Incomprensión.

Caminaba despacio calle arriba. Durante un momento no supo ni dónde estaba, ni apenas quién era ella. Miraba sin ver, completamente ausente.

Carmen, 47 años. Rubia teñida desde los 20. Trabajadora. Alegre. Siempre dispuesta a recibir a sus amigos en casa, dispuesta a cocinar para ellos. Enamorada hasta las trancas de su marido Juanjo. Y madre por encima de todo: Juan, el mayor, 24 años; Lander de 21; Nuño, de 18.

Un escupitajo la situó en el presente en un momento. Levantó la mirada y se encontró con una cara conocida. Hubo suerte, esta vez fue en el suelo, a sus pies. Se lo quedó mirando un buen rato.

La primera vez que Carlos le escupió le dolió. Algo se rompió dentro de ella. Carlos había sido su amigo desde el instituto. Incluso durante unos meses se miraron de una forma especial. Tontearon. Tenía 15… no, 16 años, como ahora Nuño. Un buen día Carlos quedó con ella en el bar de Eutimio, que tenía unos futbolines y una máquina de petaca, que si la golpeabas en un punto suavemente te daba partidas gratis. La miró muy solemne y le dijo:

– Carmen, tengo que decirte algo – y bajó la mirada como avergonzado, cogiendo aire para seguir – Eres… te quiero un huevo, pero… – volvió a callarse unos instantes largos, casi eternos; Carmen quería ayudarle, pero debía decirlo él para que le sirviera de liberación. Al final, se decidió, aunque lo dijo muy bajito, pero muy bajito, y luego se bebió el chato de casera naranja de un trago – Soy marica. Lo nuestro… perdona el haberte dado… me gustas un huevo, pero… eres mi mejor amiga…

Carmen sonrió para sus adentros. Le hubiera querido decir que ya lo sabía, que se había dado cuenta hacía un tiempo de cómo miraba a hurtadillas a Antón, y a José Luis. Pero no dijo nada de eso, solo lo abrazó, le dio un sonoro beso, y le dijo que no importaba, que serían amigos y que lo seguía queriendo mucho. Él sonrió de esa forma que solo Carlos sabía hacer, con los ojos iluminados de una forma especial, mágica.

Y allí estuvo Carmen cuando intentó ligar con José Luis, después de debatirlo durante semanas entre los dos, y el tal José Luis le dio un puñetazo en la nariz y sangró como un cerdo, y luego le dio una patada en semejante parte, y Carlos estuvo doblado en el suelo. Ella fue corriendo desde la otra acera y le apartó al tal José Luis y se enfrentó a él y le agarró de sus partes y apretó hasta que el tipo aquél gritó clemencia. Y salió corriendo. Luego pensó que tuvo suerte que no le partiera la cara. “No se lo esperaba, seguro”. Y pensar que el José Luis ese ahora canta travestido en algunos locales de noche de Barcelona…

Y allí estaba ella cuando Carlos lo intentó con Álvaro y todo salió bien, y se liaron, y luego… ella estaba allí para guardarle las espaldas, para disimular, para darle coartada…

Empezó a andar de nuevo, despacio, midiendo sus pasos. Contándolos quizás. O esperando a todos los que hoy le mostrarían su desprecio. Incluso asco. No quería perderse a ninguno, quería mostrarles que, aunque jodida y desmoralizada, podía con todos ellos, con el del cuarto, con Helena, con Martín, con Lester… con el desconocido 1, y con el 2, con la rubia teñida… hasta con la peluquera que le tenía con cara de asco y odio.

Hacía ya más de un año que todo esto había empezado. Casi dos ya. Ella siempre había pensado que la gente la apreciaba, que tenía suerte por las personas que se había encontrado en la vida. Bueno, también pensaba que lo estaba haciendo bien con su familia, con sus hijos. Y aquella noche del mes de mayo, el día de la fiesta de la primavera, todo se fue derrumbando.

