Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (8).

Para ponerse al día con el relato.

________

– Ya está.

– ¡Bah! No está mal. No quisiera pensar que me ves a mí así de bobalicón…

– Oye, oye – le dijo apartando el ipad – no se como demonios has podido leerlo… yayayaya, ya entiendo tu juego… me estás tomando el pelo como a un gilipollas… y de bobalicón, nada, l príncipe Arturo no es bobalicón… ¿por querer … o amar y decirlo? No pensaba que ras tan… que ibas de duro del pueblo.

– Lo que eres… y no voy de duro, pero…

– Es Navidad, es un cuento de Navidad… no se pude matar gente, y todo el mund es bueno, me lo dijiste…

– Ya no es Navidad…

– Siempre es Navidad, cuando quieras que sea Navidad, será Navidad. Pero es que no estamos dispuestos a ser buenos con los demás, ni nada de eso. Nos refugiamos… si es que … Navidad es hoy porque me sale de los eggs. ¡He dicho!

– Qué mal hablado, y luego… me echas a mi los marrones y me dices, que fuerte refuerte.

– Ya me has despistado, estábamos… recuerdo que te tenía que rebatir algo, o…

– Comentábamos de lo gilipollas que eres.

– ¿Soy gilipollas? A sí, lo…. lo que soy – Ernesto iba a perderse de nuevo… – y claro – volvió – ni has leído una mierda porque lo acabo de escribir, así que no has podido… y no estabas a mi lado, sino que estabas…

– La conexión. Y que no te enteras de la misa a la media cuando escribes, es como si el mundo exterior… se volatilizara. Podría haber estado leyendo a tu lado, con media cabeza tapándote la pantalla, y ni te hubieras enterado.

– Pero… ¿Y tu cuento? – contra-atacando, empezaba a pensar que su sobrino no había escrito nada. A Arturo le gustaba escribir, y siempre que acababa algo, se lo enviaba corriendo. Le mosque aba que no se lo hubiera enseñado todavía.

Arturo le miraba con los ojos fijos y muy abiertos, interrogantes.

– ¿Mi cuento?

– Claro.

– Pero si lo he acabado hace ya casi… te iba a decir que casi una hora, tronco – Arturo apartó la mirada.

– Odio que me llames tronco.

– Pero antes no me has dicho nada por el “jope” – volvió a girarse esta vez para mirarle y echarle en cara.

– Sabes que odio esa palabra. Me parece ridícula.

– Pus antes la he dicho 45 veces seguida y no te has dado por aludido.

– ¡Ah!

– ¿Ves? No te enteras de nada, nada. Podría haber leído tu cuento subido a tu chepa.

Ernesto suspiró desesperado.

– Sabes – dijo al cabo de unos instantes – voy a escribir los otros cuentos, y luego espero que me enseñes tu cuento. Tu cuento – repitió mientras abría y cerraba documentos – tu cuento – esta vez fue casi solo un susurro – ¿O no me lo quieres enseñar?

– Si no lo has visto por ti mismo a través de la conexión, no eres digno de leerlo.

– Te mato, y digo…

– Que es por el bien de la humanidad, te repites tiiiito – voz de niño repelente, de pique total.

– Dame un beso – contraataque.

– Que moñas, no… que ya no soy un niño.

– Siempre serás un niño.

– Una mierda.

– Serás mi niño.

– Ni el de mi madre, y voy a ser el tuyo, alucinas, tío.

– Pero sí el de tu tiiiiito.

– Que… pero Ernesto, si no me has hecho ni puto caso, ni quedarme contigo me has dejado, ni un beso le diste a mi madre, la pobre que se fue triste y preocupada al aeropuerto – Arturo fue imprimiendo cada vez más toque dramático a sus palabras.

– ¿Eeh?

– Escribe, anda, que ya estás con la cabeza puesta con Irene, la ángela.

Lo miró… y lo que vio…

– A lo mejor cambias de cuento… alucinas – y Arturo alucinaba y sonreía. Se agarró al brazo de su tío, e iba leyendo mientras escribía.

Ernesto se sumergió en el ipad.

Y suspiró.

Los fuegos artificiales estallaban encima de ellos.

– Mira, ese, mirad… – decía alborozada la ángela – Esto es la hostia. Si ya la gente hasta hace ensayos de fuegos artificiales para el día de año nuevo… la hostia puta…

– Perdóneme, pero es vd. una mal-hablada. Yo creo que …no entiendo por qué nos retiene aquí.

