Una buena mañana para correr (96).

Jaime apoyó la copa de la cerveza en la mesa y se tiró en la silla. Se quedó mirando un rato al infinito, sentado de medio lado, marcando la provisionalidad de la situación. Se fue quitando la bufanda mecánicamente, y sin perder de vista ese punto en el infinito que había captado su atención.

Un gesto que venía de una persona sentada en una de las mesas de al lado, le sacó de su ensimismamiento.

– Hola, Rosa. ¿Qué tal? – dijo Jaime poniendo la mejor sonrisa en su rostro.

De la mesa de al lado del Carmen 13, se levantaba una compañera de la Universidad. Estuvieron dos minutos contándose las Navidades, minutos que a Jaime se le hicieron eternos. Le costaba un mundo atender a lo que le contaba su compañera, y otro mundo contestar algo coherente, por no decir lo que le costaba sonreír. Quería estar solo un rato… quería beberse la cerveza tranquilamente, y luego otra, y quizás ponerse “contentillo” porque a lo de borracho le era imposible llegar. El fondo serio y circunspecto que le inculcaron sus padres todavía seguía ahí.

Rosa y su marido acabaron por irse. Cuando lo hicieron se sintió culpable de no haberles prestado todo su atención, o cariño, o lo que fuera. Rosa le caía bien… era buena gente, y siempre estaba dispuesta a echarle una mano, y a pedirle ayuda si lo necesitaba, y eso le gustaba. Esperaba que no se le hubiera notado sus ganas de que la charla acabara.

– Y eres un inútil en las relaciones sociales, no son lo tuyo – se dijo en un volumen apenas imperceptible.

A lo mejor si seguía teniendo relación con Joan y los demás, le entraba al final un no sé qué loco, y se sacaba un poco más el palo que seguía llevando a manera de espina dorsal y aprendía a relacionarse con naturalidad.

Eso le decía un profesor de literatura que tuvo en el instituto. “Te falta mucha naturalidad, Jaime. Tus diálogos son lo menos natural del mundo. Y el fluir de las palabras, es abrupto, es una montaña rocosa”. Pero él insistía, e insistía… recuerda que ese profesor, cuando ya había acabado el Instituto, se lo encontró un día en la Universidad, porque iba a dar un seminario sobre escritura, y le invitó. El aula que habían elegido de la Universidad de Zaragoza, estaba medio vacía, apenas se habían apuntado 7 personas. Le daba pena ese profesor… las ganas que le ponía, y tan poco éxito. Pero fue interesante, y retomó su afición por escribir, porque hacían como pequeñas representaciones de naturalidad, porque una cosa curiosa es que todos en ese curso parecían tan asociales como él.

No sabe si le sirvió para escribir mejor, pero si que le sirvió para sentirse menos envarado, y le hubiera servido más si su madre no se hubiera enterado del curso, y de que lo daba el Profesor Juvenal.

– Ese hombre es un desviado, Jaime. Solo quiere sodomizarte, como todos los de su ralea.

Y no se atrevió a llevar la contraria a su madre. Tardó otros cuatro años en conseguirlo, ya emancipado e independiente económicamente.

– Pero él quería a su familia, sobre todo a sus hermanos. Y les echaba de menos. Sobre todo a Ángel, el pequeño.

– 20 años ya – se escuchó diciendo – y me lo están amargando.

Ángel era otro verso suelto dentro de su familia. Era un alma llena de sensibilidad, de arte. Pero para sus padres, esas cualidades iban unidas a una determinada condición sexual, que ellos deploraban. Y cortaban todas sus iniciativas en ese aspecto. Él hubiera querido estudiar Bellas Artes, o algo relacionado con la música. Tocaba el piano, pero… no le habían dejado estudiar en serio. Solo como un complemento social.

– Ese mundo es de depravados – le dijo su madre como si estuviera escupiendo.

Ángel bajó la cabeza, y Jaime lo recuerda con angustia. Él calló también. Ángel era un chico alegre, muy social. Lo contrario que él. Iba a su bola, ligaba, tenía multitud de amigos. Pero en cuanto entraba en casa, era un joven cabizbajo, triste.

