Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (6).

Para ponerse al día con el relato.

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Ernesto dejó el ipad en el suelo. La cabeza le volvía a molestar. Cerró los ojos unos segundos intentando relajarse. Respiró despacio y profundo… concentrando su mente en el lugar en el que el badajo lee golpeaba una y otra vez haciendo que toda su cabeza retumbara y hasta sintiera náuseas.

Tragó la poca saliva que tenía en la boca… necesitaba un trago de agua. Pensó en levantarse del suelo e ir a la cocina, coger su sempiterna botella de agua Font Vella, y beber un gran trago a morro, como le gustaba.

Sonrió al pensar las regañinas que le echaba la madre de los niños… “si es que todo lo que te ven, lo copian… y luego vete a decirle a Tomás que no puede beber a morro en casa de su amiga Inés, con lo estirados que son”. Arturo también bebía a morro… Irene no… Irene era toda una señorita.

Se masajeó durante un rato las sienes… quizás para volver a la realidad y no soñar más con la botella de agua Font Vella de su cocina… en el ascensor que él supiera no había esas cosas…

– Pues voy a patentar la idea… que en esos edificios tan altos, vendría bien un algo que beber para los viajes en ascensor… bueno, y en los no tan altos, por si pasan estas cosas… ¡¡Mi Reino por una botella de agua!! aunque sea de marca blanca…

Arturo se removió ligeramente a su lado. Debía haberlo escuchado hablar solo. Se había quedado dormido sobre su costado derecho. Se apartó despacio y lo apoyó con cuidado en el suelo. Acercó su bandolera y se la puso a modo de almohada, mientras se quitaba su abrigo y se lo echaba por encima para taparlo. Sonrió al mirarlo. Verlo a la luz mortecina del ipad… daba a todo como un aire irreal, mágico. Ahora Arturo se le semejaba a un Príncipe de cuento…

 .

El príncipe Arturo bajó de su caballo. Su escolta le imitó y se le adelantaron para entrar en la posada. Debían cerciorarse de que ningún peligro le acechaba.

– El príncipe Arturo requiere de sus servicios posadero. Necesita al menos 15 habitaciones para él y su séquito.

El interpelado levantó cansinamente la cabeza de sus quehaceres. Miró con desidia al Príncipe que entraba en ese momento y al hombre que le había hablado.

– No hay habitaciones para el Príncipe Arturo contestó secamente y sin apenas mirarlos.

 

Marcial, el jefe de la escolta hizo amago de desvainar la espada para castigar, no que no hubiera habitaciones, sino el desprecio con el que el posadero le había contestado.

– Todas las habitaciones están libres de equipajes, con ropas limpias en los lechos. Ningún morador en ellas.

Nuño y Rodrigo, los dos hombres de confianza de Marcial, bajaban la escalera con las espadas fuera de sus fundas brillando a la luz de los candiles.

– Guardad eso, por favor – les ordenó el Príncipe – el posadero no ha dicho que no haya habitaciones, si no que no hay habitaciones para mí. No ha mentido. Quizás le haya agraviado, porque uno es joven pero la experiencia me dice que he hecho muchos enemigos sin habernos visto nunca las caras, y he agraviado sin apenas haber tomado decisiones… y he deshonrado cientos de doncellas, sin haber despuntado apenas a la sexualidad. ¿Cuál es su caso, posadero? ¿He mancillado el honor de alguna de sus hijas quizás? ¿Acaso me batí en duelo con alguno de sus hijos por el amor de una bella doncella de la localidad, o de alguna cercana? ¿Acaso le robé a Vd. con los impuestos que decreté, o quizás le expropié alguna tierra, sin haber gobernado?

El posadero lo miró de arriba a abajo. El Príncipe Arturo era un chico alto, 1,80 calculó, “es tan alto como mi Diego”. Su pelo corto y negro y su rostro rasurado, atractivo, su gesto decidido y cansado.

– Quizás quiera hacerme pagar los pecados o faltas de otros. Está claro que mi tío, el Rey, dejó su marca en la vida del posadero.

– Tu tío le hubiera cortado la cabeza sin dudar para hacerle pagar su osadía – apuntó con dureza Marcial.

