Las historias de Ebro: El arcón de los sueños perdidos.

Preámbulo: 

 Esta historia nació de una reunión de tres amigos, en la cual todos escribimos un relato sobre un mismo objeto. Así nació Ebro.  Originariamente este relato está publicado en el blog de Saiz. Hoy lo traigo aquí para que Ebro tenga todas sus historias en el mismo espacio.

Luego Ebro renació para un cuento de Navidad. Y seguirá con más historias, seguro. Pincha aquí para ver todas sus historias.

Espero que os guste.

________

Hacía una tarde calurosa. Unas nubes negras y amenazadoras empezaban a cubrir los cielos del valle. Esto daba mucho juego en la taberna del pueblo, relegando por un día al fútbol o al pasado “qué tiempos aquellos”: todos tenían una opinión sobre lo que iba a tardar en llover.

– Antes de que anochezca, te lo digo yo – decía Remigio dando un golpe en la barra con la mano para darle más fuerza a su afirmación.

– En menos de una hora, ya verás. Me apuesto la siguiente ronda de vinos – aseguraba José Luis.

– Hoy no va a llover. El aire viene del oeste – rebatió Demetrio a sus dos amigos, apurando su vaso de tinto y dejándolo en la barra para que Rufina, la tabernera se lo rellenara junto a los de sus amigos – llena los vasos Rufina que tienen agujeros, y se la apuntas al Joselu que se ha puesto de ronda.

– Eso habrá que verlo – repuso el aludido.

Ebro, estaba sentado en una mesa. Como todos los veranos había ido a pasar las vacaciones del verano con sus abuelos. Pero este año no era como los demás. Este año, sus padres habían vuelto a la ciudad, sin quedarse allí más de un par de días en el primer fin de semana de julio. Ni siquiera llamaban todos los días. Otros años su madre se quedaba casi todo el mes de julio y parte de agosto, y su padre venía este último mes entero.

Ebro tenía 9 años. Era rellenito y un poco más alto de lo que le correspondía para su edad. Tenía unos ojos muy grandes, marrones, que llevaba siempre muy abiertos. Parecía que quería quedarse con los detalles de todo lo que sucedía a su alrededor, por pequeños que fueran. Se había vuelto muy callado. Ni siquiera su abuela, a la que quería con locura, lograba sacar de él más de cuatro palabras seguidas. Ni preguntándole lo que quería que le hiciera para comer. Se encogía de hombros, y al final acababa diciendo un escueto “lo que quieras abu”.

Su abuelo Demetrio se lo había llevado a la taberna. No lo solía hacer porque la taberna no le parecía el mejor sitio para que pasara toda la tarde un niño de 9 años y menos en compañía de vejestorios como él y sus amigos. Pero ese día le había visto especialmente triste. Su abuelo sabía que antes, le gustaba ir con él y se lo pasaba bien escuchando las discusiones que tenía con sus amigos. Los miraba alternativamente con esos ojos grandes y abiertos y luego, al volver a casa, le decía: “abu, tú tenías razón”. Y su abuelo le sonreía y le contestaba: “Tú si que sabes, Ebro. No como esos garrulos.” El niño parecía que se había animado un poco cuando se lo propuso. Ahora lo miraba de reojo, y veía que el efecto taberna, si es que había existido al llegar, ya se había pasado.

Se acercó a él con un vaso de naranjada “especial de la casa”, que decía Rufina, y se sentó. El niño bebió medio vaso de un trago, y dejó el recipiente en la mesa. Se quedó mirando a su abuelo en silencio, con los hombros caídos y los ojos tristes.

– ¿Por qué no vas a ver a tu prima Miranda? Seguro que…

Pero Demetrio vio por el gesto del niño, que no era un plan que le apeteciera mucho. Antes se llevaba muy bien con su prima, que era un par de años mayor, pero este año, la niña se había hecho todavía más mayor, y procuraba distanciarse de su primo pequeño, al que veía de repente como un mocoso. Y éste, claro se había cansado de sufrir sus desprecios.

– ¿Prefieres irte a casa con la abuela?

