Simon Nessman, vuelve a mirarme desde la marquesina.

Es que me mira así y yo no puedo seguir impávido con mi vida. No puedo seguir caminando o conduciendo como si nada. Simon Nessman creo que tiene algo conmigo. Sí, porque viene con mucha frecuencia a instalarse en las pantallas publicitarias de las paradas de autobús, o en los kioskos de Burgos. Viene y se queda unas semanas, y claro… No soy persona. Vino ya posando para una campaña de Antony Morato.

Y no puedo agradecerle que venga a verme, que adorne las calles de Burgos, ahora que estamos en fiestas. Con él las fiestas con más alegres y estimulantes. Mirándole a los ojos, todo es color de rosas.

Simon Nessman para Armani.

Y para completar, para hacer honor a este chico, recupero otra campaña que hizo para Armani.

Podéis ver todas las fotos de Simon Nessman que he colgado, pinchando aquí.

Para completar, (qué redundante soy con lo de completar)  el anuncio, dirigido por Bruce Weber.

Esperando en el pasillo.

Jesús pensaba que todo era injusto con él. El mundo, la gente, los profesores, el director. Y Pablo.

Pablo pensaba que no podía cargar con el mochuelo que le quería cargar el enano ese. “Lo enano que es y lo ligero que tiene le puño el jodido”. Y encima debía esperar a su lado, en el pasillo de dirección, de pie y sin asear. Pablo odiaba no estar aseado. Pablo odiaba al mundo.

¿Por qué era todo tan difícil?

Si la madre de Jesús pudiera leer en su mente, se enfadaría con él. Y lo haría con saña.

– Tienes mucha suerte, Jesús, hijo mío – le repetía incansable – No te va a faltar nunca un plato para comer, ni un abrigo para pasear por la calle en invierno. Y tienes un techo en el que guarecerte. Y tienes personas que te quieren, aunque tú no lo aprecies. Eres un chico sano. Lo demás no importa.

Pero su madre no había sufrido como él lo hacía. No era suficiente tener que cumplir las expectativas que todos se hacía respecto a él. Él era hijo de su padre, y de su madre, y era hermano, el pequeño, de sus hermanos. Todos marcando el camino con sus resultados académicos, sociales, deportivos. Todos con pareja, con la que se suponía que debían tener.

– Chorradas – diría su madre decidida.

Y era cierto que nunca le había impuesto nada. Ni le había obligado a estudiar nada en especial. Pero todo parecía escrito; y él lo sabía.

– Chorradas – repetiría su madre cada vez más enfadada.

A ver si dice lo mismo cuando se enteren de que me van a expulsar de esta magnífica universidad privada en la que han triunfado antes tantos de mis familiares.

Jesús miraba de vez en cuando de reojo a Pablo. Lo notaba incómodo, y asustado. El gran Pablo asustado, el héroe del deporte. El capitán del equipo de remo, la insignia de la institución. Un alumno brillante. Pero sin pedigrí.

Pablo no pensaba en el pedigrí. Nunca le había dado importancia. Sabía valerse solo. Sabía de sus cualidades, de lo que tenía que hacer. Y sabía hacerlo. Era bueno en el deporte y había aprendido pronto que abría puertas en un mundo muy competitivo. Y era bueno con los libros. Era de buena familia, si no, no estaría en ese Universidad. Pero sin exagerar. En la categoría de “buena familia” había muchas subcategorías intermedias. Y él era de las de en medio tirando a bajo. Pero quería escalar. Era competitivo. El deporte, ya se sabe.

Estaba enfadado consigo mismo. Porque se notaba sucio, y eso le incomodaba. Porque además se notaba sucio al lado de Jesús y que él lo estuviera también, no era algo que disminuyera ni un ápice su desasosiego. Porque llevaban los dos más de media hora de pie en el pasillo, esperando un veredicto que seguro, se imaginaba estaban comunicando a sus padres antes que a ellos.

– ¿Y si cargo con las culpas yo? Déjame a mí que yo…

Casi le pega cuando Jesús empezó a susurrarle camino del despacho, rodeados por la plana mayor de los profesores y cuidadores. Él se dio cuenta y calló.

