Una buena mañana para correr (98).

– No me hace ni puta la gracia, Joan, no me jodas. Ahora todos piensa que estamos en la cama, y luego serán las coñas, las miraditas, y no, y mi hermano tío, no estoy preparado, joder, incluso tú querías follarme esta noche, y no estoy preparado, joder, es que…

Joan se acercó y como en ese momento hacía Diego a las puertas del Carmen 13, Joan calló a Manu cerrándole la boca con sus labios. Lo besó con decisión, con ganas, pero a la vez con delicadeza, suavemente, jugueteando con su lengua, recorriendo despacio pero decidido cada recoveco de su boca…

Manu le devolvía el beso. Pero su cabeza era una locura de pensamientos, de contradicciones. Estaba muy bien así, pero el pensar que ese beso, y los siguientes, le fueran a llevar a la cama, o a tener que parar a Joan, le ponía muy nervioso. Y sobre todo lo que pudiera pensar Ricardo cuando se enterara. Al fin y al cabo Joan había sido su amor inalcanzable durante mucho tiempo.

Joan se separó de él y le miró desde una distancia.

– ¿Por qué estás nervioso?

– No, yo…

– Manu, que te conozco desde los 14 casi. Que has sido la sombra de mi mejor amigo y por tanto la mía. Y que eres su hermano, que os parecéis en más de lo que quisierais ninguno…

– No …. – Manu hizo amago de levantarse del sofá, enfadado, pero Joan le paró primero con la mirada y luego poniendo su mano sobre su pecho.

– No te enfades, Manu. Cuéntame que te pasa… confía en mí, me contaste…

– Pero es distinto, ahora, joder, no se si lo entiendes, entonces era alguien con el que hablaba, pero ahora eres tú implicado en el tema, no sé si me entiendes, joder, es que te quiero, por una parte, y me pones, la verdad, me pones… joder Manu, esto no hubiera jurado decirlo apenas hace un par de semanas, que digo semanas, un par de días, o a lo mejor dos días sí, o tres, pero antes lo juro, nunca pensé que decir esto de un pavo, y encima de ti, al que odiaba con todas mis ganas, o eso creía, sabes, pero es que… joder no te puedo decir que me pones, que me eso, y que a la vez me da asco montármelo contigo, porque no sé… joder es que no se follar con un tío, y no quiero cagarla, joder, y te veo el paquete y por un lado se me pone dura, y me metería en el ahí a chupar y lamer y morder y todo, joder, pero tío, por otro lado, pues como que me da repelús, porque tío, es que eso de chupar una polla, joder que, y eso de que me penetres, o hacerlo yo contigo, joder, pues joder es que me asusta, y en mi cabeza, joder, en mi cabeza no sabes, no sé, no acaba de entrar la cosa, no me acostumbro de verme ahí espatarrado con las piernas abiertas, y tú escupiendo en tu mano, joder. O… yo… es que… Pero es que tío, no me mires así. Joder no me beses otra vez que me mola y me pones joder, que me va a estallar el pantalón, joder… Joan, no me mires así…

– Joder…

Manu se levantó del sofá, pero Joan le cogió la mano antes de que pudiera alejarse. Se quedó quieto, sujetándolo, sin tirar hacia él, pero tampoco sin dejarle marchar. Manu tampoco hacía nada por irse. Simplemente miraba al otro lado de la habitación, mientras intentaba secar con su otro brazo la humedad que llenaban sus ojos.

– Joder, tío estoy hecho un lío, joder, y tú seguro que querías follar hoy…

– Tch, calla, Manu, sí, claro que… pero no… no se trata de follar, se trata de amar, joder, de tocarse, de besarse, de esas cosas que haces con las chicas, pues es lo mismo…

– Yo con las chicas… joder, tío, si es que he follado mucho, pero, joder es que… si…

– Tranki, y mírame, Manu. Ven…

Joan se levantó sin soltarle la mano. Y le abrazó por detrás.

