Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (1).

Ernesto volvió a sentarse frente al ordenador. Estiró los dedos, los movió como si estuviera calentando antes de jugar el partidillo de los domingos y los puso sobre el teclado como si utilizara todos los dedos para escribir, aunque en realidad solo utilizaba dos. Pero escribía deprisa. O al menos lo hacía cuando tenía algo de qué escribir.

Hoy no era el caso.

Ni ayer.

Ni los últimos 15 días.

Se aproximaba la fecha en la que debía entregar al periódico los cuentos de Navidad que se había comprometido. 5 cuentos. No debían ser muy largos, quizás de 1.000 palabras. 1.500. Hasta ahora no llevaba ninguna. Bueno, siempre se pude contar con…

Erase una vez en un pueblo muyyyyyyyyyyyy lejano…”

8 palabras.

Pero esas no cuentan.

Siempre había sido muy navideño. O muy ñoño, como le decía su amiga Esther. Ahora que debía serlo, que le pagaban por ello, no lograba sacar nada. Ni una sola letra.

– Joder, y me hace falta el dinero.

Se restregó el cabello y se levantó otra vez de la silla. Anduvo por casa sin rumbo. Pensó en salir a comer un bocata, o a dar un paseo, pero… no… eso supondría gastar algo del poco dinero que le quedaba. Ya no confiaba en cumplir el encargo… y supondría posiblemente que no volvería en horas, que se metería en un bar a tomar un whisky y luego otro… y otro… quizás encontrara un hombre al que conquistar… y al final le dolería la cabeza. Y no escribiría tampoco al día siguiente.

Sonó su teléfono: Roberto, su hermano. Hablaron. Se felicitaron las fiestas y por cumplir, le invitó a cenar el día de Nochebuena. Él se deshizo en agradecimiento, pero se excusó:

– Debo escribir ¿sabes?

– Germán es un capullo.

Se quedaron en silencio. Roberto sabía que eso no le gustaría a su hermano. Pero debía decírselo. A Ernesto le dolía, aunque sabía que en realidad Germán era un tío estupendo, al que había engañado varias veces y que hacía dos semanas se cansó, y se fue. Pero era duro reconocer en voz alta que la culpa no era de Germán, sino de él. Que su pareja hasta hacía unas semanas, era un hombre que le había perdonado muchas cosas. Muchas tonterías, desprecios… y que esa noche se cansó. Ernesto lo sabía, aunque delante de todo el mundo lo había puesto a caldo. Y se había arrogado el papel de víctima. Sabía que Germán no había hablado. Sabía por los amigos comunes que no había dado ninguna explicación, solo que “Se había acabado la magia”. Ernesto contestaba indefectiblemente: “Será hijo de la gran puta, que me ha dejado tirado como una puta colilla sin explicaciones…”

Tenían planes para estas Navidades. Iban a ir a una casa rural y pasar toda la semana en ella, los dos solos, con su música, con sus letras, amándose… riendo… ya tenía elegida una en Quintanilla del Agua que estaba muy bien, y no era cara.

Pero ya no iban a ir a ningún sitio, claro. Y el trabajo que Ernesto pensaba haber acabado hacía ya días, estaba aún por empezar. Y el alquiler de enero… ¿cómo lo pagaría? Quizás si le dieran esas clases… pero la crisis…

Al final se puso el abrigo, y salió a la calle. Lo hizo enfadado consigo mismo, con el mundo que era injusto con él, con él mismo porque era injusto con el mundo, otra vez con el mundo, y la vida, y su mierda de vida, y sus ganas de conquistar cada noche a uno… y su mala cabeza, y su cobardía…

Caminó deprisa. Hacía frío. Llegó en un santiamén a la casa de Germán. Se puso frente al portero automático y puso el dedo en el botón en el 5º C. Fue a apretar… pero se quedó de repente sin fuerzas.

– ¿Y por qué estoy aquí? ¿Qué pretendes Ernestito, majo? ¿Hacer el ridículo? Mejor me emborracho y que le den a todo por saco.

– Hola tío.

Se giró sobresaltado. Bajó la mirada y vio a Arturo, uno de los sobrinos de Germán. “El sobrino”. Era su preferido… aunque no de Germán… 14 años, divertido, inteligente… y cariñoso. Charlatán hasta decir basta… soñador y alegre, lleno de vida… quizás demasiado perfecto para su tío… en realidad a su tío no le gustaban los niños y no sabía tratarlos, ni siquiera lo intentaba. Y él tampoco les caía bien a ellos.

