Recuerdos.

No escuchaba el parloteo de su gente.

Estaba sentado en el Nurielle de Hortaleza. Sus hijos, sus nietos.

Un helado. De plátano.

Su hija le estaba planteando una historia de dinero. Quería convencerle de que le dejara unos miles de euros para comprarse una casa en la playa. Que si los niños, que si el mar, que si en dos años ahorrarían un montón de pasta, que él podría pasar los veranos con ellos…

Su marido discutía con ella. No quería ni la casa, ni mucho menos que su suegro pusiera la pasta. Tenía su orgullo, y a Ángel le parecía bien. No pensaba dejarle el dinero a su hija. Pero tampoco le apetecía demasiado discutir con ella. Sus nietos pequeños jugaban entre ellos. Darío, el mayor, miraba a su abuelo. Callaba. No era de esta hija. Era de su hijo Pedro. Esa guerra le resultaba extraña. Darío de todas formas, nunca decía nada.

Se fijó en la mesa de al lado. Se quedó mirando fijamente a un hombre que estaba sentado con otros tres. Le miraba reírse, bromear… se dio cuenta que sus contertulios interaccionaban con él de una forma maravillosa, extraña. Era un grupo heterogéneo. Todos hombres, pero de edades muy distintas.

Le dio envidia. Mucha. Soñaba con poder interactuar así con hombres más jóvenes, que le aportaran esas ganas de vivir que había perdido hacía ya tanto tiempo… que le amaran incluso, por qué no… que le amaran como no le había podido amar ningún hombre a lo largo de su vida.

Ahora estaban riéndose a carcajadas: los cuatro. Su hija seguía y seguía discutiendo con su marido. Darío miraba también esa mesa. Juraría que su nieto tenía las mismas ganas que él de estar en el lugar de algunos de los que reían en esa mesa de al lado, y que comían helado… y que reían… y que hablaban de hombres, de sus cuerpos, de sus sus ligues, de sus miembros…

Ángel cerró un instante los ojos, y empezó a viajar. De repente se encontró en un perdido pueblo de Castilla. Se encontró en el pajar de su tío Eutimio. Tenía un trozo de paja de trigo entre los labios. Estaba apoyado en la paja sobre su costado. A su lado estaba Joaquín, el hijo del farmacéutico. Los dos tenía 16 años.

Ángel miraba extasiado a su “amigo”. Estaban los dos desnudos. Joaquín miraba al techo. De repente giró la cabeza. Cruzaron sus miradas. Sonrieron los dos.

Joaquín alargó el brazo y puso su mano sobre el cuello de Ángel. Lo atrajo hacia él, y se besaron. Se besaron y se besaron… y se besaron. Pareció solo un instante… pero fuera se echó la noche. El tiempo siempre es relativo, pero para ellos, en ese momento lo era mucho más.

Se vistieron a todo correr.

Se dieron un piquito de despedida., antes de salir del pajar.

Quedaron al día siguiente en el río.

Salieron por turnos. Primero Joaquín. Después Ángel.

Al día siguiente se bañaron en el río.

Al otro fueron al pajar. Cada día avanzaban un poco más conociendo sus cuerpos.

Ese día fue especial. Pasaron casi tres horas besándose. Acariciándose. Jugando. Se miraron hasta casi desgastarse.

Ángel estaba encima de Joaquín. Levantó su mirada… y ahí estaba él, su padre.

El primer tortazo fue en la cara, con la mano.

Joaquín se levantó asustado. Lo primero que vio no fue al padre de Ángel, sino al suyo propio. A él, la primera le llegó en el pecho, con un cinturón.

El padre de Ángel le sacó de la oreja desnudo a la calle. Le empujó para que cayera en la cochinera. Desnudo y lleno de mierda, siguió fustigándole ahora también él con un cinturón. Ángel gritaba, llamaba a Joaquín. Sus gritos se escuchaban perfectamente.

El padre de Ángel se le llevó hasta su coche. Le empujó dentro. Le agarró del pelo y enseñándole la hebilla del cinturón… le hizo callarse.

Llegaron a casa. Su madre lloraba en su mecedora. No se levantó a darle un beso. Él seguía desnudo, tapándose como podía sus genitales. Su padre le hizo subir a su habitación para que se vistiera. Allí vio una maleta preparada.

Se vistió.

Su padre le esperaba abajo en la escalera.

Se metieron otra vez en el coche.

Condujo toda la noche. Llegaron a un colegio perdido en un monte cualquiera.

Los recibieron inmediatamente.

