Una buena mañana para correr (89).

Atrás-adelante, atrás-adelante, una y otra vez… a velocidad de vértigo, Ricardo ni siquiera pestañeaba… el culo de Rubén moviéndose… atrás-adelante, sus músculos en tensión, moviéndose a ritmo vertiginoso… atrás-adelante… abriendo y cerrando el canalillo… atrás-adelante… los músculos se contraen… y ese ruido característico que salía amplificado como si fuera una película porno, faltaban los jadeos desmesurados, los gestos explosivos… empezaron a girar… daban vueltas y vueltas… una carcajada con eco parecía salir del la mueca de placer del rubio platino que lo miraba con la boca abierta, ahora de costado, ahora boca abajo… ahora sí escuchaba los jadeos y veía los gestos excesivos rubio platino… girando… y esa carcajada, y luego la otra… se reían de él… Rubén y su culo… el rubio platino…

Se dio la vuelta y cerró de golpe la puerta. Se tapó los ojos con la mano… y empezó a tener mucho calor… sudaba a mares… la vista… el estómago se le revolvió de pronto…

– Joder, era el pavo ese de antes.

– ¿Ricardo?” – contestó Rubén – ¿Ricardo? – preguntó Rubén de nuevo.

Miguel le decía que sí con la cabeza, mientras bajaba las piernas y su cara se convertía en la mejor expresión de la frustración.

– Ricardo, ¿Estás… ? Déjame que… – chilló Rubén mientras soltaba a Miguel y empezaba a recomponer su ropa – Joder, joder, joder – empezó a decir para sí mientras mil cosas daban vueltas a la vez en su cabeza – Joder, joder, joder… – estaba claro que su palabrería sobre “menos mal que no me hiciste caso, porque eres un puto egoísta de mierda”, no estaba muy de acuerdo con sus más profundos deseos. Ni con los de a flor de piel. Le importaba que Ricardo le hubiera visto con Miguel, le importaba…

– Sigue – suplicaba Miguel, que se resistía a vestirse.

Pero Rubén ya no seguía.

– Vuelve… – insistió… pero Rubén ya salía de la cabina.

– No me dejes así… – y le agarró de la camiseta para atraerlo hacia sí, pero no consiguió nada.

Ricardo se fue trastabillando a la cabina contigua apartando de malas formas a un chico que quería acceder a ella. Cerró de golpe mientras el chico le imprecaba con todos los insultos conocidos en español y en inglés. Ricardo apenas tuvo tiempo de agacharse y de levantar la tapa de la taza para vomitar.

– Ricardo ¿Estás bien? – preguntó Rubén desde fuera tocando ligeramente la puerta, mientras se ataba los botones de la bragueta y se metía la camiseta por dentro del pantalón.

“Vete a la puta mierda”, quiso contestarle Ricardo, pero no pudo hacerlo, otra arcada se lo impidió.

– Abre y te ayudo – insistió.

– Vete a cagar – Ricardo jadeaba procurando recuperar el resuello, mientras se agarraba el estómago intentando dominar nuevas arcadas.

– ¡Qué hostias pasa! ¿No se pude mear en este puto local? – el chico al que Ricardo había empujado intentaba hacerse valer al reconocer al camarero.

– Vete al de mujeres, imbécil. O hazte un nudo, o te la cortas directamente.

Ricardo fue recuperando poco a poco su ritmo de respiración normal.

– Abre, Ricardo.

Miguel trajo una manzanilla y se la dejó a Rubén.

– Abre, Ricardo – insistía éste – Tómate esto, te sentará bien.

Al final abrió.

“Joder, joder”… Rubén pensó que Ricardo estaba muy pálido. Estaba sudando y se le notaba todavía un poco desorientado. Pero intentó poner buena cara y su mejor sonrisa animadora.

– Bebe despacio – le tendió la taza con la infusión – Cuidado que quema.

Bebió despacio, mientras Rubén le ponía su mano en la frente y apretaba.

– Sara te reclama, Rub – un asiduo había servido de mensajero – Está muy pillada.

– Voy, ahora voy – contestó al mensajero – ¿Estás mejor? – preguntó a Ricardo.

