Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (9).

Para ponerse al día con el relato.

________

– Creía que ibas a cambiar…

– Ahora – contestó ausente Ernesto mientras repasaba alguna falta en el cuento de la ángela.

De repente se metió en la cabeza de Ernesto un llanto. Se tapó con fuerza los oídos con las manos… pero seguía escuchándolo… estaba dentro de él, dentro de su cabeza… lo sentí ahí, incrustado, dentro…. le hacía hasta estremecerse…

Arturo levantó la mirada del ipad y se lo quedó mirando.

– Te acostumbras – le dijo resignado.

– Pero… ¿Os pega?

– No, no… no te equivoques… pero… te… ignora… lo de hace un rato, ese enfado, ha sido… excepcional, ¿sabes? Si… pero no le gustamos… no le gustan los niños ni nada… o nosotros a lo mejor, o quedarse con nosotros, o … iba a decir que a lo mejor el enfado es contigo, pero siempre ha sido así… Y falta mamá, y estamos todos un poco tristes, y Tomás llora a cada momento… es muy sensible, tú lo conoces, y sufre… Germán no nos entiende… quiere irse con su nuevo… – Arturo se dio cuenta de que iba a meter la pata y empezó a tararear una canción…

 .

 .

– No, pero…

– No, Ernesto, no, no te enterabas, si es que flipas all the time, tío. Y nosotros estábamos guay porque tú nos cuidabas, estudiabas con nosotros, nos besabas… nos ibas a buscar, y hacías que Tomás no tuviera miedo a la oscuridad… solo tú lo consigues; nos contabas historias, hacíamos representaciones… yo era el Príncipe y Tomás era un juglar que cantaba, e Irene era una Princesita que jugaba con muñecas y las vestía y desvestía…

– No has querido darme antes un beso – puso mohín de chico malo.

Arturo se incorporó un poco y le dio un beso en la mejilla.

– Pesao. A ver si te callas. Y cómo pasas de lo que te digo.

– ¿Solo uno? – otro mohín con caída de ojos.

– Eres… y sigues pasando…

– Un salao, y soy tu tío preferido.

– Antes has dicho que no eras mi tío, que no te lo llamara – Arturo se resignó a que Ernesto no contestara nada sobre lo que le había dicho. Le salió un tono más duro de lo que era su intención.

– Pero… Joder, ya te he dicho… no me ataques con eso que sabes que… – Ernesto se había enfadado de verdad…

Arturo volvió a estirarse y le cogió la cabeza con sus manos y le dio una ráfaga de besos en su papo.

– Ernesto entre tú y yo, que sería el hazmerreír de la peña. No pienses que en la puerta del Insti o cuando esté con los colegas te voy a dar besos.

– Seguro que a tu madre…

– Alucinas en colores, que le de un beso a mi madre. Ni sé… la de tiempo, así que eres un privilegiado, no te creas.

– Pues me sabe a poco, dame unos poquitos más…

– Pesao, que tienes que acabar…

– Casi voy a dejar el cuento… no sé… es tan… lo dejo, lo dejo, sisisisisi, y que le den a todo. No, no me sale. No me salen los cuentos… nada… voy a tener que…

– Tienes que escribir, la pasta, te recuerdo.

– Ahora eres tú..

– No repitamos, tío. Tu dices que yo digo, y yo digo que tú dices, y que cambiamos, y que antes tú, y yo antes, y después… bla, bla, bla. ¿Te he dicho ya lo ridículo que estabas en ese programa con todos insultándose? ¿Y tu libro por ahí en manos del presentador que hacía que lo enseñaba a la cámara y luego en realidad se ponía a insultar a uno de los colaboradores? Y tú ahí que te preguntaban, y con cara de idiota… de estar en tus mundos de yupi…

– ¿Sabes en lo que pensaba? Pensaba… en un mundo…

Arturo sonrió y se preparó a decir junto a Ernesto…

– … maravilloso.

– Buenos días señor Jacinto.

– Buenos días señora Matilde.

– ¿Como están ustedes, señora Pilar? Usted y su marido, quiero decir.

– Yo bien gracias, ¿Señor Rufián? Y mi marido igual de bien, lozano y joven. Parece que solo tiene once años – y le guiñó un ojo.

– ¡Oh mira! Un niño… nuevo – dijo alguien.