– Jo, no… es que si me abrazas así… me derrito, jo… es que soy un puto imbécil, es lo que piensas, joder, Joan, es que… joder… lo sé, no valgo para nada, pero mi coco, está como un cencerro, echa humo, joder mira… es que esto es una mierda, joder….

– ¿Quieres callar un rato, Manu?

Desde que Joan abriera la puerta de su casa cuando Manu llamó a la puerta, nada había salido como Joan lo había previsto.

– Le he pedido a mi madre que me prestara. No tenía un puto pavo, pero no era cuestión de venir con una mano delante.

Manu estaba en la puerta con una pizza en una mano, y un botellón de Pepsi de dos litros en la otra.

– Domino’s, tú sabes – Joan sonrió pensando en lo que haría con la cena que había preparado.

– Están más guays sí. ¿Puedo entrar?

– Huy, perdona, es que me había quedado…

Joan se apartó de la puerta. Manu le sonrió nervioso y entró directo al salón. Aparcó la pìzza y la bebida en la mesa del centro, y se quitó el anorak. Se quedó de pie, inquieto, sin saber muy bien que hacer. Joan se acercó por detrás y le abrazó la cintura, besándole en el cuello. Manu reaccionó como si le hubieran dado un calambre.

– ¿No te gusta?

– Si, no es que. Joder, es que… no… estoy un poco nervioso y no sé… la madre, que difícil es esto… no puedo… no sé… esto es difícil para mí… nunca lo he hecho…

Joan levantó las manos como si estuvieran dentro de una película de gánsters y le estuvieran apuntando con una de esas ametralladoras típicas de los mafiosos que traficaban con alcohol en Estados Unidos en la época de la prohibición.

– Tranquilo. Hey… – le pasó un dedo por la mejilla, rozándosela suavemente – no pasa nada. Voy a la cocina a por unos vasos. ¿hace?

Aprovechó para guardar la ensalada de Gulas y manzana que había hecho, y el pollo guisado.

– Al menos comeremos tarta de crema y chocolate – murmuró Joan.

Empezó a sonar música en el salón…

– ¿Te importa que lo deje?

– No, para nada, estás en tu casa. Puedes hacer lo que te de la gana, como si te quieres desnudar.

Manu lo miró nervioso. No sabía a ciencia cierta si era una proposición, o simplemente una invitación, o una frase hecha para que se sintiera cómodo.

– Manu, relájate – le tuvo que decir Joan que se había dado cuanta de su incomodidad – que era solo coña, que no te voy a atar a la mesa y a romperte la ropa a dentelladas…

Pero Manu no acababa de relajarse. Joan inició una charla intrascendente llena de bromas, de exageraciones, en su mejor estilo conquistador deslumbrante. Y le deslumbraba… vaya que sí… “si hubiera podido sacar mi cena, éste estaría ya conquistado del todo”.

– Está guay la pizza. Me gusta la salsa barbacoa ¿a ti? – dijo Manu.

– Me encanta, pero más me gusta en los besos.

Joan se intentó acercar a Manu para besarlo pero éste se alejó lo suficiente para que no lo consiguiera.

– Me estás haciendo la cobra – le dijo medio en broma Joan.

– No, es que estoy comiendo – era la primera disculpa que se le ocurrió a Manu.

Joan se le quedó mirando un rato mientras Manu hacía que comía sin preocuparse de más. Joan estaba empezando a estar frustrado. Él se había imaginado las cosas de otra forma. Él se imaginaba que iban a tener una reunión íntima con mucho cariño, con muchos roces, besos. Lo necesitaba. Necesitaba eso ya… en poco tiempo Manu había crecido dentro de él. Ese comportamiento que tuvo en el entierro de Fermín, quizás fue el momento en que le convenció de que era la persona que necesitaba.

