II Semana del libro: “La mujer zurda” de Peter Handke, por Borja Rivero

La mujer zurda

Peter Handke

Editorial Alianza

Traduce Eustaquio Barjau Riu

La soledad es causa del más gélido, del más repugnante de los sufrimientos: el de la inesencialidad. Después uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado.

 Handke es uno de los grandes autores vivos, su literatura utiliza el silencio como forma de expresión fundamental. La mujer zurda es un libro de silencios, de imágenes, de diálogos interiores que se solapan con sus propios actos. Es una novela profundamente íntima, llena de una tristeza calmada y una gran introspección.

 Handke presenta una sociedad absurda en la que los individuos han perdido aquello que les dotaba de sentido. Esa es la búsqueda de Marianne: ella se busca a sí misma y pronto se da cuenta de que no está en la imagen que le devuelve el reflejo en los ojos de su marido. Rompe con la comodidad de su vida y huye en una carrera de quietud y silencio, una carrera en espiral hacia el interior de sí misma y que no la lleva a mudarse de lugar físico. El lenguaje no basta para Handke, es insuficiente y una muestra de la imposibilidad de comunicación entre las personas. Comprender al otro es imposible, sólo cabe comprenderse uno mismo.

 Marianne, igual que en la canción que da título a la novela, vive “con otros” sin ningún sentido, casi por inercia. La apatía de la sociedad postmoderna se refleja continuamente en ella y busca en la cotidianidad una manera de seguir adelante. Ella y sus personajes viven sin que el narrador explique nada de sus acciones, Handke se limita a transcribir sus acciones, sus pensamientos.

– He tenido de repente una iluminación. Que te vayas de mi lado, que me dejes sola. Sí, es eso: márchate Bruno. Déjame sola.

 La reflexión del libro es muy interesante, Handke habla de nuestro mundo, el que hemos construido y está magníficamente conectado permitiendo una inmediatez que pocas décadas atrás no era posible. No obstante, el libro está escrito en los años 70 y ya entonces el autor veía esa decadencia del individuo que le ha llevado a caer en el absurdo de una vida casi mecánica en la que se suceden los acontecimientos de manera limpia, suave, sin dejar huella. Marianne ha de huir de esa suspensión en el mundo porque no se siente viva. El dolor, la pena y la soledad son necesarios para poder continuar. La idea de morir para renacer y reinventarse, de hacer algo “imperdonable” para poder continuar, de cambiar. Para ella la comodidad era un veneno de absorción lenta.

En cierto sentido Marianne es una Mrs. Dalloway de nuestra época, ambas mujeres se encuentran en un punto de letargo en vida en el que la única salida lógica parece la más definitiva. Tanto Woolf como Handke hacen que sus personajes reflexionen en un estado cotidiano, rodeándolos de sus fantasmas pasados y recordándolos a través de un evento que han de seguir. Los personajes se muestran como islas incapaces de entenderse en medio de un gran océano.

 El término de ambos libros es similar, las dos mujeres reflexionan y en ninguno de los casos llega un gran estrépito final para que el público pueda aplaudir, sino que las últimas frases se confunden con el ruido del tráfico. El lector cierra el libro como quien se aleja de la casa donde la acción se sigue desarrollando sin mayor importancia.

Escriba, escriba sobre eso, Marianne. Si no, de repente, un día ya no existirá usted.