Una buena mañana para correr (92).

– No tienes por qué hacer esto, Gervasio.

Jaime lo miraba con lástima y preocupación. Aunque en realidad lo que sentía es asco y desprecio, pero eso no lo podía confesar a nadie. No estaba nada seguro que lo que se proponían hacer en ese día fuera muy aconsejable para nadie. Le parecía más bien un acto de masoquismo, o una impostura, no acababa de decidirse.

Estuvo todo el día anterior pensando en ello. Joan iba a acompañarles, pero tenía tantas cosas pendiente, tantos frentes abiertos… Jaime empezaba a pensar que Joan se iba a derrumbar también en cualquier momento. Así que le obligó a dedicarse a Carlos, al reaparecido Ricardo, al menos en lo que a Joan hacía referencia, a esas citas misteriosas que tenía en Madrid, y ese paquetito no menos misterioso que recibió en la tarde de Navidad y cuyo contenido no había querido compartir con ellos. Y a Manu, que ya había notado él que ahí había algo. Y si lo había notado él, pensó, es que debía ser muy evidente y avanzado, que en esas cosas él era un negado. También pensó un momento en si debía sentirse celoso. Ahora que lo de Ricardo ya había acabado del todo, lo natural es que se hubiera vuelto hacía Joan, que le gustaba, al que quería… pero no, ni por un segundo se le pasó por la cabeza. Ni por un segundo se sintió desplazado por Manu. ¿Había quedado zanjado el tema de Ricardo?

– Buena pregunta Jaimito, buena pregunta.

Pregunta sin una respuesta clara, o a lo mejor sin la respuesta que Jaime pensaba que debía tener la pregunta. “Qué lío”.

También estaba por allí Mati, la amiga de Gervasio con la que éste había venido.

Y la verdad es que a él no le gustaba nada la idea de hacerle de acompañante único, sin parapeto alguno; nunca le había caído demasiado bien, y menos en la forma en que se había comportado con Fermín. De hecho en lo más profundo de su ser, le echaba la culpa de todo lo que había pasado. En lo más profundo y en la superficie. Otra cosa es que se guardara de nuevo sus pensamientos y sensaciones para él. Ni siquiera con Joan las había compartido. Al fin y al cabo eran amigos.

Un alumno suyo, Fede, un chico muy ocurrente y directo, hubiera dicho que “Ese Gervasio fuma mucho, de marca María”. Parecía completamente ido. Se le quedaba la mirada perdida en numerosas ocasiones, empezaba a hablar y al cabo de dos o tres frases cortas, ya no seguía, se le olvidaba, o se arrepentía, o un poco de ambas cosas.

Llegaron a Lerma. María, la secretaria, salió a recibirles. La había llamado el día anterior para que no les pillara de sorpresa. Tenía la visita prevista de todas formas, para recoger las cosas de Fermín de su despacho. Lo único que había cambiado es que en lugar de ir solo, había ido con Gervasio.

María se abrazó a Jaime. Estuvieron así un buen rato. Ella lloraba desconsolada. Era la persona en la empresa que había estado más cerca de él. De repente se separó de Jaime y le miró de arriba a abajo.

– Estás desmejorado.

Jaime sonrió con un toque de amargura. María no era la persona con la que se desahogaría, aunque la verdad le apetecía. Hacía ya una temporada que no tenía con quién tirar de la manta de sus preocupaciones, de sus tristezas…

– No son buenas fecha… – María le mantenía sujeto por sus brazos.

Jaime volvió a sonreír de medio lado.

– Será eso.

De repente se dio cuenta de que no había presentado a Gervasio a María.

– María, éste es Gervasio, era… – se paró porque no sabía como presentarlo.

– Encantada – contestó María sin esperar y rompiendo la incomodidad de Ricardo.

Solo le dio la mano, y con un poco de distancia, sin propiciar ningún contacto más cercano. A María no le caía bien Gervasio y eso que no lo conocía más que de oídas. Era el culpable con mayúsculas de todo lo malo que le había pasado. No es que pensara que Fermín no había tenido culpa de su caída en picado. Pero… María recordaba lo que era enamorarse como una boba de alguien y que no le hiciera ningún caso. Y sabía por haberlo padecido, que eso no era tan fácil de eliminar de uno. No era sencillo romper esos amarres invisibles que esa persona establece contigo. Para ella, Gervasio no tenía perdón de Dios. No entendía como se podía haber comportado de esa forma, jugando con sus sentimientos, dándole esperanzas donde no podía haber nada, porque nada tenía ni quería ofrecerle. Y eso que ella estaba segura de que Fermín no le había contado ni la mitad.

Uno de esos días en que venía a trabajar, después de haber faltado otros cuantos, y que venía con un aspecto deplorable, se fueron a tomar un vino después de trabajar. Ese día le venía a buscar su marido, así que podía excederse con el vino sin peligro de la carretera luego. Fermín iría con ellos, o se quedaría a dormir allí, en una casa que tenía la bodega para contingencias. María normalmente era muy discreta, pero ese día, un par de copas, un ambiente agradable, confianza… no pudo contenerse. Habló. Preguntó. Opinó.

