Navidad 2012 – Cuento: “El escritor y los cuentos de navidad” (14).

Para ponerse al día con el relato.

________

Joder, tío, me mola la historia. Pero… es que… mola para hacer una novela con ella.

– Bueno, bueno, ya veremos – Ernesto guiñó un ojo a su sobrino – Te quejarás del nombre guay que te he buscado: Lleó.

– Mola sí. Como el de Pulseras rojas.

– Es que te pareces un poco a él.

– ¿A Álex Monner? – levantó un poco el mentón – Yo molo más, no vamos a comparar.

Ernesto se rió con ganas. Su sobrino se estaba convirtiendo en un perfecto presumido.

– Pero… he oído que el Álex Monner ese se lleva a todas las chicas de calle.

– Va, pero eso es por la tele. Eso les vuelve locos a todos. Si yo saliera en la tonta, el Álex ese no tendría nada que hacer a mi lado.

– No sabía. Pues cuando yo he salido por la tele… no me he comido una rosca.

– No me provoques, tío, que me lanzo. Que me… es que me las pones a huevo. Que ya te lo he dicho que hiciste el canelo… me callo, me callo. ¿te he contado que una vez te negué como San Pedro negó a Jesús?

– ¿Sí? – Ernesto puso su mejor cara de chico bueno – No me esperaba esto de ti, querido sobrino. Que… que desilusión… – puso su mejor voz dramática – No me esperaba esto de ti, esta traición. No sé si nuestra relación será la misma a partir de ahora, no se si podré…

– Stop. Para, para, no te lances que… ¡Que pereza! Momento dramático…

– ¿No te ha gustado? A lo mejor le he puesto poco…

– Que no, que vale. Que pares. Que me levantas dolor de cabeza. ¡Qué jaqueca! Que eso no va a arreglar que… hicieras…

– Me estás dejando… ¿Tan malo fue?

– Oye, tío, – Arturo no quería seguir con el tema que a lo mejor se pasaba y no quería enfadarlo – que digo que si a lo mejor es mejor que antes de que, joder qu eme apetece que acabes la historia de Lorenzo. Quiero saber ya el final.

– ¿Dices?

– Sí, y creo que ya tienes material de sobra. Yo dejaría la historia de los carteles… es que… tiene tanto potencial…

– ¿Dices?

Arturo asintió con la cabeza.

– ¿Me enseñas tu… historia? – intentó pillarlo con la guardia baja.

– Plasta, que eres un pesao. Qué no. Mañana me matricularé en alemán, para aprender a decirlo en alemán y en Japonés también. No. Nasti de plasti.

– Podemos invocar a los espíritus para que te susurren al oído como se dice, si te hace ilu, claro.

– Pero tío, eres un pesao. No me dejas respirar. Me tienes aquí escribiendo, que luego me imagino que me pagarás las horas, como tu secretario.

– No te jode, una mierda. Si te estás que no meas de gusto… yo un secretario lo imagino… – puso cara libidinosa. – definitivamente no puedes ser el secretario de mis sueños – negó con la cabeza para enfatizar su negativa, mientras lo miraba de reojo.

– Calla, calla, que soy peque.

– Casi quince.

– Peque.

– Si hablas de sexo con los colegas. Y lo haces con Vera.

– Pero no del tuyo. Y se llama Jenifer y de mi boca no saldrá nada que…

– Pero si antes querías saber, del que no querías saber era de tu tío verdadero y casposo. Y vamos, me has dejado claro que tú y Rosa… – e hizo el gesto de estar liados.

– Pero me vas a contar de él, fijo. Y se llama Jenifer. Y no he dicho ni mu. Tú que tienes la mente calenturienta por los relatos pornos que escribes y sacas conclusiones. Eso del secretario debe ser uno de esos relatos… Mi tío dice… que te hacía de secretario los fines de semana. Y que nunca le diste las gracias siquiera.

