Una buena mañana para correr (91).

Todo cambia. Uno mismo cambia. Por días, por minutos. Todos cambiamos.

Ricardo suspiraba mientras movía la cabeza negando. Se miraba las manos todavía arrugadas del tiempo que había pasado debajo de la alcachofa de la ducha. “El agua purificadora”, pensó.

Al final consiguió quitarse todo el rastro de la noche, de la mañana, y del mediodía. La sangre, los restos de semen seco, el sudor seco y frío, el olor a sexo, a sudor, a desesperación. A odio. A rabia.

¿Y como se quitaba el olor interior? ¿El asco por uno mismo, la rabia cambiada de objetivo, la desesperación, la desorientación? ¿Como podría volver a mirarse al espejo después de lo que vio en la casa de ese chico?

– Han sido unos polvos cojonudos, Ric.

Y el chico ese le sonreía. Odiaba que le llamaran Ric. Lo hizo una profesora en 1º de bachiller a la que odiaba. El odio era mutuo.

Miguel todavía no se había limpiado la sangre de su rostro.

– No te asustes, no es nada, Ric. Tengo los labios muy débiles, como las cejas. Esto es como en los boxeadores ¿sabes? ¿No lo habías oído Ric? Pero no es nada, sangre, muy aparatoso.

E hizo un amago de darle un beso, pero Ricardo se apartó.

– ¡Y no me llames Ric, no me gusta!

Fue corriendo al baño, levantó la tapa de la taza y se sentó. Estaba desnudo. Apoyó los codos en sus rodillas y escondió la cabeza entre sus manos. Intentó llorar, pero… no podía.

Ahora en la cafetería, estaba también con las manos tapándose la cara, apoyadas esta vez en la mesa de mármol de un cafetón perdido. No sabía cómo había llegado allí, ni siquiera por qué había entrado. Fuera llovía. Quizás había sido por eso. O porque necesitaba comer algo, o tomarse un café “para entonarse”, como diría su abuela.

Pasó allí sentado un buen rato, en el baño. Apenas se movió. Eso sí, negaba con la cabeza como si con ese pequeño movimiento pudiera borrar las últimas 24 horas. Debería poder hacerse, debería poder volver atrás, y repetir esas escenas con cuyo resultado no estaba muy contento. “Otra toma, por favor”, como en el cine. Y sin guardar las tomas falsas para los extras de una edición de lujo del DVD.

– Ric ¿Estás bien?

– Joder, no me llames Ric. Parece que nos conocemos de toda la puta vida. Odio que me llamen así, ya te lo he dicho.

– ¡Pero tío, lo flipas! A ver si alguno de tus putos amigos han conocido lo que yo he conocido esta noche. A ver si no me he ganado el puto derecho a llamarte Ric, o el boxeador de Burgos, si me apetece, no te jode.

– ¡La puta madre que te parió, jodido hijo de la gran puta!

Ricardo se levantó de un salto, y abrió la puerta del cuarto de baño dispuesto a partirle la jeta al chico ese, del que había olvidado hasta su nombre. Se lo encontró a dos pasos de la puerta, pero no se encontró al Miguel que él esperaba. No era ese “pobre” chico al que le pegó mientras follaban en las horas anteriores. Se había limpiado la cara los restos de sangre, y lo miraba de forma altanera, decidida. Era la típica pose que te indica que si levantas la mano, a lo mejor eres tú el que acaba apaleado.

– No te confundas Ric-ardo – pronunció su nombre con retintín – Que me guste el dolor al follar, no significa que me vaya partiendo la crisma cualquier imbécil. Y tú eres el mayor imbécil que me he encontrado en mi muy puta vida. Y eso que tengo imbéciles a patadas.

Miguel lo miró de arriba a abajo. Fue consciente entonces de que él estaba desnudo, cuando el otro chico ya se había puesto algo de ropa. Esto le hizo sentir más ridículo todavía.

