Una buena mañana para correr (97),

– Espérame, no corras tanto.

Diego apenas podía seguir el paso rápido de Carlos. Habían salido de la comisaría hacía ya un rato, después de una sesión maratoniana con el inspector ese nuevo. Ni recordaba el nombre. Y desde que habían traspasado la puerta de salida, a Carlos le había dado por andar deprisa, sin preocuparse por si Diego le seguía o no.

Carlos una vez más, no hizo ni caso de sus quejas, y siguió andando deprisa, con la mirada clavada delante de él, a mucha distancia. Parecía que tenía prisa por llegar a ese punto, aunque siempre estaba a la misma distancia.

– ¡Joder!

Diego se paró para recuperar el resuello. Lo vio alejarse sin inmutarse. Estaba como loco…

 .

– ¿Qué ha pasado Diego?

– Na, tío, uffffffff, ha sido… una mierda.

– ¿Y Carlos? ¿Donde estáis?

– Pues yo en una calle que ni siquiera conozco, es que me he perdido, y Carlos pues corriendo la maratón, debe estar ya por Londres o así, es un capullo, no hay quién le siga.

 .

– ¡Qué te den! Majo – le espetó a la espalda de Carlos, que ya prácticamente se había integrado con el paisaje de la noche.

Todo había sido muy tenso desde el principio. Como insinuó Joan, el inspector ése iba a provocarlos. Y lo consiguió muchas veces. Carlos estuvo a punto de saltar al menos en diez ocasiones. Continuamente Diego le ponía la mano en la pierna, o le miraba a los ojos para que se quedara callado, para que no soltara la primera impertinencia que se le ocurriera.

 .

– Pero… ¿No te quedaste en el pasillo?

– Sí, tío, pero a los pocos minutos salió Carlos a buscarme, el Inspector ese como se llame, apodado “Capullo integral”, le había pedido que saliera a buscar a su novieta.

– No jodas que dijo eso.

– Pues eso parece.

 .

– ¿Ya sabe Vd, qué número de zapatilla gasta?

Esa fue la primera andanada casi nada más entrar.

Diego durante un instante pensó que lo miraba como al perro de Carlos, como si tuviera la misma importancia. Aunque a Carlos lo miró de forma parecida un poco después. No sabía exactamente qué era lo que Joan había querido conseguir con intentar que otro policía tomara la investigación. Y menos si era ése. Se le notaba a la legua que había tomado ya partido, y no era precisamente por ellos, por Carlos.

– ¿Ahora o cuando mataron a mis padres? – le dijo desafiante Carlos – ¿O un mes antes? – siguió hablando ya con un tono sarcástico.

– Dímelo tú – dijo sin inmutarse el inspector.

Carlos se sacó una de las Converse sin siquiera desatárselas, y la puso encima de la mesa.

– Mírelo Vd. No vaya a ser que le mienta. En las Adidas suele ser un número más, como en los zapatos. En las babuchas de casa, la verdad no tengo ni zorra.

Diego lo miró para que se relajara. Carlos le mantuvo la mirada y tuvieron ahí los dos un pequeño diálogo con la mirada. Al final Carlos se encogió ligeramente de hombros.

El policía cogió la zapatilla y miró el número.

44.

Se quedó dándole vueltas a la zapatilla.

– No me diga que le ponen las zapas – le soltó Carlos de improviso soltando una pequeña carcajada que se confundió con un grito cuando sintió la patada que le dio Diego en la espinilla.

– Póngasela, por favor, y ande un momento por el despacho.

Carlos se quedó mirándolo un rato desconcertado. Cogió la zapatilla y se la volvió a meter en el pie, sin desanudarse los cordones.

Se levantó y caminó hacia la puerta.

– Siga andando por favor.

El policía se incorporó y le vio caminar hasta la mesa.

– Siga.

Carlos empezó entonces a andar de la puerta a la mesa, y otra vez unas cuantas veces.

– ¿Me haría el favor de coger esa carpeta del suelo?

Carlos le miró de soslayo, intentando escrutar la expresión del Inspector. Estuvo tentado de mandarle a tomar viento, pero pensó que al menos le debía a Joan un poco de paciencia por sus gestiones para que el caso cayera en manos de otro.