– No te jode el majadero ese… – se estaba indignando por momentos – nunca lo ha sido, si aborrecía mis historias, y más las que publico con seudónimo. Una tarde me… bueno, es un poco largo de contar. Aunque si quieres te lo escribo, el relato del secretario de esa tarde, no de tu tío, que nunca lo ha sido, repito. – hizo una pausa – Y además, tú mismo puedes decir si los muchos findes que has pasado en casa, me ha escrito una línea, no te jode.

– ¿No? No, eso es cierto. – Arturo arrugó la nariz – No me escribas… – aunque se debatía en decirle que sí, le estaba entrando el picazón de la curiosidad.

– No ha sido nunca mi secretario. Tripito.

– Pues él dice que te pasaba…

– Pues no. ¿Ahora quién no se entera, sobrino? Cuatro veces.

– Pues él…

– Nunca he tenido secretario. Bueno, miento, repito, una tarde. Sí. Pero esa es otra historia. Oye, pero esto ya lo he dicho tres veces…

– ¿Ah?

– Y… no, no, no se puede contar, eres peque.

– Tengo casi 15.

– No llegamos a un acuerdo. Cuando tú vas, yo vengo, y vivecersa.

– Pero si no es con mi tío, me puedes contar. Me… con mi tío me daría yuyu.

– Nada, anda, eres peque. Me podrían acusar de… pervertirte o algo peor.

– ¿Tan así es? Huy, qué harías con ese secretario de una tarde. ¿Lo de la mantequilla de antes?¿Quieres que te cuente lo que hicieron mi amigo Joaquín y su novia? – la cara de Arturo no presagiaba nada bueno.- Lo largó el otro día en el bar del insti.

– Dime, ¡por fin! – levantó la mirada al cielo para loar al Señor por la dicha concedida – Ardo en deseos de tomar nota de las conversaciones tuyas y de tus amigotes sobre sexo y sus ligues.

– Por fin… no te lo voy a decir, te jodes, como Herodes.

– Pero si te meas de gusto por…

– Por cierto ahora que lo dices, tengo un poco de ganas de… mear.

– Pues elige una esquina. O hazte un nudo en…

– Qué flash, tío. Eres un parto de caja, ¿lo sabías? Me aguantaré. Un nudo dice…

– Eso, te aguantas un rato. No creo que tarden en sacarnos… dale otra vez a la alarma a ver si ahora suena o algo.

Arturo levantó la mano y apretó repetidamente el botón de la campanilla, como lo llamaba de pequeño. Pero no hubo ninguna reacción.

Ernesto sintió de repente otra vez que se le atrofiaban los hombros, se le ponía rígidos y le dolían.

– Tranqui, – Arturo se dio cuenta de lo que le pasaba a Ernesto – que te doy un masaje, tío. Tú escribes y yo te doy el masaje. ¿Hace cuanto no duermes?

Se puso de nuevo detrás de él de rodillas y le empezó a recorrer los hombros con sus dedos, haciendo presión con el pulgar y el índice…

Ernesto se puso a escribir sin contestar a la pregunta de su sobrino.

 .

Llegaron sus compañeros de colegio. Eran tres y respondían a nombres como Chuti, Miko y Lupo. Iban con un par de cervezas de más y prometieron agarrar la primera cogorza del año en cuanto sus padres se fueran al cotillón. Se daban golpes en la espalda y bebían de vez en cuando de una litrona que llevaban tapada en una bolsa de papel. “Como los yankies”. “Así no perdemos el tono, que hay que aguantar a los viejos y al resto de la family” “¡Qué coñazo!”.

 .

– Me ibas a contar lo del profe – Se había acordado de repente.

– Joder, plasta, que… déjalo porfa, no me mola recordarlo.

– Fue solo hace unas semanas.

– Joder, fue en noviembre. ¿Contento? Y escribe, y deja, que…

Ernesto se giró y miró a su sobrino. Al final se resignó y volvió a la historia. Pero empezaba a hacer memoria.

 .