– Hola, me has asustado… – Ernesto se había llevado las manos al pecho pero enseguida volvió a su pose normal… y puso su mejor sonrisa.

– ¿Vienes a pasar las Navidades con nosotros? – parecía que había un pequeño tono de ilusión en su voz.

– Eh… bueno… – Ernesto borró su sonrisa

– Ya sé que os habéis enfadado… mi tío te echa de menos… – era una pequeña mentira, gran mentira, pero Arturo en ningún momento tuvo remordimientos. “Todo sea por conseguir un objetivo bueno… eso siempre valía una buena mentira.”

– Bueno… yo… – Ernesto estaba perdido, no sabía como salir del entuerto…

– Me gustaría que las pasaras con nosotros… a Irene le gustará, y a Tomás. Te echan de menos.

– Habéis venido todos…

– Mamá está de viaje, por lo del trabajo y eso. Tres meses. O cuatro. ¿No te acuerdas?

Lo dijo bajando la cabeza. Quería evitar que se escapara una lágrima… debía hacerse el fuerte. Era el mayor, y sus hermanos debían tomar de él la fuerza que a ellos les faltaba por sus años… Su madre cada vez viajaba más… se solían quedar con ellos, pero ahora, claro, se habían quedado con su tío. Su tío el que no era especialmente niñero.

– No te acuerdas – Arturo no dejaba de mirarlo.

Ernesto se quedó callado, sin saber que decir. No esperaba todas esas noticias… ni el encuentro con Arturo, ni… luchaba dentro de él porque en los años que había estado con Germán, había cogido cariño a sus sobrinos… de hecho los consideraba de alguna forma como suyos también, y… no esperaba… él lo debía haber sabido, porque la hermana de Germán preparaba las cosas con tiempo… pero… es que estaba confundido, porque… todo lo colateral… todo lo que rodeaba su vida de pareja había desaparecido de su cabeza. Se había centrado únicamente en él, en su rabia por ser como era, y en su mayor rabia porque Germán se había cansado de hacerse el bobo con sus infidelidades y sus mentiras. Pero todo lo demás… sus sobrinos, su hermana, sus amigos… todo había desaparecido de su cabeza, de sus prioridades… y antes estaban.

¿Cuando pasó esto? ¿Cuándo se olvidó de los demás?

Quizás cuando ganó ese premio literario. Fueron 20.000 € y un reconocimiento nacional. Entrevistas, televisión, otro libro… más presentaciones, radio… páginas en las revistas y los periódicos… la gente lo saludaba por la calle y le pedía que le firmara su libro, o los calzoncillos…

Se volvió loco. Perdió el suelo… Germán lo intentó, los niños lo intentaron… sus propios sobrinos también… su hermano… ¿Lo intentó Germán? ¿Y su familia? “¡Qué dolor de cabeza!”

– ¿Subes?

– ¿Eh? – Ernesto volvió de repente a la realidad – No, bueno, es que… no creo que sea buen momento… no creo que tu tío…

– Sube, porfa, y así le das un beso a Irene y a Tomás, te quieren mucho y preguntan por ti…

– ¡Ah! – No sabía que decir. Y Arturo siempre le había cogido la medida. Y él lo sabía y se aprovechaba, lo que pasa es que en general no lo hacía en su favor, sino en el de los demás, en este caso sus hermanos…

– No, bueno, yo, es que creo que a tu tío no le va a gustar… está… bueno… no sé, se fue y… no, bueno, yo creo que debo irme, ¿sabes? Un día si quieres te llamo, y quedamos y vamos al cine todos y… como antes…

Arturo bajó los hombros. Ernesto lo notó… y… era un chico tan alegre antes…

– Vamos, subimos. Pero avisa a tu tío de que voy, no quiero que se enfade.

– Confía en mí, tío, no se enfadará – parecía haber recuperado algo de vida de repente.

– ¡Eh! Pero ya has perdido las buenas costumbres. ¿O eres muy mayor para darme un beso?

Arturo se acercó y le dio un beso en la mejilla. Pero por la forma de hacerlo, de mirar a los lados y de ponerse ligeramente rojo, Ernesto supo que sí, ya no era edad de besos a los tíos, ni a nadie.