Lo condujeron a su dormitorio, un cuchitril en el que apenas cabía la cama y una armarito.

Por la noche, le llamó el preceptor. Le hizo apoyarse en la mesa, le bajó los pantalones, y le hizo contar uno por uno en voz alta, los veinte reglazos que le dio en el culo. Después le dejaba con el culo rojo, de rodillas y mirando a la pared, con las manos en cruz, mientras él recibía a otros alumnos, para castigarlos también, o para solucionar algún problema de las materias. A todos y cada uno les hacía mirarle. Y a todos y cada uno, les decía lo mismo: “Esto les pasa a los pervertidos”.

Pasó en ese colegio 2 años.

Ni su padre ni su madre fueron nunca a verle.

Empezó la universidad. Vivía en una residencia de religiosos.

Sus padres vinieron a la graduación. Fue él el que no quiso verlos.

Empezó a trabajar.

Conoció a Isabel.

Se casó.

Tuvo hijos.

Un día su hermano fue a verlo.

No le conoció. Sus padres se habían encargado de que no se vieran. No querían que fuera una mala influencia para él.

Carlos le contó.

Se había casado con la hermana de Joaquín.

Ella tenía un encargo de su hermano. Buscar a Ángel y contarle. Contarle que le amaba. Contarle que, de la paliza que le dio su padre, tuvo que pasar un mes en el hospital. Contarle que… de la depresión que le entró, murió encerrado en su casa, unos meses más tarde. Que murió un 15 de abril, el mismo día en que hacía un año que se habían visto por primera vez en el pajar. Que murió con su nombre entre sus labios. Que murió de pena.

Ángel no fue capaz de reaccionar en muchos días.

Unas semanas más tarde, llamó de nuevo a su hermano. Quedó con su cuñada. Y fueron a ver la tumba de Joaquín.

Lloraron los dos. Rosa era la confidente de su hermano. Sabía lo que le amaba, le protegió en lo que pudo… y le agarró su mano por las noches, cuando se colaba en su habitación a escondidas de sus padres, para consolarlo.

Ángel lloró en su hombro. Por su cobardía, por no haber huido del colegio e ir a buscarlo, por traicionarle casándose con Isabel, por no haberle sido fiel…

Rosa le consoló. Le convenció de que Joaquín era lo que hubiera preferido. Que hubiera querido que fuera feliz.

– Pero Rosa, no he sido feliz. Siempre he tenido presente a tu hermano. No… no ha sido conscientemente. Y también… tengo una parte de mi corazón que se murió aquel día. Soy incapaz de amar hasta a mis hijos.

Lloró. Rosa le acariciaba el pelo suavemente. No dijo nada. Le dejó que se desahogara.

Pensó al día siguiente en dejar a su mujer. Y pensó durante toda esa la semana… y ese mes… y durante cada día del año siguiente… pero nunca se decidió. Vio crecer a sus hijos. Vio como Pedro destruía su vida. Vio como su hija Isabel se convertía en una mujer egoísta y superficial. Vio como su hijo Fernando se fue a vivir a USA y había roto el contacto con el resto de su familia. Como Joaquín, el cuarto hijo, había triunfado en los negocios, y tenía una empresa boyante a la que dedicaba todo su tiempo. Era un triunfador en los negocios, y un absoluto fracasado en las relaciones sociales. Su mujer y sus hijos sabían más de su padre por la prensa económica que porque él se lo contara o ellos lo vieran.

Ángel se sentía culpable de lo que él consideraba un fracaso. Había sido un inútil como padre, incapaz de demostrar a sus hijos, de transmitirles el más mínimo afecto. Afecto, por otro lado que no sentía. Esa parte de su corazón murió con Joaquín. Murió a correazos esa tarde.

– Darío, eres bobo. Mira como te has puesto – su hija.

– Perdona tía… no…

– Ni perdona ni leches. Tus primos son más cuidadosos y son más pequeños.

– No es para tanto, Isabel – le recriminó su marido.

Ángel miraba a su nieto. Estaba a punto de echarse a llorar. Vivía con su tía. Lo había acogido a regañadientes, como una obligación familiar. Y no dejaba de demostrarle que era una mierda igual que su padre, un borracho y drogadicto. Una basura. Darío cruzó una mirada implorante con su abuelo.

Éste tomó una decisión. La primera que había tomado de verdad desde que se casó con su mujer. Se levantó de la mesa, alargó la mano a su nieto mayor.

– Vamos Darío. Demos un paseo tú y yo.