– Te parto ese orgullo que tienes de lo más dentro, como se te ocurra algo en esa línea. Sé apechugar con mi culpa y las consecuencias.

– Pero… – intentó contestarle, pero uno de los profesores le reconvino con la mirada para que se callaran. Todo era muy teatral y serio. Faltaban unos gaiteros acompañando a la comitiva camino del despacho de Dios. Léase Rector.

Sus miradas se cruzaron un instante, cuando cambiaron de postura. Jesús insinuó una sonrisa. Pablo la secundó.

“Les podríamos haber machacado si nos hubieran dejado”, se dijeron en silencio.

Vinieron a tocarles los cojones, los del equipo rival. Vinieron cuando sabían que estarían los dos solos (porque lo hacían todos los días y todos lo sabían, no era ningún secreto), metidos en la embarcación, los dos tranquilos, uno recostado sobre el otro, y charlando sin prisas. Empezaron con la mierda de maricas e intentado enfadarles, gritándoles y provocándoles… creía que se iba a acoquinar, que se iban a esconder o algo así.

El pequeñín fue el primero en soltar el puño. Después todo fue confusión. Golpes por aquí, alguno de sus compañeros de equipo vino corriendo al escuchar el jaleo…

– Yo creo que ganamos – susurró Pablo mirando hacia el otro lado, como si alguien les hubiera prohibido hablar.

– El imbécil de Paul, se pensaba que… pero en esa universidad ¿hacen oposiciones de tocapelotas? ¿Tan derrotados estaban ya antes de empezar la carrera?

De repente salió Dios hecho una furia.

– Pablo y Jesús, Jesús y Pablo. Tanto montan el uno y el otro. ¿Cuántos años lleváis de noviazgo?

Se quedaron los dos con los ojos muy abiertos, descolocados absolutamente.

– ¿Y quién va a ganar mañana la carrera?

Se miraron de reojo los dos…

– Nosotros, señor director – balbuceó Jesús.

– Así se dice, patrón.

– Que yo sepa lleváis dos años como novios. Y no os he visto en el baile ninguno de los trimestres. Así que la semana que viene, os quiero bien emperifollados inaugurando el baile. Porque como además ganaréis la regata mañana, y os presentaréis al campeonato nacional… va a ser la leche.

– Pero señor…

– ¡Ah! ¿Alguna duda? Os habéis estado cagando aquí pensando que os iba a expulsar. Cagando al pensar que vuestros padres iban a aparecer por la escalera en cualquier momento para ayudaros a recoger vuestras cosas. Eso no era castigo… Castigo será que inauguréis el baile, con el vals de rigor, y que el verano lo paséis recorriendo Europa compitiendo defendiendo los colores de esta sacrosanta Universidad.

– Pero…

– Ni peros ni nada. ¿Alguna propuesta alternativa? ¿Los expulso por violar el reglamento de esta insigne Institución que prohíbe expresamente las peleas?

El director se dio la vuelta para volver a su despacho.

– Una pena, con lo buen partido que hubieran sido estos para alguna de mis hijas… – murmuraba al cerrar la puerta guiñándole el ojo a su secretaria que estaba presenciando toda la escena.

Jesús y Pablo se miraron. Deberían estar contentos, saltando de alegría, no les iban a expulsar, ni llevaría eso a su separación…

– ¿Sabes bailar? – lo dijo el “enano” con tono compungido.

– No, ¡qué palo! bailar delante de todos y los padres y profesores e invitados… vendrán mis viejos.

– Yo tampoco – Jesús tragó saliva angustiado – Mi vieja vendrá también.

– ¡Hombres! – exclamó la secretaria – Todos son iguales. A partir de mañana, clases de baile a las 8 en el gimnasio.

– Iban a protestar… pero pensaron que era mejor callarse. Había sido todo tan… desconcertante…

De repente la puerta del despacho se abrió de improviso.

– ¡Pero todavía están aquí! Irene, al menos se habrán dado un beso.

