París: el día en el que todo pudo ser distinto.

Banda sonora del relato a cargo de Dídac.

Dale al play.

Ese día todo pudo cambiar.

Levanté la vista. Quise mirar por la ventana, pero no la encontraba. Miraba hacia ella, pero… no la veía. Sostenía esa foto antigua en las manos. La giré un momento y vi la fecha del reverso: 28 de octubre del 2010.

Suspiré. Intentaba con ello controlar ese algo que salía de dentro, que me removía… pero no lo conseguí y el llanto acabó por descontrolar mi pose y acabó por llenar mis ojos de lágrimas.

– ¡Joder!

No debía haberlo hecho. No. No debía haber sacado esa caja de fotos. Esa misma caja de fotos que estuvimos mirando los dos, justo el día antes.

Esa foto le hizo llorar a él también aquel día.

– ¡París! – dijo con esa cara de soñador ilusionado con la mirada perdida en ningún sitio, pero en dirección al cielo – siempre quisimos ir a París.

Miró el calendario y suspiró.

– 28 de octubre.

Otra vez la cara. Otra vez esa luz en su mirada. Impotencia en la mía.

– 28 de octubre – repitió.

Y lo volvió a decir después, al cabo de unos instantes que parecieron horas. O a lo mejor fueron horas, y la vida pasó sin dejar huella.

– Hace 37 años – dijo al fin para dar por terminado un silencio que amenazaba con volverme loco.

Esa mirada, esa luz… tan pocas veces se la vi…

Aunque quizás no sea justo. Porque se la vi el día que nos conocimos. Yo era joven, muy joven, un poco loco, muy loco, dispuesto a poner al mundo a mis pies y pisarlo si fuera necesario.

Él no era joven ya, al menos eso decía su DNI. Qué bobada, porque él en realidad era tan joven como yo, tan loco, tan ilusionado. Y con tantas ganas de amar como las que tenía yo.

Nos miramos. Estaba nublado. Empezaba a nevar.

Sí, me miraba con esa luz, con esa ilusión, con esa… vida. Y en lugar de poner al mundo a mis pies, solo pude ponerme a los pies de Fran.

Hablaba siempre de ir a París. Tenía esa foto vieja, ajada, en la mesilla, sujeta por una pequeña rendija en la madera. La mirábamos a veces al levantarnos los domingos, perezosos y juguetones, sin prisas…

– Un día iremos, amor.

Yo lo miraba y no me atrevía a preguntar por qué no cogíamos un avión y nos íbamos en ese momento, sin problemas. No había ningún impedimento. De hecho habíamos viajado por medio mundo… viajes organizados y de ”vamos al aeropuerto y cojamos un avión, el primero que salga”. Pero nunca era un vuelo a París, y París quedaba relegado al tema de conversación, de queja o planes de futuro del domingo por la mañana, juguetones y remolones al levantarnos de la cama, y desayunar a las 3 de la tarde. Y volvernos a la cama para simplemente estar.

Me gustaba estar recostado en su pecho. Él jugueteaba con mi cabello, yo rozaba con mis dedos su pecho. De vez en cuando me apretaba más a él, lo abrazaba… y así pasábamos la tarde, los dos en la cama, con la foto de París en la mesilla. Quizás una suave música de fondo.

Un día la foto desapareció de allí. Quizás desaparecieron muchas más cosas que al igual que la foto, tardé en darme cuenta. Quizás porque no quería darme cuenta. Otras muchas cosas aparecieron, pero… tampoco quise darme cuenta.

Miento. Supe todo desde el principio. Fui consciente de todo. Pero no quería saber e hice todo lo posible porque no fuera así, porque no penetrara en mi ser, en mi ánimo. No lo conseguí aunque fingí hasta el final. Él tampoco se lo creyó, lo leí cientos de veces en esos ojos expresivos que me enamoraron una tarde de enero, en aquella cafetería, nevaba fuera.

Cuando Fran estaba ya muy enfermo, un día sacó esa caja. La caja de las fotos.

