Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (7).

Para ponerse al día con el relato.

________

– ¡Como te has vengado! Me has convertido en homosexual. Y al final has matado a alguien… como eres… – Arturo estaba empeñado en ponerle las cosas difíciles a su tío. Se removió en el suelo, aunque apenas abrió los ojos. Su voz era apagada, queda, y un poco pastosa… agarró el abrigo de su tío y se tapó un poco más.

– Estás descalzo, no me había dado cuenta. ¿Cuando te has quitado las deportivas?

– Salí ya descalzo de casa… cuando nos echó tu… – se arrepintió de lo que iba a decir –  mi tío. ¿Ves? No te enteras de nada… me las quité en cuanto entramos. Siempre lo hago.

– Y tu madre siempre te echa la bronca.

– Tú haces lo mismo. En casa siempre vas descalzo.

– Pero no es lo mismo. Así que me echa la culpa de tus malas costumbres…

– Y dale. A lo mejor es que la tienes… y no veo yo por qué va a ser distinto.

Ernesto apartó el ipad y se movió hasta los pies del chico. Rodeó con su mano uno de ellos…

– Están helados… te vas a poner enfermo… – levantó la cabeza para mirarlo… estaba preocupado.

Empezó a frotarlos para calentarlos… mientras seguía mirándolo, quizás intentando ver algo más dentro… siempre lo había podido hacer… la conexión… pero últimamente no lo lograba… “A éste chico le pasa algo más”.

– Tranki, tío… no pasa nada… ya te queda menos…

– ¡Ah! Es cierto… – fingió que había surtido efecto el cambio de tema que había impulsado su sobrino

– Solo tienes que acabar todos los cuentos que has empezado… y la luz vendrá en cualquier momento, ya deben de estar arreglando la avería.

– No sé, estoy un poco cansado… y a veces me duele la cabeza… es como si no hubiera dormido en varios días…

– O será el golpe… o tu desilusión porque el ángel buenorro no se ha aparecido ante ti después del golpe. Nada, debes acabar… has dicho que nos vas a llevar contigo. Y necesitas pasta. Quizás es que no has dormido en días…

– Ahora eres tú el que insiste… tú lo único que quieres es llevarme la contraria… – se paró un segundo y se quedó pensativo – es cierto, debo llevaros conmigo… debo solucionar el problema de la pasta – Ernesto olvidó a propósito contestarle sobre el tema de su sueño.

– Sí, es el motor de mi existencia de niño de catorce años… bueno, casi de quince, llevarte la contraria. Aparta que voy a acabar mi cuento. Tú acabas éste y yo acabo el que estaba escribiendo.

– Espera, ponte esto.

Ernesto abrió su bandolera y sacó unas manoplas que llevaba siempre por si el frío apretaba. Se las hizo una vecina que siempre estaba sentaba en su galería, mirando a la calle y con su lana y sus agujas.

– Voy a parecer…

– Vas a tener los pies calientes. Aquí lo que parezcas… da igual. Solo te veo yo, y te he visto con aspecto mucho peor.

– Anda que yo a ti…

– Calla, no peques hablando de más, que las paredes oyen.

Se miraron. Sonrieron. Arturo cogió las manoplas y se las puso en los píes.

– Son calentitas – sonrió a su tío – Pero ni palabra a nadie que mi prestigio de líder en el colegio, peligra.

– No te he descrito bien en el cuento – bajó la mirada y la centró en sus manos.

– Nada, quieto, no vaya a ser que me reconozcan y Jenifer se piense que soy homosexual y no quiera saber nada de mí.

– ¿Esa es con la que follas? – le picó su tío.

– ¡Qué vocabulario! Luego dices de mí… hacer el amor, tener sexo, jugar a los médicos, rozarse, un poco de peeting o como se diga… no tienes que decir… “follar” – suspiró resignado mirando al techo. – Es muy tarde, no vas a acabar tus cuentos – Arturo estaba decidido a no dejarse engañar y caer en la trampa de hablar de la chica que le gustaba o de sus actividades sexuales.

– Me importan un comino… quiero saber de tu…

– Y yo quiero saber qué viste en mi tío… y no, no te importa un comino lo de la pasta porque si no tienes dinero, no podrás quedarte con nosotros, lo he pensado mientras dormía y tú mismo lo has dicho antes, así que, tío Ernesto, debes ponerte las pilas.