Porque en realidad todos era niños, aunque lo del tratamiento de señor pudiera llevar a equívoco.

– Hola niño nuevo – le saludó el señor Jacinto – Déjame pensar… te llamas Tomás y eres el sobrino postizo de Ernesto, el escritor, y el hermano de Arturo, el Príncipe de las luces.

Tomás miraba a todos lados con los ojos muy abiertos. Se había cansado de llorar en su cuarto, solo, a oscuras… a Tomás no le gustaba la oscuridad… la tenía miedo… solo su tío Ernesto conseguía que se le quitara el miedo. Pero ya no veía a su tío Ernesto. Y no veía a su madre… trabajaba en una ONG y estaba haciendo su trabajo de ayudar a la gente allá por América del Sur, en Bolivia o Perú, no recordaba muy bien, en unas montañas muy altas en las que la gente no tenía nada que comer ni siquiera a veces que beber. Y eso que llovía mucho y tal…

Había discutido con su tío Germán. Era… era el que le cuidaba cuando no estaba su madre. Se había enfadado con su tío Ernesto, y se habían separado, y no querían verse más ni nada. Era una pena que el hermano de su madre fuera Germán y no Ernesto. Su tío Germán no quería que fuera a cantar otra vez en la representación que hacían en el colegio. Él cantaba dos canciones… hacía de Billy Eliottt. En realidad eran tres los que hacía de Billy Elliottt, para no tener que cantar tantas canciones… se las repartieron… pero estaba guay y tal. Ya habían cantado una vez, y el público aplaudía cuando cantaba y no eran porque fueran familia, que no fue nadie a verlo. Solo una vecina, Doña Manuela, que era muy maja y les quería mucho a todos.

 

Pero su tío Germán había discutido con su hermano mayor y ya no le dejaba ir a la representación, porque él no iba a poder llevarlo. Iba a ser su hermano el que le acompañara. Y ya tampoco.

Y pensaba que Arturo le ayudaría, le avisaría de alguna forma… pero no le había llamado ni escrito un wasap, ni nada de eso, ni un mail, ni nada… se había olvidado también de él…ni había utilizado esa conexión que decía que tenían…

Y lloraba, lloraba… y su tío le chillaba porque lloraba… “Me pones nervioso con tu lloriqueo”. “Tienes que dejar de ser un niño, Tomás, ya eres mayor”.

Al final se quedó sin lágrimas y cerró los ojos… y recordó eso que le decía su tío…

– Cierra los ojos… no, así no, ciérralos bien, que te veo… recuerda que tenemos una conexión…. – y Tomás se acordaba que sonreía cuando se lo decía, porque él no notaba esa conexión, pero le hacía sentirse bien, le hacía sentirse importante para alguien… especial…

Ernesto le pasaba la mano por delante de sus ojos y le hacía burla para comprobar si los tenía cerrados. Se lo contó un día su hermano mayor, que estaba enfadado con Ernesto porque no le había hecho ni caso con algo que le había pedido y se vengó contándole a Tomás ese secreto. “Porque no se fía y no tiene conexión contigo, solo la tiene conmigo”. “Mentira, solo quieres… “ y Tomás se atascaba como siempre que se enfadaba o le hacían rabiar, se quedaba en blanco, no le salían las palabras, hasta se olvidaba de ellas…

– A lo mejor se te ha comido la lengua el gato…- le dijo el Sr. Rufián.

Pero Tomás sacó la lengua para demostrar a sus interlocutores que tenía lengua.

– ¿Como te llamas? – le preguntó con voz dulce una niña que se hacía llamar Doña Jimena, aunque la pregunta sobraba porque en realidad todos sabían su nombre.

– Tomás – fue apenas un susurro dirigido al suelo.

– Don Tomás. Chicos, chicas, nuestro nuevo amigo se llama Don Tomás.

– Hola Don Tomás – dijeron Jacinto, Matilde, Julián, Pilar, Rufián, Fernando y Teodoro, Y Kevin, que acababa de unirse al grupo. Y Jimena con su voz dulce poniéndole una flor en uno de los ojales de la chaqueta de su pijama..

– ¿Y dónde estoy? – pregunto con un hilillo de voz Don Tomás.

– Estás en el “mundo maravilloso de los ojos cerrados”.

– ¡Ah! – dijo estupefacto Tomás.