Ella notó casi al instante que había metido la pata. Fermín no le volvió a contar nada de su vida. Prácticamente siquiera habían vuelto a compartir una charla alrededor de una botella de Ribera de Duero.

Aquel día, el de la metedura de pata, el día en que su locuacidad le metió en un problema, le salvó su marido que llegó justo cuando el silencio se había apropiado de ellos.

Por eso María lloraba un poco más, porque era su ración de culpa; tenía una porción del delito que todos se estaban distribuyendo sin saberlo.

“Era tan joven” “Tan guapo” “Tan prometedor” “Tenía tanto futuro”…

Fermín se hubiera reído si hubiera podido escuchar esas palabras de su amiga María:”Era tan guapo”. “¿Guapo yo?”, hubiera contestado señalándose aparatosamente con el dedo. “¿Yo?”. Y hubiera puesto esa cara de socarronería que utilizaba a veces y que tan bien hacía.

Cada vez que escuchaban esas frases tópicas, cada uno de sus amigos recapacitaba unos minutos para echarse una paletada más de culpa a la mochila. Era inevitable, aunque ninguno de ellos le había empujado, ni le había llevado a ese pub aquella noche. Nadie le había presentado unas semanas antes al impresentable ese con el que había pasado aquella noche tórrida, en la que había acabado con muchos moratones, con la autoestima a la altura del infierno, pero con una excitación de caballo cada vez que rememoraba lo vivido, lo cual volvía a empujar a su autoestima hasta el fondo.

– He hecho un poco de limpieza en la oficina. Los informes y demás… creo que…

– Hola Jaime. Perdona que… pero me han entretenido.

Alfredo, uno de los dueños de la bodega, había entrado sin hacer casi ruido. Se acercó rápidamente a él y se saludaron con un apretón de manos.

– No te preocupes, María es… – nuevamente no encontraba las palabras y volvió a darse cuenta que dejaba de lado a Gervasio – Este es Gervasio, Alfredo.

Se saludaron con frialdad. Alfredo no disimuló el rechazo que le producía Gervasio. Aunque éste pareció no darse cuenta de nada. Seguía como en su mundo feliz, con una mirada huidiza que nunca dirigía directamente a la gente ni a ningún objeto. Incluso en algunos momentos tarareaba una canción…

– Si no les importa – de repente rompió su silencio y aunque habló en plural, solo miraba a Jaime, pero sin buscar sus ojos directamente – me gustaría estar un rato en soledad en el despacho de Fer…

Jaime miró a Alfredo, y éste a María, que asintió con la cabeza imperceptiblemente.

– No, como quieras, tú… Gervasio, ¿estás seguro de…?

Jaime se quedó en silencio de repente al darse cuenta que el destinatario de sus palabras, ni siquiera le escuchaba. Ya estaba entrando en el despacho, y cerrando la puerta detrás suyo. Era un poco inútil eso, porque las paredes del despacho eran en su gran mayoría cristaleras, así que se veía todo desde fuera.

Canturreaba aquella canción del chico que les había servido de banda sonora a sus cenas en los últimos tiempos.

– No me habías enseñado tu despacho. Está bien tío. Joder que vistas…

Gervasio abrió la ventana de par en par y respiró profundamente.

– Si estuviera Mati aquí, ahora se hubiera tirado sobre mí, porque pensaría que me iba a lanzar por la ventana. Te hubiera gustado Mati. Es una buena amiga. ¡Buena tía! Y su chico es buen tío.

– Claro, como no leíste mi correo… pero… ¿qué hostias hacías con ese pavo? ¿Ese fue el que te hizo esos moratones, el del sexo duro? La madre que lo parió… espero ver como se va al otro barrio… por éstas – Cruzó sus dedos formando una cruz y los besó.

Gervasio empezó a notar frío. Cerró la ventana y se sentó en la silla de Fermín. Miró todo como lo miraba él, desde su silla. Se imaginaba lo que vería cuando hablaban por teléfono, en esas últimas semanas. Ahora miraba a María y a Jaime fuera, hablando, como lo hubiera hecho él. No podían disimular todos lo que le odiaban, el asco que les daba. Si supieran que por mucho que le odiaran, él se odiaba mil veces más a sí mismo… y por mucho asco que sintieran, él se daba arcadas, pero de verdad, físicas.

– No sé que hacer, Fer. No sé que hacer con mi vida. No sé. No sé ni siquiera si ya es buena idea que me quede con mis hijas. No soy un buen padre ahora mismo.

Suspiró.

– Siempre he estado solo en la vida, sabes. Y ahora… ¿qué hago? Por primera vez creí estar acompañado, la primera vez que en verdad he luchado por alguien. Y te me vas. Esto es un justo castigo por la mierda que te he hecho tragar, Fer. Ahora me toca a mí mi ración de mierda.