Pero éste le ignoró.

– Quédate un rato y respira despacio. Luego vas a la barra y te pongo algo – le dijo muy serio, apoyando sus palabras con su dedo estirado apuntando a su cara. Miró buscando a Miguel, para que se quedara con él un rato, pero éste había desaparecido. “Mierda, joder, joder”.

Ricardo no reaccionó; no hizo ningún gesto que indicara que le había entendido. Ni siquiera le miraba a la cara.

– ¿Ricardo?

– Sí, sí… te he oído, hostias. Vete, vete. ¡Lárgate! Ya me muero yo solo aquí, no te preocupes.

– Bobo – Rubén le dio un suave golpe cómplice en un hombro.

Se volvió para irse a la barra.. No acababa de verlo muy sereno todavía, aunque parecía que se recuperaba.

– Puta mierda de vida – Ricardo dio un puñetazo en la pared para reafirmarse – yo un puto imbécil que… ¿Cómo me he podido dejar…? ¡¡Hosstias!! Cómo he hecho el ridículo, como se habrán reído todos de mí, la madre que me parió… puta vida…

Se levantó. La furia por el ridículo que pensaba había hecho ante sus dos posibilidades de polvo esa noche y ante el resto del mundo, le hizo incorporarse demasiado bruscamente para su estado y tuvo que apoyarse con la mano en una de las paredes del cubículo, para evitar caerse. Ni su cabeza ni sus piernas parecía que estaba para muchas zarandajas. Respiró despacio y profundo, mientras con el otro brazo intentaba sujetar su estómago que tampoco parecía querer arreglarse del todo.

– Puta vida… – exclamó en un volumen apenas audible.

– Puta vida – repitió un poco más alto.

– ¡Puta vida!

– ¡¡Puta vida!!

– ¡¡¡Puta vida!!! – se le escapó casi a voz en grito. Sus ojos inyectados en sangre y en odio. Odio contra todo y todos. Odio contra él mismo por… no, no sabía por qué se odiaba, ni en realidad sabía por qué odiaba a todo el mundo. No entendía nada, no se entendía él. Pero era más fácil odiar que intentar comprender. Y mentirse es tan sencillo…

Enfiló la puerta de los servicios. Un chico que parecía que tenía mucha prisa le apartó bruscamente para entrar él.

– ¡Eh! Sin prisas – le espetó molesto por el empujón, mientras se pasaba la mano por la barbilla, secándose la saliva que en algún momento había resbalado por la comisura de sus labios. Seguía arrastrando las sílabas al hablar, su cabeza seguía siendo una bolera americana en día de plena ocupación de todas sus calles – en estos servicios parece que todo el mundo tiene prisa, follan deprisa, potamos deprisa, se mean por la pata abajo… definitivamente sigo borracho, Ricardo, sigues borracho Ricardo, eres un gilipollas de mierda que has hecho el más gilipollas de los ridículos. La hostia puta. ¡Eh tío! ¿Vas a cagar o a mear? Es para una estadística – Se reía de su propia ocurrencia.

– Cabrón de mierda, podías haber dado la bomba al menos, ¡qué asco! ¡Cerdo!

No contestó a la encuesta aunque le hubiera gustado pisarle la cabeza y apenas lo disimulaba en su jeta. Cerró la puerta de golpe mientras daba a la bomba una y otra vez y repasaba todos los tacos que se había aprendido desde parvulario, a la vez que con medio rollo de papel higiénico pasaba una y otra vez los bordes de la taza y empezaba a desabrocharse el cinturón.

– Va a cagar – dijo muy bajito Ricardo que había oído el ruido de la hebilla del cinturón al desbrocharse. Sonreía tontamente – Uno de cagar con prisa. En este local también se caga con prisas.

Ricardo caminó despacio sin hacer caso a las pestes que el chico seguía desgranando. “Hubiera estado bien seguir hablando con el mientras obraba”. Pero necesitaba un poco de aire puro. Fue riéndose por su última ocurrencia a recuperar su abrigo al lado de la última columna en la que se había apoyado antes de encontrar el picadero de Rubén y Miguel, y se fue a la busca de la puerta de salida.

