Una buena mañana para correr (93).

Manu llegó a su casa tiritando. Sus padres estaban viendo una película en la televisión, y apenas le prestaron atención. Les notó abatidos, perdidos, cansados. En ese momento, viendo a su madre apoyando la cabeza en el pecho de su padre, con el cabello desordenado, y a él, mirando la televisión pero sin verla, sintió pena por ellos. Les hubiera dicho que Ricardo estaba bien, que seguramente vendría en un rato, pero no se atrevió. No quería darles explicaciones de por qué lo sabía y las razones para que no hubiera hablado con él. Tampoco le apetecía que se fijaran mucho en su estado medio febril, desasosegado, triste. O lo mejor lo que no quería es comprobar que sus padres pasaban y no preguntaban nada, ni se percataban da nada respecto a su estado. De hecho apenas le saludaron.

Caminó por el pasillo, y escuchó a Jonás cantando bajito en su habitación. Al menos él había pasado un buen día al final, y se había olvidado de los nubarrones que se había cernido sobre ellos. La “perfecta familia feliz”, les llamaba de coña su tía Elisa: tres divorcios, cuatro hijos, uno casi de cada padre.

La tía Elisa… la eterna buscadora de la felicidad, de la pareja perfecta. ¿Sería él igual? ¿Una persona que nunca encontrará lo que busca?

Joan le gustaba. Le seguía costando llegar a esa conclusión. Aunque ya casi estaba convencido Con esta nueva perspectiva, miraba hacia atrás y justificaba ahora de otra forma su antipatía hacia él: estaba celoso de su hermano. Él hubiera querido ser Ricardo, estar tan cerca de Joan como lo estaba él.

Se tumbó en la cama desnudo, y se acurrucó debajo del edredón. No, eso tampoco era cierto: él quería, lo quería todo. Lo quería en su cama, lo quería yendo al cine, de compras, tomando un café, bailando hasta el amanecer, paseando por la playa cogidos de la mano. Él quería su sonrisa, y esa forma que tenía de preocuparse de la gente. Él lo quería todo. Era la primera persona en su vida de la que deseaba todo de esa forma.

Pero esto le iba a suponer distanciarse más de su hermano, lo sabía.

Se giró en la cama.

En cuanto se durmió, empezó a soñar. Se vio solo, repudiado por Ricardo. Jonás lo miraba con lástima, sin decir apenas nada. Pero ahora que lo iba conociendo más, sabía interpretar lo que pensaba. Era… patético… lo veía en sus ojos.

De repente, se vio en una sala en penumbra, enorme. Apenas se distinguían las paredes. Un fluorescente parpadeaba en el centro. Él estaba sentado en una silla atado de pies y manos. Desnudo. Sudando, aunque percibía en cada poro de su piel, un frío glacial. En una camilla al lado, un cuerpo tapado con una sábana.

– Míralo – gritaba una voz conocida, pero a la que no podía poner cara – Mira lo que has hecho, estúpido.

El estúpido sonó como un escupitajo lanzado contra su corazón. Y ahí le dio. Miró como le ordenaban… él seguía sentado, atado, pero vio a su hermano, demacrado, con 20 kilos de menos, lleno de llagas, de suciedad, con las uñas llenas de tierra. Miró sus ojos vacíos, y un cuervo picoteando en ellos, en un árido desierto.

– El juicio contra Manuel, sin apellidos, repudiado por su familia, está visto para sentencia. ¿Alguna de las partes tiene algo que alegar?

– Pena de muerte y olvido – dijo una voz que parecía la de su madre aunque más desgarrada de lo que nunca la hubiera oído. Desgarrada y dura: implacable.

– No – gritó una voz que era de Joan – No quiso hacerlo. Es inocente.

– ¡Cállese! – gritó el que parecía el jefe – usted no puede hablar aquí, lo ama. Y es tan culpable como él. Su juicio será más tarde.

– Pero alguien tiene…

Un grito desgarrador dejó en suspenso la frase. La voz de Joan se transformó en un horrible delirio producido por el dolor extremo.

– ¡Muerte!

– ¡Muerte!

– ¡Culpable!

– ¡Qué le ejecuten!

Eran Jonás, su madre, su padre, el tío Celes, el primo Juan, su profesora de matemáticas, el entrenador de lucha del colegio, Isabel, Juani, Marta, sus novias ocasionales, aquel chico del vestuario al que negó tres veces, o un ciento, hasta su propia sombra le condenaba.

Se despertó.

Fuera apenas había amanecido.

Tenía la boca seca, y el cuerpo destrozado. El edredón y las sábanas estaban completamente empapadas. Se levantó y el sudor frío que cubría su cuerpo le hizo estremecer. Se metió corriendo en la ducha, y dio al agua caliente.

– Deporte… tengo que salir a correr…

Un chándal, sus zapatillas, un anorak.

Hacía frío. Mucho frío. Se notaba que muchas empresas no trabajaban esos días, aunque era laborable: había mucha menos gente que de costumbre. Empezó a correr a un ritmo fuerte. Hacía días que no hacía deporte. Pensó que a ese ritmo al que había empezado, no aguantaría mucho. Pero le dio igual… quería sufrir, quería…

Un coche le pitaba a su espalda.

– ¡Manu!

Miró hacia atrás… era Joan. Aceleró el paso.

– ¡Manu!

Se puso a su lado en el coche.

– ¡Para coño!

Manu no le hizo caso.