El niño se encogió de hombros, lo que su abuelo interpretó como un “sí”.

– ¿Vas tú solo? Le dices a la abuela que enseguida iré. Y si te pregunta dile que solo he tomado dos vinos – y le guiñó un ojo con complicidad.

Ebro acabó su naranjada “especial de la casa”, y se fue caminando despacio, mirando al suelo.

Su abuela estaba haciendo punto sentada en el porche de la casa. Lo hacía en su mecedora preferida: ese suave balanceo conseguía relajarla y hacer que se olvidara de todas sus preocupaciones y achaques “qué ya tengo una edad”. Tejía un jersey para su nieto Ebro, para que lo usara en el invierno. Al verlo acercarse, después de observarlo de reojo por encima de sus gafas durante un rato y hacer una mueca de resignación, disimuló poniendo la labor que había hecho esa tarde, para comprobar que el tamaño era el adecuado.

– ¿Por qué no subes al desván, y me bajas un par de ovillos de la lana que hay a la izquierda, según subes, en una repisa?

El niño se giró despacio dispuesto a cumplir el encargo de su abuela, aunque no le apetecía mucho. No tenía ganas de subir todas las escaleras que llevaban al desván. Pero no era capaz de decirle nada a su abuela. Era la persona que más quería en su vida.

Así que subió las escaleras con desgana, con los hombros un poco más caídos, si es que eso era posible.

Cuando llegó y encendió la luz, miró a la izquierda, como le había dicho. Y en la repisa, no había nada que pudiera parecerse siquiera lo más mínimo a la lana que le había pedido su abuela. Solo vio trastos viejos, y un manojo de tela sucia. Empezó a buscar entonces en las baldas que había por ese lado de la enorme habitación, pero no vio lana en ningún sitio. Encontró más telas antiguas, sábanas y mantas retiradas porque estaban rotas, muchas cajas con los juguetes viejos de su madre y de sus tíos, algunos incluso de sus primos mayores. Herramientas de su abuelo, bombillas de repuesto, unos azulejos iguales a los del cuarto de baño del piso de arriba que acababan de reformar… pero no encontraba la lana que le había pedido su abuela. Iba a bajar a preguntarle, pero se lo pensó mejor, no fuera que tuviera que subir otra vez. Y pensó que ahorrarse esa cantidad de escaleras, bien merecía el que echara otra mirada a todo el desván.

De repente le llamó la atención un pequeño escenario de teatro. Recordó las historias que le contaba su madre cuando era más pequeño y no se dormía, sobre las representaciones de marionetas que hacían los abuelos. Se acercó despacio hacia él, como si temiera que se esfumara, si iba muy deprisa. Ya casi estaba a su lado, casi lo podía tocar si estiraba el brazo. Pero iba tan absorto en el teatrillo, que no vio el baúl que había en el suelo justo delante, y tropezó con él, con tan mala suerte que cayó al suelo y a su vez, el baúl se volcó sobre uno de sus lados, abriéndose la tapa y cayendo un montón de pequeñas cajas de todos los colores, un poco más grandes que un paquete de tabaco.

Ebro se asustó, pensando que su abuelo se enfadaría porque había tirado el baúl. No sabía por qué se le había ocurrido esa idea, en realidad no recordaba que su abuelo se hubiera enfadado nunca con él. Pero siempre le decía que tuviera mucho cuidado de no tirar nada al subir al desván y le tomaba el pelo porque a veces era un poco patoso. Quizás ahora sí le echara la bronca. Su abuelo no… no lo soportaría; ya le bastaba con que sus padres estuvieran enfadados y le hubieran dejado solo todo el verano.

Se levantó presuroso, e instintivamente miró hacia la puerta, para comprobar que ni su abuelo ni su abuela subían para ver por qué tardaba tanto en bajar. Una vez que estuvo seguro de que nadie subía, colocó de nuevo el baúl en su posición normal, y fue metiendo las pequeñas cajas en él.

Ya había metido la mitad, cuando se fijó en que una de ellas llevaba escrito el nombre de su madre: Teresa. Fue a colocarla con las otras, pero la curiosidad le pudo, y la abrió.