– Hijos de la gran puta – murmuró Ricardo al acordarse de repente de la imagen del culo de Rubén moviéndose a un ritmo frenético, girando sobre si mismo y de la cara de éxtasis rubio que tenía el otro… “gilipollas, que es un gilipollas”, y de esa carcajada estremecedora y con eco que salió por su boca. Se giró un momento y lo buscó en la barra, pero no lo vio. “Que le follen”. “Estarán follando otra vez, cabrones de mierda”.

Enemigos, eso es lo que eran esos dos. A muerte con ellos.

– Son unos hijos de la gran puta y del cabrón redomado – y Ricardo sonreía “¡Qué ocurrencia!”

Dos más para odiar con todas sus fuerzas. Ricardo estaba descubriendo que era un odiador consumado; tenía mucha capacidad de odiar, de sentir asco. Esa rabia de la que se había hecho tan amigo, intima en los últimos tiempos, iba otra vez tomando cada célula de su cuerpo con fuerzas renovadas. Y sentía unas ganas irrefrenables de golpear a alguien.

Se dirigió tambaleándose hacia la puerta de salida. Despacio. Al menos su estómago parecía asentarse. “La puta manzanilla”, pensó.

Respiró hondo cuando el frío de la calle golpeó sin conmiseración su rostro y su cuerpo. Parecía que había recibido un chute de espabilina con la primera ráfaga de aire en la cara. Se subió la cremallera del abrigo y se subió los cuellos. Miró a un lado y otro de la calle con los ojos entrecerrados, para decidir hacia dónde ir. El frío le estaba despejando, aunque eso no le ayudaba a tomar decisiones. Su boca sabía a manzanilla. “la puta manzanilla de los cojones” Odiaba su sabor, su olor, siempre se lo decía a su madre. Y ella siempre le contestaba que “Da igual como sepa, si te sienta el estómago” Y le sonreía de esa forma especial. Pero eso era cuando eran pequeño. Hacía años que no recordaba alguna vez que le sonriera así. “Y el caso es que va a tener razón”. Pero el sabor que le había dejado… buscó en los bolsillos un chicle para quitárselo. Encontró uno de fresa ácida. Cuando se lo iba a meter en la boca, una mano se lo quitó de un zarpazo.

– La puta madre… ¡joder!

Era Miguel. Lo miraba fijamente mientras iba mordiendo poco a poco el chicle, regodeándose. Al final le dedicó una amplia sonrisa.

– ¿Quieres el chicle? Seguro que no tienes otro. Ley de Murphy. – paró un segundo de masticar y se lo enseñó – Cógelo.

Diciendo esto, siguió masticando con la boca abierta, exagerando los movimientos. Al cabo de un par de minutos abrió la boca de nuevo y le enseñó el chicle. Lo miraba provocándole, desafiándole: “Ven, acércate, coge el chicle con tu boca”.

“Le han fallado los demás planes de polvo”, pensó Ricardo.

– Está guay – siguió diciendo Miguel mientras lo masticaba un rato, se lo volvía a enseñar… entornaba los ojos, lo miraba provocativo… parecía tener estudiada la ración de cada gesto que debía ofrecer para provocar, para excitar… – pero si tardas un poco te vas a quedar sin nada… de sabor…

Ricardo se cansó del juego, y sin pensarlo dio el paso que les separaba, agarró el cuello de Miguel por detrás con una de sus manos, y le acercó. Metió la lengua en su boca y empezaron a jugar con el chicle, ora en una boca, ora en la otra. “Porque a mí me da la gana”, se decía.

Al cabo de unos minutos del juego, se separaron. Miguel sonreía burlón con el chicle en su boca. Ricardo le miraba decidido, serio, rabioso.

– Pégame si tienes cojones – le desafió Miguel, hablando muy lentamente a la vez que levantaba el mentón y giraba la cara ligeramente hacia un lado. – Lo estás deseando – apostilló.