– Párese un segundo.

De repente en Inspector le estaba sacando fotos desde todos los ángulos.

– Póngase de cuclillas.

Carlos se iba a girar para ponerse frente a él, pero el detective le indicó que no lo hiciera.

De repente el inspector se agachó por detrás, y pasó la mano por los glúteos, y la parte de los muslos.

– Tranquilo, Sr. Menéndez, no es mi tipo. Y por nada del mundo quisiera poner celosa a su mujercita.

 .

– ¿Te llamó así?

– Joder, tío, al final fui yo el que saltó, el tío capullo, me pilló tan de improviso…

– ¿Le dijiste algo?

– Joder, Joan – Diego se levantó del banco incómodo pensando que se había equivocado y que a lo mejor le había puesto en problema a Carlos – Es que es un capullo, y no me gusta que me llamen tía, joder, lo hacía aquellos pavos amigos de mi viejo, cuando me escupían o me pegaban, tío, y…

– Eh, tranqui, Diego, no pasa nada.

 .

– Pues para no ser marica, sabe como tocar a un hombre. Me ha puesto caliente.

 .

– ¿No jodas que le dijo eso?

Joan al otro lado del teléfono no sabía si meterse en un convento o tirarse directamente por la ventana. Tanto esfuerzo, para que todo se fuera a la mierda en una simple entrevista. Bueno, en tres, porque él tampoco había estado muy acertado, y el Inspector Barriuso había sido tan diligente que había sacado de quicio hasta a Diego, y en los primeros quince minutos de entrevista.

– Y se pasó la lengua humedeciéndose los labios.

Joan se tiró en el sofá del salón de su casa. Manu le miraba entre divertido y preocupado.

 .

El inspector sacó unas fotos más antes de sentarse e indicar a Carlos que se sentara de nuevo.

– Cuénteme lo que pasó aquella noche.

– ¿Lo que pasó en dónde?

– En donde cojones estuviera Vd., no te jode, No me va a contar lo que pasó en Australia esa puta noche.

– Pues en el puto colegio en el que me encerraron mis padres. No hay más que contar.

– ¿A quién se follaba allí?

– A nadie.

– Mentira.

– ¿A Vd que le importa?

– Me interesa saber si esa noche follaste con alguien… por ejemplo… – el policía miró un papel de una carpeta – Joaquín Saiz.

Fue instantáneo. Carlos se levantó como si un resorte se hubiera accionado de repente, y se inclinó sobre la mesa, como si quisiera morder al policía.

– Eso es una canallada, puto inspector.

 .

– ¿Y quién es ese tío?

Joder, Joan, pues el director del colegio. Le han echado el año pasado por marica. Es un colegio de esos muy tradicionales, y a los dueños no les gustó que tuviera un director gay.

– ¿Pero el tío se tiraba a los alumnos?

– Qué va, según le ha contado Carlos, ese hombre tenía pareja, además mucho mayor que él. Para nada le iba el rollo joven. Pero era gay, y ya sabes que para algunos…

 .

Diego se levantó y le abrazó por detrás para que se tranquilizara. Poco a poco fue relajando y se volvió a la silla. Se sentó otra vez, pero cruzando las piernas a lo indio. Diego le reconvino de nuevo con la mirada, pero Carlos le ignoró.

– Nunca me puso un dedo encima, y tampoco lo hizo con nadie. Tenía su pareja estable desde hacía la hostia de años. Eso es una infamia, detective. – Carlos imprimió todo el desprecio del que fue capaz tanto a sus palabras como a su mirada.

– Él habló muy bien de Vd. Sr. Menéndez.

– Me ayudó mucho, y me apoyó, lo que casi nadie ha hecho. Le estoy muy agradecido.

– O sea que le tapó.

– ¿Pero qué cojones…? Dijo la puta verdad.

– Un compañero dijo que no estaba en su habitación.

– Mentira.

– O no.

– Sí.

– No.

– ¿A quién se follaba Sr. Menéndez?

– Qué manía tiene con el follar.