– ¡Ah!

– Es tu frase favorita esta noche … ¡Ah!

– ¡Ah!

Se dio cuenta de la pifia al ver a su sobrino reírse a carcajadas.

– Me alegra que te lo pases tan bien a mi costa. Vamos a escribir.. y ya te puede quedar bien tu cuento, que lo voy a necesitar… es tardísimo… 5 cuentos…

– Y bla, bla bla, que moñas plasta eres, jope – se quedó mirando expectante a su tío… odiaba la expresión “jope”, aunque Ernesto ni se percató de la jugada.

– ¿Qué? – Ernesto se estaba poniendo nervioso… no le pillaba el juego a su sobrino.

– Nada, nada, no cuentos, no pasta, no que mierda, que si quieres que nos quedemos y tal y la madre… que escribas, tío.

– Agrrrrrrrrrrrrrr… – Ernesto poniéndose a escribir de nuevo y reprimiendo sus ganas de estrangular a Arturo.

Tenía los ojos inyectados en sangre y odio. Saltó sobre el hombre que estaba más cerca, y en dos movimientos rápidos y maestros, le clavó su espada en el estómago. La sacó e iba a clavársela de nuevo, cuando Marcial lo detuvo.

– Vivo. Arturo, vivo… lo…

No le escuchó, aunque le hizo caso. Saltó sobre el hombre que más cerca tenía del grupo de tres que quedaban en pie y le desequilibró con una patada en la espalda, cayendo al suelo. Antes de que pudiera levantarse, se puso a horcajadas sobre él, golpeándole con saña con la empuñadura de su espada. La cara del asaltante fue cubriéndose paulatinamente de sangre. El otro encapuchado, viendo al Príncipe obcecado golpeando a su compañero, se lanzó contra él con la espada extendida para cumplir la misión que tenían encomendada. Pero el Príncipe estaba ya centrado en la lucha, y lo vio venir, se giró y con un movimiento hacia arriba de su espada, paró el golpe. Con su mano izquierda cogió la daga que llevaba en su ceñidor y la clavó en el estómago de su atacante.

El que quedaba fue reducido rápidamente por sus hombres.

Arturo jadeaba. Miraba a su alrededor y solo veía sangre.

– Sacadles de aquí e interrogarles – ordenó Marcial.

– Eran al menos diez – oyó decir a Gonzalo – eran mesnaderos experimentados, por éstas – e hizo con los dedos índice y pulgar de su mano el signo de la cruz y los besó.

Arturo se giró hacia el hijo del posadero. No se atrevía acercarse.

– ¡Un médico! – gritó.

– Está muerto, mi Príncipe – le dijo Marcial, poniendo la mano en su hombro.

Arturo le apartó de un manotazo y lo miró con rabia.

– No está muerto. Vete – a – buscar – a – un – médico. ¡¡Voto a bríos!! ¡¡¡Un médico!!!

.

Ernesto apartó un momento la mirada de lo que escribía. Miró a su sobrino y lo vio cansado… como si no tuviera fuerzas… volvía a respirar agitado, aunque esta vez solo duró unos instantes, él mismo controló su ansiedad… o lo que fuera. Intentó darle al interruptor… y ver dentro de él, pero… definitivamente estaba averiado. Solo veía lo que le quería enseñar. Y eso era nada.

– Te estoy viendo, escribe. Me vas a desgastar de tanto mirarme.

– Si bwana, como eres…

– Ernesto sonrió, bajó la cabeza y pensó unos segundos. Pocos. Agitó los dedos y se puso a escribir:

.

Marcial estaba desconcertado. Nunca lo había visto así. Salió de la pieza pensando como iba a encontrar a un galeno en ese pueblo. Se cruzó con el posadero que iba acongojado con un barreño de agua hirviendo camino del lugar dónde había trascurrido la última parte del asalto.

– ¿Y eso?

– Una señora con muy mal carácter me ha mandado calentar agua hace una hora y subirla.

– Paso, por favor. Soy médico.

– Venga, doctor, hay un herido grave tendido…

– No se preocupe que ya estoy informado.