Jaime llegó a pensar que todo era una actuación. Viéndole así, sus padres estaban contentos. “Manda cojones que mis padres prefieran a Ángel triste”. “Es lo que se espera de un hombre, responsabilidad ante la vida” diría su padre.

Sus otros hermanos eran tristes. No recuerda ya si siempre lo fueron, o sufrieron la misma transformación que Ángel. Ya trabajaban los dos: el mayor, José Luis en un banco, con un futuro muy prometedor. Y Fernando, arquitecto, lleno de proyectos de casas adosadas con jardines. Y chalets para ricos. Su padre le puso el estudio. 25 años, y ya con estudio propio. Y le puso los clientes, claro: los amigos, los que le deben favores, a los que mantiene de una u otra forma.

Ángel lo llamó el día de Navidad. Durante la fiesta en casa de Joan. ¡Qué alegría sintió! Algo por dentro se le encendió. Y hablaron… al principio un poco cortado, sí, era como si no supieran como empezar a contarse todas las cosas pendientes, sus alegrías, sus tristezas… hacía al menos cuatro meses que no contactaban. Le llamaba desde el móvil de un amigo, porque sus padres le controlaban todavía las comunicaciones. No estaban seguro de que no siguiera el camino de Jaime, y no estaban dispuestos a perder otro hijo.

– Me voy a ir de casa, Jaime.

Se lo dijo así de sopetón.

– Vente aquí, tendrás un cuarto, y lo que te de la gana. No soy rico, pero…

– No, Jaime, no quiero comprometerte.

– No seas bobo, no lo haces. ¿qué me van a hacer?

– No lo sé, Jaime, no lo sé. Pero una vez me dijo papá que si se enteraba que te veía, te hundiría. Tú ya estabas perdido para ellos, pero no consentirían que me sodomizaras a mí.

– ¿Sodomizarte?

– Ya sabes como son, Jim, están como una chota, se piensan que un gay va culo a culo, taladrando a todos, incluidos a sus hermanos y padres o hijos. Están enfermos, Jim, un par de tornillos les quedan solo en su cabeza…

– Da igual te vienes y…

– No, Jim, no pienso salir de dudas de si son capaces de algo o no. Me voy a la otra punta, además no me voy solo.

Jaime se sonrió.

– ¿Cómo se llama?

– Maika, es más buena…

– ¿Es o está?

– Bobo, Jim, eres bobo. Ya sabes que yo solo miro el interior – le contestó en tono de falso ofendido.

Se iba a la aventura. A pintar, a trabajar en un bar en Málaga.

– Pero Ángel, no estás acostumbrado a esa vida…

– Ya me acostumbraré, no hace falta dinero para ser feliz…

– Lo vas a pasar mal… si quieres te ayudo… estás acostumbrado a una vida…

– No Jim, no… bueno, si necesito, te llamo, ya sabes…

Pero de repente se cortó la llamada. Lo último que escuchó fue un “¡Joder!” Y un ruido parecido al de un bofetón.

Y luego silencio.

Se quedó un rato mirando al teléfono, como un tonto, pensando que… pensando mil cosas, mil tragedias, la más probable que le hubiera pillado su padre.

Al cabo de unos minutos, se armó de valor, y marcó el número desde el que le había llamado, pero no contestaba nadie. Empezó a caminar por la habitación de Joan en la que se había refugiado para hablar… volvió a marcar… nada.

Iba a salir en busca de Joan… no quería atormentarle con más problemas, pero… debía… no sabía que hacer, ni a quién recurrir… envidiaba a Joan por esa capacidad de asumir los problemas más tremendos, o más livianos… todos… tenía recursos… sabía que hacer, o al menos por dónde empezar… algo se le ocurriría…

Pero antes de salir en su busca, el teléfono sonó. Una voz desconocida, le habló.

– ¿Eres Jaime? El de Ángel…

– ¿Quién eres, dónde está Ángel? ¿Qué ha pasado?

– La hostia tío, era tu viejo. Soy “Javi el Pupas” no se si caes.

– Sí, sí pero por Dios, dime que hostias ha pasado – le contestó atropelladamente.

– Tu viejo, tío. Una pasada. Ha entrado y le ha soltado una hostia a tu brother que le ha tirado al suelo, tío, ¡qué pasada! Y un pavo que venía con él me ha dado un puñetazo de la hostia, estoy sangr…

– ¿Y Ángel?

