Esperando, una historia.

Hace calor. Me acabo de quitar mi camiseta. Espero.

Viniendo hacia aquí he visto a otras personas esperando. Algunas lo hacían tranquilas, otras mostraban impaciencia, miraban el reloj cada poco. Una señora entrada en años despotricaba en voz alta, con nadie en particular que le escuchara, contra su hija a la que esperaba desde hacía al menos media hora. Aunque al cabo de unos minutos, añadía: “A lo mejor es que le ha surgido una urgencia, es que es médica”. Lo añadía con un innegable toque de orgullo.

Un niño de pocos años esperaba a la puerta de una academia de esas de verano. Tenía una consola de esas en las manos, pero apenas la prestaba atención. No dejaba de mirar a los lados por si venía su padre, o su madre. Miraba los coches que pasaban. Luego volvía a la consola, una de esas, aunque apenas unos instantes después, levantaba otra vez la vista, porque había visto por el rabillo del ojo que se acercaba un hombre a paso rápido. Una mueca de disgusto apenas disimulada, indicaba que ese hombre no era su padre.

Ahora soy yo el que espera.

Hace calor y me he quitado la camiseta.

Un suave aire me recorre la piel refrescándola.

Miro a izquierda, a derecha. Miro mis chanclas y mis pies ligeramente sucios del polvo de las calles.

Miro a derecha; a izquierda.

Un hombre. Por la izquierda.

Se me acerca. Despacio. “Hola”. “Hola”. “¿Eres de aquí?” “Pues sí”. “Hace buen día”. “Pues sí”. Un carraspeo. Otro. Traga saliva. Al final se decide y pregunta por la iglesia que tenemos en frente. Le sonrío. Aparta la mirada. Él y yo sabemos que es una disculpa tonta para acercarse a mí. Que le interesa la iglesia lo mismo que a mí la organización de un hormiguero. Si es directo y se la sopla que le pueda rechazar, tardará menos de medio minuto en proponer un polvo. Si es tímido o no está seguro, esperará que lo proponga yo.

Sonrío y le entrecierro los ojos, de esa forma.

Traga saliva. Carraspea de nuevo. Intenta humedecerse los labios. Vano intento, porque no tiene ni gota de saliva en la boca. Baja la mirada. Balbucea algo y se va, sin volver la cabeza.

Me apoyo en la puerta. Lo veo irse, trastabillando de vez en cuando, con la cabeza gacha, seguramente jurando por su falta de decisión, o por su mala suerte.

Espero.

Se nota que empieza a bajar la temperatura. El olor de mar es más penetrante. La brisa hace su labor y eso anima a la gente a salir de casa.

Llevo ya aquí hora y media.

Nada.

Me fijo en una vieja. Le pesa la vida. Sus hombros no pueden ya con ella. Camina despacio, sin apenas levantar la vista del suelo. No mira a ningún lado, aunque yo sé que me observa. Saca un pañuelo de tela de la manga de la blusa y se lo pasa por la nariz. Echa un vistazo alrededor, como buscando algo. A lo mejor solo busca un camino por dónde seguir. Se fija en mí, como por casualidad, pero no hace intención de acercarse. Va a guardar su pañuelo de nuevo en la manga de la blusa, pero se le cae. Nadie de los que se cruzan con ella parece darse cuenta, nadie se agacha a ayudarla. Empieza ella misma a agacharse, pero yo soy más rápido.

Me mira, me sonríe.

– Abuela – digo arrastrando las sílabas.

– ¿No han venido?

Niego con la cabeza.

– ¿Cuándo vas a dejar se esperarlos?

Me encojo de hombros. En lugar de responder, pregunto:

– ¿Por qué todos se van de mi lado, abuela?

– Yo no me he ido – Sonríe pícara antes de seguir – de momento – y me da un codazo.

Sonrío.

– Te invito a un helado, de esos se stratitela o como se diga.

Sonrío.

– ¿En el puerto?

– Y nos sentamos en ese banco… – añade ella.

Sonrío y la cojo del brazo. Perece que ahora puede levantar los hombros un poco más. Parece que la vida le pesa un poco menos. Le gusta que la coja del brazo cuando paseamos.

– ¿Por qué se van todos? – repito como para mí, porque aún del brazo con mi abuela, sigo pensando.

– No van a volver, aunque vuelvan, Manuel. Deja de esperar.

Se para y me mira mientras me roza la mejilla con sus manos ajadas por el trabajo y la edad, pero a la vez suaves y amorosas.

– ¿Y si vuelven?

Sus hombros se hunden un poco otra vez.

– Te haces daño, Manuel.

– Mañana vendré a esperar – digo decidido, obcecado.

– Deja de vivir ayer, vive hoy y prepara mañana.

– Pero… – intento replicar.

– Es ayer.

Me mira.

– Y nada, Manuel – se desespera.

No me gusta que se enfade mi abuela. Es lo único que tengo. Estoy solo… solo con ella.

Beso a mi abuela, con besos de abuela. Muchos, seguidos y sonoros. La sonrío y ahora soy yo quién la acaricia las mejillas. Cuando paso la mano cerca de su boca, mee la agarra suavemente y la acerca a sus labios, y las besa, como solo me besa ella.

– Vamos a por el helado – digo tirando de ella en dirección al puerto.

Andamos en silencio. Pasamos por delante de la academia, una de esas de verano, y el niño sigue sentado en las escaleras con una consola de esas. Aunque ya no juega. Tampoco mira. Al suelo quizás sí mire, aunque no ve.

Me paro. Me quedo mirando.

Mi abuela se gira y sigue mi mirada.

– Ahí empezaste a esperar tú también. Te acuerdas y eras tan pequeño…

Estira la mano y rápida, recoge una lágrima que se me escapaba por el ojo derecho.

– Hoy y mañana, recuerda. Deja “ayer” que se escape.

Ahora es ella quien me coge del brazo y tira de mí. De repente se gira.

– Niño, vente a tomar un helado – grita mi abuela.

Nos mira con indecisión.

– Tengo que esperar a mi padre – contesta apesadumbrado.

– Llevas muchas horas aquí. Vamos, le llamaremos para que no se preocupe – le digo.

Se levanta y se sacude los pantalones.

– No tengo dinero – dice, pero se acerca lentamente.

– Ni yo – contesto.

– Otra vez estoy de ronda, ya veo – la abuela socarrona – Yo me pido de chocolate y fresa.

– Yo de stratitela o como se diga.

Lo miramos.

– Dulce de leche – contesta muy bajito.

– Marchando – decimos a la vez mi abuela y yo a la vez que le despeinabamos con la mano.

Y marchamos.

Por hoy se han acabado las esperas.