– Andrés Montalvo.

– ¿Qué pasa con Andrés Montalvo? – Carlos imperceptiblemente se puso a la defensiva.

– A ese, sí se lo follaba.

-Hacíamos un trío el director, Andrés y yo, no te jode.

– No pasa nada por que follaran.

– No lo hacíamos.

– Algunos dicen que sí.

– Mienten. A lo mejor son los que tienen algo que ocultar.

– Él era tres años mayor que Vd.

– No recuerdo – Carlos centró toda su atención en quitarse un padastro que había descubierto en el dedo anular de su mano izquierda.

– ¿Por qué lo tapa?

– No hay nada que tapar.

– ¿Entonces?

Carlos abrió los brazos y se encogió de hombros.

– Es su coartada.

– No necesito coartada. Perdón, corrijo, la tengo Me despertaron a las 4 de la mañana.

– Pero el profesor de guardia dijo que a las tres y media, cuando fue por primera vez a su cuarto no estaba.

– Y por enésima vez, estaba fumando un cigarrillo, porque no me podía dormir.

– Pudo ir hasta Palencia y volver.

– En bicicleta, no te jode.

– En el coche del director.

– Mientras se la mamaba.

– ¿Lo hacía?

– El qué.

– Mamársela.

– ¿Para que me dejara el coche? Por tiempos, no te jode.

– Lo ha dicho Vd.

– Buen intento, Sr. Inspector, pero deberá mejorar su táctica.

El Inspector Barriuso se levantó de la silla y se puso a caminar por la oficina.

– Intento entenderlo, D. Carlos.

– Buena suerte, no me entiendo ni yo…

– Y Vd. D. Diego Miguel ¿qué le ve para estar enamorado de este individuo?

 .

– ¿Y qué le dijiste?

– Jo, tío, me quedé a cuadros… no supe responderle. Luego me dijo que si era por sus atributos, o eso. Ahí ya sí casi le insulto. Carlos me contuvo.

– O sea que os turnasteis para tranquilizaros… menudos dos elementos… ¡joder!

– ¿Y cómo siguió?

 .

– El tabaco.

– No sé nada del tabaco. ¿No hay preguntas nuevas?

– Era Marlboro.

– ¿Y?

– Vd. fumaba Marlboro.

– No me dejaban fumar.

– Tampoco follar con tíos.

Carlos le miró desafiante.

– Su primo Martín dijo que…

– Mire, Sr. Inspector, detective, cabo o lo que coño sea usted – pronunció estas palabras con inconfundible tono de burla. – Ya dimos vueltas con sus “competentes” compañeros al paquete de tabaco. Lo tenía escondido en la cisterna del baño. Pero todos los sabían. Así que si alguien quiere cargarme el muerto de mis padres es lo más fácil dejarlo ahí.

– ¿Y quién es ese?

– Mire a ver los que discutieron con mis padres.

– Dígamelo Vd.

– Ni idea. Había tantos… Acabamos antes con los que no lo hicieron.

– ¿Y lo que dijo a sus tíos a la entrada del juzgado?

– No recuerdo – Carlos se incorporó ligeramente en la silla.

– ¿Por qué no colabora?

– Porque eso está en esos legajos que le han pasado sus compañeros. Se lo dije en una de las innumerables veces que me han interrogado. Con pelos y señales.

– Dígamelo a mí – el inspector arrugó la frente.

– Ya no lo recuerdo.

 .

– ¡Pero este chico es bobo! ¿Por qué no se lo contó?

– Ni zorra. Se lo intenté preguntar al salir de allí, pero tío, empezó a andar a paso legionario, y ya tenía yo bastante con respirar mientras andaba.

 .

– Lleva bien entrenado el encogerse de hombros. Le llevo contadas 34 veces.

Carlos lo volvió a repetir.

– Llevo ¿cuantos son? cuatro años con las mismas monsergas. Cuatro años contestando a las mismas gilipolleces. Cuatro años en lo que lo único que valía es que un día me rindiera y confesara. He tenido tiempo de entrenarme.

 .

