Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (13).

Para ponerse al día con el relato.

________

– Lo vas a convertir en gay…

– No, Arturo, siempre lo ha sido. Siempre ha sido lo que es… sea lo que sea. No me gustan las etiquetas…

– No…

– Porque hay personas que aunque dicen que respetan y que no les importaría, en realidad lo que hacen de una forma más sibilina, es negarse a sí mismo.

– Una vez me dijo algo así un profe.

– ¿Tú te niegas?

Arturo se encogió de hombros.

– Oye a ver si me vas ahora a resultar un…

– No tranquilo.

– Vale, vale, no, si yo tranquilo de todas formas, seas lo que fueres. Aunque sería un total flash total si, tal y como me fijo que miras a las pibas, luego un día me dices : “Ernesto que soy marica”, te iba a recomendar que en lugar de medicina estudiaras arte dramático.

– Pero que bobo eres, tío, no sé como te aguanto… retiro lo dicho antes, cuanto más lejos mejor… Además puedo ser de mente abierta o bi-sexual, o de enamorarme de la persona no del sexo, ni de su condición ni nada, joder.

– Si es que no aguantas una broma – Ernesto estaba contento por haber conseguido picarle.

– Si eres tú, si te tomo el pelo. Todo el rato – Arturo se puso digno.

– Yo te tomo el pelo a ti.

– Que va, si no me entiendes las coñas, tío. Es que flipo en colores… y pareces muy enrollao y demás, pero eres un…

– Huy, huy – Ernesto bajó la cabeza para que no se le viera la risa – eres… estás picao… veo que tus palabras de antes de que “tío, te quiero”, “tío quiero estar contigo”…

– Oye, oye, que no he dicho nada de que te quería…

– Huy, huy huy, creo que estás peor de lo que creía, ya no te acuerdas de lo que dices…

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Tío? Estás … ¿Alucinas con la vecina? ¿Acabas de llegar de Mundo maravilloso? ¿Te has fumao un canuto y te ha sentado fatal?

– Sí, nada, ponte digno… me has dicho algo así como – puso voz engolada, con efecto eco y todo – “Tío, eres la persona que más quiero en el mundo”.

Arturo se levantó de un salto con la boca abierta y mirando fijamente a su tío que dejaba al lado el ipad, para poder dar más dramatismo a la escena moviendo los brazos.

– “Tío, no puedo esperar a vivir contigo, y que podamos ser felices”.

– ¡Ja! ¿Hola? ¡¡Alucina!! Esto debe ser esa obra de teatro que decías que ibas a escribir… como tantas otras cosas que dices y no cumples.

– Es… es pulla en el corvejón. Juego sucio, sobrino.

– ¿Juego sucio? Pones en mi boca cosas que no he dicho… eso sí que es sucio.

– Pero si eres bobo… no las has dicho, pero sí las piensas… si es que cada poro de tu cuerpo lo dice… tu mirada, la forma de…

– Pero cojones, déjame que diga lo que quiera, tengo derecho a guardar esas expresiones dentro de mi yo interno. Y sentir lo que se me ponga, y decir lo que se me ponga.

– Huy si te pones melodramático “mi yo interno” Alucina ¿Hola? – Ernesto imitó el tono de Arturo.

– Joder, eres… – empezaba a estar un poco desesperado.

– Adorable – Ernesto bajó la entonación de la voz.

Arturo se había ido a una esquina del ascensor. Era apenas un poco más de un metro de distancia, pero parecía que era un abismo el que los separaba.

– Este ascensor es mágico – murmuró Arturo.

– ¿Mágico? – “Esto si que ha sido un giro en la conversación”, pensó Ernesto.

– Sí, es… hasta hoy siempre me había parecido pequeño, pero… hoy parece que es enorme. Alargo la mano – lo hizo – y te rozo. Pero parece que me he alejado a kilómetros de distancia.

– ¿Kilómetros?

– Me entiendes, no te pongas picajoso.

– Es que lo de …

– Una hipérbola de esas, coño.