Sin esperarlo Miguel se abalanzó sobre él, buscándole otra vez la boca. Ricardo no pudo resistirse. Era superior a él. Otra vez fue un beso agresivo, en el que Miguel ahora parecía violarle la boca. Parecía que se habían tornado los papeles, y ahora dominaba Miguel, si es que en algún momento no lo había hecho. Ahora era el fuerte, el que le pellizcaba los pezones hasta que le dolían de verdad, o el que le golpeaba con la mano la cara, cada vez más fuerte… o el que le giró y le puso de espaldas y le azotó con saña su espalda y su culo. El que le penetró con fuerza, con decisión.

Le empujó hasta la cama de nuevo, por cuarta vez en apenas 20 horas. Pero ésta vez él estaba encima, él golpeaba. Ricardo intentó resistirse, apartarse… no… era mentira… ahora, en la cafetería quería decirse a sí mismo que lo había hecho, que se había arrepentido, que no lo quiso hacer, que no le había gustado, que ese chico del que no se acordaba del nombre le había obligado a la fuerza, pero… su miembro duro como las piedras, aún ahora, después de una noche se sexo como en la vida había tenido, aún ahora, su miembro estaba duro como la roca, recordando ese último polvo del día. Recordando sus azotes, recordando el dolor de sus pezones.

– ¡Joder! – Se repetía una y otra vez Ricardo.

– ¿En qué me he convertido?

– Tú sabrás.

Ricardo levantó la cabeza sobresaltado. Debía estar hablando en voz alta, y alguien le debía haber escuchado. Pero se relajó al ver que era Joan. Se levantó de repente, y le abrazó, y le buscó la boca para darle un beso. Primero un pico, al que Joan no puso reparos, pero luego intentó que el beso fuera algo más que un simple pico, a lo que Joan le puso claramente el freno. Ricardo se separó de él, y le miró, y tras pensarlo unos instantes, volvió a intentarlo, pero esta vez Joan ya no le dejó ni acercarse.

– No, Ricardo. Eso no.

– Es un beso.

– No. Es un beso de deseo, de sexo, o de amor. Y ninguna de esas tres cosas va a pasar ya entre nosotros.

– Te necesito, Joan.

– Y aquí estoy. Tengo una fiesta en casa y la he dejado para estar contigo.

– Pero…

Joan puso por delante sus manos, aunque Ricardo no había intentado acercarse de nuevo. Era su forma de dejar claro que no iba a dejarle acercarse a él y besarle. Y su gesto corroboraba esa determinación.

– Hemos llevado los tiempos cambiados Ricardo. Y tú ahora mismo, no sabes muy bien lo que quieres. Creo que mejor será que te aclares antes de intentar iniciar algo en serio con alguien. Pero a mi no me incluyas como candidato.

A Ricardo no le gustaban las palabras de su amigo. Se estaba arrepintiendo de haberlo llamado.

– Una Coca-cola por favor.

El camarero se había acercado a tomarle nota.

– Y un café con leche descafeinado, para mi amigo.

Ricardo le miró interrogante.

– Necesitas entonarte, y necesitas dormir 12 horas seguidas.

– Oye, yo estuve a tu lado cuando murió Nacho, creo que…

– ¿A que hos… viene eso ahora? Y yo estoy a tu lado, te repito. Y estoy haciendo lo que creo que necesitas. Estás perdido, Ricar, y necesitas un guía.

– Vete a tomar por el culo, no te jode. Yo decidiré lo que necesito, no te jode.

Ricardo se levantó e hizo amago de irse. Pero la mirada decidida de Joan, le hizo pensárselo. Se volvió a sentar y bajó la cabeza.

El camarero trajo el pedido con rapidez. El local estaba prácticamente vacío. Solo había un grupito de personas al fondo, que charlaban tranquilamente, mientras escuchaban la música ambiental del café.

– Hay que volver a este sitio, me gusta el ambiente y la música.

– Es solo un puto café viejo.

