Una historia para las tantas. De las tantas de la mañana.

Son las tantas de la mañana.

Bien, me habéis pillado, no son tan tantas. Pero son tantas.

Es de noche. Evidente, si son las tantas. Debía haber dicho que eran las tantas de la noche. Bueno, da igual, porque todo depende del punto de vista. Ya sabéis el chiste ese de entrar en casa andando hacia atrás, así parece que sales en lugar de entrar, si te pilla alguien.

Hace un frío que pela en la calle. Es Navidad… perdón, es Primavera en “El corte inglés” y en el calendario. Hace un frío que pela, repito.

El caso es que estaba pensando en escribir algo estupendo para el fin de semana. Y mira, pues que no se me ocurre nada. Quizás ahora que lo pienso… Espera…

.

Diego estaba tumbado en el suelo de su salón. A su lado, una copa vacía de vino. Se había quedado dormitando escuchando un poco de música. Soñando.

Estaba desnudo, pero en casa, hacía calor. Y dentro de él, también hacía calor.

Cuando salió de su casa por la mañana, nada le hizo pensar que ese viernes, iba a ser un día especial. Fue a trabajar como todos los días, tomó café en el sitio de todos los días, contó las mismas cosas de los viernes “A ver si ganamos este domingo”. “A ver si mojas este sábado, que te veo necesitado”, le dijo su amigo Samuel. Él rió como todos los viernes con la misma broma.

No, en realidad no fue así. En realidad tomó café en el mismos sitio y la camarera mal encarada y con voz estridente le llamó la atención porque cuando se fue al servicio, pensó que se iba a ir sin pagar. Y a voz en grito le llamó la atención. “Será boba la tía, aunque me fuera sin pagar, si vengo todos los días dos veces”.

Eso le cortó las ganas de mear y las ganas de volver a tomar café en ese sitio. Y por qué no, le estropeó el humor.

Salió de la cafetería subiéndose los cuellos del abrigo. Dos días antes iba en manga corta, hoy otra vez con el abrigo de invierno. Y aún así, tenía frío. Giró la cabeza para observar como el chico de la asociación de alzheimer ayudaba a una señora a subir al mini-bus. Aunque esa mañana, el chico no era el mismo.

Suspiró triste pensando que a lo mejor, ese viernes iba a ser un mal día.

– ¿Por qué suspiras?

Se asustó. Él estaba a lo suyo, apenad por no ver al chico del micro-bus, y no se dio cuenta de que a su lado, estaba él. Él. Él.

Sonrió como un bobo y no supo que decir. Apenas balbuceó alguna palabra inconexa y absolutamente irreconocible hasta para él que la estaba diciendo.

– Me llamo Santos.

Y le tendió la mano.

– Se la quedó mirando durante unos segundos, que se le hicieron como horas. Al final alargó él el brazo y consiguió a duras penas decir su nombre.

– Diego – la boca la tenía pastosa.

– He oído lo de la pava esa del bar, es gilipollas. Si vas todos los días, que le más dará que cobrarse ahora que luego. ¿No te parece?

– Pues, sí, sí… me ha sentado mal.

– Ya te he visto que te has puesto colorao. Pero tú tranqui, que esa boba es tonta.

Diego sonrió.

– No sé si tendrás algún plan para esta noche. Estaría bien que a lo mejor si te quieres o algo así, que un cine, no sé si te gusta.

– ¡Ah! Bien, me encanta el cine, sí, me parece buena idea, sí, si quieres.

– Pues si quieres me das el teléfono y te cambio, digo te llamo luego y quedamos. Tengo que hacer unas cosas esta tarde y luego trabajo y no sé bien…

– Yo, yo… yo salgo tarde – Diego se estaba poniendo nervioso por momentos. Un sueño se estaba haciendo realidad. Pero tuvo dudas.

– ¿Me pellizcas?

Santos se quedó un poco parado por la propuesta. No supo muy bien que decir, o si decir algo, o si no decirlo, o si pellizcarlo. Al final acabó pellizcándole, y Diego pegó un gritito de daño.