Fue muy poco a poco… no, no, en realidad fue de golpe, pero ella, en su interior tuvo que asimilar este estado nuevo de la vida, de su vida. Y lo tuvo que hacer poco a poco… era todo tan brusco… tan horrendo… tan radical…

Esa noche, después de volver a casa de bailar con Juanjo, de estar con sus amigos, Rodrigo, Irene, Matilde, Pili, Alberto, María, también se pasó Carlos del brazo de su nuevo novio, Aitor se llamaba creía recordar, un hombre estupendo le pareció, aunque apenas tuvo tiempo de conocerlo. Y la orquesta tocó aquellas canciones de verbena, “el tractor amarillo”, y esa de la escoba que nunca se acuerda, y una de Manolo Escobar… “¡Qué cutre!” le decía Juanjo al oído, pero disfrutando como un enano, bailando y riendo, con un cachi en la mano “Si te ven tus hijos, a ver que les decimos”, le tomaba el pelo ella. Volvieron a casa riendo, y muy acaramelados, “Esta noche toca” decían los ojos de Juanjo… él se pegó una ducha, y mientras ella echaba un vistazo a sus hijos; Juan estudiando para un examen que tenía el lunes “Pero hijo, descansa un poco” “Enseguida mamá; hueles a choto” “no jodas”, se dijo husmeando la ropa, “es que había mucha gente y el calor…”, “Sí, sí” le dijo sonriendo su hijo… ella se olió la ropa otra vez y era cierto, olía a sudor, a humanidad… “A la lavadora la ropa y yo a la ducha” le revolvió el pelo y le dio un beso en la coronilla. Fue a la habitación de Lander, pero no estaba. “Donde se meterá este chico a estas horas”. Lo dijo mirando el reloj, “Son las 5 de la mañana”. “Bueno calla, que nosotros acabamos de llegar” se dijo para sí. “Pero no estás de exámenes”. Entonces arrugó un poco el morro. Entró sigilosa en la habitación de Nuño “Esto si que es olor” se dijo sonriendo y recogiendo la ropa del suelo para llevarla a la lavadora también. Se quedó mirando a su hijo que dormía como siempre, casi boca a bajo. Lo empujó ligeramente para que se pusiera bien “éste no se despierta ni a tiros”, le puso bien la sábana cubriendo su cuerpo, y le besó en la frente. “tengo que aprovechar que está dormido” sonrió y le dio otro beso. “Si al capullo le gusta” porque su hijo en sueños, sonreía después de cada beso.

Fue entonces cuando sonó el teléfono de casa. Le dio un vuelco el corazón. Volvió a mirar el reloj y fue corriendo para cogerlo y que no se despertara Nuño. Pero Juanjo ya lo había cogido. Ella lo miraba fijamente, y estudiaba cada gesto, cada reacción… pero solo había una, la de sorpresa mezclada con la desorientación más absoluta. Él al principio la miraba a ella, pero rápidamente apartó su mirada y la dejó revoloteando por el salón.

Colgó.

– ¿Qué? – preguntó Carmen ansiosa.

– Lander.

– ¿Qué? – casi fue un grito. Juan, su hijo mayor estaba detrás de ella. Respiraba agitado también, mirando a su padre.

– Le han detenido.

Carmen suspiró aliviada. “Alguna pelea”, pensó. Era mejor eso a que estuviera muerto, o en el hospital lleno de tubos, que era lo primero que se había imaginado.

– ¿Qué? – volvió a preguntar pero un poco más relajada, porque la cara de su marido era muy preocupante.

– Ha matado a Belén.

La vista se le nubló. Buscó donde apoyarse y encontró a su hijo que seguía a su lado.

– Y a Lorenzo y Esteban, sus hermanos.

Su marido de repente la miró. Nunca le había visto esa expresión de incredulidad, de… quiso ir a abrazarla pero no le dio tiempo: le dio un vahído y cayó sobre su hijo. Ella no lo recuerda pero dio un grito tal, que hasta su hijo pequeño se despertó sobresaltado y salió corriendo de la habitación, asustado.

Fueron a la comisaría pero no les dejaron verlo. Un policía les informó de los detalles que podía contar… “el juez, ya sabe”. Llamaron a Fernando, un amigo que era abogado. Fernando llegó y entró a verle, y le acompañó en todas las diligencias.

– Está bien, Carmen – le tranquilizaba Fernando – dentro de unos días lo veréis – miraba a Juanjo – Tenéis que ser fuertes.

