Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (11).

Para ponerse al día con el relato.

________

– Me ha gustado mucho.

– ¿Cuál? – Ernesto jugaba a hacerse el despistado.

– Pus cual va a ser, ese cuento de amor.

– ¿Sí? – A Ernesto se le iluminó la cara – ¿Cómo estás? – volvió a ponerse serio.

Habían estado abrazados un buen rato, hasta que a Ernesto le pareció que Arturo entraba en reacción y recuperaba un poco el color. Lo acomodó de nuevo sobre su hombro y lo tapó con su abrigo. Lo estuvo mirando un rato más, acariciándole suavemente su mejilla. Luego se puso a escribir…

– Bien, bien. Es el agobio del encierro, ya sabes… y que sepas que me he enterado de que has estado mirándome un huevo de tiempo.

– Pero… si estás en la mejor compañía, no te quejes… – Ernesto repetía su argumento haciendo tiempo para que se le ocurriera algo divertido – Soy tu ángel de la guarda, que vela despierto por ti, que cuida de tus sueños… Antes decías… fíjate que pienso que todo esto lo has organizado tú y que es para estar conmigo. Como me echabas en cara antes que no habías estado conmigo y que no me había…

– Sí, los cojones, no te jode… si supieras… ahora resulta que te crees el ombligo del mundo, no te jode… si supieras lo jod…

– No hables así que eres un señorito.

– Jajajajaja – fue una risa espontánea – la frase de mi abuelo… “Que eres una señorita”, que le decía a mi madre cuando se enfadaba con él y echaba espumarajos por la boca.

– ¿Sí? Pues no lo recuerdo… a tu madre echando espumarajos, sí, como para olvidarla – movió la mano de arriba a abajo para expresar lo mucho que le asustaba en esa situación – quiero decir la frase de tu abuelo.

– Tú, tío, tú… es que no te fijas en nada, o sí, te fijas, lo absorbes pero luego todo se esfuma en tu cabeza… así que luego todo parece cosa tuya y en realidad lo has aprendido de la peña que te rodea…

– ¡Bah! como … yo soy muy ocurrente, solo eso – Ernesto fingió estar ofendido por lo que decía su sobrino – De todas formas a tu abuelo casi no lo conocí… ¿Estás mejor? – Ernesto seguía preocupado… y de vez en cuando le notaba algunos gestos de malestar – además yo le caía como el culo… mal pero fatal.

– Claro, tío, si estoy en la mejor compañía… contigo… – le dio un pequeño golpe en el costado… para matizar el tono irónico que había utilizado – y sí, le caías lo peor… pero era porque le quitabas protagonismo, porque era igualito que tú.

– No te burles.

– Es la verdad – Arturo abrió los brazos para reafirmar sus palabras aunque en el tono de su voz había una buena dosis de mofa.

– No, lo dices porque te lo he dicho muchas veces… lo de la mejor compañía, no lo de tu abuelo.

– Oye, pesao, que al final no has acabado el primer cuento… – Arturo estaba empezando a aturullarse con la mezcla de temas que ponía sobre la mesa Ernesto.

– Pero dime, ¿te ha gustado esa historia última? – Se puso un poco de medio lado y se frotaba el culo – este suelo es incomodísimo.

– Sí, guay… – lo dijo rotundo, porque sabía que si no imprimía a su voz un tono enérgico, Ernesto dudaría de su veracidad y le volvería loco preguntando.

– Como me decías antes que lo de que todos iban a ser…

– Es una historia de amor, así en plan meloso… Navidad, Navidad… dulce Navidad…

– No cantes, no cantes, que tu hermano cantará bien… pero lo que es tú…

– Irene es la que canta muy bien… Tomás también lo hace genial, le he visto en los ensayos hace un mes o así… y yo – le dio un codazo a su tío – le pongo emoción… cojones…

– La leche de emoción, pero está considerada como arma de destrucción masiva por la ONU.

Arturo le dio un puñetazo en el brazo.

– Vas aumentando en grado de agresión, primero unos codazos suaves, ahora un puñetazo… – le sacó la lengua – ¿No fuiste a la representación?

– Va, que va, no pude… ya sabes…

– ¿No fue nadie?

– Na, nadie, un puto desastre… el pobre solo allí…

– Joder, tengo que ir a verlo… ¿el día 2 era?

– Guay que vayas,

– sssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

– ¿Qué?

– Mira que hora es… la hostia puta.

– Tío – Arturo se levantó de un salto y se llevó la mano a la boca – me ofendes con ese vocabulario – Arturo puso pose de señorita de los 1900 ’20 o así, doblando las rodillas y sacando el culo para atrás – mis castos oídos no soportan esos exabruptos.