La aludida negó con la cabeza.

– ¿Pero a qué esperáis?

Juntaron sus bocas con torpeza, a la vez que sus rostros adquirían un tono rojizo.

– Y a descansar, que como no ganéis mañana, os vais a enterar.

Se despidieron aún más torpemente del Rector y de su secretaria que lo que se habían dado el beso.

– Mañana a las 8 en el gimnasio. Ropa cómoda.

Jesús y Pablo se cogieron de la mano, y echaron a correr, antes de que la situación pudiera complicarse un poco más.

Una buena mañana para correr (91).

Todo cambia. Uno mismo cambia. Por días, por minutos. Todos cambiamos.

Ricardo suspiraba mientras movía la cabeza negando. Se miraba las manos todavía arrugadas del tiempo que había pasado debajo de la alcachofa de la ducha. “El agua purificadora”, pensó.

Al final consiguió quitarse todo el rastro de la noche, de la mañana, y del mediodía. La sangre, los restos de semen seco, el sudor seco y frío, el olor a sexo, a sudor, a desesperación. A odio. A rabia.

¿Y como se quitaba el olor interior? ¿El asco por uno mismo, la rabia cambiada de objetivo, la desesperación, la desorientación? ¿Como podría volver a mirarse al espejo después de lo que vio en la casa de ese chico?

– Han sido unos polvos cojonudos, Ric.

Y el chico ese le sonreía. Odiaba que le llamaran Ric. Lo hizo una profesora en 1º de bachiller a la que odiaba. El odio era mutuo.

Miguel todavía no se había limpiado la sangre de su rostro.

– No te asustes, no es nada, Ric. Tengo los labios muy débiles, como las cejas. Esto es como en los boxeadores ¿sabes? ¿No lo habías oído Ric? Pero no es nada, sangre, muy aparatoso.

E hizo un amago de darle un beso, pero Ricardo se apartó.

– ¡Y no me llames Ric, no me gusta!

Fue corriendo al baño, levantó la tapa de la taza y se sentó. Estaba desnudo. Apoyó los codos en sus rodillas y escondió la cabeza entre sus manos. Intentó llorar, pero… no podía.

Ahora en la cafetería, estaba también con las manos tapándose la cara, apoyadas esta vez en la mesa de mármol de un cafetón perdido. No sabía cómo había llegado allí, ni siquiera por qué había entrado. Fuera llovía. Quizás había sido por eso. O porque necesitaba comer algo, o tomarse un café “para entonarse”, como diría su abuela.

Pasó allí sentado un buen rato, en el baño. Apenas se movió. Eso sí, negaba con la cabeza como si con ese pequeño movimiento pudiera borrar las últimas 24 horas. Debería poder hacerse, debería poder volver atrás, y repetir esas escenas con cuyo resultado no estaba muy contento. “Otra toma, por favor”, como en el cine. Y sin guardar las tomas falsas para los extras de una edición de lujo del DVD.

– Ric ¿Estás bien?

– Joder, no me llames Ric. Parece que nos conocemos de toda la puta vida. Odio que me llamen así, ya te lo he dicho.

– ¡Pero tío, lo flipas! A ver si alguno de tus putos amigos han conocido lo que yo he conocido esta noche. A ver si no me he ganado el puto derecho a llamarte Ric, o el boxeador de Burgos, si me apetece, no te jode.

– ¡La puta madre que te parió, jodido hijo de la gran puta!

Ricardo se levantó de un salto, y abrió la puerta del cuarto de baño dispuesto a partirle la jeta al chico ese, del que había olvidado hasta su nombre. Se lo encontró a dos pasos de la puerta, pero no se encontró al Miguel que él esperaba. No era ese “pobre” chico al que le pegó mientras follaban en las horas anteriores. Se había limpiado la cara los restos de sangre, y lo miraba de forma altanera, decidida. Era la típica pose que te indica que si levantas la mano, a lo mejor eres tú el que acaba apaleado.