Ella dudó de que su hijo pudiera hacer tal fechoría. Que alguien que había salido de sus entrañas pudiera ensañarse con esa chica y con sus hermanos. Lorenzo era amigo de Nuño además, aunque se había peleado unos días antes: “cosas de chicos”, se dijeron los padres, los del uno y los del otro cuando se encontraron la noche de autos en la verbena. Fue la última vez que se hablaron. Aunque Carmen lo intentó… quería mostrarles su tristeza, su desolación… pero ellos no querían que se la mostrara.

A partir de ese momento todo cambió de repente. No fue sencillo asimilarlo. Las cámaras de televisión en la puerta de su casa, periodistas siguiéndolos a todas partes, a ellos, a los chicos… al día siguiente empezaron a agolparse grupos de personas insultándolos, tirando piedras a las ventanas… los vecinos dejaron de saludarles, siquiera de mirarles al pasar… los primeros días dejaban en el aire los “Buenos días”, con ojeras pero los dejaban… al tercer día ya se cansaron, total ellos eran los que no tenían buenos días, ni los tendrían nunca más.

Los amigos al principio les acompañaban. Les apoyaban… al fin y al cabo “ellos no habían hecho nada malo”. Carmen se sonreía pensando en que si lo hubieran hecho, sus amigos les hubieran dejado de lado. Pero al final acabaron igualmente dejándolos. “Debe pagar, no tienes la culpa, pero tu hijo deba pagar” “Es mi hijo, Mapi, es mi hijo. Claro que debe pagar, pero no querrás que lo deje de lado, debo defenderlo, y debo estar con él, yo lo parí”; “pero es un asesino”; “pero es mi hijo, y lo es hasta el día que me muera, no es un cargo del que pueda dimitir si no me gusta”; “Debe morir”; “Pero Mapi, como piensas que puedo desear la muerte de mi hijo”… Mapi dejó de… luego fue Irene, Rodrigo, hasta llegar al escupitajo de Carlos.

Empezó a discutir con su marido. Juanjo… no podía soportarlo, no… empezó a rechazar a su hijo… empezaron las discusiones, y fueron aumentando… hasta que un día, después de una agarrada tremenda entre los dos, con sus hijos de testigos mudos, decidieron separarse. Él se iba, se iba hasta de la ciudad. Ella se quedaba. Claro que se quedaba. No dejaría a su hijo.

– Mejor será que los niños se vengan conmigo.

– Los niños pueden decidir, son mayorcitos – le dijo secamente dándole la espalda y sentándose en una butaca, mirando por la ventana. Ese día había poca gente a las puertas de su casa con lo que había pocos insultos.

– Tus otros hijos te necesitan – intentó convencerla.

– Y me tienen – Carmen se levantó iracunda – ¿O no me tienen? ¿Te has ocupado acaso de acompañar a Nuño estos días al Instituto? ¿Has ido al Instituto para que tomaran medidas de ese pequeño conato de linchamiento que tuvo el otro día? ¿Has hablado con él de ese rumor que se ha propagado y que le convierte en la causa de todo por el enfado que tuvo con Lorenzo unos días antes? ¿Te has levantado por la noche cuando gritaba en sueños, para tranquilizarlo? No me des – lo dijo marcando cada sílaba – clases de madre. ¿Sabes acaso si Juan duerme o no por la noche? ¿Has estado hablando con él horas y horas para que se relajara?

– Por eso deben irse de aquí, alejarse…

– Eso es huir, Juanjo, eso es huir. Eso no es afrontar las cosas, los problemas. Eso a la larga los convierte en el hazmerreír de la gente. En unos cobardes. Y sobre todo eso es dejar a Lander solo.

– Es un asesino.

– Es nuestro hijo. Y sea lo que sea, nos necesita.

– Debe pagar.

– Y pagará. Claro que pagará. Pero sigue siendo nuestro hijo. Y será lo que sea, pero lo quiero. Y nos necesita.

Juanjo se dio la vuelta y se fue a hablar con sus otros hijos. Juan se quedó con su madre; Nuño se fue con su padre. Montaron en el coche, y se fueron a casa de los abuelos, en Salamanca. Carmen y Juan les despidieron con la mano, viéndolos alejarse en el coche.

– No te enfades con Nuño – intercedió Juan.

Carmen le rodeó la cintura y le apretó hacia ella.

– No seas bobo, como me voy a enfadar. Si es mi preferido. ¿No decíais eso tú y Lander?