– Pues tío, que al final se ha levantado, y tal, y se ha enfrentado a tu viejo, y casi se pegan de hostias, y el tipo ese casi le parte la crisma, pero estaba Martín, no sé si te acuerdas de él, el que trabaja en la fundición, y se ha tirado encima del tío ese, y Ángel ha podido salir corriendo.

– Y…

– Ni puta idea, tío. No me habló de nada, tío, por si pasaba algo. Habrá ido a donde su costilla, tío, se iban mañana o así, no sé, tío… pero…hostia, no dejo de sangrar como un cerdo en matanza, me voy a ir a las urgencias a que me cosan, tío, luego te llamo si eso… ¡Qué pasada con tu viejo, tío!

Todo era muy surrealista. No estaba preparado para eso. Eran demasiadas cosas. Hablar con su hermano, y tener la constatación de que estaba pagando parte de sus pecados, parte de los pecados de Jaime al ser un desviado y ser éste la imagen a la que había seguido desde peque…

Y desde el día de Navidad, no había tenido noticias.

“El Pupas” no había vuelto a cogerle el teléfono. Jaime imaginaba que el Arturo, el Chófer de su padre, habría sido convincente en una segunda visita.

– Arturo es una mala bestia…

Apuró la caña antes de levantarse a por otra.

– Si quieres te la traigo yo.

Se pasó las manos por los ojos para secarse las lágrimas que habían aparecido y ver quién le hablaba.

– ¿Me puedo sentar?

Jaime se encogió de hombros.

– Tú mismo, Ricardo. ¿Qué versión de Ricardo toca hoy? ¿El que me enamora, o el puto gilipollas engreído?

Ricardo bajó la cabeza, y empezó a dar media vuelta para volver a salir del Carmen 13.

– No seas bobo, Ricar, tráeme la caña, y perdóname. No estoy hoy…

Ricardo seguía su camino hacia la calle.

– Por favor – Jaime se incorporó en la silla para salir en su busca – Perdóname. Y siéntate, ya voy yo…

– Deja – le dijo volviendo sobre sus pasos, disimulando su satisfacción por haber conseguido que Jaime se levantara tras él – ¿Caña?

– Sí gracias.

Ricardo se acercó con la bebida de Jaime y se sentó a horcajadas en una silla que estaba puesta con el respaldo hacia la mesa.

– ¿Desde cuando te sientas así? – A Jaime le extrañó de repente ese comportamiento.

– Na, de siempre, pero habrá coincidido… va, ya me pongo bien, no me mires así, pareces mi padre.

– No, no… si yo… a tu ¿bola? ¿Se dice así?

– Na… sí, se dice así, quería decir que na, que no importa… – ¿Y Carlos?

– ¿Carlos?

– Sí, es que necesitaba hablar con él y tal… va, por una tontería, pedirle un favor…

– Pues ni idea, si quieres… bueno te iba a decir de llamarlo, pero…- Jaime había recordado que no tenía su número de teléfono.

– No, si el número lo tengo yo…

– Pues llámalo, a qué… – Jaime, sin darse cuenta se estaba enfadando, porque no entendía que si alguien quería hablar con otra persona, y tenía su teléfono, fuera preguntando a los demás si lo habían visto. Y esa forma de sentarse en una cafetería que estaba llena de gente, le parecía de un chulo y prepotente.

– Vale, vale, no te mosquees, casi si me voy… – Jaime mostrándose digno.

– Mira, haz lo que te de la gana.

– Vale, perdona. Es que… – tuvo un impulso y con un movimiento rápido, le dio un beso en la mejilla a Jaime.

Y éste, sorprendido, no pudo menos que sonreír…

 _____

Historia completa seguida.


Historia por capítulos.

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4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (96).

  1. Ya casi me había olvidado de esos chicos y sus líos… Por cierto esa incursión en la familia de Jaime es nueva ¿Verdad?

    Ya sé, ya sé, hay que esperar…

    Muchas gracias, ya sabes como disfruto de tus historias.

    Un abrazo.

    • PFE, en realidad la familia de Jaime aparece ya en los primeros capítulos, aunque sin entrar en detalles.
      Se pone emocionante… jijijji.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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