Un vecino salía a la calle en esos momentos y aprovecharon para entrar en el portal. Subieron callados en el ascensor. Ernesto pensando en lo que le diría a Germán, y Arturo pensando en la reacción de su tío. No estaba seguro de que le gustara que subiera con su ex-pareja, pero… total si se enfadaba con él, otro enfado más no importaba. Parecía que su tío le echaba la culpa de todo lo que le pasaba a su madre, o de la crisis, o de… no odiar a Ernesto.

Llamó a la puerta como solía hacerlo siempre, para que así supieran que era él.

Abrió Tomás, el pequeño.

– Mira a ver que el Germán está en la cocina un … ¡Tío Ernesto!

Su cara se iluminó y sin mediar palabra pegó un salto, obligando a Ernesto a abrir los brazos y a cogerlo en el aire. Tomás le comió a besos sin dejarle apenas respirar.

– Eres un capullo, no has venido a ver mi representación de Navidad en el colegio. Hicimos Billy Elliot-t-t-t, el musical – remarcaba la “t” como si fuera una ametralladora – y canté dos canciones.

– Bueno, pero eso está estupendo. Seguro que lo habrán grabado en vídeo…

– Pero no viniste a verme. Aunque vamos a hacer otra representación el 2. ¿Irás?

– No molestes a Ernesto, tiene la agenda muy ocupada. Es un gran escritor ¿No sabes? Y tiene muchos amigos de esos que se meten en la cama sin darse cuenta ni él.

Germán había aparecido desde la cocina. Llevaba puesto un delantal y llevaba una espumadera en la mano. Por la puerta salía olor a quemado y la campana extractora no daba a basto a sacar el humo.

– Ernesto ya se va. ¿Verdad? Gracias por tu breve visita.

– Tío…

– ¡Cállate!

Germán miró muy serio a su sobrino. Él se asustó… nunca había visto esa cara en su tío.

– No la pagues con el chico, es conmigo con el que estás enfadado.

– Pero… ¿Qué te has creído tú? En estos meses han pasado muchas cosas… pero el gran literato solo tenía tiempo de preocuparse por él y su ombligo – su cara seguía mostrando odio y asco a la vez – ¿Crees que puedes venir a mi casa y decirme como debo tratar a mis sobrinos? ¡Qué sabrás tú…!

Ernesto estaba desconcertado. Porque nunca había visto a Germán así. Ni cuando se enfadaba con él, o cuando le pilló poniéndole los cuerno…

– Pero Tío…

– ¡Qué te calles, coño! Y tú vete a llorar a tu habitación, joder. Mocoso de mierda…

– No le digas…

– Que diré lo que me da la gana, esta es mi casa, a ver si no puedo decir lo que me de la gana en mi casa.

Había agarrado del brazo a su sobrino y le hablaba apenas a unos pocos centímetros. Arturo se zafó del agarrón de su tío y salió corriendo de casa. El pequeño se había ido corriendo a su habitación, llorando.

– ¡Arturo! ¡Vuelve o … no pises esta casa más en tu vida!

– Pero Germán…

– Has visto… estarás contento… lo que has hecho… vete y no vuelvas más… rompes todo lo que tocas.

– Tengo muchas cosas por las que pedirte perdón. Puedes echarme en cara muchas cosas… pero desde luego, hoy no he hecho nada para merecer ese odio. Y tu sobrino menos.

– Qué sabrás tú… ¡Vete!

Y el indicaba la puerta con el dedo. Lo hacía con tanta furia que se le notaba que temblaba su brazo.

Ernesto se dio la vuelta lentamente. Al fondo del pasillo vislumbró unos ojos que miraban llorosos. Unos ojos verdes y luminosos. Irene no se había atrevido a salir a saludarlo. Le sonrió a escondidas y le guiñó un ojo mientras se giraba para enfilar la puerta.

Ella sonrió también y se dio media vuelta.

– ¡Vete!

Y sin esperarlo para nada, Ernesto sintió como le empujaba hacia el descansillo. Se desequilibró y se cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra uno de los barrotes de la barandilla de la escalera.

——–

El relato sigue pinchando aquí.

_____

Anuncios

2 pensamientos en “Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (1).

  1. Pingback: Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (2). « el rincón de tatojimmy v.2.0

  2. Pingback: Latino » Blog Archive » Navidad 2012 – Cuento: "El escritor y los cuentos de navidad" (2).

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s