– No te confundas Ric-ardo – pronunció su nombre con retintín – Que me guste el dolor al follar, no significa que me vaya partiendo la crisma cualquier imbécil. Y tú eres el mayor imbécil que me he encontrado en mi muy puta vida. Y eso que tengo imbéciles a patadas.

Miguel lo miró de arriba a abajo. Fue consciente entonces de que él estaba desnudo, cuando el otro chico ya se había puesto algo de ropa. Esto le hizo sentir más ridículo todavía.

Sin esperarlo Miguel se abalanzó sobre él, buscándole otra vez la boca. Ricardo no pudo resistirse. Era superior a él. Otra vez fue un beso agresivo, en el que Miguel ahora parecía violarle la boca. Parecía que se habían tornado los papeles, y ahora dominaba Miguel, si es que en algún momento no lo había hecho. Ahora era el fuerte, el que le pellizcaba los pezones hasta que le dolían de verdad, o el que le golpeaba con la mano la cara, cada vez más fuerte… o el que le giró y le puso de espaldas y le azotó con saña su espalda y su culo. El que le penetró con fuerza, con decisión.

Le empujó hasta la cama de nuevo, por cuarta vez en apenas 20 horas. Pero ésta vez él estaba encima, él golpeaba. Ricardo intentó resistirse, apartarse… no… era mentira… ahora, en la cafetería quería decirse a sí mismo que lo había hecho, que se había arrepentido, que no lo quiso hacer, que no le había gustado, que ese chico del que no se acordaba del nombre le había obligado a la fuerza, pero… su miembro duro como las piedras, aún ahora, después de una noche se sexo como en la vida había tenido, aún ahora, su miembro estaba duro como la roca, recordando ese último polvo del día. Recordando sus azotes, recordando el dolor de sus pezones.

– ¡Joder! – Se repetía una y otra vez Ricardo.

– ¿En qué me he convertido?

– Tú sabrás.

Ricardo levantó la cabeza sobresaltado. Debía estar hablando en voz alta, y alguien le debía haber escuchado. Pero se relajó al ver que era Joan. Se levantó de repente, y le abrazó, y le buscó la boca para darle un beso. Primero un pico, al que Joan no puso reparos, pero luego intentó que el beso fuera algo más que un simple pico, a lo que Joan le puso claramente el freno. Ricardo se separó de él, y le miró, y tras pensarlo unos instantes, volvió a intentarlo, pero esta vez Joan ya no le dejó ni acercarse.

– No, Ricardo. Eso no.

– Es un beso.

– No. Es un beso de deseo, de sexo, o de amor. Y ninguna de esas tres cosas va a pasar ya entre nosotros.

– Te necesito, Joan.

– Y aquí estoy. Tengo una fiesta en casa y la he dejado para estar contigo.

– Pero…

Joan puso por delante sus manos, aunque Ricardo no había intentado acercarse de nuevo. Era su forma de dejar claro que no iba a dejarle acercarse a él y besarle. Y su gesto corroboraba esa determinación.

– Hemos llevado los tiempos cambiados Ricardo. Y tú ahora mismo, no sabes muy bien lo que quieres. Creo que mejor será que te aclares antes de intentar iniciar algo en serio con alguien. Pero a mi no me incluyas como candidato.

A Ricardo no le gustaban las palabras de su amigo. Se estaba arrepintiendo de haberlo llamado.

– Una Coca-cola por favor.

El camarero se había acercado a tomarle nota.

– Y un café con leche descafeinado, para mi amigo.

Ricardo le miró interrogante.

– Necesitas entonarte, y necesitas dormir 12 horas seguidas.

– Oye, yo estuve a tu lado cuando murió Nacho, creo que…

– ¿A que hos… viene eso ahora? Y yo estoy a tu lado, te repito. Y estoy haciendo lo que creo que necesitas. Estás perdido, Ricar, y necesitas un guía.

– Vete a tomar por el culo, no te jode. Yo decidiré lo que necesito, no te jode.

Ricardo se levantó e hizo amago de irse. Pero la mirada decidida de Joan, le hizo pensárselo. Se volvió a sentar y bajó la cabeza.