– Vale…

Ernesto meditó durante un rato la afirmación del joven.

– Algo de mágico si tiene ese ascensor… porque fijate, esos kilómetros de distancia, doy apenas un paso – lo dio – y estoy a tu lado. Y estás enfadado pero – Ernesto abrazó a su sobrino por la cintura – de repente ya no lo estás y te dejas abrazar, y me sonríes… y me dices que me quieres… ¡¡Te quiero!! ¿Ves? Yo te lo digo… y no se ha caído el mundo…

– Eso no lo sabemos. A lo mejor es lo único que queda del mundo, este ascensor y nosotros los únicos supervivientes. ¿Te imaginas?

– Eso ha estado bien… podíamos escribir un cuento sobre eso… – Ernesto siempre proponiendo historias nuevas.

– Bueno, no sé… – miró de reojo a su tío, que lo seguía abrazando – que te quiero, lo sabes ¿no?

– Si hombre sí, pero no pasa nada porque me digas desde ese yo interno tan interno tuyo, que me quieres…

– ¿Crees que yo… que me niego o algo así? Como me dijo el profe ese…

– ¿Quién fue? No… recuerdo…

– Es que no te quedas con nada, tío, si me… te lo conté, fue al único que se lo conté, pero… no me debiste hacer ni caso – el chico se separó del abrazo de su tío. – Un puto desastre eres, tío.

– No digas eso, tengo mala memoria, y muchas cosas… joder… nunca he podido controlar las historias que nacen en mi cabeza, si de peque era feliz jugando solo e inventándome historias, guerras, conversaciones con actores famosos… o mejor, con sus personajes. La escritura solo es la forma de sacar ese mundo… es que me hacéis al final coger complejo… “Estás en tus mundos de Yupi”. “No te coscas de la misa la media”. “No vales para la vida”.

– Tío, no te pongas estupendo, ni te chines, pero estás perdido en tus mundos, si no te enteras ni de que Germán… – se mordió la lengua – Y eso en todo caso, lo dirá Germán, eso de que no vales, pero… yo no pienso lo mismo, porque me has ayudado cuando lo he necesitado. Y eres un tío enrollao y guay.

– Menos con el profe ese que te dijo esa sandez, digo. – hizo una pausa – Soy soñador, pero no bobo. Soy imbécil, pero no ciego. Deberías decirlo ya de una vez, eso que vas a soltar y que luego te arrepientes, ya son dos o tres veces esta noche que casi se te escapa.

– No… – Arturo se sentó de nuevo sobre sus pies – no es nada, son bobadas… – sacó la lengua por un lado de la boca – que me guardaré en ese mí yo interno muy interno.

Ernesto apartó la mirada de su sobrino, un poco enfadado y haciendo aspavientos. Se sentó también y retomó el ipad. No había dado resultado el intento de Arturo de revestirlo de coña.

– ¿Me vas a recordar al menos lo de tu profe?

– No me apetece mucho ahora…

– Hacemos una cosa, escribimos el cuento que decías antes… y luego me cuentas.

– No mola, tío, no… está guay enterrado en el cofre de los olvidados.

– Bueno, no quieres recordar… okey, lo haré yo… luego… sabes que si me lo has contado, si me lo propongo, lo recordaré.

– Na, no … tío, déjalo así, porfa…

– ¿Escribimos?

Arturo puso cara de pocas ganas.

– Además lo vas a escribir tú, pero éste me lo enseñas.

– Sí, pero me dictas.

– Guay – Ernesto sonrió. – Trabajo en equipo.

Arturo, resignado, cogió el ipad y se aprestó a escribir.

.

El cansancio hizo mella en ellos y acabaron quedándose dormidos. La radio del 12º B había dejado de sonar hacía un buen rato. La oscuridad había ganado la batalla, y ahora casi ni se podían ver el uno al otro, aunque estaban casi pegados.

El silencio era total. Llevaban encerrados desde las 4 de la tarde en el ascensor de su casa. Oier y Lleó. Tío y sobrino.