Había una pequeña piedra de río, de esas planas, como las que su abuelo tiraba al agua, para que fueran rebotando varias veces, hasta que se hundían en el agua. La dio varias vueltas en la mano, buscando un sentido para que esa piedra sin nada especial, estuviera guardada en una caja con el nombre de su madre. Nunca en su vida, había visto una piedra del río guardada en una caja.

Se fijó en el resto, y todas llevaban un nombre: Jesús, Ubaldo, María, Remigio, Matilde, Perico… casi todos los nombres eran de algún miembro de la familia, o eso creía al menos.

Volvió a coger la piedra que había en la caja de su madre y la volvió a mirar de todas las formas posibles. De repente se fijó que estaba un poco sucia de tierra en uno de los lados, y la frotó con su mano, para que quedara limpia.

Sin saber como, una luz apareció de la piedra, y de esa luz, aparecieron unos personajes que se movían y hablaban. Era como si se hubiera empezado a proyectar una película en el aire. Su madre era casi una niña. Apenas la hubiera reconocido si no hubiera visto las fotos del álbum familiar. Salía guapísima en las imágenes.

“Yo quiero vivir en Nueva York, y parecerme a la princesa Grace de Mónaco. Ir a las fiestas con esos vestidos preciosos, y que todo el mundo me saque fotos.”

Cuando las imágenes desaparecieron, la luz que había servido como marco a las mismas, apenas se mantuvo en el aire unos segundos más, aunque Ebro, todavía sorprendido por lo sucedido, no apartaba la vista de ese lugar.

Cogió otra caja. En ésta ponía Ernesto.

Ernesto era su tío abuelo. Murió antes de nacer él en un accidente de coche. Su madre decía que era uno de los hombres más alegres que había conocido. Era el encargado de animar todas las fiestas familiares y tenía cantidad de amigos y conocidos.

Abrió la caja, y dentro de ella apareció otra piedra, también de las planas para poder tirarlas al agua, y que rebotaran. Se quedó mirándola un rato, hasta que se decidió a frotar uno de sus lados, como había hecho con la anterior. Otra vez se repitió la misma escena, saliendo una luz de ella, y unas imágenes empezaron a proyectarse: su tío Ernesto, con apenas 20 años, se besaba con otro chico. Se miraban con lo que a Ebro le pareció una cara de enamorados. Esto le despistó un poco, porque según él sabía, su tío abuelo no había tenido nunca pareja, ni hombre, ni mujer.

– Eso es un sueño perdido, Ebro.

El chico dio un salto del susto a la vez que se le escapaba un pequeño grito; se dio la vuelta lo más rápido que pudo, tropezando de nuevo con el baúl cayendo otra vez al suelo; todo esto sin apartar la vista de su abuelo estudiando sus reacciones, por comprobar si se enfadaba con él o no. Él lo miraba fijamente. Ebro no sabía interpretar si su abuelo estaba enfadado, o si por el contrario, lo que mostraba era preocupación.

– El tío Ernesto estuvo enamorado de su amigo Juan. Eran una de las parejas más bonitas que he visto en mi vida. Pero eran otros tiempos, y entonces, que dos hombres se amaran y vivieran como pareja, no estaba bien visto.

– ¿Y qué pasó? – preguntó titubeante Ebro.

– A Juan lo encontraron muerto una mañana del mes de enero, en la cuneta de la carretera que lleva a la ciudad. Tu bisabuelo en cuanto se enteró, envió a Ernesto a vivir una temporada fuera del pueblo. Esa noche iban a encontrase, pero Juan nunca apareció. Y mi padre, temió que vinieran luego a por él. Ernesto estuvo una temporada muy triste, sin ganas de hacer nada que no fuera llorar y llorar. Intentó incluso hacerse daño.

– ¿Y por qué la piedra?

– La piedra es mágica. Todas esas piedras lo son. Ahí están guardados los sueños perdidos, los sueños que de seguir rondando la cabeza del que los tienen, les impedirían vivir sin estar amargados por no haberlos cumplido.