– Se te ha pegado lo de tu tío ¿Eh? – le vaciló Fernando.

– ¿Conocéis a mi tío? – Aunque se dio cuenta que podían referirse a Germán, aunque no se lo imaginaba en ese “mundo maravilloso” – ¿Cuál de los dos? – le costó mucho preguntarlo.

– ¡Quién va a ser! – contestaba Pilar – Si te lo ha dicho antes Don Jacinto… ¡Ernesto! El otro… – e hizo un gesto con las manos como diciendo: “quita quita”.

– Viene mucho por aquí, y nos escribe historias…

– A mi no me ha escrito ninguna historia… – Tomás se sintió desdichado al saber que escribía historias a todos menos a él…

– No, claro que te las escribe – le aclaró Matilde – Te está escribiendo esta historia. Y te ha escrito otras muchas…te las pensaba dar en tu cumpleaños, un libro solo para ti.

– Pues yo… no las he leído, no… – se dio cuenta de que faltaba mucho para su cumpleaños…- ¿Y qué quiere decir con que está escribiendo esta historia?

– Pero las has sentido. Cierra los ojos…

para crear mundos maravillosos… – acabó Tomás la frase con voz un poco más alegre.

– Para crear mundos maravillosos – dijeron a coro todos.

Tomás respiró profundo. Abrió los ojos. Estaba de nuevo en su habitación.

Escuchó atentamente… no se oía nada. Dudó de si había sido todo un sueño… Se levantó de la cama y, descalzo, abrió la puerta de su habitación…. despacito sin hacer ruido. Vio luz en la cocina, y fue hacia allí casi de puntillas. Tenía un poco de hambre, apenas había cenado del enfado porque su tío no quería hablar de su hermano ni de su madre, y porque no le iba a llevar a la representación del musical. Le gustaba cantar y bailar, y hacer de actor… eso le hacía participar en esos mundos maravillosos de los que le hablaba su tío… pero sin necesidad de cerrar los ojos. Ahí, arriba, en el escenario, se sentía también especial… Y su hermano le decía que lo hacía muy bien, “Eres un jodido artista” y él sonreía y se sentía “guay” y no se quedaba sin palabras, y sonreía… y esa noche no pasaba miedo en su habitación, por la noche.

Y pensaba que esa conexión con su hermano y con su tío… es que él no tenía la sensación de que eso fuera así… “Quizás tengas el interruptor cerrado” le decía pensativo su hermano. “Yo si la tengo”. Y a veces tomá notaba como al decir eso, Aturo sacaba un poco de pecho, o levantaba la cabeza con un poco de orgullo… A veces pensaba que Arturo se alegraba de que esa conexión solo funcionara entre él y su tío, de que Tomás no supiera hacerla funcionar.

Asomó la cabeza para comprobar que no había nadie. Se acercó al frigorífico y sacó un brick de leche. Fue a beber a morro, pero recordó que su madre siempre le decía que no debía hacerlo. Se subió a una silla y sacó un vaso del armario.

Se echó la leche y cogió unas magdalenas que su tío traía de la panadería. Buscó el chocolate y empezó a morder por turnos: un poco de chocolate, un poco de magdalena… un buen trago de leche… le gustaba la leche fría… como a su madre. En uno de los mordiscos, vio la flor que Jimena le había dejado prendida en un ojal de su pijama.

La cogió y aspiró fuerte… olía muy bien.

Se acordó de ese mundo maravilloso que había descubierto cerrando los ojos. Probó de nuevo… los cerró… pero no lo hizo del todo. “Sobrino, estás haciendo trampa, la conexión… ciérralos bien para que puedas…” – apretó los ojos fuerte fuerte…

“… crear un mundo maravilloso”.

Los abrió y otra vez estaba con sus nuevos amigos, con un trozo de magdalena en las manos que metió en su boca con gesto mecánico.

– ¡Qué aproveche! Vamos a hacer un musical – le anunció Teodoro.

– Haremos muchos, cada uno el que le guste más, y cantaremos y…

– Calla Pilar, que cuando empiezas… huy, se ha ido, le debe llamar su padre para cenar, son muy de cenar a las 8,30 h.

– Pero luego volverá – dijo suspirando Fernando.

– Huy, huy, huy… – dejó Kevin en el aire la insinuación.