– Te vas a condenar, de vas a… Déjame es lo mejor… déjame.

Manu giró a la izquierda por una calle peatonal. Joan no podía seguirle con el coche. Salió y empezó a correr detrás de él.

– ¡Manu, joder!

El silbato de un policía le hizo pararse. Había dejado el coche en medio de la calle. Se disculpó como pudo, una urgencia, y tal…

– ¡Es Navidad! – le dijo el policía local moviendo la cabeza de lado a lado.

– ¡Gracias! – contestó rápidamente Joan.

Se subió al coche, y emprendió la marcha. Pensó por dónde podría ir Manu corriendo. Pero una llamada le interrumpió sus elucubraciones.

– Dime Carlos.

– Joder tío, que estos pavos se creen que esto lo he hecho yo, para despistar. Son unos hijos de la gran puta.

– Tranquilo, ahora voy para allá.

– Que es que me van a detener, que lo estoy viendo.

– ¡Joder!

– Oye…

– Perdona Carlos, no era por ti, es que… nada es largo de contar. Ya voy, paciencia. Y cállate la boca y deja de sonreír de esa forma, joder, que cada vez que haces algo de eso, pisas un callo y luego te dan por el culo. Y yo no doy abasto.

– Oye…

– Y joder, macho, no se te ocurra ponerte digno, joder. No me toques las pelotas. Lo hago encantado, porque me caes bien, joder, a ver si te enteras de una jodida vez. Que desde que te conozco… la madre que te parió por qué no te follaría, y… elegiste amigo, y mira la follada que me metes ahora… serás capullo…. ¡Que te calles joder! Que voy, que estoy encantado, que no es ninguna molestia, y que si no te has dado cuenta, te quiero un huevo, como el resto de la gente, así que si no eres capaz por una puta vez en la vida de tener la boca cerrada y no mostrarte orgulloso, sino lo puedes hacer por ti, al menos hazlo por la puta gente que aunque no se sepa muy bien cómo, hemos empezado a quererte. ¿has comprendido?

Carlos tardó en contestar… y cuando se decidió lo hizo con un tono de voz muy suave… y despacio. Estaba asimilando todo lo que Joan le acababa de escupir por teléfono.

– Vale, tío, no te pongas así, yo es que…

– ¡Nada! ¡Tú nada! Tú nada, o te juro que en cuando tenga oportunidad te convierto en un folleteo de una noche y te abro en canal dentro de mi corazón. ¿me copias? Tu puta y linda cabeza mirando al suelo, a esos enormes pies que calzas, y punto. ¿Está Diego contigo? Pásamelo.

– Hola – le contestó divertido Diego.

– Si abre la puta boca, dale una patada en los huevos. Pero con saña. ¿Has entendido? O si no luego te machaco a ti el higadillo. ¿Visto?

– Joder, tío, no sabes el gusto que me va a dar pisarle los huevos. Le has dejado acojonado – esto último se lo dijo entre susurros – ja.

Joan se relajó y le acompañó en las risas.

– En serio, Diego, no le dejes hacer bobadas. Esto se está poniendo un poco mal. Y se juega, y no sé muy bien por que tengo la sensación de que nos jugamos todos más de que Carlos pase unos años en la cárcel. Imponte, que en aquella puta azotea nos demostraste a todos que tenías carácter. Pues es un buen momento para que vuelvas a sacarlo, de hecho, mejor que el día aquel que elegiste.

– Vale, vale, no te preocupes.

El tono de voz de Diego le dio un poco de tranquilidad.

– Te dejo.

Había vuelto a encontrarse con Manu. Se le notaba cansado. Seguro que había perdido la forma, pensó Joan. Vio un sitio, y aparcó el coche.

– ¡Manu!

Al verle aceleró el trote. Pero ya estaba cansado y fue fácil para Joan alcanzarle. Le giró para que le mirara.

Joan se debatía entre decirle muchas cosas. Estaba acelerado por todo lo de Carlos, y por la huida de Manu.

– ¿Pero que hostias te pasa? ¿Qué decías de castigos o no sé qué?

– Ricardo te necesita, joder, y…

– Deja a tu puto hermano en paz, joder. Para cagarla es mayorcito, pues que empiece a ser mayorcito para arreglarlo.

– Pero él te quiere, y…

– Joder, ya sabía yo, cuando Raúl me dijo que habías salido detrás de mi… joder, porque no… no pasó nada, porque además, yo no lo amo. Lo quiero un huevo, pero no lo amo, ni lo deseo. Te amo a ti, y te deseo a ti.

Manu no pudo contestar, porque Joan se pegó a su cuerpo, y le empezó a besar apasionadamente. Le fue empujando a la pared, y cuando la espalda de Manu estuvo pegando a ella, empezó a subir sus piernas, hasta que Joan tuvo las piernas de Manu rodeándole el cuerpo.

– Eres igual de gilipollas que tu hermano, ¿sabes? Pero ya no te vas a escapar. Me la suda tus movidas de coco, y tus tonterías. Si estabas pensando en llamar a Mayte o como se llame para follar, olvídate. Solo follas conmigo a partir de ahora.

– ¡Joder! Yo…

Manu iba a protestar, pero como se viene demostrando en estudios de verano de alguna universidad americana, la mejor forma de que alguien se calle, es besándola con ganas y entusiasmo. Y a eso se dedicó Joan.

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Historia completa seguida. (capítulos 1 al 75)

Historia completa seguida (capítulos 76 a final)

Historia por capítulos.

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