El primer impulso de Ricardo fue darle un puñetazo. Sin más, sin pensar. Nunca había pegado a nadie y menos con el puño cerrado. Pero nunca había tenido tan claro ese deseo. “Es demasiado fácil”, se dijo, pero “¿Y lo bien que me iba a quedar?”; dar ese tortazo que necesitaba. Dárselo a su hermano, o a sus padres, a Joan, a Jaime o al mundo en general… o a sí mismo, dárselo a Miguel que se ofrecía, dárselos a todos ellos en la cara de ese puto rubio platino que era gilipollas redomado… “Es demasiado fácil, tiene que haber trampa”, ese tío que llevaba toda la noche rondándole, provocándole… miró a un lado y a otro, y vio que había un montón de gente. Miguel se dio cuenta de la maniobra. Lo miró de nuevo con esa expresión burlona y que era tan provocadora y que le salía tan natural…

Lo agarró de una mano, y tiró de él.

Echó a correr, y Ricardo le seguía a duras penas.

– Joder, – se paró en seco soltándose de un manotazo – que no puedo correr, hostias… – sus piernas flaqueaban todavía y su cabeza tampoco era muy segura.

Empezaron a andar los dos a la par. Se miraban de vez en cuando, estudiándose. Miguel siempre con un toque de chulería. Ricardo cambiaba de rabia a curiosidad y volvía a la rabia. Y de cuando en cuando se le escapaba una mirada de “todo sexo”. “Es gilipollas pero está como un tren”.

– ¡Feliz Navidad! – les gritó un grupo de chicos.

– ¡Yepaaaaaaa! Llegáis tarde. Las pibas ya se han dado el piro – les gritó un chico que parecía recién salido del pueblo.

Ricardo se dio la vuelta y les hizo un corte de mangas. Miguel tiró de él… no estaba dispuesto a perder su opción de esa noche porque a Ricardo se le ocurriera repartir leches a los que se encontrara en el camino.

Al cabo de un rato, Miguel se paró: habían llegado. Ricardo estaba jadeando. Aunque no había corrido, sí que habían caminado a buen paso. No era su mejor noche. Todo lo que había pasado en esa desgracia de Nochebuena no ayudaban a mantener la verticalidad ni la dignidad con una cierta gallardía.

– No irás a echar la pota de nuevo – le animó Miguel, siempre con su gesto burlón, de controlar la situación.

Ricardo se incorporó y le miró directamente a los ojos, e intentó transmitirle todo el asco y odio que le producía.

Miguel le ignoró. Abrió el portal, subió al primero, abrió la puerta de la casa, encendió la luz del hall y esperó apoyado en la puerta mientras Ricardo subía más tranquilo.

Cerró la puerta tras él; se quedaron uno en frente del otro, mirándose.

Ricardo respiraba rápido.

Miguel sonreía.

Silencio. Ninguno movía un músculo de su cuerpo.

Al cabo de unos minutos de estudiarse, como si alguien hubiera tocado una campana en algún sitio, los dos a la vez, se acercaron y se fundieron en un beso tórrido, duro, con prisas. Todo valía, la lengua, los labios, los dientes… Miguel se iba quitando la ropa mientras tanto e iba guiando a Ricardo hacia la cama.

Ricardo le imitaba… “porque a mí me da la gana”.

Las zapatillas.

Los pantalones.

El abrigo.

La sudadera.

Llegaron a la cama casi desnudos.

Seguían luchando, se apretaban, se mordían, las manos no acariciaban, sino que arañaban, casi agredían. Ricardo le daba suaves palmadas, al principio, que poco a poco fueron aumentando en dureza.

Sudaban. Respiraban entrecortadamente.

De repente, como si nuevamente se hubiesen puesto de acuerdo, se pararon los dos. Estaban tumbados en la cama: Miguel debajo, y Ricardo sentado a horcajadas sobre él. Ya estaban desnudos. Silencio, salvo sus respiraciones agitadas. Sus miembros erectos palpitaban al ritmo con el que sus corazones bombeaba sangre.

– Pégame – escupió Miguel. Era casi una orden.

Y volvió a poner esa mirada provocadora, burlona como picándole, diciendo con su pose “No tienes cojones, cobarde”. Y volvió a girar la cara de medio lado… y volvió a sonreír… “mira hasta te pongo la mejilla, más a huevo…”

– Ahora no hay nadie que te vea – siguió incitándole.