– Y lo dijo sin inmutarse. Tranquilo, Serio. Con la mirada perdida en vete tú a saber dónde. Me dejó turulato. Y al poli también. Yo creo que fue la única vez que se le escapó un pequeño gesto de … tío, de admiración o de comprensión… no era yo capaz de definirlo… y ahora se me ha ocurrido. Le hubiera besado en ese momento… me pareció tan cansado, tan débil, tan… adorable…

– Bueno al menos…

– Pero duró solo un par de segundos, no te creas. Luego más caña.

 .

– ¿Por qué no me dice con quién estaba esa noche en el colegio?

– Otra vez, el puto colegio y esa manía de que…

– Pero si no pasa nada.

– No tengo por qué. Estaba en mi habitación. Y antes fumando un cigarrillo.

– No.

– Sí, joder.

– Andrés Montalvo.

– ¿Qué hostiaas..?

– Eran amantes.

– No.

– No pasa nada.

– Eso lo dirá Vd. Era virgen entonces.

– No se creerá que me voy a tragar eso – el inspector hizo una pausa en la que no dejó de mirar a Carlos, que le devolvía la mirada desafiante – No se va a enterar nadie – insistió el policía.

– ¡¡Ja!! ¡¡Qué chiste!! Hasta ahora, eh, si me he tirado un pedo, se ha enterado todo cristo. Si digo que he follado con alguien, mañana está en la portada de “El País”.

– Eso lo aclararía todo.

– No hay nada que aclarar, no hay nada, porque no puede haber nada.

– Hay restos…

– Joder, que estuve el finde anterior en casa. ¿No va a haber? Y semen de las pajas en las sábanas.

– ¿Deja el semen en las sábanas?

– Por joder.

– Eso es como lo de… ¿Picasso era?

Carlos se quedó un poco descolocado.

 .

– ¿Y como sabías que era Dalí?

– Joder, tío, si es una de las anécdotas más comentadas en cualquier sitio medio cultureta.

– Diego, eres un cultureta.

– Na, eso no…

– Diego nos esconde su personalidad. No nos esconde su sexualidad, pero sí que es un cultureta.

– No te rías, joder. Que estoy helado y perdido en una puta calle, y el mamón de Carlos…

– No cambies de tema y sigue. ¡No le preguntó nada de las amenazas?

– Sí, sí, ahora llega… aunque el tema lo sacó Carlos…

 .

– ¿Y tantas preguntas chorras repetidas una y otra vez, y no me va a hacer ninguna pregunta sobre las amenazas?

– ¿Qué quiere que le pregunte?

– Vd. sabrá, es el policía. Sus compañeros se han carcajeado. Lo mismo se piensan que es una jodida broma por el día de los inocentes o algo así, pero a mi ni puta gracia, pero ni puta gracia.

– Yo no lo tomaría muy en serio.

– No, claro, no. No lo tomamos en serio. Total, si le parten la crisma al Carlos Menéndez, Gilipollas de segundo, dos problemas menos. Un caso resuelto porque le metemos por el culo la culpabilidad de matar a su familia, como el jodido de él no deja a nadie que vele por sus derechos y fama y tal, y hala… todos contentos. Tampoco nadie les va a pedir responsabilidades y tal… o a lo mejor sí, porque a lo mejor ahora voy teniendo algunos amigos que son capaces de tocar la moral, no sé… Vd. verá. Pero me acojona… – no era la palabra que quería utilizar, pero no encontraba otra y no le apetecía parar su perorata – ver la diligencia que se toman Vd. una amenaza de muerte. Es que no han hecho ni una puta prueba a la caja, ni una puta llamada al mensajero, o a Correos o a quién hostias lo entregara… alucino con el peta…

 .

– Tío, se quedaron los dos un rato,con mirada fija asesina, como esas pelis del Oeste, el feo y el guapo…

– ¿Y quién es el feo?

– No me jodas, Joan, el feo está claro, tío. No vas a comparar… Carlos está mucho más bueno, y es guapo, muy guapo diría yo.

– Pues el Inspector tiene su morbo.

– No me joda Joan. Me preocupas. Es feo con avaricia, y es viejo…

– Oye, no te lo consiento, que es cinco años más joven que mi marido.