– Pues lo mismo podíamos decir de ti y de Joaquín – le picó Carlos.

– O de ti y Matildita – le devolvió la pelota Kevin.

– ¿Ya no somos señores? – preguntó Tomás.

– No, es que estábamos jugando cuando llegaste. Le gusta a Rufus, Rufián, quiero decir, pero se ha tenido que ir, por lo de ensayar con los petardos…

– Y con lo formal que parece su padre, médico de los de bata verde y mirada chula, y mírales ahí en la calle, encendiendo petardo tras petardo – Roberto, un chico nuevo, sacó una bola de la bolsa de tela que llevaba a modo de bandolera, y ahí se podía ver a Rufus y su padre tirando petardos en la calle, y riendo los dos…

– ¿Cual es la clave?

– Esmiralión.

– ¿Qué significa eso? ¿Y eso de la clave? – preguntó Tomás.

– Me llamo Roberto, que no te he dicho – se palmearon las manos a modo de saludo – y soy el guardián del “mundo maravilloso”. Tú tío Germán, por cierto, va camino de la cocina…

– ¿Y como lo… ?

No le dio tiempo a preguntar. Escuchaba los pasos de su tío llegando a la cocina y no pudo despedirse, tuvo que abrir los ojos…

– ¿Tienes hambre? – su tío estaba conciliador.

Tomás se encogió de hombros antes de contestar sin mirarlo directamente, mintras cogía otra magdalena:

– Un poco.

– No… – iba a decir algo, pero se arrepintió – te decía que si quieres te preparo algo, una tortilla… o rebanadas de pan y mantequilla… ¿tuesto pan?

– No, tío, gracias, las magdalenas están guays.

– Digo que… lo de no llevarte a la representación… no es por… es que tengo que trabajar y no puedo contar con nadie…estas semanas han sido muy… ya… ya sabes…con lo de tu madre y… – a Germán se le quebró la voz.

– No pasa nada – cogió fuerzas para seguir – le llamaré a Manu, su padre puede llevarme.

– ¿Quién es… ? – se dio cuenta que no sabía nada de los amigos de sus sobrinos, “me imagino que será un compañero del musical” – Vale, vale. Me parece bien.

Antes se había negado a esa posibilidad. Había pensado que la gente pensaría que no podía atender debidamente a su sobrino, o que no tenía sensibilidad y lo dejaba con cualquiera para que lo llevara y eso. Y se enfadó con él. Porque se puso a llorar… y no hablaba… y lloraba… Luego se dio cuenta de que era una tontería… aunque seguía pensando que la gente a lo mejor pensaba que…

Déjalo ya Germán, eres obsesivo”, se dijo.

Se lo quedó mirando. Quiso pedirle perdón, pero… no pudo al final. ¿Como le iba a decir que eran una carga para él, que no le gustaban y que… le ponían nervioso? Que sus mundos creados por ellos, su imaginación le desbordaba… “Ernesto era… es de su mundo”. Eso le hacía sentirse todavía más furioso con él y con los chicos. Era un mundo que él no entendía y que no lo podía compartir aunque se lo propusiera.

– Me voy a ver la televisión – dijo al final.

– Vale.

Germán se fue camino del salón cabizbajo. Sabía que su comportamiento en los últimos días no era el que se esperaba de él, pero… no conseguir dominar su genio… todas estas paparruchas de los sueños de la imaginación, de las ilusiones… todo su mundo se le había ido al garete… y Arturo… y Ernesto…

– Tomás se asomó a la puerta de la cocina y cerró con cuidado… “¿Y si mientras estoy en el “mundo maravilloso”, resulta que se oye aquí?” Debía preguntar… dio otro mordisco a la magdalena y al chocolate y cerró los ojos de nuevo.

– Te quejarás, si al final vas a cantar el 2.

Todos lo esperaban alrededor de la bola de Roberto. O sea que habían estado viendo lo que ocurría.

– Pero ¿podéis ver lo que ocurre con todo el mundo?

– No, solo con los que pueden venir aquí.

– ¿Y podéis ver a mi tío y a mi hermano?

Se miraron unos a otros… como pidiéndose permiso, o consejo… Al final Kevin se suspiró y puso la bola en lo alto, para que la vieran todos.

– Tu hermano no sale, sale en negro. Quizás tenga el interruptor apagado. Kevin miró inquieto al resto de los chicos.