El Príncipe levantó al mano para hacer callar a su hombre. A la vez sacó una bolsa con monedas y la puso encima del mostrador.

– Espero que esto cubra el precio de sus habitaciones y de una buena cena para todos. Quizás pensó que no íbamos a pagar.

El posadero se removió inquieto y dudó por primera vez. Su orgullo era grande y efectivamente tenía muchas afrentas del pasado con la familia del Príncipe. Pero el dinero le venía bien…

– Su cara, me recuerda a alguien… – dijo de repente el Príncipe como quien no quería la cosa.

– Nunca nos hemos visto – le contestó presuroso el posadero, girándose – No tengo posición para codearme con gente de ilustre cuna como vuestra excelencia.

El príncipe sonrió.

– Sea – accedió el posadero sin darse la vuelta – Mi hijo les acomodará en sus aposentos.

– Le rogaría que si conoce a algún juglar o a alguna orquesta, me gustaría que mis acompañantes pudieran pasar un rato agradable, el camino ha sido largo y duro y…

El Príncipe calló. Sus ojos se clavaron en un joven que acababa de entrar en la estancia. Media melena castaña, unos ojos verde intensos, un amago de sonrisa en unos labios carnosos… carnes generosas, y casi de su misma altura. Mofletes… y una forma de mirar de las que taladran hasta las piedras. Aunque al Príncipe apenas lo miró… y el chico apenas fijó su atención en él.

– Algo se podrá hacer – contestó el posadero ajeno a todo lo que pasaba por la mente del Príncipe – Unos convecinos gustan de tocar en las fiestas, si su excelencia lo desea, les puedo hacer llamar para ver su disposición a improvisar un baile esta noche y divertir a sus hombres.

– Sea – contestó el Príncipe Arturo, volviendo en espíritu momentáneamente a la estancia en donde sí estaba de cuerpo, aprovechando que el joven había ido a acompañar a cuatro de sus hombres a sus habitaciones.

– Está igual, Marcial – susurró Arturo.

– Es evidente que no está igual, mi Príncipe. Pero es igual de evidente que sus sentimientos son los mismos que los de hace 6 años.

– ¿Con diez años se puede uno enamorar?

Marcial lo miró asombrado por la pregunta.

– Pues claro Arturo. Yo me enamoré de mi primera novia a los nueve. Lo difícil que es que ese primer amor llegue a la edad adulta…

– Ni me ha visto… – dijo apesadumbrado – ni me ha sentido…

– Yo mismo lo acompañaré, su excelencia – interrumpió el posadero.

Y el Príncipe y el jefe su escolta, siguieron al posadero hasta los cuartos que les había asignado.

– Los mejores de la posada, claro está – les dijo haciendo una reverencia al abrirles la puerta.

Las horas de asueto pasaron sin apenas hacer ruido. El Príncipe permaneció en sus aposentos absorto en sus recuerdos. Recuerdos de niño que apenas tenía 6 ó 7 años. Recuerdos de él y otro chico, ese chico que se llamaba Diego. Corriendo por los jardines del palacio de su tío. Riendo a todas horas, en las lecciones de los maestros que iban a Palacio a darles clase, o jugando al tú la llevas, o al tú la tienes, robando un beso cuando no había nadie en los alredores, o sí lo había, lo que le confería además la etiqueta de aventura. Esas miradas infantiles cargada de inocencia, de amor… de fidelidad eterna.

El Príncipe paseaba inquieto por sus aposentos. Eran dos habitaciones unidas por una puerta doble que ahora estaba abierta. Caminaba despacio, no perdiéndose detalles del terrazo del suelo. Estudiando sus pies desnudos y sus movimientos. Debía tomar un baño pero su melancolía le impedía siquiera en pensar en hacer ninguna actividad.

Un par de golpes apresurados en la puerta, y la manilla de la misma que se movía, le hicieron ponerse en guardia y correr a su espada. Desenvainarla y correr a la puerta y poner su punta afilada en el cuello del que había entrado fue cosa de un par de segundos.

– Mi padre le envía estas viandas por si tuviera apetito, Príncipe. Todavía queda un rato para la hora de la cena.

– Diego, si amas tu vida…

– Perdone su excelencia pero…¿Cómo sabe mi nombre? – dijo fingiendo la mayor de las inocencias.