Marcial se paró en seco. Volvió sobre sus pasos e interceptó al médico. Lo acorraló contra la pared en el pasillo y puso su daga sobre su cuello.

– Dígame como casualmente estaba Vd. aquí. No me fío.

– Una señora me avisó ayer – el médico tartamudeaba asustado por la fiereza de la mirada de Marcial – de que hoy serían necesarios mis servicios aquí. Y me ha acompañado a galope tendido desde la capital de la comarca, donde resido. Hemos batido todos los récords… en algunos momentos parecía que volábamos…

Marcial empujaba al hombre contra la pared sin apenas dejarlo respirar. Tenía las manos levantadas y abiertas. Eran unas manos extremadamente limpias para los usos de la época y delicadas.

– Marcial, déjale. Se muere…Diego… – Arturo suplicaba – Si él se muere, yo no tardaré en seguirlo… otra pérdida no, soy… demasiado joven… la pena me consumirá.

El príncipe había asomado por la puerta completamente hundido y desolado. Apenas habló y comprobó que Marcial cumplía sus deseos y dejaba pasar al galeno, volvió al lado de Diego que respiraba trabajosamente en el suelo. A su vera, el posadero lloraba incontenible e inconsolable.

– Sabía que solo nos traería desgracias… como hace seis años…

– Lo sabíais… y no dijisteis nada… fingisteis ser otras personas… ¿Qué os hice yo, Juan? Era un niño… apenas lo sigo siendo… y yo os quería… erais mi única familia… no tuve culpa de lo de Estela, era como mi hermana y mi cómplice… lloré su muerte desconsolado… y solo… porque me dejasteis solo hasta que mi tío me desterró donde unos desconocidos, lejos…

– Era mi hija y él la dejó morir… solo nos habéis traído desgracia… no debía haberos alojado…

– No, Juan… yo no he traído ninguna desgracia… era un niño, 9 años… y os quería… y quería a Diego… y a Estela… me pasé tres meses llorando… solo, Juan… quiero a Diego con toda mi alma… es mi vida… hoy lo sé…

– Y él a ti… he intentado que… – al posadero se le quebraba la voz – he intentado, Dios lo sabe bien, que te olvidara… que te olvidara… ¡Dios! El Rey intentará matarte de nuevo, y lo hará con todos los que estén a tu lado, Arturo… lo sabes… te odia… no quiero perder lo único que me queda en esta vida, Arturo… pero él te ha salvado la vida… no he conseguido nada en todos estos años, no he conseguido que te olvide… apenas ha durado una hora… en una hora ha saltado al vacío para protegerte… – lloraba perplejo – no quiero perderlo, Arturo… no me lo quites… – Juan zarandeaba al Príncipe – es lo único que me queda… te lo pido, me humillo si es preciso… – e intentó arrodillarse, pero Arturo se lo impidió, abrazándolo.

– Paso. Dejen paso, por Dios.

Dos hombres subían las escaleras cargados de candiles y velas. Las colocaron alrededor del cuerpo del joven y las prendieron. La estancia fue adquiriendo una claridad extraordinaria, muy superior a la que se conseguía en el momento más luminoso del día. Marcial preguntó con la mirada al médico que se encogió de hombros.

– Será la señora.

– ¿Y como se llama?

– Irene, me dijo. Una mujer de carácter. Y un poco estrafalaria.

– ¿La conocen? – Dijo uno de los hombres de la luz – Pobre de su marido… esa le zurra la badana sin remisión posible – su cara denotaba relajo al no ser el esposo de la tal Irene.

– Galeno, haga lo imposible… me salvó la vida.

– Luego le miro esa herida, Príncipe Arturo. La del brazo.

– No es nada. Lo importante…

Pero el doctor no le escuchaba. Se afanaba en romper con cuidado el jubón que se había pegado a la carne debido a la sangre seca y limpiar la piel y así poder estudiar la herida o heridas…

– No veo… bien… – el doctor se afanaba en apartar con cuidado la piel con sus pinzas… pero aunque la luz era muy superior a la que era habitual, no era suficiente… – alguien que me acerque – uno de los soldados cogió un par de candiles y los puso lo más cerca posible, pero no era suficiente…

– Paso, caballeros.