El camarero trajo el pedido con rapidez. El local estaba prácticamente vacío. Solo había un grupito de personas al fondo, que charlaban tranquilamente, mientras escuchaban la música ambiental del café.

– Hay que volver a este sitio, me gusta el ambiente y la música.

– Es solo un puto café viejo.

Joan levantó las cejas mientras pensaba en cómo había cambiado su amigo en poco tiempo. Quizás Manu tuviera razón y Ricardo no estuviera preparado para enfrentarse siquiera a él mismo por si solo. Estaba acostumbrado a tener o a su hermano o a él pendiente de sus cosas.

– Acuérdate de cómo estuve contigo cuando murió Nacho.

– Y dale. ¿A que leches viene eso, tío? ¿Me vas a contar que leches te ha pasado hoy, o ayer, o cuando fuera que te dejó de esta puta manera? Estás verdaderamente insufrible. ¿Me estás echando en cara algo, acaso? No te jode…

– Pues aire. Que te jodan. Lárgate de una puta vez y déjame solo. Es como mejor estoy, sois todos unos putos imbéciles desagradecidos, e… ¡puta mierda de vida! ¡Puta mierda!

Joan cambió su asiento, y se sentó en el banco que ocupaba Ricardo, justo a su lado. Hizo un gesto rápido, y acerco la cabeza de él a su hombro. Ricardo intentó oponerse, pero no lo hizo con mucha convicción; acabó hundiendo la cabeza en su pecho, y empezó a llorar compulsivamente. Los miembros del grupo del fondo les miraban, ya que las últimas palabras de Ricardo habían sido en un volumen tal que les había llamado la atención.

De repente, entre sollozos, Ricardo le fue contando la sangre, la pelea del bar, su desesperación por no saber como consolar a Jaime, el enfado de éste, su enfado con Manu, sus celos de que ahora Manu estuviera más cerca de Joan, o que se hubieran hecho amigos, porque Manu era mucho mejor en las relaciones sociales que él… sus polvos, el dolor y el placer que había tenido con él… el asco que ha sentido por él mismo, por pegar al chico ese del que ni siquiera se acuerda del nombre, y por dejarse pegar… y sobre todo por gustarle…

Joan le apretaba contra su pecho, mientras le acariciaba con su mano el pelo. De vez en cuando le daba un suave beso en la frente, o en la nuca, según la posición de Ricardo. Le escuchaba con atención. Muchas de las cosas que decía no las entendía, pero prefirió no interrumpirle. Era mejor que se desahogara que entenderle. Ya habría tiempo, y si no lo había, era algo secundario. Posiblemente, como la mayoría de la gente, no querría que le diera consejo, o su opinión sobre toda la maraña de sucedidos que estaba contando espasmódicamente. Ni sobre sus sensaciones, ni sus miedos, ni su rabia. Todo tenía una misma respuesta, y una misma causa. Daban igual los detalles.

– ¡Miguel! Se llama Miguel.

Se había acordado de repente. Joan enarcó una vez más el ceño mientras maldecía su suerte en silencio y apretó con más fuerza a Ricardo contra su pecho.

– ¡Te necesito, Joan!

Se quedaron mirándose de nuevo. Ricardo se había incorporado. Y Ricardo se acercó otra vez con ánimo de besarle.

Fuera en la calle, Manu se giró en ese momento para irse. Sus lágrimas se confundían con las gotas de lluvia que se escurrían desde su cabeza. Solo quedaban unos días para irse. Días que se le iban a hacer muy largos.

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Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

El amor florece en cualquier sitio: en el campo de fútbol.

Hasta los que parecen más bruscos y desaboridos.

El amor llama a las puertas de todos. Y lo podemos ver, lo podemos disfrutar, solo hace falta tener ojos y saber dónde mirar.

La televisión ayuda. Nos puede descubrir los secretos mejor guardados.

Fijaos.

 

Gracias a Pucho que ha buscado en la red este documento gráfico para compartirlo con todos nosotros, y darnos esperanzas de encontrar… “El amor” (dicho en tono profundo, alargando la “o” y bajando el volumen, para causar más impacto).