Las miró despacio, paladeando su esencia de vida.

Recuerdo que le traje un caldo caliente que había preparado Sara. Apenas lo probó.

– París – dijo despacio. Tenía la boca seca.

– 28 de octubre – bebió un trago del caldo, quizás porque tenía la boca seca.

– Hoy es 28 de octubre. – miraba a la foto, no me miraba a mí – Hace 37 años que la vi y me enamoré de ella. Viajé en el tren nocturno. Llegué a la estación de Orly. Llovía y había una ligera niebla. Ella estaba allí. Esperaba pero no a mí.

Fran se calló.

– Aunque fue a mí a quién encontró – sonrió triste.

Otra vez esa luz en sus ojos, como aquel día que renuncié al mundo para estar junto a él. Me sentí romper un poco, porque esta vez no era yo su destinatario.

– Pasamos unos días maravillosos – seguía contando, despacio, le costaba hablar, o a lo mejor, le costaba recordar – no existía ni el día, ni la noche, ni la gente, ni nada. No existía París aunque correteáramos por sus calles, incansables, o nos refugiáramos cada noche en un hotel distinto, o una pensión, o en la cama de un amigo, los dos juntos, pegados.

– Una noche, me lo dijo: “mañana me voy, Ryan”.

Me miró. Yo bajé la mía, no quería que viera mis celos, mi dolor. Estaba dolido, celoso por un amor de hace más de 40 años… es que no sabes como amé a Fran…

– Me llamaba Ryan. Yo a ella Minerva. No sé como se llamaba, no lo recuerdo, quiero decir.

– Y yo, ¿como me llamo? – me levanté furioso conmigo por muchas cosas, por los celos tontos, por el dolor, por no controlar mis tonterías, por necesitar ser la única persona a la que Fran hubiera amado…

Intenté alejarme pero él se estiró y me rozó la mano. Fue suficiente para retenerme a su lado. Ese roce tenía tanta vida…

– Mi vida. Así te llamo… Mi – hizo una pausa mirándome a la cara – Vida.

Y lloré, sin girarme, no quería que me viera… lloré… ese roce suave de sus dedos huesudos, maravillosos…

– Así te siento, como Mi Vida…

Tuve un impulso y me giré, me agaché y lo besé. Lo besé una y otra vez, una y otra vez… una y otra vez… Él me miraba de esa forma, con tanto amor… jodido… cuando amor vi en esa mirada… y yo dudando, celoso como un bobo… por no ser la única persona que había amado, o… por algo que había sucedido veinticinco años antes de que yo naciera.

– Acaba, por favor – dije recostando mi cabeza en su pecho, como las tardes de domingo que enlazaban con las mañanas de lunes, los dos en la cama, abrazados, desnudos, sin otra cosa que hacer que sentirnos juntos, uno parte del otro…

– Me asusté. No podía concebir la vida sin ella. Me partió el alma aquella noche. Un día me quedaba con ella. Después…

“El destino, Ryan, el destino nos juntará de nuevo si estamos hechos el uno para el otro”, me decía juguetona.

Silencio.

– “Bobadas”, pensé. Pero tras una ducha fría y un par de puñetazos en la pared, decidí vivir el día que me quedaba junto a ella.

Silencio.

– Pasamos por un puente, corriendo como siempre. De repente me paré y… “Saquémonos una foto, Minerva, aquí los dos, un marco perfecto”. Nos colocamos y cuando un señor aceptó sacarnos la foto, ella se arrepintió.

Fran jugueteaba con mi pelo. Yo volvía a tener la cabeza en su pecho. Él la mirada perdida en aquella mañana de un 28 de octubre.

– “Saquemos solo el marco”. Me lo dijo con esa ilusión tan… como si fuera una niña de 15 años, o de 10. “Si el destino nos llama a juntarnos, nos pondremos nosotros en la foto”. “Si no, vendremos y nos sacaremos la foto con nuestro amor”.

Suspiró mientras tuvo un pequeño ataque de tos. Un trago de caldo, ya templado.