Lorenzo y Jorge hablaron poco. Solo asentían y contestaban alguna pregunta, a parte de rechazar la invitación que les hicieron de beber un buen lingotazo de beer “Qué estáis muy mustios” “¡Ehhhhhh! ¿No os estaréis metiendo mano?” “Yo juraría que de lejos os estabais morreando”. Miko golpeó la espalda de Jorge para marcar la coña.

– Colegas, vayámonos que los viejos esperan, y no hay que mosquearles para que se abran lo antes posible y hacer nuestra fiesta. ¿Os apuntáis? – era Chuti quién les invitaba.

– Na, tío, no os preocupéis.

– A lo mejor… – Lupo hizo con las manos el signo inequívoco de follar, mientras les daba codazos a los colegas.

– Quizás, hombre, quizás follemos esta noche – le espetó ya un poco mosqueado Lorenzo – Si te mola te mandamos un wasap para informarte, no te jode.

– ¡Ehhh! Sin mosqueos, que es nochevieja, tronco. Vámonos que estos están a otro rollo.

– Que el trinki-trinki os vaya genial – se despidió Chuti, arrastrando las palabras y palmeando sus manos con las de Lorenzo y Jorge.

– ¿Seguro que no queráis o queréis y quieren o como se diga… un trago? – Lupo se dio la vuelta mientras se alejaban y les mostró la bolsa con la botella. Los dos amigos levantaron la mano en señal de despedida.

– El primer día de clase, todos sabrán que hemos follado esta noche.

– Que les den. Si alguien dice algo, nos, morreamos.

Jorge levantó las cejas sorprendido.

– Sabes, quisiera… joder… daría lo que fuera por ser marica y que fuéramos novios. Al menos tendría algo. Y algo bueno.

Jorge no sabía que responder.

– A lo mejor te jodo lo de Fer. – dijo apesadumbrado – no pensé…

– No hay nada con Fer. Hablé ayer por la tarde, cuando te fuiste con la cámara – no quiso decirlo así, pero se le había escapado, y se arrepentía – y me dijo algo así como: “Ni de coña, yo no soy de esos”.

Lorenzo se quedó pensativo. “La ángela metió la pata”. “¿O no? Y todo fue una estratagema”. Miró de reojo a su amigo que se había sentado en el banco. Quizás lo vio por primera vez de otra forma.

– Menuda rasca que hace – dijo abrochándose el anorak.

– He hablado hoy con mi padre – dijeron Jorge y Lorenzo a la vez.

Lorenzo se dejó caer en el asiento del banco y se puso al lado de su amigo.

– ¿Y?

Había sido todo muy raro. Se presentó en casa de improviso. Habló con su madre… o discutieron. Pero fue distinto. Su padre no levantó la voz, ni entró al juego. Calló, escuchó a su madre, y solo dijo que quería verlo y hablar con él. “Pero si has pasado de tus hijos desde que nacieron”. Él escuchaba en el pasillo lleno de miedo… no por su padre, sino porque… había deseado tanto ese momento que no sabía ni qué hace. Casi dos años sin verlo, deseando que estuviera, que volviera, que… fuera su padre, cosa que nunca había sido. Y él siempre había necesitado.

Al final su madre dejó de ponerle pegas y su padre salio en dirección a su habitación. Él, justo cuando ya no se oían voces, subió corriendo y se metió en la ducha. No se le ocurrió otra cosa para disimular. Dio al agua caliente, se puso debajo del chorro para mojarse y que todo se llenara un poco de vapor. Salió y se empezó a secar y se puso el albornoz. Ahí fue cuando su padre llamó a la puerta.

– ¿Quién? Me estoy vistiendo.

– ¡Ah! Perdona, nada, si …

– ¡Papá! – fingió sorpresa de verlo.

Y abrió la puerta.