Giró la silla hacia la ventana. El cielo se estaba cubriendo. Habían dicho que a lo mejor nevaba por la tarde. Quizás era buena idea irse cuanto antes. Aunque le daba igual la opinión de los demás, pensó en que no debía hacerle la puñeta a Jaime. Era el mejor amigo de Fermín, al fin y al cabo. Y a él, pensó Gervasio, le hubiera gustado que le hiciera las cosas lo más sencillas posibles.

Se levantó con un poco más de espíritu, y salió del despacho. Jaime y María callaron de repente, al verle salir.

– No, no os preocupéis, me voy a la calle a fumar un cigarrillo. Te espero allí, así puedes acabar de hablar con María con tranquilidad.

Fue hacia la puerta cuando se acordó.

– Encantado, María – le tendió la mano – Fermín me hablaba mucho de ti – se quedó callado mirando al suelo – me voy, perdonad.

María y Jaime se miraron. Los dos durante un instante pensaron que a lo mejor de alguna forma se había enterado de lo que estaban hablando.

– Ahora bajo, no tardo – le contestó tajante Jaime.

– Y encima va de guay, de ofendido – dijo María sin poder evitar la cara de rabia y asco que puso mientras no quitaba la vista de la puerta por dónde se había ido.

– No sé, estará todo lo dolido que quieras, pero… después de que acabe hoy, no quiero verle en mi puta vida. No estoy hecho para la vida social, y menos fingiendo con… ¡asco! Eso es lo que me da. Le… como cambió a Fermín, el jodido de él… la madre que lo parió…

María le pasó la mano por la mejilla.

– Tranquilo, Jaime. No te sulfures. Relajémonos, aunque sea porque sería lo que él hubiera querido.

María se acercó a él, y le besó en la mejilla.

– Ven un día y comemos. Mejor, llama y comemos con Alfredo y Joaquín, y mi marido. Sería bonito. Como aquellas veces, con él.

– No sé… – Jaime no tenía claro que fuese buena idea.

– Sí, verás como sí. No hace falta que perdamos el contacto por no estar él… un día cenamos, y te quedas a dormir en la casa, así no tienes que volver a Burgos.

Se miraron en silencio.

– Ya sé que no vales para las relaciones sociales, que no son lo tuyo, pero si me dejas ayudarte un poco…

– Búscame novio.

– ¡Ah no! Eso no. Eso para ti. Ya me costó lo mío encontrar a mi marido, como para ponerme a buscar el de los demás. Yo colaboro contigo en el plano amistad, y en el campo de las bodegas.

Se sonrieron de nuevo. Esta vez se sujetaban por los brazos. Al cabo de unos instantes, se acercaron y se abrazaron.

– ¿Vendrás?

– Cualquiera te dice que no.

Ella le miró, no le gustaba esa respuesta que parecía mitad de coña, mitad en serio.

– Vendré – dijo con rotundidad Jaime que no podía resistir su mirada conminatoria.

Bajaba por las escaleras con una sonrisa boba en los labios y una mirada triste en los ojos. No le importaría, es más, le gustaría seguir teniendo contacto con ellos. Pero no sabía si era buena idea. Se estaba dando cuenta, con cada día que pasaba, que la ausencia de Fermín le afectaba más de lo que nunca hubiera pensado, y más desde sus relaciones tan tensas de los últimos tiempos. Quizás todo lo de Ricardo también contribuía a su desazón. “Otra vez Ricardo”.

Abrió la puerta de la calle, y allí estaba, mirando hacia las viñas. Hacía un ligero viento helado, pero Gervasio ni siquiera se había atado el abrigo que llevaba.

– Cuando arregles los papeles de lo de Fermín, me gustaría que me dieras precio por su casa. Me gustaría comprarla.

Jaime se le quedó mirando descolocado. No sabía que responder. No había pensado en nada. Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía que arreglar el tema de la herencia.

– Ahora mismo, no sé que decirte. La verdad, así en frío, o en caliente, no sé lo que es, ni lo que no… ahora mismo te diría que no te voy a vender su casa. Mejor lo hablamos cuando pase unos meses. NO creo que sea buena idea que te vengas a vivir a Burgos. No hay nada aquí que te…

Gervasio aprovechó su indecisión y le cortó:

– Lo que haya o no, y dónde quiera vivir, es cosa mía. Y no creo que sepas nada de mí como para opinar.

Apenas pudo contenerse. Respiró un par de veces con fuerza. Apretó los puños.

– Es cierto. – dijo pausadamente – ya que nos ponemos así, vivirás en dónde quieras, menos en la casa de Fermín.

Se giró para ir en busca del coche.

– Vamos.

– ¿No te llevas las cosas de Fermín de la oficina? – le apuntó Gervasio.

– Otro día vendré con más tranquilidad. Es también mi problema, no el tuyo.

Lo había conseguido. Había conseguido cabrearle de verdad. “¡Qué le folle un pez espada!”.

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Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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