– ¿Y el de mi madre?

Su abuelo sonrió.

– Tu madre era muy soñadora. Le gustaban las películas de princesas y llegó a ser para ella una obsesión. Quería a toda costa ser Grace Kelly, actriz de Hollywood convertida de repente en Princesa de Mónaco. Pero no quería ser una princesa cualquiera, quería ser Grace.

– ¿Y tú, abuelo? ¿Tienes una caja también?

Demetrio se agachó y rebuscó en el baúl. Al cabo de un rato, tendió a su nieto una caja verde. Ebro la abrió despacio, y allí estaba la piedra. Miró a su abuelo, que con un ligero gesto de cabeza, le dio permiso. La frotó como las otras, y volvió a teñirse el aire con una luz brillante, y unas imágenes bailando en ella.

Su abuelo estaba en la ciudad, con una corbata y un maletín de médico. Estaba visitando a un enfermo que parecía iba a morirse, pero su abuelo lo salvaba.

Ebro le miró interrogante.

– Yo quería ser médico. Tan pesado me puse con ello que mi padre me mandó a estudiar a Madrid, haciendo un gran esfuerzo económico. Pero a los dos años, pasó lo de Ernesto y Juan, y no había ya dinero para que siguiera estudiando. Ernesto pasó muchos años fuera, y eso era caro. Tuve que volver a ayudar a mis padres con las tierras y el ganado. Era el mayor.

– Y yo ¿Puedo encerrar mi sueño?

Su abuelo lo miró sorprendido.

– Pero solo hay una oportunidad. Si encierras ahí un sueño, no podrás hacerlo luego con otro, cuando seas mayor.

Ebro se quedó cabizbajo dudando.

– ¿Puedo? – volvió a decir el niño.

El abuelo no contestó. Se dirigió a una caja que había escondida en el fondo de una estantería, a la derecha de dónde estaban. Volvió con una piedra en la mano, parecida a las anteriores, quizás un poco más pequeña, y una cajita de color azul, que él sabía que era el color preferido de su nieto. Extendió su brazo, y le puso en su mano la piedra.

– Cierra los ojos. Pon tu otra mano sobre la piedra… así… que quede entre las dos manos. Aprieta fuerte… así. Piensa en lo que quieres olvidar, en ese deseo que te hace estar todo el día obsesionado. Ponlo en imágenes… las que se te ocurran… o unas palabras…

De las manos del niño empezó a salir una luz azul, igual a la de la caja. Iba creciendo y creciendo, mientras el niño tenía los ojos cerrados. En la luz aparecían sus padres discutiendo. Hablaban de separarse. Discutían por los niños, por Ebro, y por su hermano mayor, Enrique, que se había ido ese verano a Inglaterra a estudiar inglés. Luego con imágenes borrosas, salían otra vez sus padres, cogidos de la mano, que venían a decirle que todo se había arreglado. Ebro soñaba con eso cada noche. Era lo que más deseaba.

De repente la luz desapareció, y el niño cayó en el suelo, exhausto. Su abuelo se acercó y le ayudó a incorporarse.

– ¿Estás bien?

Ebro como toda respuesta, le dio la piedra. El abuelo sonrió, pero en lugar de cogerla, le extendió la caja, para que la metiera en ella.

– Ciérrala.

Ebro la cerró, y la dejó al lado de la caja de su madre.

– ¿Bajamos?

– La lana de la abuela…

– No te preocupes, que la abuela se ha equivocado. Tenía la lana en el garaje. Por eso subía a buscarte.

– Abuelo, mañana podíamos ir a pescar.

El abuelo sonrió, y le pasó la mano por el pelo.

– Ahora mismo preparo las cañas. Pero hay que madrugar, ya sabes.

– ¡Vale! ¿Crees que la abuela me hará de comer para mañana ese asado que tan bueno le sale? El de las patatas y…

– Es cierto, además hace mucho que no lo hace… vete a pedírselo corriendo.

Y Ebro bajó corriendo el último tramo de las escaleras para buscar a su abuela y pedirle su asado especial.

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