– Fue raro ¿sabes? No hablamos de casi nada, yo ahí en albornoz y tal, pero me daba excusas para temblar… “¿Tienes frío? Te dejo que te vistas”, y tal y… me preguntó por la cámara… me dijo que te había conocido y que… la habías roto… una historia muy rara de una mujer que se llamaba Irene, y que… no le entendí muy bien y no me atreví a preguntar. Pero tío, me invitó a pasar la Nochevieja con él. ¡Alucina!

Suspiró. Lorenzo lo veía sonreír…

– Es mejor plan que hablar conmigo por wasap.

– Le dije que si podías venir. No te iba a dejar en la estacada, eres mi amigo

– No tronco, es tu padre y …

– Y tú eres mi amigo y no tengo muchos. Casi tengo tantos amigos como padres.

Sonrieron.

– Y me has morreado.

Mirada pícara.

– ¿Me perdonas?

– ¿Lo del morreo? – Guiñó un ojo a su amigo – Si estaba estropeada la cámara. La guardaba porque me la regaló mi padre. Era un modelo tan raro que era muy caro arreglarlo, y mi madre me dijo que nastis de plastis. Como me la había regalado mi padre…

A Lorenzo se le hundieron los hombros. “Otra metedura de pata de la ángela esa de las narices”. “Me la ha metido doblada”.

– Pero si te parece, te dejo mi cámara buena. Con la que hago las fotos…

A Lorenzo se le ocurrió una cosa mejor.

– ¿Y si me sacas tú la fotos con mi padre? Me han dicho que eres un fotógrafo de puta madre.

– Pero… me da palo ir contigo a donde tu padre.

– Yo voy a ir dónde el tuyo.

– ¡Hola chicos!

– ¡Papá!

Jorge se levantó. Quiso saludar a su padre pero no sabía como. Él lo notó y le abrió los brazos para indicarle que podía darle un beso.

– Nos volvemos a ver – le saludó con un apretón de manos a Lorenzo.

– Le he invitado a ir con nosotros esta noche. ¿Te importa?

– No, será estupendo, Javier va a venir también. Hablé con él esta mañana. No tenía planes, al irse tu madre de cena con los amigos… pero no sé si os gustará lo que tengo en casa… tengo que aprender muchas cosas.

Lorenzo se acordó de repente de algo que dijo la noche anterior.

– Y… ¿No tenía una reunión, la que no pudo ir ayer?

– No, la… la suspendí. Decidí aceptar la propuesta que me hicieron en lugar de los cierres y despidos. Ya no era necesario, y como no tenían muchas ganas de verme la jeta… sabes… Irene tenía razón.

– En algunas cosas… – Lorenzo pensó en lo de Jorge con Fernando, y en lo de la cámara, pero se calló a tiempo, no sabia si su padre… aunque luego recordó que con Irene hablaron de eso también – … no te creas que acertó…

– Me da que es un poco manipuladora, aunque sabes, me salvó de una paliza.

Los dos chicos abrieron los ojos sorprendidos.

– Me ha llamado la policía esta mañana. Detuvieron anoche a unos individuos en el otro lado del parque, por dónde iba a pasar yo camino d ella reunión. Y llevaban mis datos y fotos mías. Les habían encargado darme un aviso.

– ¿Los de la reunión de ayer?

– Eso… no se sabe. Hay tantos que querrían darme una paliza… Pero… bueno, el caso es que me salvó la vida… o al menos… nunca se sabe. Por cierto ¿La has visto?

Lorenzo negó con la cabeza, aunque miró a su alrededor buscando esas chispitas que la delataban, o un reflejo naranja… sus leotardos. Pero no vio nada.

– Bueno, ¿vamos?

– ¿Y será verdad entonces que…?

– Quizás ya has hecho hoy algo que impida que llegue ese momento que te contó.

– No me contestó a lo de mi padre.

Juan lo miró con una ternura que hasta el día anterior nadie hubiera dicho que tenía.

– Lo importante es que pase lo que pase, lo quieras, e intentes disfrutar de él todo lo posible. No cometas los errores que yo cometí…

– Voy mañana a sacarles fotos – apuntó Jorge.