El tío se quedó mirándolo fijamente. Se incorporó un poco y antes de que el chico se diera cuenta le había dado un par de azotes en el culo.

– Agresión, a mí la guardia – gritaba por lo bajo Arturo – un hombre me quiere violar después de decir delante mío… palabras malsonantes, ¡Por Júpiter!

Pero no pudo acabar, porque le entró un ataque de risa. Ernesto se acabó de levantar de un salto y decidió usar su arma letal con su sobrino, que eran las cosquillas…

– Me torturan – consiguió decir entre carcajada y carcajada. – Me rindo, me rindo… esto debería estar prohibido por la convención de Ginebra.

– Y lo está. Las cosquillas es un método de tortura muy útil y sutil, y no deja marca. Lo utilizaban los samurais en la 2ª guerra Mundial. ¿O eran los chinos? La noche y el ascensor me confunden…

Ernesto apartó la mirada para no reírse. Pero su sobrino le vio contener la risa.

– Joder, tío, como te quedas conmigo…

– Es cierto… – protestó débilmente Ernesto, aunque nada creíble.

– Vete a untar mantequilla.

– ¿En donde?… huy, perdón. Se me ha escapado.

– Claro, será eso que haces con esos con los que pusiste los cuernos a mi tío.

– Oye, oye, no… venga, se me ha ido el tema, no es algo…

Ernesto  empezó a dar pequeños pasos por el ascensor, para desentumecer las piernas. Arturo también se puso de pie y le imitó.

– Tío, cuéntame – Arturo puso cara interesante.

– No te jode, no me cuentas nada de esa Yesica.

– Jenifer.

– Da igual, como no me cuentas nada, no existirá para mí. No la podrás invitar a casa. Y mis labios estarán sellados. Mis relaciones no son para que te las cuente… eres peque. ¿Me cuentas entonces…?

– ¿No tenías que escribir? – le espetó con los brazos en jarras y moviendo el pie rítmicamente – y sobre lo de que soy peque…

Ernesto al verlo mover el pie con la manopla puesta, no pudo contener de nuevo la risa.

– Igualito que tu madre

Arturo levantó las cejas.

– Ja – siguió Ernesto con su defensa – hablar de esos temas es la mejor forma de acabar una conversación contigo. Me lo apunto – dijo todavía riéndose mientras lamía uno de sus dedos como si fuera un boli de los antiguos – Recordar a Arturo su parecido con su madre en momentos estrafalarios – hacía que escribía sobre su otra mano con el dedo mágico y lamido.

– Como eres, la verdad. Me haces cosquillas, hablas mal y luego me dices a mí… – Arturo se sentó de nuevo y cruzó las piernas – Voy a repasar el cuento que te he escrito.

– Guay. Así tengo…

– Va, es una caca, no me ha salido como quería…

– Luego… joder, deberíamos ir a…

– …¿“Un mundo maravilloso”? – Arturo hizo una mueca – tengo mucho sueño, no si podré… además te olvidas de la conexión, ya te lo he leído…

– Tomás ya ha conseguido ir… – escuchó con retardo lo que le había dicho su sobrino – vale, vale que ya lo has leído…

– Guay – Arturo sonrió – solo falta Irene…

– Irene es menos… de mundos maravillosos – le indicó dubitativo su tío – No creo que Irene pueda ir… ya sabes… es tarde para ella.

– Yo creo que ahora tampoco puedo ir…

– Yo creo que si quieres, puedes… igual que puedes hablar conmigo; relájate y descansa… estás conmigo, recuerda… es como si te cogiera de la mano…

– Ojala, me gustaría verlo cantar en esas representaciones del mundo maravilloso… La ángela Irene… guay – Arturo sonreía…

– Así tenéis todos un cuento…

– Pero el mejor el mío… – sonrió pícaro.

– El Príncipe… – Ernesto removió su pelo – ¿Te lo vas a dejar crecer?

– No sé, a mi madre no le gusta tan largo… esperaré a que esté ella para cortármelo, como no está, que se joda.

– Oye, no hables así…

– Es cierto, se larga, pues no tiene derecho a decir como le gusta mi pelo. Total no me va… a ver.

– Por telepatía – Ernesto muy serio.

– Eso no cuenta. – de repente Arturo se dio cuenta de lo que había dicho su tío – ¿Telepatía? Te quedas conmigo… ¡Oh Dios! Cada vez me parezco más a ti… Cándido, medio lelo y en los mundos de Yupi.

– Oye, que..