– Yooooo – voz de sorprendida, exageradamente sorprendida – si no les retengo… mira, mira – y rodeó con su brazo el hombro de Lorenzo – mira esa flor… mira que colores… pero si parecen profesionales…

– Parece que no haya visto nunca unos fuegos… yo estoy cansado de verlos – el chico estaba ya un poco harto del tema.

Irene se quedó mirándoles.

– No… no habéis aprendido nada. Seguís sin tener nada en la mollera, nada en el corazón, seguís sin saber apreciar las cosas…

– ¿Con la peli que nos has puesto? Pues que no te has comprado otros leotardos desde el siglo XVII. Eso hemos aprendido.

– Has estado bien, chico – Juan se rió brevemente.

– Huy, que graciosos… pues bien bonitos que son estos leotardos…- Irene levantó ligeramente el mentón, orgullosa.

– Bueno, esto ha estado bien, ya he perdido la reunión y tendré que convocarlos mañana por la tarde, a mi vuelta del viaje a Bruselas – Juan estaba fastidiado por como se estaba desarrollando la tarde, que ya daba por perdida.

– ¿Has visto a esa gente el daño que les vas a hacer?- Irene se puso seria de repente.

– Es necesario… – le pillo por sorpresa el ataque – la empresa debe sobrevivir, es un mundo de chacales…

– Tú eres el chacal, los demás los corderos. ¿No te has dado cuenta…? ¿Y para qué?

– Oye, oye, que nos has puesto una peli del príncipe ese marica que se enamora y que…

– Tienes dos hijos homosexuales y hablas así… – le recriminó Irene – con ese desprecio…

– Para mí es como si no tuviera hijos. Les pago las facturas y punto. Y menudas facturas. Me da igual con quién se acuesten o lo que hagan. No desprecio a los homosexuales, desprecio a mis hijos.

– Yo no sé que pinto aquí, casi que me voy… – y Lorenzo se levantó y empezó a recoger sus cosas del suelo, las que había tirado Irene hacía ya unas horas, para meterlas en la mochila e irse a su casa.

– Te olvidas de los restos de la cámara de fotos.

– Esa cámara es como la de mi hijo Jorge – miró al chico y al ángela alternativamente – es un modelo poco corriente en España…

– Yo no he sido… – dijo Irene, levantando las manos y moviéndolas exageradamente.

El hombre y el chico se miraban… el hombre seguía sentado en el césped, el chico levantado, preparándose para irse.

– ¿Quién te la ha dado?

El chico bajó la cabeza.

– Pero la rompió ella…

– No seas mentiroso y acusica, que la tiraste tú con furia al suelo… tiraste la cámara del hijo de este señor, al suelo, con mala leche, después de habérsela robado de su casa, a ese que llamas amigo, pero que lo maltratas… y al que no dudarías en vender si con ello sacaras ventajas… como por otra parte intentó este señor con su hijo mayor…

– Yo no… me la dio… ¿Y es cierto que vendió a Ramón?

– Lo intentó, lo intentó, pero Ramón es clavadito a él en el carácter… ¿A que sí? Y eso le jode, porque además ha dado argumentos a Ramón para ser como él, un amargado que hace pagar su vergüenza, su rabia a los demás.

Juan miró para otro lado. No tenía ninguna intención de dar explicaciones a nadie y menos a esa señora que iba con unos leotardos naranjas del siglo XVII, y que lleva el pelo rojo. Aunque hubiera jurado que hacía un rato era verde.

– Suena el teléfono. Es el tuyo, Lorenzo. Es Jorge – Irene sonreía con sorna – A ver que le dices.

– Es mi amigo, no … no…

– Contesta y dile – le animó la ángela – “No me he llevado tu cámara, tú me la has dado, solo que no te has dado cuanta, te ha dado un siroco y se te ha olvidad en 3 minutos.”

– No…

– Mientes – lo dijo muy suavemente – y te pesa hacerlo. ¿Por qu´lo haces?

– Le dije que esa cámara era especial… que no debía… ¿ves? Me ha fallado. Es un pusilánime. ¿Ves como tengo unos hijos… que no aprecian lo que les doy?

– Tú eras un pusilánime – acusó Irene – Y lo sigues siendo, pero lo disimulas haciendo daño a los demás. Como Lorenzo. Te dejaste amilanar a los 17 y haces pagar al resto del mundo desde entonces. Disimulas tus carencias destruyendo todo lo que tocas.

– Como todo el mundo.

– No, no todo el mundo. ¿Todo el mundo pisa a los demás para que no se note que uno no tiene arranque?

