Una buena mañana para correr (90).

– ¡Tchsssssss! ¡Calla!

El timbre de la puerta sonó ahora claramente.

– ¿Ves como habían llamado?

Diego se levantó de la butaca para ir a abrir.

– ¡Niños! Estaros quietos – les reprendió su madre – dejad a vuestra hermana respirar.

Pero Isabel-hija no estaba por la labor de que sus hermanos la dejaran y se tiró encima de ellos, que estaban en el sofá.

– Pero si es peor la mayor… mírala la tía… – decía su padrastro mientras la señalaba y sonreía.

– ¡Voooooooooy!

– El que faltaba – dijo su madre apartándose y tapándose los ojos – Joan, yo no les conozco, si te rompen el sofá, te doy permiso para que uses la escoba y que les arres un par de escobazos en el culo– Isabel madre levantaba las manos en señal de que era inocente – yo miro para otro lado.

Diego que había vuelto de abrir la puerta se tiró en el mogollón que formaban sus hermanos. Faltaba Raúl que miraba la escena mientras charlaba con Jonás en la distancia.

– ¡Tío, tú mismo! – le invitó Jonás señalando la maraña que formaban el resto de sus hermanos – Yo si estuviera en tu body haría un picado sobre el grupo. ¡Qué puta envidia!

– Na, deja…

– No te llevas bien con tu hermana.

– No… sí, no…

– Vale, tío, guay, es tu family, no debes darme bola si no te ape.

– No, si tú me has largao lo de tus hermanos y tal. Qué fuerte que Ricardo no haya ido ni a comer – Raúl consiguió cambiar de tema.

– Mis viejos están que chutan. No han abierto la boca en toda la comida. Y Manu aunque no lo diga, está dándole a la pelota sobre donde puede haberse metido el gilipollas.

– Huy, muy serios estáis vosotros.

Carlos se había acercado por un costado. Mientras les decía eso, se puso un matasuegras en la boca y sopló, dándoles primero a uno y después al otro en la nariz. Sin pensarlo, Raúl cogió un bote de espumillón que tenía reservado en el mueble en el que estaba poyado, y disparó hacia Carlos. Jonás aprovechó para lanzarse contra los dos que habían iniciado un forcejeo, y acabaron los tres en el suelo, revolcándose sobre la alfombra, y peleando entre ellos por el dominio del espumillón.

– Nada, Isabel no te preocupes, que luego les pongo un delantal a cada uno, y a recoger todo. Y si no les pongo a hacer la calle para pagar a la asistenta.

Joan salió del salón camino de la cocina, con unos platos sucios, y la bandeja de los pasteles que habían sobrado.

– Deja Manu – estaba en el fregadero, limpiando platos – ya recogeré yo eso. Vete al salón… anda. Pongo el lavavajillas, y voy en un tris.

– Na, si no me cuesta, si en casa…

– Pues más a mi favor – Joan no le dejó acabar, no le gustaba verle tan apagado y aislado – si lo has hecho en casa, ahora no vas a repetir… si encima no has cenado una mierda.

– Na, de verdad…

– Deja de pensar en tu hermano, anda. Ya aparecerá. Es bobo, que le vamos a hacer.

Pero Manu estaba preocupado y ya no tenía fuerzas para disimularlo.

– No debería haberlo abandonado, es que…

– Manu, tu hermano es mayor de edad. De hecho es tres años mayor que tú. No vas a estar siempre detrás de su culo. Él se defiende perfectamente, yo lo he visto. Y tú también.

– Eso no es cierto, y lo sabes, Joan. O tú o yo le hemos sacado siempre las castañas del fuego.

– Bueno, sí y no, que para lo que quería, siempre ha tenido iniciativa.

– Para perseguirte, no te jode. Y dejarme a mi tirado mientras.

– Hummmmmmmmm – Joan se acercó a Manu de forma insinuante – estás celoso.

– ¿Yo? – Manu fingió poner cara de indignación – ¿Yo celoso? ¡Lo flipas, tío!

Joan casi estaba rozando su cuerpo con el suyo.

– Aire, aire… no me acojonas con esa mirada… aire… que no respondo… – Manu empezó a retroceder mientras ponía sus manos por delante para evitar que Joan se pegara a él.

– Hummm, te vas a enterar.

– No, Joan, no… que grito… joder que…

De repente llegó un ruido estruendoso desde el salón, seguido de un silencio espectante. Algo de cristal había caído al suelo haciéndose añicos.

– Veis, si es que, esto tenía que pasar. No sabéis parar…

– Pero mamá, si has sido tú.

– Chivato, te quedas sin propina.

– Eso es injusto – decía Rodrigo uno de los gemelos enfadado – tú siempre dices que…

– ¡Qué te calles, o te quito la consola! – le amenazó su madre muy seriamente.

– Vete con la escoba, anda, yo voy a sacar el aspirador – indicó Joan a Manu.

– Servicio de limpieza. A ver. Chicos, esas sirenas… que yo no puedo hacerlo todo.

– Los gemelos se pusieron a hacer la sirena, mientras Manu recogía lo más gordo con la escoba y la pala.

– Cuidado ahora con los trozos pequeños… aquí viene la segunda unidad al rescate.

– Esas sirenas – siguió Joan con el juego.

