeta, fijo.

Ricardo le miraba con cara de odio y asco mientras Rubén volvía a la barra. Tenía los puños cerrados, en tensión, preparados para lanzarlos contra el primero que osara respirar a su lado.

– Qué sabrás tú de mi puta vida, imbécil – masculló entre dientes, sin apartar la mirada de la espalda de su antiguo compañero de instituto – Otro que se cree Dios para opinar sobre los demás, no te jode.

– Y no murmures, gilipollas, que hace un minuto, me has llamado fracasado, y no sé cuantas cosas más. Te jodes.

– Qué puta sabrás que he dicho, no te jode.

– Sé leer los labios gilipollas.

Rubén no volvió ni una sola vez la mirada hacia donde estaba Ricardo. Su compañera sí que de vez en cuando miraba de reojo hacia la zona para comprobar que todo volvía a la normalidad. El grupo al que habían molestado decidió irse del local al poco. Ricardo seguía pedido en su rabia y en compadecerse de sí mismo. Miguel después de intentar un par de veces besarle de nuevo, o hablar, se perdió entre la muchedumbre en busca, de otro al que asaltar con su aire provocador y chulesco; no parecía dispuesto a esperar al final de la noche para tener un rollo o algo más con alguien. O quizás solo buscaba que le partieran la cara. O un mix de ambas opciones.

Ricardo se volvió a colocar en la barra, esta vez pegado a la pared. Su bebida se había perdido y aunque su rabia le pedía tener un vaso en la mano y un líquido que le abrasara la garganta, a la vez que le repugnara, para hacer juego con lo que sentía, no le apetecía llamar a Rubén para que le pusiera otra copa. Se empezó a pasar la lengua por el labio, recordando el beso de Miguel. Una idea descabellada se fue abriendo camino en su cabeza: buscarlo. Se estiró todo lo que pudo para intentar ver dónde estaba, pero parecía que se había fundido con la decoración del local, porque no fue capaz de verlo. Y eso que destacaba, porque era alto, aunque muy delgado, pero el pelo rubio, un rubio casi albino, con reflejos naranjas, era inconfundible y debía de destacar en ese local con poca luz.

Pero no… Ricardo, por más que mirara y se pusiera de pie sobre el apoyo del taburete de la barra, no era capaz de verlo. Iba a moverse, cuando Rubén le puso un vaso delante.

– Invita la casa.

Rubén le guiñó un ojo y le sonrió.

Ricardo se quedó mirándolo. Hubiera querido mandarle a tomar por el culo, pero de repente se dio cuenta de que estaba bueno y durante unos minutos se entretuvo en recorrer su cuerpo con la mirada y desnudarlo con la imaginación. No lo pudo evitar… aunque seguía despreciándolo y odiándolo a partes iguales. Pero estaría guay llevárselo a la cama esa noche; al fin y al cabo había estado enamorado de él, según había confesado… ser él el cazador por una noche… no depender de que nadie se fijara en él para ligarlo… y hacerlo con chicos potentes, guapos, no con parias como él.

– Es gilipollas pero está de muerte.

Y siguió con su fantasía… Rubén desnudo, con su cuerpo cuidado… de repente recordó que habían compartido vestuario en gimnasia en el instituto. Pero entonces apenas se atrevía a mirar a los demás chicos, a parte de que el último año, cuando coincidió con Rubén en clase, él ya solo tenía ojos para Joan. “Joder que lerdo fui” En eso tenía razón el jodido. Aunque a lo mejor no estaba todo perdido… a lo mejor era posible que pudiera luego recorrer con sus manos las curvas que se marcaban en su cuerpo con la camiseta negra ajustada y con esos pantalones vaqueros que parecían también una segunda piel. Besar y morder ese culo en el que se le marcaban perfectamente la forma de los globos, unas formas bonitas, duras, en las que además podía seguir el trabajo de sus músculos según se iba moviendo. Como le ponía cuando se estiraba para coger alguna botella de las baldas de arriba y apretaba el culo…

De repente Rubén desapareció y se perdió entre la clientela. Seguramente habría ido a recoger los vasos vacíos, pensó Ricardo. Se quedó esperando a que volviera a aparecer. Mientras volvía, cerró los ojos y le lamía su miembro, aunque de repente, levantaba la cabeza y se encontraba con la sonrisa burlona y lasciva de Miguel, pasándose la lengua por sus labios. Y luego estaban los tres, intentando besarse a la vez, peleándose por ver quién besaba a quién, con sus miembros latiendo de forma irrefrenable, hasta que Miguel se agachó y se metió los otros dos látigos en su boca, jugueteando con su lengua, y a la vez mirándoles de esa forma provocadora que él dominaba como nadie.