De repente, se despertaron los dos sobresaltados. El ascensor se había puesto en marcha. Bajaba lentamente… sin ruido, sin luz.

¡¡AAAAAAAAaaaaaaaagggggggggggggggggggggg!!

El camino de bajada lento se convirtió en caída libre. Se abrazaron los dos y gritaron. A Oier le daba igual que no diera la impresión de ser un adulto seguro de si mismo. A parte, tampoco era tan adulto, solo tenía 28 años. “Un niño” diría en las reuniones familiares cuando su tía Nerea le tomaba el pelo.

Lleó tenía 16 años. Se las daba de valiente aunque ya hacía un par de horas que esta, la valentía, le había dejado tirado como su novia hacía un par de semanas; y un ligero tembleque le atacaba a todo el cuerpo. Pero al fin y al cabo estaba con su tío preferido. Le daba igual chillar, y abrazarse a él. Ayudaba que no les viera nadie, claro.

Los dos a su manera estaban preparándose para el final. Esa caída libre, a plomo, no era presagio de nada bueno. “La torta va a ser de aupa”, pensaba el tío. “La hostia de las de diez”, pensaba el sobrino.

¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhggggggggggggg!!

Se paró. Igual de rápido que se empezó a caer, se paró. Siguieron abrazados un rato. Un rato largo. Abrazados y apretados. No se atrevían casi ni a respirar. Intentaban escuchar… pero… nada. Aunque algo parecía…

– Casi palmamos, tío.

– La hostia puta. Casi me cago en los calzoncillos – sudaba a mares.

– Mira, escucha.

Oier escuchó como le indicaba Lleó.

– Música. antigua. ¿Un villancico? Se escucha muy bajo… parece que se acerca y luego se aleja…

– Y un lloro, un niño o algo.

Oier prestó más atención y sí… escuchaba un lloro. Parecía un niño pequeño…

– Debemos… a lo mejor está solo…

El joven se acercó a la puerta y tiró de las hojas hacia los lados.

– Se abre – dijo haciendo fuerza.

Su tío se puso detrás de él, y empezó a tirar. El ascensor estaba en la planta baja, eso sí, un poco por debajo de su nivel normal.

– Habrá funcionado el freno de seguridad – Oier necesitaba decir algo… aunque en realidad no tenía ni idea de por qué había caído el ascensor ni de por qué había parado cuando la vida parecía acabarse en el foso del elevador.

– Suena de arriba.

– Espera, busquemos algo de luz…

Pero Lleó no esperó. Por las ventanas traslúcidas de la escalera, se colaba una luz mortecina que provenía de la luna y que le daba la suficiente claridad para ver los escalones. No había más luz en la calle… salvo en un lugar lejano, a la derecha, parecían luces de colores que los cristales esmerilados de la escalera distorsionaban haciendo formas curiosas.

– Espera – le gritaba Oier que corría escaleras arriba siguiendo al chico.

– Es aquí. – Empezó a golpear al puerta de la casa – ¿Me oyes? ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Puedes abrir la puerta? Aparta y tiramos la puerta…

– Papá – se oyó gritar dentro.

– Abre la puerta niña – gritó Lleó.

– Tengo miedo – se sorbía los mocos que el llanto le habían producido.

– ¿Estás sola?

– Soy un niño.

– ¿Cómo te llamas peque? Yo soy Oier y mi sobrino se llama Lleó.

– Me llamo Beñat.

– ¡Qué bonito nombre! Abre la puerta Beñat – insistió Oier.

Escucharon como se descorrían los cerrojos. Aunque la puerta no se abrió a pesar de que Oier intentó empujarla.

– Mi papá me dice que no abra a desconocidos. – dijo el chico entrecortado todavía por los sollozos que no lograba controlar del todo.

– Confía en nosotros, somos los vecinos del piso 14.

– ¿Eres el chico que va siempre vestido raro? Mi papá dice que eres marica.

Oier no pudo por menos que echarse a reír. Lleó frunció el ceño un poco mosqueado.