– ¡Bien! – exclamó Lorenzo acercándose y dándole un beso.

Jorge se puso colorado… quizás porque era la primera vez que le besaba alguien los labios delante de su padre. O porque de todas formas, era la segunda vez que lo besaban.

– ¿Y esa Clara de la que hablabas?

Lorenzo se encogió de hombros.

– Quiero a Jorge. No necesito a Clara – lo dijo sin darle importancia, como si fuera algo tan claro que no necesitara más explicaciones.

Caminaron los tres hacia el lugar dónde Juan había aparcado el coche. Iban hablando tranquilos de si necesitaban algo más para la cena. Javi llamó para decirles que ya estaba en casa esperando.

Detrás de ellos, por un camino lateral, apareció una mujer alta y fuerte, con el pelo verde. Se quedó mirándolos y sonrió.

– No sé si está bien que le mintieras al chico ayer de esa forma – un hombre alto y guapo se apareció a su lado. Rubio y con lo ojos azules. Facciones suaves. Y sonrisa angelical.

– Tenía mucha rabia… no hubiera atendido a ninguna razón… Podían haber perdido su vida buscando a alguien, cuando su destino lo conocía de siempre. Saber que Jorge lo quería, que estaba con otro chico, levantó ese punto de celos que necesitaba para pensar y para reconocer su soledad y sus sentimientos, y para descubrir quién era la persona con la que todo eso no tenía importancia.

– Van a ser muy felices – apuntó Gabriel mirando como se alejaban justo en el momento en que sus manos se rozaron descuidadamente – pero… ¿No serán muy jóvenes?

– Nunca se es joven para amar, Gabriel, ni demasiado mayor tampoco. Fíjate tú y yo. Tú 2078 años, y yo, 1989. Y te amo como el primer día.

– Calla, coño, que hay habladurías en el cielo… debemos ser discretos.

– Sí mi amor.

– Y procura en tu informe no decir nada de eso de que perseguiste al chico y le hiciste un placaje…

– Vale, pero no le hice daño, y… tuve éxito en la misión.

– Sí, casi te has salido tan bien como la del Príncipe Arturo.

– ¡Qué bonita historia aquella! Y como vivieron felices y nadie se atrevió nunca a decir nada…

– Te empiezan a llamar la ángela de los homosexuales. A algunos no les parece bien que desde el cielo ayudemos a estos chicos a amarse el resto de su vida.

– En el cielo hablamos de amor, Gabriel. Sin apellidos. Lo importante es que las personas se amen. Nosotros nos amamos… y somos ángeles.

– Por eso… Fíjate el escándalo que se montaría si se descubre… y encima tu jefe, cuando eres muy criticada por casi todo el mundo… dirían: “claro, por eso la protege tanto”.

– Por ese Miguel, no te fastidia, que es un envidioso… que diga lo que le de la gana – Irene miró su reloj – digo que tenemos tiempo de … jugar a los médicos, antes de la película de la noche.

– Tienes que hacer el seguimiento de tus… y tienes que borrarles la memoria.

Irene sonrió mientras hacía un gesto extraño con las manos. Desapareció… pero solo fue cosa de un par de instantes.

– ¡Ya está!

– Seguimiento… – la reconvino Gabriel.

Pero ella se tocó la cabeza.

– Los tengo aquí… ahora están llegando a casa y Javi está allí. Y también el mayor, Ramón y su novio Joaquín, que han vuelto antes de lo previsto…

– ¿Y el padre de Lorenzo?

– Va a pasar hoy la mejor noche de los últimos meses. Su hijo le ha puesto las pilas… y mañana irán los dos chicos… y sacarán las fotos… y al menos de ésta, saldrá el buen hombre.

– Vamos, Gaby, no perdamos el tiempo… mi chuchurri…

– Vamos, mi piopio…

Y Gabriel le dio un azote a Irene en el culo, haciendo que esta saltara hacia delante y pusiera los ojos en blanco.

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