Era todo lo contrario de Nacho, tanto en edad como en forma de ser. Pero Joan no había sido nunca de un tipo de hombre prefijado. Le conquistaban las personas, las formas de ser. Y el hermano de Ricardo, que hasta hacía poco tiempo le denostaba con miradas de asco y odio en cuanto tenía oportunidad, le había ganado en pocos días, rompiendo radicalmente la dinámica de su relación hasta ese momento.

Quizás fue en ese momento en que le contó sus secretos, en que confió en él para esos temas tan delicados.

– Manu, te quiero, te deseo.

Lo soltó de repente, sin anestesia. No se aguantaba. Necesitaba recorrer su cuerpo con delicadeza, sentirle. Necesitaba ese cariño, necesitaba apoyarse en alguien. No le valían sus amigos, Jaime, Ricardo, los clientes, no… necesitaba ese plus más… ese plus que estaba convencido que Manu le podía dar… y tenía prisa…

Manu casi se atraganta cuando escuchó eso. No era porque no lo esperara… ¿Por qué había aceptado esa cita si no estaba dispuesto a hacerlo, si no estaba preparado? “Es que lo estás deseando más que él”. “Pero tengo miedo” “¿Me doy asco?”

Algo de eso rondaba su cabeza. No lo quería decir en voz alta, siquiera se atrevía a formar esa idea en su cabeza. Él que siempre había apoyado a su hermano homosexual, que era muy moderno, de familia nada cerrada para eso, resulta que no podía simplemente imaginarse haciendo sexo con un hombre.

Quizás había jugado todos esos años a ser un gigoló, a conquistar a toda chica que se pusiera por delante. Quizás esa idea que se había formado de él en la cabeza, se le había arraigado tanto que no podía liberarse de ella. “pero si nunca has llegado a disfrutar de las chicas”. Pero eso no era suficiente. “Ese beso de la calle de esta mañana ha sido bestial” Pero no era suficiente.

– No, no sé… Joan… necesito tiempo…

Manu balbuceaba. Joan le miraba expectante, apenas conteniendo su necesidad, su pasión, su excitación… empezaba a enfadarse… y justo sonó el teléfono:

– Diego, ¿Cómo ha ido?

Joan se levantó del sofá y empezó su conversación con Diego. Caminaba mientras hablaba por todo el salón. Evitaba mirar a Manu que se había recostado en el respaldo del tresillo. Respiraba aliviado y rezaba porque la conversación durara lo suficiente para que la situación cambiara. Buscaba una explicación, una respuesta, una postura. O un camino de huida. Se le pasó por la cabeza decirle que se había equivocado, que no le gustaba, pedirle perdón, y que Joan le odiara por el resto de su vida. Pero… no podía perderlo, es que lo amaba… es que cada vez estaba más convencido que lo amaba desde que Ricardo se lo presentó… desde que no era más que un criajo, la mosca cojonera de su hermano…

Se levantó y cambió la música.

– Nada me pregunta Diego que qué estamos haciendo.

Manu se da la vuelta y mira a Joan, que le miraba con cara de broma.

– Dile que follar sobre la mesa; será seguro lo que quiere oír.

Joan cambió el gesto para seguir con su conversación.

– Na, tranki – le dio la espalda a Manu – ¿Y cómo acabó la cosa?

Y siguieron hablando un rato, mientras Manu se sentaba con poco ánimo en el tresillo. De repente se dio cuenta que todos pensaría que esa noche Joan y él habrían follado, y otra vez le entraron náuseas al imaginarse la escena…

– Me ha colgado el mamón.

– No me hace…

Y el beso

Y Manu balbuceando… “joder, joder es que no lo entiendes… es que no me entiendo… es que esto es difícil… “

Y Joan perdido…

– ¿Quieres callar un rato,Manu?

Joan casi pegado a su cuerpo pensaba a toda prisa algo que le pudiera tranquilizar. Le notaba temblar… ya casi no podía pensar en una noche de amor, como se había imaginado. Lo que intentaba era encontrar la forma de no perderlo.