– Los cinco cuentos, la pasta, que si no nos quedamos con el tío Germán, la vida es dura, la televisión, “no vendo una mierda”… aunque he oído que han mejorado las ventas de tu segundo libro… parece que alguien en un blog escribió algo, que le había gustado o así – Arturo sonrió de antemano por la coña que le iba a soltar – seguro que sería alguno con el que follaste… y le dejaste satisfecho, claro.

– Oye, que… – se estaba enfadando hasta que vio su gesto – bobo… como te burlas de mí…

– Lo de las ventas lo leí el otro día – Arturo volvió a sentarse – iba en serio.

– No me has dicho nunca si te gustó…

– Me lo dedicaste, ¿como no me va a gustar?

– A ti y a Tomás e Irene.

– Pero yo soy el Príncipe – Arturo sonrió de medio lado. Me hiciste una mención especial.

– Joder el niño… me pongo a escribir – Ernesto también se sentó y cogió el ipad – mira… es que el periódico… – seguía con la coña.

Arturo suspiró moviendo la cabeza de lado a lado y se puso a leer lo que había escrito. Mientras su tío, empezó a escribir de nuevo.

Por todas partes sonaban petardos. De vez en cuando incluso se oía ese silbido que anunciaba una explosión de sonido y color en el cielo.

– Esta noche va a ser la hostia – Lorenzo movía la cabeza negando.

Sonó su móvil. No necesitó mirar la pantalla para saber que era Jorge el que llamaba. No había dejado de hacerlo desde la noche anterior… pero no había encontrado la forma de decirle que no solo sí, le había mangado la cámara de fotos, sino que la había estampado en el suelo del parque, porque una ángela vestida con mallas naranjas le había tocado los cojones y le había pateado el culo, literalmente.

– La jodida, que fuerza tenía en las piernas…

Llegó a su banco. Siempre había tenido un banco predilecto en el parque. Un banco al que recurría siempre que las cosas no le iban bien, cuando estaba jodido, o especialmente solo, o cuando se encontraba deprimido, o cuando se agobiaba por no encontrar su sitio en el mundo… se sentía raro, distinto de todos… y no sabía por qué.

Su abuela le decía que ya llegaría todo, que un día las cosas serían de otra forma, se levantaría y al abrir los ojos, vería todo desde otra perspectiva. No se sentiría tan raro, porque sabría quien era, y eso le ayudaría a buscar en los demás lo mismo, y vería que, fueran cuales fueran sus gustos, sus aficiones, su forma de pensar, habría alguien más en el mundo con el que sentirse acompañado, identificado.

Todos pensaron en un principio, que todo era porque a lo mejor era homosexual y no se aceptaba. Pero no… no era el caso. No tendría problema con ser homosexual… “ojala fuera eso”, así podría quitarse ese peso de encima, el peso de la auto-incomprensión. Tendría a Jorge, que sí lo era… no había contado eso a la ángela… lo habían hablado algunas veces, Jorge se lo dijo hacía un tiempo, como lo de que le gustaba Fernando… aunque no sabia que estuvieran juntos… ¿por que no se lo habría contado? Jorge lo tenía claro, y sabía quién le gustaba. Bueno, Lorenzo sabía que Clara le gustaba. Como también en un momento dado, le había gustado Fernando. Por eso estaba tranquilo.. porque sabía que para él era más fácil… solo tendría que buscar una persona que le gustara, que le enamorara, sin tener que ser de un sexo determinado… aunque también sabía, porque lo sentía, que le gustaban más las chicas, aunque no tendría problema en enamorarse de un chico.

Pero todo era más complicado. Además de la sexualidad era… sus gustos, sus aficiones, sus miedos… su necesidad de sus padres, de los que casi no podía disfrutar… uno por su enfermedad, y a la otra por su dedicación casi enfermiza a cuidar de su marido, al que se aferraba como si fuera lo único que podía mover su vida, dejando de lado a él y sus hermanas mayores.

Un petardazo sonó muy cerca de dónde se había sentado y le sobresaltó. Miró a su alrededor para intentar ver quién había sido… pero los arbustos servían de parapeto a los petarderos.

– Hijos de puta.

Lo dijo con saña, masticando cada letra, saboreándolas… no le oyó nadie pero lo dijo de esa forma en que tiene más valor, porque sale de las entrañas. No era solo destinado al que encendió la mecha de esa bomba… era destinado a la vida, a sus hermanas que también pasaban de él… eran mayores, la anterior a él casi le sacaba 8 años… la otra doce… se lo dedicaba a su padre, que se moría, a su madre, que estaba ya muerta en vida, a él mismo, que no acababa de aclararse lo que hacía que su vida fuera un infierno, de noche y de día, dormido y despierto.

