Otra vez ocurrió.

Otra vez.

Una historia que se repite día a día.

Miré el reloj incrédulo.

Miré la hora en el móvil.

La radio daba los pitos.

– Son las nueve, las ocho en Canarias.

Recuerdo cuando me levanté: las siete. Recuerdo ir al servicio y apoyarme en la pared para orinar. Recuerdo bajar la tapa y dar a la bomba. Recuerdo el ruido del agua caer de estampida.

Recuerdo ponerme frente al espejo y tardar en reconocer la imagen que me devolvía.

Recuerdo mirarme los ojos, y calibrar las ojera de esta mañana. Dos milímetros más que ayer, pensé.

Calibré la intensidad de mi mirada: menos tres en mi sistema de medida de cero a diez. Calibré la tristeza que transmitía: veinticinco.

Recuerdo abrir la tapa del dentífrico, y extenderlo sobre le cepillo de dientes. Llenar el vaso de agua para aclararme luego.

Recuerdo empezar a cepillarme. Recuerdo… recuerdo como el sabor triste de mi boca, iba cambiando hacia un menta neutro. O clorofila sin alma. Fresco en todo caso.

Recuerdo esos diez minutos. Quince a lo sumo.

Son las nueve. Hora y tres cuartos. Faltan hora y tres cuartos. Quizás hora y cincuenta minutos.

Me duele la cabeza. Parece que me va a estallar.

Me duele el alma, me duele perder mi vida a retazos. Me duele perder mis recuerdos, mis vivencias, me duele perder amor. No esto último no, porque no puedes perder algo que nunca has tenido. Aunque eso es mejor que no tener nada que recordar. Nada que recordar… una mirada al vacío de hora y tres cuartos.

Intento pensar, intento recordar a dónde viajé en esa hora y tres cuartos, quizás hora y cincuenta minutos, pero… no lo consigo. Solo consigo tener más presente el dolor de mi cabeza, el dolor de mi impotencia.

Vuelvo a abrir el tubo del dentífrico. Porque mi boca vuelve a saber a mierda. Como la mierda de mi vida. Mi boca no sabe a otra cosa distinta a lo que soy.

Cierro el armario del baño y miro la ducha. Y miro el reloj. Recuerdo que ayer domingo perdí dos horas en la ducha, dos horas que se me fueron por el desagüe, acompañando al agua caliente, más bien templada. Hoy no puedo correr el riesgo de perder otras dos horas sin recuerdos, sin vida, sin mi vida.

Cojo el abrigo, y el móvil, y la cartera, y el paraguas. Llueve.

El del primero me mira.

La vieja del cigarrillo escupe al suelo mientras me perdona la vida. Como los vaqueros en el lejano oeste, pero sin tabaco de mascar.

La de la frutería me mira.

El gordo se ríe. Me mira.

Adrián, el chapero me mira. Se para frente a mí. Sonríe: ¿pena?

– Tronko, tás pa´llá.

Le miro.

Me mira.

Le miro.

Me mira.

Le miro preguntando.

Me mira los pies.

Miro.

Voy descalzo. De hecho voy desnudo, solo el abrigo. Y la cartera.

Le miro perdido.

Me sonríe. ¿Pena?

Da un paso y me coge del brazo. Me dejo llevar…

Llegamos a mi casa y dejo la cartera. Dejo el móvil, me quito al abrigo.

Me siento en el sofá. Desnudo.

Adrián, el chapero se sienta a mi lado.

Me mira.

Le miro.

Me mira.

Le miro.

Gira un poco la cabeza y me sonríe.

Y yo… yo me acerco a él…

Y él me abraza…

– Tío, todo es guay – dice – Tranki (con k, porque él lo dice con k)

Y lloro.

Y el me besa en la cabeza.

– Todo es guay – repito.

Y lloro. Porque no recuerdo: he perdido mi vida. O es que a lo mejor, no tengo vida. La he tenido… ¿La he tenido alguna vez?

Fuera llueve.

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11 pensamientos en “Otra vez ocurrió.

    • sonia, debe ser duro sí. Sobre todo tener la percepción de que hay pequeños agujeros todos los días, en que el tiempo se evapora.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  1. Hay días especialmente malos, en los que se te agudiza esa sensación de lo diferente que es la vida de lo que habías imaginado, y tratas de recordar alguna de esas cosas que hacen que vivir merezca la pena, pero sólo te vienen a la cabeza una colección de rutinas que no significan nada. Afortunadamente esos días pasan.
    Maravilloso relato
    Un abrazo

    • Pucho, a veces esos días se hacen permanentes… ojalá pasaran siempre…
      Muchas gracias. Eres muy generoso conmigo.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

    • PFE a ,lo mejor no la perdió de repente, sino que se dio cuenta de repente.
      para eso quizás nuestro amigo Adrián le pueda echar una mano. a veces la ayuda te llega de donde menos esperas. O la cordura. o los toques de locura.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Pues este post, aunque muy bonito y muy logrado, me ha “deprimido” un poco, no sé, me vienen a la cabeza situaciones reales que conozco, y si que es muy duro perder la memoria o que le pase a un ser querido.

    Aunque lo del chapero me ha descolocado un poco…

    • Hola Sergio. Bueno, lamento que te haya entristecido. Es curioso como a veces escribo cosas sin pensar en casos reales y como al final esa realidad viene a chocarse con la historia.
      El tema de Adri, el chapero tiene su explicación. Primero, es un personaje de otros relatos y me gustó la idea de que apareciera aquí. Es un chico perdido, y algo desesperado, pero que casualmente es el único que se acerca a ayudar a nuestro protagonista. Es chapero, pero podría haber sido médico, o fontanero.

      Muchas gracias por estar por ahí.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  3. Me ha gustado cada emoción que subyace en el relato…

    Se me ocurre aportar otro punto de vista.
    La pérdidas parciales de “tiempos y espacios” así como de señas de identidad, cada vez afectan a mayor número de personas, sin ser una patología. Puede decirse que son abstracciones de la atención, generalmente causadas por el exceso de estímulos al que estamos sometidos. Una sobrecarga del “disco duro”.

    Si es este el caso y no una neuropatología degenerativa (lo que quizás haya que descartar), superada la primera sorpresa e incomodidad del suceso, podríamos relajarnos y contemplarlo como una defensa sanadora. A veces, la única manera de poder mantener una apertura ante el presente, es borrar paquetes de la memoria, pues esta, sobrecargada, pierde frescura y capacidad…

    Lo digo por experiencia propia. Tras los primeros sustos, he aprendido a saborear esos espacios liberados, que conceden a la percepción un nuevo impulso.

    Pero la dinámica del relato era otra, lo sé, y es muy vívido, y el chapero, una bendición muy oportuna. Siempre tengo viva la gratitud a un chapero que me devolvió la confianza, tras haberla perdido en un cruce de caminos…

    Gracias por tus escritos.

    Un abrazo.

    • Orfeo, quizás cualquiera de esas opciones que describes, sea acertada a la hora de leer el relato. Creo que se puede leer de muchas formas. Quizás mi versión de relato va más en el camino que indicas de pérdidas de momentos debido a abstracciones de la realidad, que como apuntas a veces son liberadoras.
      Y lo del chapero que te devolvió la confianza… me interesa. Ya podrías contar algo más al respecto.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  4. Pingback: Propuestas de Pucho para el recopilatorio del 4º aniversario. | el rincón de tatojimmy v.2.0

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