– A mi padre lo… lo mataron aquellos… lo hicieron sentir mal…

– Y tu te avergonzaste, y no le diste tu cariño. Le rechazaste. Eso sí, te vengaste al poco, ni 6 años pasaron, y tú no habías cumplido los 17, aunque falsificaras el carnet. Y sigues vengándote en cada persona que te cruzas en el camino… solo porque no soportas el daño que le hiciste con tu vergüenza, negando ser su hijo… hasta te cambiaste el apellido… y él lo dio todo por ti.

– Es la ley de la selva, de los negocios…no sé de que me hablas de mi padre. No sabes… – a Juan no le había gustado la referencia a su padre.

– ¿Solo se pueden hacer negocios destrozando a los demás? ¿Tus hijos son negocios? ¿Lorenzo, tu padre… es negocio? ¿Tu amigo? Lorenzo, tienes suerte… eres la viva imagen de Juan con 40 años menos… él ya no tiene amigos.

Calló un segundo para observar sus reacciones. Pero no hubo siquiera un pequeño gesto en ninguno.

– El Príncipe de la historia estaba dispuesto a dejar de serlo por su amor, y porque el padre de su amado lo aceptara. Al final gobernó su reino con Diego a su lado. Y adoptaron varios chicos y uno de ellos fue Rey también. Y Diego se tiró delante de las balas que iban destinadas a Arturo por amor, sin pensar en nada más, en su propio bienestar, en su propia vida…

– Eso es un cuento. La vida no es un cuento. No es de nubes de algodón, ni de manzanas cubiertas de caramelo.

– Que no sepas que haya pasado, no significa que no pasara, Juan. La vida no es un cuento… pero tampoco hace falta que la convirtamos en algo agresivo y deleznable continuamente.

– Yo casi que me voy… – dijo Lorenzo con un tono de superioridad y hastío.

– Tú vete. Sabes que tienes los días contados… en realidad los dos tenéis los días contados – hizo un gesto quitándole importancia a la vez que se sentaba en el banco que acababan de dejar libre Juan y Lorenzo.

– Esta tía va de farol… es que… nos muestra por arte de birlibirloque una peli de dos pavos que se besan en la edad media, y lo… luego pretende que nos creamos que vamos a palmarla en 10 minutos – miraba a Juan mientras hablaba mostrándole su cara de indignación.

– Vale. Iros.

El hombre y el chico se miraban.

– Iros. – y les hizo un gesto con las manos para animarles a irse.

– Vete tú no te jode – le dijo el chaval sentándose en el banco de nuevo, orgulloso y altivo.

– Para lo chulo que eres Juan, no hablas mucho, te dejas comer por el chico – le picó la ángela.

– Soy hombre de pocas palabras – contestó digno Juan, sin siquiera mirar a la mujer.

– Una pena, podía ser tu portavoz… si quiere el chico es capaz de hablar como los viejos.

– Y dale, yo no hablo…

– Me cansáis, la verdad. Me vuelvo al cielo, y le diré a Gabriel, mi encargado, que he fracasado. Ni a hostias… es ni … sabéis, no merecéis ni ser salvados. Sois escoria, aunque vosotros os creáis guays. Dale recuerdos a tu padre – miró a Lorenzo – seguro que tu forma de ser le hará muy feliz. Menos mal que no se entera de nada

Irene se giró hacia Juan:

– Y tú a tus hijos

Lo miró fijamente haciéndole una mueca de burla.

– Adiós.

Irene hizo un no sé que como las manos y se fue elevando lentamente, perdiéndose en la oscura noche. Solo unas pequeñas chispas indicaban el camino que seguía. Y algún resplandor de los fuegos que estaban tirando jóvenes y mayores como antesala del día de Nochevieja, dejaban vislumbrar a Irene, con sus medias naranjas y su pelo negro azabache, que se lo acababa de cambiar, subir y subir a tiempo de ver la serie de moda en el cielo…

– Al final no has cambiado de relato– dijo Arturo.

Ernesto lo miró un instante y sonrió pícaro:

– Por llevarte la contraria.

– Bobo

– Pero un bobo encantador – y le dio un golpe con el codo “te jodes te jodes, dónde las da, las toman, sobrino”.

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2 pensamientos en “Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (8).

  1. Sigue todo en el aire, como la ángela Irene en su ascensión a los cielos… Tanto la historia de Juan, Lorenzo y Jorge como la de Ernesto y Arturo, su tío y sus hermanos… Así que seguiré esperando.

    Un abrazo.

    • PFE, has estado muy bien… “Todo en el aire” y la ángela que vuela… todo relacionado… jijijiji.
      Siento hacerte esperar, pero es que esto se ha convertido en una novela…

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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