Una señora alta y fuerte, con el pelo alborotado y las mejillas sonrosadas, se abría paso entre todos los espectadores. Iba cargada con un espejo de más de dos metros de alto, siendo al menos de un metro su anchura.

– Señores, seguro que tiene que organizar la protección del Príncipe. El ataque se puede volver a producir. No hay que ser negligentes. Revisen de paso el pajar, a lo mejor encuentran algo… Y así dejan algo de aire para que respire el enfermo. El practicante está en el salón para que les cure esas heridas. Y retiren por favor a los muertos… que descansen en paz.

Los hombres de la guardia del Príncipe respondieron al instante como si la orden se la hubiera dado el mismísimo Príncipe, y bajaron las escaleras prestos y diligentes.

– Ustedes no, señores, los necesito. – les indicó a los que habían traído los candiles – agarren por favor uno de cada extremo.

Les hizo sujetar el espejo y les puso sobre los candiles y el cuerpo del joven. En cuanto estuvieron dispuestos, la luz se multiplicó al reflejar la que se perdía hacia el techo. El médico la dedicó apenas una rápida mirada de agradecimiento y asombro para seguidamente ponerse a estudiar la situación.

– ¿Cómo sabía…? – inició la pregunta, aunque se arrepintió. – la bala está muy cerca del corazón. Si le hubiéramos movido, quizás hubiera muerto. Voy a sacar la bala…

– Ahí tiene para lavarse las manos, doctor. Y el instrumental está limpio siguiendo las instrucciones de la dama – dijo el posadero, diligente y nervioso, sin atreverse a mirar a su hijo, tumbado en el suelo.

– ¿Yo dama? Alucinas…- Irene inició una carcajada, pero se contuvo al recordar en qué circunstancias estaba.

– ¿Alucinas? – preguntó asombrado uno de los hombres que mantenían el espejo.

– Nada, cosas de … – iba a decir de ángeles, pero consideró que no era el momento. Dejó la cosa sin acabar… aunque nadie le preguntó ni le hizo caso siquiera; todos estaban pendientes de la operación del doctor…

Él médico estuvo dos horas afanándose por salvar la vida de Diego. Los hombres que sujetaban el espejo debieron ser sustituidos varias veces. La guardia del Príncipe se turnaban con los hombres de las velas. El practicante y una matrona que acababa de asistir a un parto, subieron para ayudar el galeno. Debieron convencer al Príncipe para que saliera del cuarto, ya que según pasaban los minutos se iba poniendo más y más nervioso. El posadero también fue invitado a abandonar la estancia. Ambos paseaban cada uno por su lado, sin hablar… cada uno centrado en sus razones, en sus sentimientos… el Príncipe además vigilado por seis de sus hombres, incluido Marcial que estaba pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor. No se perdonaba no haber estado al lado de su protegido en el momento del ataque.

Nuño y Rodrigo revisaron el pajar, como les indicó la señora de “humor difícil”, como la llamaban suavemente. Allí encontraron, tal y como les señaló la mujer, objetos que habían guardado los asaltantes, así como sus monturas.

– Deberíamos informar al Príncipe… – comentaba Rodrigo a Marcial cuando le llamaron para informarle.

– Excelencia, la luz ha bajado de intensidad en la habitación – gritó uno de los guardias.

Arturo corrió hacia la posada. Subió los escalones de dos en dos y entró de un salto en lo que iban a ser sus aposentos hasta que el ataque frustró sus planes. El médico salía con aspecto desaliñado y agotado. Su cara no traslucía nada. Dentro, la luz iba bajando de intensidad en la medida que iban apagando las velas y los candiles.

– He hecho todo lo humanamente posible, incluso algo más – sin saber por qué miró a Irene que se había apartado a un rincón.

El Príncipe fue cayendo poco a poco sobre sus rodillas. Se llevó las manos a la cara para restregársela y comprobar que no era un sueño… y para llorar… su amor se había ido, y lo había hecho para salvarlo… ¿cómo iba a seguir viviendo con ese peso?

– Ha perdido mucha sangre – continuó el galeno sin prestar atención al Príncipe – tenía dos balas en lugar de una, el atacante debió cargar la pistola con dos proyectiles. Por la sangre y la suciedad no se vieron en un principio… hubo suerte de no moverlo, gracias a la Señora. Si lo hubiéramos hecho, quizás… una bala estaba rozando el corazón, y el pulmón, y… no quiero ni pensarlo… el caso es que ya está todo concluido y descansa plácidamente.