Esta vez se unieron Jonás y Raúl a las sirenas. Y se pusieron detrás de Joan para darle más salsa a la escena. Diego estaba sentado en el sofá, viéndolo todo y riéndose de las caras que ponía su madre, que se había puesto colorada después de que Rodrigo descubriera que había sido ella la que había golpeado la figura de cristal de Murano que había en el aparador.

– ¿Os ayudo? – Jaime había entrado en el salón.

– ¡Va! Nada. Ya está todo arreglao.

Manu levantó la cara al contestarle. Vio que llevaba los ojos rojos de llorar. Fue a preguntarle pero no se atrevió. Le dio un codazo a Joan, que levantó la vista del suelo miró a Jaime, y sin pensarlo mucho cogió el bote de serpentinas que había en el suelo, y lo descargó sobre él.

Jaime lo miró sorprendido, pero ni siquiera le dio tiempo a decir nada, ni siquiera a pensar en como reaccionar. Sobre él cayó primero Manu que entendió lo que quería provocar Joan al grito de “¡Al ataque!”, y después de él fueron los niños, y Carlos, y Diego.

Una montaña de gente sobre él, haciéndole, fingiendo peleas, buscándole las cosquillas, consiguieron en apenas unos segundos que Jaime riera sin poder evitarlo. Y olvidara.

Joan les miraba sonriente, mientras Isabel jr. les miraba con envidia. Pero no tenía confianza con Jaime y no se atrevía. Pero Joan lo arregló empujándola y sus hermanos se encargaron del resto.

Joan fue a guardar el aspirador, cuando volvieron a llamar a la puerta.

– Voy yo, tranqui – le dijo Jonás.

Al poco rato volvió al salón con dos paquetes.

– Han traído esto para ti, Joan. – y le alargó un paquete poco más grande que un libro – Y había esto en la mesita para ti – y le tendió otro paquete a Carlos.

– ¡Joder! Se me había olvidado. Lo trajo antes un mensajero.

– Huy una sorpresa ¡Guay! A ver quién se ha acordado de mí – dijo Joan cogiendo rápidamente el paquete.

– A ver, a ver – los niños se arremolinaron para ver lo que era el paquete.

– Niños, apartaros. Dejadle a Joan, que a lo mejor es algo privado. ¡Cotillas!

Pero Joan ya había roto el papel y miraba el contenido del paquete. Era un DVD, y una carta. Era de Alberto, su cliente. Se quedó un instante pensativo, lo suficiente para hacerse muchas preguntas.

– Va, un aburrimiento, una carta. Luego la leo. Chicos – les dijo a los gemelos evitando se3r el centro de atención de todos – mirad a Jonás y Raúl que está ahí poniéndonos a parir, seguro, sin pelear ni nada. ¡A por ellos!

– No, no… – intentó pararlos Jonás.

Pero Raúl se alió con sus hermanos, y en un momento acabaron todos en el suelo otra vez, con Jaime vengándose del ataque anterior, y con Isabel Jr. esta vez lanzada, al estar otro de sus hermanos por medio.

– ¡Hostias!

– ¡Joder!

De repente se hizo el silencio en la casa. Todos se quedaron quietos mirando a Carlos y Diego, que eran los que habían chillado. Carlos se había quedado blanco con el paquete que acababa de recibir abierto entre las manos. Chema que estaba detrás de ellos y vio el contenido, detuvo a sus hijos pequeños que iban a acercarse.

– Es una cosa particular de Carlos, niños. Vamos a lavar esas manos que ya va siendo hora de volver a casa, niños.

Cuando los pequeños se fueron, Carlos giró la caja para que todos pudieran ver lo que traía la caja.

Ninguno acertó a decir nada. Solo el sonido del móvil de Joan recibiendo un mensaje, rompió el silencio. Éste se escabulló sigilosamente hacia el balcón. Hacía frío, pero tardaría en darse cuenta. Abrió el mensaje y lo leyó.

Suspiró.

Se apoyó en la barandilla y miró a la calle. Estaba prácticamente vacía. Solo vio a un señor con una gabardina bastante ajada, que se encendía un cigarrillo bajo la luz de una farola. Ésta se apagó.

De repente sintió frío.

 ________

Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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2 pensamientos en “Una buena mañana para correr (90).

  1. Aprovecho para pedirte que destierres de una vez a ese siniestro personaje de la gabardina. Siempre que lo encuentro me acuerdo de otro personaje de una de mis novelas gráficas favoritas ( ” Espera” de Jason ), que viene a ser como la personalización de un destino trágico que va acechando al protagonista a lo largo de su vida, y al final del libro hasta se toman un café juntos.
    Ya puestos te lo pongo:

    http://images.tribe.net/tribe/upload/photo/302/293/3022931c-c14d-4f2e-b616-abf7b8d1ef85

    Pues mira, que sepas que me niego a que este hombre de la gabardina siga acechando a los chicos de ” Una buena mañana…”, y si es a Joan menos todavía, y ya se que no me vas a hacer ni caso, pero bueno, por lo menos lo he dicho.

    Un abrazo

    • Pucho ha sido un comentario muy completo, porque además de tu comentario, has escrito mi respuesta.
      Gracias por facilitarme la labor.
      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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