Y el tío de la pelea mirando desde la puerta.

Pegó un último trago a la bebida que le había puesto Rubén que se había bebido en un suspiro, sin apenas darse cuenta. Se levantó decidido para ir a la búsqueda de alguno de ellos. Se había puesto muy caliente, y había decidido que necesitaba echar un polvo con Rubén. O con el rubio teñido, daba igual. O con cualquier otro que se cruzara en su camino y estuviera bueno. Pero porque él lo quería así. Él llevaría el control. Al intentar andar, se tambaleó un poco… la cabeza le daba vueltas. Tuvo que apoyar una mano en la barra para no caer al suelo, mientras probaba si estaba mejor con los ojos cerrados o abiertos.

– Estoy bien, Ricardo, estoy bien – se repetía en voz baja, aunque sabía que mentía.

Empezó a moverse por el local a la búsqueda de sus objetivos. Vio un rubio en una esquina, y fue hacia allí todo lo rápido que su cabeza y su falta de equilibrio le permitía.

– Perdona tío, quiero follar contigo – arrastraba las sílabas al hablar – Estás mazo bueno y…

Pero cuando el chico giró la cabeza para mirarlo, comprobó que no era Miguel. El tío le atravesó de mala manera con su mirada; no le había hecho mucha gracia que le interrumpiera en su flirteo con la chica con la que estaba. Ricardo le había interrumpido mientras la besaba apasionadamente.

– Feliz Navidad – le dijo a modo de disculpa con una sonrisa estúpida en la cara.

– Déjale, está borracho – dijo la chica a su pareja mientras juntaba su boca a la de él para asegurarse de que pasaba del tema.

– Happy, happy – dijo tontamente Ricardo.

Siguió su errático camino de búsqueda por el local. Un chico iba con un montón de vasos por en medio de la gente, pero no era Rubén. Había otro chico rubio en medio bailando, pero no era tan rubio como para ser Miguel.

Se paró junto a una columna. Su cabeza de repente había decidido aumentar el ritmo de los giros y vueltas… como si estuviera compitiendo en un campeonato de esos que daban de vez en cuando en la tele, de patinaje sobre hielo estuviera en la pista haciendo saltos mortales con tirabuzón o girando cada vez más deprisa, y más deprisa… Así que decidió apoyarse en esa columna. Pero aún apoyado en ella, Ricardo seguía haciendo pequeños círculos. Le era imposible mantener la verticalidad.

– Mi puta cabeza… joder…

Decidió irse al servicio a mojarse un poco la cara. Se estaba enfadando consigo mismo por haber bebido esa puta mierda que no le gustaba. Y como no, la culpa la tenía su hermano, sus padres, y ahora Rubén, por ser gilipollas y jugar a Dios. Aunque a Rubén le echaba poco la culpa, mientras existiera la posibilidad de follar con él esa noche.

– Noche, noche buena, chin, chin chin – canturreaba Ricardo camino del agua reparadora que le devolvería, pensaba, a la normalidad.

Llegó al servicio. Abrió la puerta de uno de los cubículos, y se alegró en un momento: había encontrado a Rubén. Iba a saludarlo, pero se dio cuenta de que tenía los pantalones por la rodilla. A la misma altura tenía unos calzoncillos negros, con la goma roja. Eran Diesel. Y siguió fijándose, y vio que Rubén estaba entre las piernas de Miguel, moviendo su cadera atrás adelante; y luego volvía atrás, para impulsarse hacia delante, y así seguido. Atrás-adelante. Atrás-adelante. Ricardo se quedó parado, sorprendido, y el alcohol le impedía procesar lo que estaba viendo. De repente se le pasó la borrachera, aunque se le cambió por unas ganas tremendas de vomitar.

 ________

Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (88).

    • PFE, en resumen, que malo es estar perdido…
      Aunque sobre estar perdido, podríamos hablar largo…

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  1. Ufff. Igual lo de la crisis existencial no tendría que ser algo tan malo si no fuera por ese exceso de autocompasión y de egocentrismo, que encima materializa en una colección de rabietas a destiempo y unas nauseas que no se sabe bien si vienen del alcohol o de la incoherencia más absoluta.

    Un abrazo

    • Pucho, quizás vengan de todo eso que citas, y de algunas cosas más…
      Hay personas que tienen épocas muy difíciles, que sus reacciones sorprenden hasta a los que los conocen mejor. Diría que hasta a ellos mismos.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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