Sonó otra vez el móvil. Por la música que sonaba sabía que era su madre. No hizo amago ni siquiera de sacar el móvil del bolsillo. Seguramente, pensó, le llamaba para echarle la bronca… por haber ido a ver a su padre.

Ya hacía un par de horas que había salido del hospital. Y todavía no había podido recapacitar sobre lo que había vivido allí. Su padre le tocaba un día bueno, le dijo la enfermera cuando preguntó el número de habitación. “Se alegrará de verte”, dijo con una sonrisa afectuosa. Él preguntó sobre lo que tenía, lo que le pasaba, como estaba normalmente… la evolución y el pasado y el futuro. Todo lo escuchó atentamente, repreguntando a cada respuesta de la enfermera. Estaba completamente concentrado en lo que le contaba. En algunos momentos tuvo ganas de llorar, y notó un picorcillo en sus ojos, pero se contuvo…

– ¿Cuántos años tienes? – preguntó en un momento dado la enfermera, sorprendida por las preguntas y por la forma de asimilar la información del chico.

– Cumpliré trece dentro de doce días.

– ¡Hombre! Como mi hijo, el mismo día. Él es un poco mayor que tú: dieciséis tiene. Aunque tú eres muy maduro para tus años.

Le hubiera dicho que no le había quedado más remedio, por las circunstancias. Primero por la época en que los compañeros del colegio le agobiaban. Él prefería decir eso a que le acosaran. Su padre enfermó y dejó de tener progenitores. Tuvo que arrear él con su vida, porque nadie parecía acordarse de que era un niño que necesitaba cosas… El único que le comprendía era Jorge, y … la ángela tenía razón, lo utilizaba de parapeto, hacía delante de todos que lo despreciaba y lo acosaba, con lo cual conseguía que lo dejaran en paz a él, por eso de “Es de los nuestros” y de paso nadie molestaba tampoco a Jorge, porque “Es asunto de Lore”.

Y había tirado todo por la borda con lo de la cámara de foto. A veces se hacen tonterías… Él quería sacar fotos de su padre, aunque fuera enfermo, para recordarlo luego… cuando se muriera. Era su objetivo, pero su madre no quería comprarle una cámara. Tampoco económicamente iban bien las cosas en casa… A su madre habían acabado despidiéndola del trabajo… la tienda donde trabajaba iba mal y ella apenas iba a trabajar…

Le hubiera contado todo eso a la enfermera, pero no había tiempo. Debía ver a su padre antes de que su madre volviera. Hacía casi mes y medio que no lo veía… “Está muy cansado cariño, es mejor que no vayas”, le decía siempre su madre. “Cuando mejore”, era otra de sus excusas favoritas.

Tocó en la puerta. “Adelante” contestó su padre. Él entró despacio… sin hacer ruido. La televisión estaba puesta muy bajita, en el canal de Radio Clásica. Su padre lo miró… y sonrió. Él titubeó… solo un instante porque aunque se había preparado para encontrarlo delgado y ojeroso… no es lo mismo imaginarlo… y eso que la enfermera le había avisado… pero fue solo un instante, sonrió con los ojos y se acercó con dos zancadas a su padre. Lo besó, lo abrazó, puso su cabeza en el pecho… y ahí sí que lloró… no porque estuviera demacrado, sino porque por primera vez en dos meses casi, podía abrazarlo, y… necesitaba tanto ese abrazo de su padre, aunque estuviera enfermo…

Esa era otra de las cosas que le diferenciaban de sus compañeros. Estaban todos en la época que un beso de su padre o de su madre era un agravio difícilmente comparable a otra cosa. Él suspiraba todas las noches por esos abrazos… porque su madre entrara a hurtadillas en su habitación y pensando que estuviera dormido, le diera un beso en la frente, o en la mejilla, dependiendo de la posición en que durmiera… o fingiera dormir.

Esa tarde, la del 31 de diciembre, su padre le había recargado las pilas…

– ¡Hola!

Lorenzo se giró en dirección a la voz y no supo que decir. Los petardos que tiraron al otro lado del seto, ya no le sobresaltaron, ni siquiera le molestaron. Posiblemente, ni los oyó.

Anuncios

4 pensamientos en “Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (11).

  1. Alguna vez he leído que la mayor parte de las conexiones neuronales que definen nuestro comportamiento emocional se establecen antes de los cuatro aňos, y me parece que, en efecto, el mundo de los adultos está formado por montones de niňos a los que les faltó cariňo, o a los que simplemente no besaron ni abrazaron lo suficiente.
    Te está quedando un gran relato, mejora con cada entrega

    Abrazos

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s