¡¡Quién lo iba a decir, pillines, que callados lo tenían!! Y es que el fútbol nos da cada sorpresa… para que luego me digáis que no merece la pena dedicarle unos post al fútbol con motivo de la Eurocopa.

Eurocopa: el sol brilla, el sol brilla, el sol brilla, el sol brilla.

4.

Es un número mágico, al menos esta semana.

4 goles como 4 soles.

El sol brilla.

Los inútiles de hace 5 días, ahora son unos genios. El Niño rubiales que todos querían mandar repetir 1º de parvulario para que aprendiera la diferencia de dentro y fuera, o al diferencia entre el fútbol y el rugby, ahora es “El delantero centro de la roja”. Epi y Blas de Barrio Sésamo le han dado un curso especial esta semana: “dentro – fuera”; “dentro – fuera”.

1.- ah ahhhh aggggggg ¡¡agrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!

2.- ah ahrrrrrrrrrrrrrrrr aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ¡¡Dios!!

3.- sigue sigue… así… agrrrrrrrrrrrrrrrrr

4.- ah ah ah ah ah ah

4 goles. Agotador.

4 orgasmos. En hora y tres cuartos más el descuento… importante el descuento. Para los orgasmos también cuentan el período en que los entrenadores dan sus ruedas de prensa. Tampoco hay que echar el polvo a todo correr. Ya sabéis, el “tiqui, taca”, con paciencia para atacar las posiciones del contrario, o de la contraria.

Para que luego digan que nos somos multi-orgásmicos los españoles. Para que duden de nuestro aguante.

– Sigue sigue… así… agrrrrrrrrrrrrrrrrr ¡¡Agrtttttttt!! (boca abierta, mirada al cielo, ojos desorbitados, la bola de la pierna subida, que estos esfuerzos…)

– ¡¡Ohé, ohé, ohé!! ¡¡A por ellos ohéeeeeeeeeee!!

A Del Bosque le han perdonado la vida. Ya no debe dimitir.

El aire frío del norte de hace 5 días ha rotado hacia el sur. De domingo a jueves. El domingo empata con Italia, una potencia en esto del fútbol y el jueves gana a Irlanda, que no es precisamente en el fútbol en dónde destacan. Matices, tonterías.

4 orgasmos.

Ya nos da un poco igual la prima de riesgo al día siguiente, “¡A mí con la prima esa de los cojones! ¡Ohé, ohé, ohé!” Que miremos con más cariño a los griegos (¿Y a los que practican el griego?). O que a la suegra la aguantemos su mala cara cuando aparece en casa (“Hola mamá, que bien que viniste” – nota mental: lavarse la boca luego con Listerine acción super total, para evitar problemas). O que tu padre rebuzne un poco menos ese día (30 segundos). Todo… fíjate yo creo que hasta la temperatura subió unos grados al día siguiente, y el sol brilló en lo alto del cielo, alegre, juguetón, invitándonos a tomar algo en cualquier terraza. Los empleados miran con unos grados menos de odio a los jefes, y éstos con un poco menos de desprecio a los pobres curritos a su cargo.

Tu novio ha dicho esta tarde que no le duele la cabeza.

Vale, yo soy la excepción. Yo sigo odiando a la humanidad entera y a mi novio en particular, el jodido, que se esconde debajo de las piedras.

Y odio a al humanidad, y al mundo entero, pero entero. Porque no me toca la jodida primitiva, y sí, echo, la echo todas las semanas, joder.

Matilde salió muy decidida dejando a su marido y los niños en la cama, y fue a comprarse una camiseta con la cara de Del Bosque, toda llena de pelos de su bigote, para darle como más gracia al tema. “Tengo que decirle a Justino (es el marido) que se deje bigote”.

Y Juanma se ha puesto una careta de “el Niño”. Piensa que así va a engañar al vecino del 10º, por el que bebe los vientos desde que eran unos niños, o sea hace 3 ó 4 años. Pero el del 10º… ni caso.