Se levantó como un resorte. Era la primera vez que le veía un pequeño resquicio de ilusión en la mirada. Su hija empezó a levantarse…

– ¡Solos!

Su hija se volvió a sentar. Miraba a su padre con una expresión entre extrañada, de desprecio, de desesperación… veía peligrar el dinero para el apartamento en la playa.

– Mañana pasaremos a por las cosas de Darío. Se queda a vivir conmigo.

– Tú…pero si eres incapaz…

– Tú si que eres incapaz, hija mía. Incapaz de querer a nadie más que a ti misma. No es culpa tuya, desde luego. Es mía.

– Pues ese no tiene nada suyo, porque…

– ¡Isabel! Cállate, no hagas más el ridículo – Le atajó su marido – No te preocupes ya te acerco yo sus cosas.

– Damián cogió de la mano a su nieto, y salió del local. Tomaron la calle Hortaleza, hacia la Gran Vía. Darío no dejaba de mirarle.

– ¿Sabes cocinar? – preguntó Ángel.

– Un poco. Pasta y cosas así.

– Me tendrás que enseñar.

– Vale abuelo. Y aprenderemos otras cosas…

Eso, aprenderemos.

Caminaron en silencio un rato. Ángel pensó que era la primera vez que estaba a gusto desde su niñez.

– ¿Desde cuando sabes que eres gay? – preguntó el abuelo.

– Desde siempre- le contestó su nieto sin pestañear – ¿Y tú? ¿Cómo lo supiste?

Ángel se paró y se quedó mirándolo.

– Es una larga historia.

– Tenemos tiempo.

Ángel sonrió.

– Pues creo que me di cuenta a tu edad…. y… sabes me enamoré de un chico… ¿te gusta algún chico?

Darío enrojeció…

– Ya me lo contarás luego. Te decía que…

Y siguieron caminando.

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11 pensamientos en “Recuerdos.

  1. ¡Cuántas vidas rotas en el drama de la represión, ya sea externa o/y autoimpuesta!

    He conocido no pocas historias de dolor, por el ocultamiento y las falsas salidas a las que suele llevar… donde es difícil desenmarañar el entramado de cobardía, sensatez, culpabilidad, osadía, traición… y os aseguro que encoge el alma.

    Una vez eliminados los juicios automáticos que dificilmente podemos evitar como resultado de nuestros condicionamientos, aparece, en toda su magnitud, la tragedia que devora individuos convirtiéndoles en sombras de si mismos, en “fotocopias falsificadas” (expresión con la que se describió un conocido).

    Triste, dura y a la vez tierna tu historia… Me ha recordado a aquellas personas que conocí en plena lucha consigo mismos por recuperar su identidad y dignidad.
    ¡Cuántos podrían haber evitado el suplicio de haber tenido cerca un Damián en el momento adecuado!

    Muy bien escrita… gracias Tato.

    • Orfeo, me encantaría conocer esas historias de las que hablas. Serán dramáticas y dignas de contarse, y de escucharse. Dramáticas y llenas de matices, de frustraciones, de desesperación, y algunas de amor, olvidado, frustrado…

      Un día me gustaría que me contaras esas historias.

      Gracias por tus elogios. me gustan y me animan.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. El otro día comentaba como hay muchas formas de negar a un ser humano la vida, y realmente aquí hay dos muertes, uno que murió realmente y otro que jamás vivió su vida. A mi estas historias me producen una pena infinita. Pero creo que lo mejor de este relato es como Ángel consigue al final reconducir su vida, porque muchas veces los que son víctimas de injusticias acaban reproduciendo una y otra vez en otros los mismos errores que cometieron con ellos, Ángel se siente culpable por no haber luchado por su amor, por no haber podido ser un héroe, sin embargo al final ha conseguido serlo.
    Una historia preciosa, una vez más, maravillosamente escrita

    Otra vez gracias

    Muchos abrazos

    • Pucho, sí, Ángel ha decidido luchar por su nieto. Al menos lee quedará ese consuelo. Y vete tu a saber si eso no lee da nuevos arrestos para encarar otros retos en su vida.
      Ojalá no hubiera muchos “Ángel”. Aunque me da que hay muchos. Y no solo de una cierta edad. También jóvenes.
      Me alegra y anima mucho que te haya gustado.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

    • Peace for ever… otros no reaccionan nunca. Yo no me atrevería a lanzar la primera piedra contra él…

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  3. Pingback: Propuestas de Pucho para el recopilatorio del 4º aniversario. | el rincón de tatojimmy v.2.0

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