Joan levantó las cejas mientras pensaba en cómo había cambiado su amigo en poco tiempo. Quizás Manu tuviera razón y Ricardo no estuviera preparado para enfrentarse siquiera a él mismo por si solo. Estaba acostumbrado a tener o a su hermano o a él pendiente de sus cosas.

– Acuérdate de cómo estuve contigo cuando murió Nacho.

– Y dale. ¿A que leches viene eso, tío? ¿Me vas a contar que leches te ha pasado hoy, o ayer, o cuando fuera que te dejó de esta puta manera? Estás verdaderamente insufrible. ¿Me estás echando en cara algo, acaso? No te jode…

– Pues aire. Que te jodan. Lárgate de una puta vez y déjame solo. Es como mejor estoy, sois todos unos putos imbéciles desagradecidos, e… ¡puta mierda de vida! ¡Puta mierda!

Joan cambió su asiento, y se sentó en el banco que ocupaba Ricardo, justo a su lado. Hizo un gesto rápido, y acerco la cabeza de él a su hombro. Ricardo intentó oponerse, pero no lo hizo con mucha convicción; acabó hundiendo la cabeza en su pecho, y empezó a llorar compulsivamente. Los miembros del grupo del fondo les miraban, ya que las últimas palabras de Ricardo habían sido en un volumen tal que les había llamado la atención.

De repente, entre sollozos, Ricardo le fue contando la sangre, la pelea del bar, su desesperación por no saber como consolar a Jaime, el enfado de éste, su enfado con Manu, sus celos de que ahora Manu estuviera más cerca de Joan, o que se hubieran hecho amigos, porque Manu era mucho mejor en las relaciones sociales que él… sus polvos, el dolor y el placer que había tenido con él… el asco que ha sentido por él mismo, por pegar al chico ese del que ni siquiera se acuerda del nombre, y por dejarse pegar… y sobre todo por gustarle…

Joan le apretaba contra su pecho, mientras le acariciaba con su mano el pelo. De vez en cuando le daba un suave beso en la frente, o en la nuca, según la posición de Ricardo. Le escuchaba con atención. Muchas de las cosas que decía no las entendía, pero prefirió no interrumpirle. Era mejor que se desahogara que entenderle. Ya habría tiempo, y si no lo había, era algo secundario. Posiblemente, como la mayoría de la gente, no querría que le diera consejo, o su opinión sobre toda la maraña de sucedidos que estaba contando espasmódicamente. Ni sobre sus sensaciones, ni sus miedos, ni su rabia. Todo tenía una misma respuesta, y una misma causa. Daban igual los detalles.

– ¡Miguel! Se llama Miguel.

Se había acordado de repente. Joan enarcó una vez más el ceño mientras maldecía su suerte en silencio y apretó con más fuerza a Ricardo contra su pecho.

– ¡Te necesito, Joan!

Se quedaron mirándose de nuevo. Ricardo se había incorporado. Y Ricardo se acercó otra vez con ánimo de besarle.

Fuera en la calle, Manu se giró en ese momento para irse. Sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia que se escurrían desde su cabeza. Solo quedaban unos días para irse. Días que se le iban a hacer muy largos.

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Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (91).

  1. Bueno, yo creo que Ricardo ya ha tocado ya fondo. Una vez que se llega a ese punto o se sigue escarbando o se sale hacia arriba. Yo creo que lo de llamar a Joan es intentar salir hacia alguna parte, aunque quizás se esté confundiendo un poco en la manera de pedirla, pero bueno, estar mal es eso, acabas por distorsionar la realidad y cuando eso ocurre, es una suerte tener un amigo lo suficientemente generoso que te ayude a ubicarte de nuevo y poder darle su significado real a las cosas. Espero que Ricardo tenga esa suerte.

    Un abrazo

    • HUy Pucho, mis labios están sellados… ¿Qué pasará con Ricardo?
      ¿Y con Joan?
      ¿Volverá el hombre de la gabardina?

      Tantas preguntas…

      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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