El príncipe lloraba arrodillado cuando escuchó la última palabra. Pero no fue inmediatamente cuando la asimiló de verdad. Todavía estuvieron así unos minutos… el doctor mirándolo agotado y Arturo en el suelo, tapándose la cara con sus manos llenas de sangre de su amor, de suciedad de lágrimas propias y de desesperación.

De repente volvió a repasar en su mente lo que el médico le había dicho… y descansa…

– ¿Descansa?

– Mañana estudiaremos su evolución, pero es un chico fuerte y quiere vivir… se le nota… es una cosa que siempre noto a los enfermos, si tienen algo por lo que luchan, y este chico… – el médico buscaba recordar su nombre…

– Diego – apuntó su padre que subía en ese momento..

– Eso, perdonen… Diego, quiere vivir, tiene algo en su corazón que… yo diría que la causa de que la bala se desviara apenas una micras fue debido a lo que alberga dentro, los sentimientos tan profundos e intensos y sus ganas de vivirlos durante muchos años… Tiene suerte Príncipe Arturo. No hay muchas personas que pueden presumir de que los sentimientos que provocan cambien la dirección de las balas y casi resuciten a los muertos…

– Y traigan un médico que salió un día antes de que todo ocurriera – apuntó por lo bajo el Príncipe.

Arturo recuperó las fuerzas y se levantó. Dio un par de pasos hacia el lecho de su amor, pero de repente sintió miedo…

¿y si el médico se equivoca?”…

Pero lo desechó y dio otros dos pasos… aunque de nuevo las dudas… levantó un poco el sobaco y olió…

huelo mal y estoy sucio”…

Aunque se contestó inmediatamente…

está inconsciente”…

A lo mejor el olor hace que se despierte y reviva” – le dijo una voz desconocida en su cabeza con un poco de ironía en el tono.

Arturo miró a su alrededor buscando la voz, pero no encontró a nadie. Era la primera vez en su vida que una voz que no era la suya resonaba en su cabeza. Fue a dar otros dos pasos acercándose a Diego, pero al final solo dio uno antes de que las dudas y el miedo le asaltaran de nuevo:

¿Y si no me quiere como dice el galeno? ¿Y si todo fue por defender al Príncipe al que el soberano odia con todas sus ganas, que de hecho manda a todo un pelotón a asesinarlo?”

Era ilusionante que alguien le defendiera con su vida como lo habían hecho sus dos hombres caídos, y los otros 6 heridos… pero eso hoy, para él no tenía importancia. Los reinos, los mundos, los pueblos… él solo quería a Diego y el pueblo en donde decidieran vivir. Estaba resuelto a renunciar a todo por su amor, al trono, a las riquezas, al gobierno, a la guardia, a la pompa y al boato… solo para que Diego y su padre no sintieran miedo…

Ninguno estaba demasiado proclive ni al Príncipe ni al tío de éste, así que eso no sería…”

Dio otros dos pasos, ya casi estaba a su vera…

¡Oh! ¡Por Dios!… está tan pálido… si pudiera darle mi sangre se la daría…

¿Quieres acercarte ya de una puñetera vez que tengo otras cosas que hacer?”

Otra vez esa voz dentro de su cabeza… porque él volvió a mirar y remirar a su alrededor, y no vio a nadie de nuevo…

Vamos, joder, dale un beso, y duerme y mañana hazme el favor de bañarte que hueles que apestas… y de paso que todos tus hombres lo hagan… no sé como podéis aguantar ese olor…”

Arturo levantó el sobaco… así con disimulo…

Huelo mal, pero no es para tanto” “¿Cómo voy a oler después de una jornada de camino y de una lucha a muerte?

¡Que te bañes coño!” Y dale un beso y vete a dormir que me tengo que ir, y quiero sacar una foto para enseñársela a Gabriel.

– ¿Una foto? – dijo en voz alta sorprendido.

Una especie de dibujo, de retrato” – le explicó la voz.

– ¡Ah!