– Me gusta vestir distinto, nada más. Y eso no tiene que ver con que me gusten las pibas o los tíos.

– Abre la puerta, que no te preocupes que Lleó no es peligroso. A pesar de sus pantalones granate y su sudadera verde fosforito. Y el pelo de colores, no nos olvidemos del pelo de mil colores.

– Eres un capullo, tío – le dijo girándose mientras el interpelado no dejaba de reírse.

El niño dio la última vuelta a la llave y la puerta se abrió al final. El niño corrió hacia Oier y se abrazó a sus piernas. Oier se agachó y cogió al niño en brazos le pasó un pañuelo de papel para limpiarle los ojos y se lo colgó del cuello. De la entrada del piso, salía una luz que provenía de una lámpara de esas que se llevan a las acampadas. No era muy intensa, pero lo suficiente para que el niño mirara fijamente a Lleó y su look.

– No tengas miedo de Lleó, es mi sobrino, y es buen chico. A pesar de su gusto en el vestir.

– ¿Sabes que ha pasado? – preguntó Lleó al niño, pasando de la opinión de su tío sobre su vestimenta. – Nos quedamos en el ascensor y… parece que …

– Fue una luz muy intensa. Como si el sol se hubiera caído y estuviera en la calle. Como un ruido de esos que salía de la tierra, un terremoto como en la película del otro día de la tele. Fue muy rápido… estaba mi padre y mi tía, y una amiga de mi tía, discutían en el salón. Yo me fui a mi cuarto y me puse la música… gritaban y no quería oírles. Cuando pasó lo del ruido ese, el suelo temblaba, y me entró miedo y corrí al salón para buscar a mi padre y mi tía… y así después de esa luz muy fuerte, pegaron como un flus, como si hubiera un mago, y… mi tía, mi padre, la amiga… se… convirtieron en un gran cartel de papel, como esos de las paradas del bus.

Lleó y Oier se miraron.

– ¿No habrás soñado? – dijo Oier.

– Este niño lo flipa – Lleó estaba más contundente quizás porque todavía estaba picado con los comentarios del niño y de su padre.

El niño se agitó en los brazos de Oier para que le soltara. Corrió por la casa después de coger la lámpara del aparador en donde estaba.

– Venid – dijo Beñat haciendo también gestos con la mano para que se acercaran.

Lleó abrió todo lo que pudo su boca de asombro. En una butaca a la derecha, había un cartel tamaño 1,78 m. en el que se podía distinguir claramente al padre del niño. Debajo ponía, con letras enormes: “Maltratador”. Al lado, en el sofá, estaban dos carteles y en cada no de ellos, había una foto de una señora. En uno podía “Manipuladora”. En el otro “Ladrona”.

Lleó dio un paso atrás, asustado.

– Me da yuyu. Pellízcame por si esto es una pesadilla.

– Escuchad – apuntó Oier.

De la calle llegaba otra vez el ruido de un villancico.

– ¿Será esa música que escuchábamos antes?

– Suena de vez en cuando. Primero se acerca y luego… se aleja – dijo el niño.

– Vamos, bajemos a la calle.

– ¿Y si nos pasa algo? Esto es acojonante.

– Cojamos los carteles de… no sé como llamarlos…

– No se puede, pesan mucho – dijo Beñat.

– ¿Cómo van a pesar? Si son de papel… – Oier fue decidido a coger el cartel de una de las mujeres, pero no pudo moverlo. Al final abrazó el papel como si fuera de verdad la señora, y haciendo un esfuerzo supremo, logró levantarlo unos centímetros.

– Pesan como…

– Como si estuvieran vivos.

Se giraron y se encontraron con una chica bajita, de pelo negro, muy delgada. No aparentaba más de 20 años.

– La maldición de la Navidad – apuntó la joven con un toque de sarcasmo.

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2 pensamientos en “Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (13).

    • Hombre, Josep, no es exactamente un vuelco… es otra historia, otro cuento que se ha cruzado en la imaginación del escritor…
      De todas formas hay que intentar sorprender.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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