– Diego, ¿no me recuerdas?- el príncipe estaba cada vez más apesadumbrado.

– Perdóneme su excelencia, pero no he tenido el gusto de conocerlo antes de hoy. De oídas únicamente, ya sabe como es la gente.

– ¿Cómo es la gente? – preguntó en murmullos el Príncipe sin apartar la vista del joven.

Diego se dirigió a una mesa que había en una esquina para dejar allí la bandeja con unos quesos, una jarra de vino dulce y un bizcocho que había hecho esa misma mañana la cocinera, Juliana.

– El bizcocho de limón de Juliana – murmuró el Príncipe. Se giró para encararse con Diego, pero este había abandonado la estancia sin hacer ruido, dejándolo en el mundo de sus remembranzas.

Otro recuerdo que se hacía presente, real, no solo era ya algo que pasaba en su cabeza… Se abalanzó a la mesa sin titubeo ninguno y partió con la mano la punta del triángulo del bizcocho… se lo llevó a la boca despacio, como si reverenciara ese pedazo de comida… como si tuviera miedo de que en el camino, un maleficio de algún hada maligna lo hiciera desaparecer… lo metió en su boca y poco a poco lo fue masticando, quizás más que masticarlo, lo fue apretando contra su paladar… estrujándolo, sacando su esencia… saboreando, dejando que los mil retazos de su pasado que brotaban con cada uno de los sabores que iban apareciendo en su boca se repartieran por todo su cuerpo hasta llenarlo de dicha… “Siempre los pasados fueron los mejores tiempos”, pensaba. “Aunque en general no es verdad”.

Recodaba su niñez. Jugando con su amigo Diego y su hermana Estela. Corriendo por los jardines de Palacio. Juliana los llamaba a merendar e iban corriendo… “yo primer” “has hecho trampa”… “Niños, que hay para todos”… hoy tocaba un pastel de manzana, otro día uno de chocolate, quizás pasado mañana tocara el bizcocho de frutas… un tazón de leche y…

– ¡¡A mí la guardia!!

– El Príncipe cogió otro trozo de bizcocho, ajeno al mundo… “A mí me gusta el de chocolate” “Pus a mí… éste es el mejor tita Juliana”.

La puerta se abrió de improviso. Dos miembros de su guardia la tapaban con su cuerpo, luchando contra alguien al que el Príncipe no podía ver. Volvió al presente y desenfundó su espada mientras sus dos hombres caían heridos y unos hombres encapuchados entraban apartando violentamente los cuerpos de los heridos. Uno de ellos sacó una pistola que llevaba escondida entre sus ropajes, y apuntó. Una luz en la parte d arriba indicaba que había disparado. Arturo apenas pudo reaccionar; se quedó bloqueado mirando al encapuchado que lo disparaba. El resto de sus hombres llegaban en tropel y iniciaron la lucha con los asaltantes. Pero la bala iba camino del pecho de Arturo. Desde la otra habitación llegó el alarido del Marcial al que el ataque lo había pillado organizando la guardia y revisando la posada y los alrededores junto al hijo del posadero. Éste no se lo pensó más, y pegó un salto hacia delante, logrando empujar al Príncipe y echarlo al suelo.

Mientras sus hombres seguían luchando para reducir a los hombres encapuchados.

Los quiero vivos – gritó fuera de sí Marcial mientras se agachaba para comprobar que Arturo estaba bien y ayudarle a levantarse y llevárselo con él a la otra alcoba.

Arturo, en un primer momento, se dejó hacer, aturdido todavía por todo lo que estaba pasando. Pero al retirarse a la otra pieza, vio que Diego permanecía en el suelo, inmóvil y observó asimismo, una pequeña mancha de sangre en el suelo, a la altura de su pecho. Cogió impulso y saltó hacia delante, espada en mano. Marcial, sorprendido en un primer momento por ese movimiento de Arturo, reaccionó con presteza protegiéndolo mientras él se agachaba a comprobar el estado del joven.

– ¡Lo han matado! – gritó – ¡¡Lo han matado!! – más que un grito fue un alarido al que acompañaba muchas de las razones que había encontrado para seguir viviendo.

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