– Prueba con Ernesto – propuso Oriol, un chico menudo, con el pelo muy corto, y unos ojos azules que parecía que iban a absorber cualquier cosa que miraran, por grande que fuera.

Tomás miraba a los chicos… no lo entendía muy bien, porque antes había unos y ahora la mayoría habían cambiado…

– No te extrañes – le dijo Biel – según las circunstancias, nos vamos o volvemos. Pero siempre sabemos lo que pasa… es una de las cosas que tiene el mundo maravilloso.

– Pues a mi no me pasa… yo no sé lo que ocurre cuando no estoy…

– Es que eres nuevo… – aclaró Jacinto que había vuelto a aparecer – dentro de unos días, lee cogerás el truco a la conexión con el mundo maravilloso.

– Es muy bonito el mundo éste. Todo lleno de flores, y de casas de esas antiguas, como si fueran un decorado…

– Es lo que tiene, que tú ves eso, y yo veo el cielo verde, y mi casa es de hierro forjado, y la de María es de nubes de algodón, y la de Kevin es de piedra… y tiene muchos animales, y con árboles que crecen según los necesites… ves… da el sol y ahora – Matilde extendió la mano y de la tierra roja para ella, salió un pequeño pino – crece un árbol en apenas un segundo – y al acabar de hablar, el pino ya tenía casi 8 metros de altura.

– Yo en cambio lo veo todo en blanco y negro – apuntó Joaquín un poco triste.

– Pero tú eres especial, como María.

– ¿Quién me llama? – una niña alta y pelirroja salió de una cueva que había al pie de la montaña.

– Decía que tú y Joaquín sois especiales – apuntó Raúl, un chico que hasta entonces no había visto Tomás.

María los miró con cara reprobadora…

– A lo mejor Arturo…

– ¡Cállate! – le ordenó Joaquín – Eso no lo sabemos y no… debemos hablar de ello.

– Íbamos a mirar si veíamos a Ernesto. Debo guardar ya la esfera.

Todos le dieron la razón y se pusieron alrededor, fijando su vista en la esfera. Vieron a Ernesto escribiendo, a toda velocidad… incluso creyeron ver algunos que durante un segundo los miró a todos y les guiñó un ojo.

– Está escribiendo, como siempre – Tomás estaba un poco decepcionado. Había pensado por un momento que a lo mejor al verlo en el “mundo maravilloso”, vendría a estar con él.

– Pero está escribiendo para ti, para…

– Calla, pesado, eres un bocas – le atajó María, cuyo pelo había cambiado de color misteriosamente, aunque el resto del cuerpo lo tenía en blanco y negro.

Tomás bajó la cabeza… se había puesto triste… Ernesto no le había visto siquiera… “Esa conexión es una caca. Va a ser cierto que solo la tiene Arturo”.

– ¿No íbamos a cantar y bailar?

Tomás se olvidó de su tristeza rápidamente y dio una palmada de alegría.

– Puedo cantar Billy Eliottt.

– ¿Por qué no hacemos algo distinto? Eso ya lo vas a poder hacer el día 2… hagamos otro musical…

– O varios.

Se pusieron a discutir sobre qué musicales iban a hacer. Luego tocó discutir sobre quién iba a hacer cada papel.

– Rufus debe hacer de algún viejo, con lo que le gusta lo de Don y Señora…

Todos rieron…

– Debes irte, Tomás – le dijo Roberto, el vigilante.

– Luego vuelvo, que…

Pero no le dio tiempo a decir nada más. Abrió los ojos justo cuando Germán llegó a la cocina.

– Vete a dormir, es tarde – “¿Por qué soy tan seco?” Germán por más que lo intentaba, no lograba ponerle remedio.

– Sí, tío.

Puso el vaso en la pila y guardó la leche en la nevera y las magdalenas en el armario.

– No andes descalzo – le reconvino – Vas a coger frío.

– Sí tío – le contesto con la secreta intención de no hacerle caso; él iba a andar descalzo por casa como Ernesto.

Germán hizo amago de darle una palmada en la espalda al pasar, pero… al final, una vez más, no le salió.

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4 pensamientos en “Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (9).

  1. Este capítulo me ha parecido excepcional, extraordinariamente emotivo.
    Mil gracias por crear para nosotros estos mundos maravillosos

    Abrazos

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