Ricardo no se lo pensó. Y cogiendo impulso, le soltó una torta con la palma abierta en ese lado de la cara.

Se quedó mirándolo, estudiando su reacción. Sintió algo nuevo dentro de él… se sintió poderoso, supo el sabor de tener poder sobre alguien… poder sobre la vida o la muerte, sobre el dolor, el sufrimiento… y eso le excitó más si cabe.

Y notó entre sus piernas como a Miguel le pasaba lo mismo, el sopapo le había puesto a mil…

– Eso ha sido una torta de nenaza. ¿Eres una nenaza? Una nenaza gorda además.

Miguel volvió a poner su cara en la misma posición.

Ricardo volvió a coger impulso llevando el brazo hacia atrás, y volvió a soltarle un tortazo, más fuerte que el primero. “Te vas a reír de tu puta madre, cabrón, porque a mí me da la gana”.

Miguel se incorporó y lo atrajo hacia si, y se besaron de nuevo… con pasión, con furia; estaba sangrando de un labio y el sabor de la sangre pareció emborrachar a Ricardo… que se separó de nuevo y volvió a golpearlo… esta vez ya no necesitaba que lo provocara…

Y otra vez.

Y una más.

“Porque a mí me da la gana, yo controlo, yo mando”.

Se besaron… sus besos sabían a sangre… giraron abrazados sobre la cama manchada ya de rojo, llenos ellos también de sangre… giraron intentando cada uno dominar al otro tomar la iniciativa en los besos, luchando por el poder…

Y otra vez Ricardo le volvió a pegar… por Manu, por su padre, por su madre, por él… por el mundo, por Rubén… por Joan, por Jaime…. por los hijos de puta del mundo… besos que parecían mordiscos… besos con sabor a sangre… giró bruscamente a Miguel, y lo penetró sin contemplaciones… mientras movía su cintura adelante, atrás… le golpeaba en el culo con sus manos, o le pellizcaba los pezones… o le golpeaba los testículos….sudaban… le arañaba la espalda, la cara, las piernas, daba igual… una por Manu, por Jaime… por el polvo con Rubén, por ese culo que había visto moverse como un una locomotora…

– ¡¡¡Hijos de Puta!!! – gritó con todas sus fuerzas llegando al éxtasis.

Cayeron los dos sobre la cama, extenuados.

Miguel sangraba copiosamente de la cara. Pero le daba igual. Estaba feliz.

Ricardo intentaba controlar su respiración. Cerró los ojos y se sintió de repente agotado. Sin apenas intervalo, se quedó dormido. Miguel aprovechó y colocó la cabeza sobre el pecho de Ricardo. Sonrió satisfecho… y se dispuso a dormir también.

“Al final había sido una buena noche”, pensó un segundo antes de adormecerse.

 ________

Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

Anuncios

4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (89).

  1. Vaya caja de sorpresas que ha resultado ser Miguel. Al final resulta que con tanta chulería sólo buscaba a alguien que le pusiera la cara como un mapa, amén de otras cosas. Pues no se, yo creo que historias como las de este tipo se me escapan. Me ha dejado sin palabras, pero me cuesta imaginar que a Ricardo escarbar de esta manera en sus propios rencores le vaya a beneficiar en algo. Ya nos contaras…

    Un abrazo

    • Pucho a veces… yo creo que Ricardo está sencillamente perdido. Está en ese momento que creo que en mayor medida o menor, pasamos todos, y a veces, en varias ocasiones, de odiarnos a nosotros, y a todo lo que nos rodea. Lo que pasa es que cada uno lo vive de acuerdo a su forma de ser, o dependiendo de la gente que tenga a su alrededor.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Me entristecen estas cosas, esa soledad inconmensurable de dos hombres, dos seres humanos insatisfechos que buscan la satisfacción en actos incomprensibles. Que no los comprenda no significa que no respete, aunque sea incapaz de compartirlos.

    Lo que no voy a dejar de admirar es la fuerza de tu narrativa.

    Un abrazo.

    • PFE, hay tanta soledad en estos días de super-comunicación… tantos que se sienten solos rodeados de gente en todos sitios…
      sip.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s