– Joder, perdona, no… soy un mete patas…

– Na, lo he dicho para picarte.

– Si además ahora tú… ¿Qué tal con Manu? ¿qué estáis haciendo por ahí? – Diego imprimió un tono jocoso y provocativo a sus pregunta para devolverle a Joan su bromita sobre la edad de su marido.

– Nada – a Joan se le notaba que no podía responder como quería, así que decide transmitir la pregunta a Manu – me pregunta Diego que qué estamos haciendo.

– Dile que follar sobre la mesa; será seguro lo que quiere oír – Diego lo escuchó de fondo con la suficiente nitidez para percibir que a Manu la situación no le hacía ni puta la gracia.

– Vale, vale, qué tensión… era una broma… dile que…

– Na, tranki – Joan le quitó importancia al tema – ¿Y cómo acabó la cosa?

 .

– No se deja ayudar, Sr. Menéndez.

Carlos se quedó callado, otra vez medio traspuesto, con la mente vagando por muchos sitios, y por ninguno.

– No espero ayuda, ya hace tiempo que desistí. Todos los que me han ayudado en algún momento, acaban mal. Joaquín despedido por homosexual. Montalvo, al que le quieren cargar mi coartada. Con la de problemas que tuvo con los interrogatorios y las insinuaciones de sus compañeros y sus padres… y con él mismo…

 .

… y me miró de una forma, jo, Joan, me derretía…en ese momento le hubiera pedido que se casara conmigo.

 .

– … que el pobre, que ha roto mis corazas, y que se ve en medio de toda esta mierda, con la mierda que él tiene ya que tragar… y a aguantarme mis días de bajón, como el que tendré sin duda mañana… o Joan, gastando sus influencias en mí, y vete tú a saber a cambio de qué, o lo que le costará… Darío, un chico que se juntó a mí en Alicante, y al que apedrearon por mi culpa en una concentración en mi contra… le rompieron la nariz. O Candela, mi amiga de Palencia a la que dejaron de lado sus amistades por ser mi amiga, y que al final se tuvo que ir a trabajar a Estados Unidos, porque no aguantaba la presión. ¿Ayuda? Casi me tienta en dejar a Diego y al resto para que no sufran. ¿Ayuda? Solo quiero la verdad. Y vivir en paz.

 .

– El inspector cerró ahí su carpeta y se quedó mirándonos. Y Carlos, es cierto, joder, después de decir eso el poli, me fijé, y es cierto, el tío encoje los hombros un montón… y es tan adorable cuando lo hace.

 .

– ¿Soy adorable?

 .

– Te dejo, Joan, que ha vuelto el capullo éste.

 .

– ¿Ya no soy adorable? ¿Ahora soy capullo?

Diego colgó a Joan sin siquiera despedirse. Y se levantó del banco a trompicones porque se había quedado entumecido mientras hablaba con Joan y las piernas apenas le sostenían. Pero Carlos estuvo atento y le sujetó para que no se cayera.

– Tú lo que querías es que te abrazara.

– Que… – iba a poner una disculpa pero se lo pensó mejor – pues sí, porque me has dejado tirado, y necesito mimos y abrazos.

– ¿No tienes miedo de mí, todo un asesino?

Diego se quedó pensando en una respuesta, pero ninguna le gustaba. Se quería enfadar por esa bobada, pero no le salía. Quería protestar por esa afirmación… pero no le convencía… al final agarró la cabeza de Carlos y se la acercó a la suya, besándolo como nunca lo había hecho hasta ese momento.

– Joder – dijo Carlos recuperando la respiración cuando Diego separó su boca – es el mejor beso de mi vida.

Se quedaron los dos mirándose, como estudiando el estado del otro, si estaba bien, contento, preocupado, triste…

– ¿Vamos muy rápido? – dijo con miedo Diego de repente. – Es que a veces no me lo puedo creer… el día que me conozcas de verdad tengo miedo de que te vayas…

– Nunca he tenido ganas de ir… así que no sé si vamos o no vamos rápido. Sólo sé que si sigo en Burgos, es por ti. Y lo sabes.