De repente sintió una patada en el culo aunque siguió sin ver a nadie a su alrededor. Mirando a todas partes acabó de llegar junto a Diego. Lo vio… lo miró… rozó con sus dedos sus mejillas… sonrió… porque su corazón pegó como un salto y se encabritó, se aceleró de alegría de placer… bombeó más sangre y más deprisa por todo su cuerpo…

– Debo tener una cara de bobo, Diego, menos mal que no la puedes ver…

Y de repente, Diego entreabrió los ojos…

– Te estaba esperando… y tienes la cara más linda del mundo.

Si antes se le encabritó su corazón, lo de ahora era indescriptible. Un algo se le puso en el pecho, como que le emocionaba, y se le puso más cara de tonto enamorado y sin poder contenerse, por esa cosa que tenía en el pecho, sus narices echaron alguna mucosidad obligada por el llanto que empezó a fluir… lágrimas y lágrimas, y risas tontas… y felicidad a raudales… la vida… la vida volvía a ser de colores desde aquel día que pasó a se en blanco y negro, predominado el negro. Aquel día cuando él tenía 9 ó 10 años, y Juan cogió a su hijo, el que le quedaba vivo, y a Juliana, la cocinera y se iban por la noche, a hurtadillas… sin despedirse, y su vida, la vida de Arturo, dejó de tener sentido. Más cuando pocas semanas después, su tío el Rey lo desterró a un lugar apartado… a casa de unos nobles venidos a menos y a los que pagaba dos reales por su cuidado. Menos mal que Marcial con un grupo de fieles, se instaló cerca de él, para velar por su seguridad y para darle un poco de ese calor del que, su tío el Rey, quería privarlo.

– Te quiero. Joder… estás bien… eres… no me vuelvas a dejar en la vida, y … no sé si perdonarte que no me dijeras nada cuando llegué, como si no me conocieras… “Excelencia, yo no me trato con gente como Vd.” eres un malnacido con pintas… y te quiero, y no puedo vivir… ¿sabes que me tiré tres meses sin apenas comer y llorando a cada momento? ¿Sabes…?

– Calla, me aturullas…

– ¡Oh!

Diego sonreía picarón, señalando que le tomaba el pelo… pero Arturo no estaba para muchas sutilezas… y se preocupó un poco pensando que le estaba a lo mejor haciendo mal, y que debía retirase y dejarle descansar…

– Hay sitio aquí, acuéstate a mi lado.

Arturo se subió a la cama con cuidado, procurando que Diego no sufriera mucho por el movimiento, y se acurrucó a su lado. Diego buscó con su mano la de su amigo, y la agarró suavemente. Arturo se la apretó suavemente… estiró el cuello… y le dio un beso en la mejilla.

– Te quiero Mi Príncipe.

– Amor.

– Pero mañana báñate que hueles a choto.

– Claro, como a ti te han lavado… estoy en desventaja.

Le dio otro beso en la mejilla a la vez que se le ocurría…

– A lo mejor para no molestarte con mi olor, debería irme a los establos a descansar y dejarte solo pero bien oloroso.

– Ni se te ocurra.

Sonrieron como solo sonríen los enamorados. Y cerraron los ojos.

Nada perturbó el descanso de los enamorados durante la noche. Si acaso hubo un instante en que Arturo sintió como un fogonazo delante de ellos, pero cuando abrió los ojos no vio nada ni a nadie. Escuchó unos segundos en la oscuridad y comprobó que sus hombres hacían guardia en el pasillo y en el exterior del edificio.

Cerró los ojos de nuevo, y siguió con el sueño a medias que estaba compartiendo con Diego.

No te asustes, era Irene”

¿Irene?”

Una ángela del cielo que ha venido a cuidarnos. Nos ha sacado una foto para enseñársela a uno de los jefes de Ángeles, a Gabriel.”

¡Ah! Tú estás un poco pa’llá”

Y tú estás muy guapo con ese porte principesco.”

Y tú me pusiste…”

Calla que es un cuento de Navidad”

¡Ah!, vale!” “¿entonces no podemos…?”

Diego negó con la cabeza mientras miraba obnubilado a su Príncipe, sonriendo.

Y se besaron castamente en la mejilla.

¿Y no podemos…?

¡Qué no, pesado! Luego, cuando se retire el escritor”.

Dame otro beso al menos”

Y le dio otro suave beso en la mejilla.

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