El del 10º sueña directamente con el original. Sueña con “El Niño”. Le da igual que sea un hombre inaccesible para él, y que aunque lo fuera, accesible, digo, nunca lo miraría con ojos de querer. El sueña con bellas y bucólicas imágenes de los dos corriendo por la playa, retozando en la arena, rebozándose en ella y juntando sus labios. Mordiéndolos incluso.

Julia tiene el mismo sueño.

Y Mª Carmen.

Y Nerea.

Y Benito.

Qué tendrá esa imagen en la playa de una pareja corriendo de la mano y rebozándose en la arena que a tantos obsesiona en sueños. Porque luego no se conocen muchos casos en que se lleve a la práctica. ¿Algún caso en la sala? Qué de un paso al frente y hable y nos ponga los dientes largos, o nos haga tener esperanza en que los sueños, aun los más repetidos, tienen visos de cumplirse en el momento menos pensado.

Con Del Bosque ya sueñan algunos menos en lo de la playa, quiero decir. Matilde a lo mejor… y Jimena. Y Romualdo. Pero no se lo dirá nunca a nadie… pero… ¡¡Romualdo sueña con Del Bosque corriendo en la playa!!

Rosa prefiere soñar con Cesc y sus cejas pobladas. Y ese ceño que pone a veces… “las cejas”. Su pelo negro, negro y que parece muy denso. “Un hombre como los de antes”. Después de esta frase, viene un suspiro.

Charo prefiere a Silva. “El mejor gol”, les dice a todos. “Pero qué gol”. Pero en realidad ni siquiera se fijó, porque lo que le produce espasmos de felicidad es esa sonrisa pícara, esos ojos rasgados…

Sueños. El mundo de los sueños en el que todos somos perfectos, y nuestras obsesiones, nuestros amores también. Sueños… pocos se conocen que se volvieran realidad. Y mejor que no, porque entonces llegan las desilusiones. “Es más bajo”, “Parecía más simpático”, “Tiene un pelo que le sale de la nariz”. “Ronca”. “Es muy parao”. Aunque Juana nunca reconocerá, ni tampoco lo hará Esteban, que se quedaron los dos delante de él, de su sueño, llamémosle, “El Niño”, sin saber que decir ni que hacer, con los ojos muy abiertos, pero muy abiertos, y con la boca muy abierta, pero muy abierta, y sin que fueran capaces de encontrar una brizna de aire que pasara en esos momentos por entre las cuerdas vocales para producir algún ruido, aunque fuera ininteligible.

¿Os imagináis? Que hubiera una central de abastos a la que viajaran todos los sueños de la gente y se clasificaran por los protagonistas. Hoy “El Niño” moriría aplastado de tantos cuerpos desnudos que tendría encima. De tantas manos paseándose por su cuerpo. No podría respirar de tantos labios queriendo besarle. Y el domingo, era objeto de lapidación. Lenguas bífidas y viperinas rasgaba en aire en su búsqueda, y éel, aunque se escondía detrás del bigote de Del Bosque, le encontraban y le estrangulaban, le dejaban su veneno. Estaba él colgado de un pincho mientras miles, que digo miles, millones de personas le lanzabas escupitajos y piedras incluso algún edificio se desplomaba justo encima suyo. Y uno puso un poco de leña a sus pies y le prendió fuego, porque la hoguera, la hoguera siempre es un buen método.

¡4! ¡Vendemos 4 soles como goles! A ver si la Merkel nos compra uno, la jodida de ella.

4 soles nos iluminarán durante los próximos días. Justo hasta el próximo partido.

No me digáis que el fútbol no nos alegra la vida. Un gol, un abrazo con tu amigo del alma. Dos goles, un abrazo más apretado con tu amigo del alma. Tres goles, beso en la mejilla, “sin mariconadas”. 4 goles: beso en los morros.

Israel Rodríguez y Jorge Monje.

Dirige Daniel Sánchez Arévalo.

Y luego a darle al coco. Aunque ya se sabe que, las cosas del fútbol se quedan en el fútbol.