Pero si Joan sentía ese temblor, para Manu era insoportable, porque se daba cuenta que Joan lo sentía… y le daba vergüenza… y no quería perderlo, porque… pero…

– Me voy, esto ha sido un error, perdóname. Me supera… esto me supera…

Y cogió su anorak y sin dejarle tiempo a reaccionar, salió de la casa de Joan corriendo sin siquiera cerrar la puerta.

Joan no se lo pensó. Ni siquiera se puso un abrigo, ni siquiera se puso unos zapatos, salió como estaba tras él. Bajó las escaleras dando saltos, y cuando llegó a la puerta, tuvo tiempo de ver que Manu había tirado hacia la derecha, y que corría. El hizo lo mismo, le siguió corriendo… pero Manu le sacaba cada vez más distancia.

– Tengo que volver a correr por las mañanas, joder – musitaba Joan mientras intentaba acelerar el paso – Esto de correr detrás de él se está convirtiendo en una jodida costumbre.

Manu giró por una calle a la derecha y Joan aceleró la carrera todo lo que le daban las piernas. Pero tomar el mismo giro que había hecho su amigo, tuvo que refrenar su carrera, porque allí estaba él, agachado, vomitando.

Se acercó despacio, intentando recuperar el resuello. Se agachó a su lado, y le puso la mano en la frente. Tuvo miedo de que Manu lo rechazara, pero no lo hizo. Aunque hubiera querido no tenía fuerzas. Poco a poco fue pegando su cuerpo al de él.

– Tranquilo, todo está bien, Manu, tranqui… cariño… todo está bien…

Manu se abandonó en sus brazos y se echó a llorar. Joan le besaba en el pelo, mientras le recorría el brazo con sus manos.

Poco a poco tiró de él, para que se levantara, y le fue llevando a su casa de vuelta.

– Ya están borrachos, estos jóvenes…

Una pareja de señores mayores les miraban con asco y pena a la vez.

– Métanse en sus asuntos, joder. Mi novio está enfermo ¿No se dan cuenta?

Lo dijo por joder, para que se escandalizaran más.

Pero Manu arreció en su llanto.

– Tienes una mierda de novio – soltó de repente.

– Eso es una puta mentira. Tengo el puto novio que quiero. Y es el puto mejor novio del mundo.

Y Joan le apretó más contra sí.

Y Manu le rodeó la cintura con sus brazos.

Y suspiró.

Y lloró. ¡¡Joder!!

 ________

Una buena mañana para correr (Capítulos 1 al 96) Historia completa seguida.

Una buena mañana para correr (II) (capítulo 97 a final)
Historia por capítulos.

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7 pensamientos en “Una buena mañana para correr (98).

  1. Lo que todos piensan, lo que debería suceder, lo que no tendría que ocurrir, lo que el otro espera…. Me parece que hay demasiado ruido para poder escucharse uno mismo, para permitir que sean sus sentimientos los que decidan y dejar que simplemente las cosas tomen su camino.
    Como ha dicho Virginia, un gran capítulo. Ese momento en el que Joan pasa de temer que se arruine la noche al miedo de perderlo por completo me ha parecido increíble. Te felicito.
    Muchísimas gracias

    Abrazos

    • Pucho, me alegra que te haya gustado.
      Siempre tenemos ruido a nuestro alrededor, aunque nos queramos convencer de que estamos por encima de todo. No sé.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Me sumo a @Pucho y @Virginia en aplaudir ese gran capítulo… A pesar de los pesares estamos educados para ser heterosexuales y aceptar un amor como ese… Como dice @Pucho hay demasiado ruido.

    Muchas gracias

    Un abrazo.

  3. Pingback: Propuestas de Pucho para el recopilatorio del 4º aniversario. | el rincón de tatojimmy v.2.0

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