Juan enrojeció mientras su madre le daba un codazo.

Tantas veces había repasado todo el proceso, buscando otra manera de afrontar las cosas que le hubiera causado menos problemas. Pero nunca había encontrado otra forma, salvo renunciar a su hijo. Nadie entendía que ella era la primera a la que le dolía que su hijo fuera un asesino. Que era la primera que repasaba una y otra vez cada momento de su hijo buscando indicios, buscando errores… que le dolía tener un hijo al que iban a juzgar en unos días por asesinar a tres personas. Pero que por eso, no dejaba de ser su hijo y aunque sabía que debía pagar, ella debía estar con él, ayudarle, apoyarlo, y quererlo.

En una semana empezaría el tinglado. Las televisiones ya habían hecho ofertas para llevarlos a los platós. Se habían recrudecido las vigilancias, aunque todavía eran ocasionales. Sabía lo que le esperaba. El abogado le había dicho que todo iba a ser muy difícil. Que a lo mejor no era bueno para ellos que fueran al juzgado, por los insultos, y demás. Pero ella iba a ir. Y su hijo Juan la iba a acompañar. El abogado, por cierto, ya no era su amigo Fernando. Al cabo de una semana se disculpó y les recomendó a un colega. Tampoco volvió a saber nada de él. Al menos les perdonó la minuta, seguramente por no verlos.

Estaba cansada. Otra vez sumida en sus cavilaciones. Retomó el camino de su casa despacio. Echaba de menos hablar con alguien, contar sus problemillas, cotillear sobre lo que decía el Hola o sobre la película que habían ido a ver al cine en la que Juanjo, como siempre, se había dormido. “Roncaba, no sabes como roncaba”, contaba mientras Irene reía.

– ¡Mamá!

Levantó la cabeza. Sonrió… y echó a correr.

– ¡Nuño!

Abrió los brazos y apretó contra si a su hijo. Casi año y medio sin verlo. Nuño lloraba y besaba a su madre una y otra vez, parecía que quería recuperar todos esos besos furtivos que ella no le había dado por la noche, mientras dormía – perdóname por haberte abandonado…

– Estás muy guapo y alto – le dijo ella mientras se separaba un poco para verlo con perspectiva con sus ojos llorosos haciendo como si no hubiera oído sus disculpas, porque nada tenía que disculparle – ¡Felicidades!

Se volvieron a abrazar llenándose de besos llorosos y felices.

– 18 añazos. ¿Vienes a celebrarlo con esta loca que tienes por madre?

– No digas eso, mama, vengo a quedarme contigo.

– Pero ¿Y tu padre? Esto… ¿estás seguro? Esto va a ser duro…

– ¿Me echas? – le retó con una sonrisa y entornando los ojos.

– ¡Enano! – Juan venía por el otro lado de la calle; aceleró el paso al ver a su hermano pequeño.

Se abrazaron también.

– ¡Al final has venido!

– Veo que algo te habías olvidado de contarme. Secretos de hermanos, supongo.

– No, mamá, en todo caso iba a ser una sorpresa.

– ¡Hasta luego! – saludó Nuño a un hombre que pasaba por su lado – Era Manolo Cuesta, mi antiguo profesor de matemáticas – explicó a su madre y a su hermano que lo miraban extrañados – Sabéis que, venía pensando en el tren… que debíamos saludar a todos nuestros antiguos amigos y conocidos. Si ellos son unos siesos, pues que les den canela por el orto.

– ¿Canela por el orto?

Se miraron los tres y rieron.

– Vamos a casa que os voy a hacer un pastel de crema y arándanos acojonante.

– Cocinillas que se nos ha vuelto, y mamá no sabes lo bien que lo hace.

– Sí, porque os habéis quedado en los huesos, y eso va a cambiar. ¡Vamos! A casa. Por cierto… mañana voy a ver a Lander a la cárcel.

Carmen sonrió.

– ¡Vamos!

– ¡Hasta luego Irene! – saludó Carmen a su antigua mejor amiga con energía.

Irene puso cara de susto y murmuró algo mientras aceleraba el paso. Y ellos se echaron a reír.

– Vamos, a casa. A ver ese pastel.

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Este relato fue un encargo que me hizo Saiz. Así que se lo dedico con todo mi cariño.