– Y sacamos la foto. Qué podía hacer – dijo resignado.

Yo… no quería pensar. Volvían m is celos infundados, mi dolor… quizás porque sabía que lo iba a perder… que no había remedio

– Pasaron los años, volví cada uno de ellos… cada 28 de octubre…

Silencio.

– Y un día te conocí. Un día te… vi y supe que ella había tenido razón. Que… el destino nos tenía preparado otro amor, el verdadero. Aquel duró apenas 6 días, o a lo mejor fueron 8, pero el tuyo, mi amor por ti, durará una eternidad. No sabes hasta qué punto me has dado la vida, Amor, mi Amor, mi Príncipe. Y no quisiera que tu vida se acabara conmigo.

Yo no podía decir nada… lloraba en silencio ocultando mi cabeza en su regazo.

– No debes, sé que amarás de nuevo…

Silencio apenas roto por mi llanto. Negaba con la cabeza.

– Por un lado me apetecía ir a ese sitio y sacarnos una foto en ese punto. Porque es la foto de mi amor, de mi vida. Contigo, cogidos de la mano, sonriendo como bobos, con esas farolas flanqueándonos. Con la torre al fondo. Pero… hubiera sido injusto, porque… hubiera sido tenerla a ella de alguna forma en la foto, y sabes, mi Vida, mi Amor, mi Príncipe, tú has sido mi amor por ti mismo, solo tú, por ti, y has llenado cada instante de la vida que hemos tenido juntos, y cada instante de mi vida anterior, cada instante de mi eternidad.

Cogió un lápiz y escribió la fecha: 28 de octubre de 2010.

– Hoy empieza tu nueva vida – y me sonrió, tendiéndome la foto.

Al día siguiente, murió.

Guardé sus cosas. Busqué un guardamuebles y las escondí. Me dolía cada retazo de él que veía en cada objeto que habíamos compartido. Pero ayer me di cuenta de que sin él, sin sus cosas, me siento vacío. Qué él está dentro de mí y necesito tener nuestras cosas cerca. Hasta esta foto. Si aquel 28 de octubre de hace 39 años ella hubiera dicho sí, yo quizás hubiera puesto al mundo bajo mis pies, pero… no hubiera encontrado estos 18 años de amor profundo, único.

Iba a guardar la foto de París, pero no, creo que su lugar está en mi mesilla. Los demás no ven nada más que un puente, dos farolas, una foto vieja y estropeada, con la Torre al fondo… yo veo a mi amor, nuestro amor y al destino.

Llaman a la puerta.

Abro despacio.

– Buenas tardes, mi nombre es Néstor, de Iberdrola, venía… que bonita foto… perdón, no quería… – ha sido un impulso y se ha arrepentido.

Nos hemos quedado mirándonos. Yo desconcertado, él incómodo.

He girado la cabeza y él ha bajado los ojos.

Yo he bajado los ojos, y él los ha subido.

Bajando y subiendo al final hemos coincidido.

– Quizás tengas ganas de comer conmigo.

Ilusión, un sí, miedo, esperanza. Todo en sus ojos.

– Vamos, Néstor de Iberdrola – digo decidido.

He cerrado la puerta, él ha cerrado la carpeta, y sin tenerlo previsto, a la altura del primero, mis dedos han acabado entrelazando los suyos.

Me he guardado la foto en el bolsillo de la camisa.

Y me he guardado su mirada en mi cabeza.

 ______

Dedicatoria: A Dídac, Dedicar algo es… no sabes bien que decir. Pero esta historia parte de una foto hecha por él, de un paseo un día de niebla y lluvia. La música, como tantas en este blog en los últimos tiempos, ha sido elegida por él, y como casi todas, ésta también se amolda perfectamente al ritmo del relato. Son bandas sonoras, como las de una película. Y eso no es tan fácil. Pero él lo hace. Así que Dídac, este relato  es en tu honor. Gracias por tu complicidad. Gracias por todo.

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2 pensamientos en “París: el día en el que todo pudo ser distinto.

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