Diego sonrió.

– ¿Te apetece que vayamos a esa cafetería? Están Jaime y Ricardo, les he visto por la ventana.

– Huy, a lo mejor…

– Va, no creo. Si vemos que molestamos, nos vamos a besarnos a la calle.

– ¿Y si nos quedamos directamente en la calle? – contestó Diego haciendo pucheros.

– Estás helado, Dieguito. Y no quiero que te pongas malo.

Carlos lo envolvió con los brazos, y así, caminando él de medio lado, y Diego a trompicones, porque se tropezaba de vez en cuando con él, recorrieron los pocos metros que les separaba del Carmen 13.

– ¿Cuando me vas a contar lo de Montalvo?

Carlos se paró un momento para mirar la cara de Diego. Sonrió…

– Esta noche, cuando los dos estemos en la cama, en penumbra…

De repente al girarse para mirar a Diego, Carlos se chocó con alguien.

– Perdona – dijo Carlos rápidamente girándose para encarar a la persona con la que había tropezado.

El señor ni siquiera se paró. Llevaba una gabardina sucia, ajada, que casi arrastraba por el suelo. Y fumaba un cigarrillo. Llevaba un sombrero calado hasta las cejas que impedía a cualquiera que le mirara, ver su rostro.

– Huy que yuyu – susurró Diego.

Carlos se quedó pensativo. Recordaba a ese hombre, al menos le recordaba algo… ¿Un sueño quizás? Un sueño de hacía mucho tiempo… ¿O de verlo en algún sitio?

– ¿Le conoces? – le preguntó al verle la expresión que tenía.

Pues no lo sé, pero… sabes, he tenido la impresión de que me recuerda a alguien… va, no tiene importancia…

– Mejor, porque así no te me vas del tema… ¿Vamos a estar esta noche en penumbra en la cama?

Carlos asintió con la cabeza mientras sonreía.

– ¿Y vamos a…?

– Te voy a contar lo de Montalvo…

– Y haremos algo más – Diego puso cara de picaruelo.

– Sólo satisfaré tu curiosidad.

– Pero también tengo curiosidad por si…

– Calla, que ahí están Jaime y Ricardo.

Ya habían llegado a la cafetería. Carlos abría la puerta y le dejaba pasar a Diego delante, dándole un ligero azote.

– Me encanta tu culo, Dieguito… pero no se lo digas a nadie, y disimula…

Diego no pudo responder porque tuvo que atender al saludo de sus amigos.

– ¡Anda! Pero mira quién llega – Ricardo les había visto, y les llamaba para que se acercaran.

– Luego me las pagarás – le susurró dándose la ligeramente la vuelta.

El hombre de la gabardina se quedó parado al lado de una farola que había en el cruce de las dos calles. Se apoyó en ella, y miró hacia atrás, hacia las ventanas de la cafetería. Sonreía mientras veía a Diego, Carlos, Ricardo y Jaime como se saludaban con unos besos, y como reían despreocupados y relajados.

Si alguien hubiera podido traspasar el aura negra que rodeaba su rostro, hubiera visto un brillo especial en sus ojos azabaches, y una ligera mueca en su rostro, que quería asemejarse a una sonrisa satisfecha.

 ________

Una buena mañana para correr (Capítulos 1 al 96) Historia completa seguida.

Una buena mañana para correr (II) (capítulo 97 a final)
Historia por capítulos.

Anuncios

4 pensamientos en “Una buena mañana para correr (97),

    • PFE, el amor es muy bonito… pero también es muy aburrido para verlo… así que habrá que hacer algo para que el público se divierta… 😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  1. Pero oye, a estos chicos habrá que darles un respiro y dejarles disfrutar un poco del pedacito de felicidad que les corresponde. Yo creo que deberías coger al amigo éste de la gabardina y llevártelo en plan visita a los tíos de Carlos o al inspector ese. Aunque ya se que no me vas a hacer ni caso 😛

    Abrazos

    • Pucho, la vida es una montaña rusa…
      Y sabes, yo no es que te haga caso o no, es que los personajes tienen vida propia… lo siento.
      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s