¿Te he hecho daño? – “Qué bobadas digo, si ha gritado habrá dolido, digo, eres bobo Santos” – Yo…

Bien, está guay, si eso, es que no sé… pues me llamas, está bien, y vamos… me tengo que ir… no quiero…

Y Diego se giró para irse y casi echa a correr, pero una voz de Santos le detuvo.

– ¡El teléfono!

– ¡Ah! Sí. – sonrió de forma boba mientras se volvía a acercar y le daba su número de teléfono.

Santos se quedó mirando como se alejaba. Cuando estuvo seguro de que ya no podía verlo ni oírlo, pegó un salto y un gritito de alivio. En realidad era de alegría, en realidad era un todo mezclado.

Le había costado casi tres meses idear una estrategia para acercarse a él. Al final, después de tres intentos fallidos, lo había conseguido. Se fijaba en que muchas mañanas coincidían cuando iba a recoger a Fulgencia, la señora del 4ºF del portal al lado de la cafetería. Le gustó el primer día. Pensó que no tenía nada que hacer, hasta que un día, por el retrovisor del micro-bus, se dio cuenta de que Diego también lo miraba.

Ese día no pudo dormir de la felicidad. Aunque después se puso triste porque no se iba a atrever a cercarse y tenia la impresión de que ese otro chico, tampoco le iba a entrar.

Ya se había acabado el suplicio… aunque ahora empezaba otro suplicio. ¿Y qué se ponía esa tarde? ¿Y que película iban a ver? ¿De verdad le gustaría el cine o se lo había dicho por decir? Nunca le había visto en el cine… “a lo mejor va a los del centro comercial”.

Quedaron una hora antes de la sesión de la noche. Fueron a comer un bocata a un bar al lado. Al principio eran unos bobos que no tenían nada que decir, pero el baloncesto fue una excusa. Jugaba el Autocid para subir a la ACB. El partido más importante de su historia. Y por ahí, empezaron a hablar.

Vieron “la caza”. No les gustó a ninguno.

– No me cuadra la historia, ni los personajes. Y acaba como para dejarte con la intriga, pero… es muy forzado, como para darte un toque de emoción….

– O para darte una lección o algo.

Diego no supo como ocurrió, pero al salir del cine, hacía todavía mucho más frío, y en esto que se empezaron como a empujar y esas cosas, y de repente se encontró con sus labios puestos sobre los de Santos. Éste abrió mucho los ojos, y subió las cejas, y se puso a tartamudear, y sonrió, y dijo algo que no el entendió, “repite que no te he entendido” y lo repitió otra vez y ahora le entendió todavía menos.

Y ya no volvió a insistir, le dio vergüenza. Preguntar y el beso.

Caminaron hasta el coche. Despacio. Santos no es capaz de recordar nada de lo que había dicho. Salvo que cuando pasaron unos coches tocando el claxon, comentaron que el Autocid de baloncesto había ganado. También se acordaba de que estaba a gusto.

Llegaron al coche de Diego, y se despidieron. Santos quiso darle un beso pero no se atrevió. Creyó notar que Diego se quedaba esperando ese beso, pero, ante la duda, no hizo nada. Se dio media vuelta y entró en el portal, porque vivía allí mismo, a cuatro metros de dónde Diego había aparcado el coche.

Subió a casa.

Saludó a sus compañeros de piso que estaban con unos amigos en el salón. Le dijeron de tomar algo. “Me voy a la piltra, estoy muerto”. Quería estar solo y… recordar.

Cerró su habitación, y se tumbó en la cama. Tenía una pequeña nevera en ella, y sacó el culín de una botella de vino con la que había comido hacía un par de días con su padre, que había venido del pueblo y le dijo de comer en casa con él.

De desnudó despacio. Mientras se quitaba la camiseta, se rozó el cuerpo con las manos. Se imaginaba que esas manos eran las de Diego. Y él sonreía se placer, al recrear la escena en su cabeza. Lo mismo hizo al bajarse los pantalones, acariciando sus muslos. Y los calzoncillos, y quitarse los calcetines, despacio, tocando sus pies, sus tobillos, sintiendo las manos de Diego.

Se tumbó en la cama, y se sirvió el vino en un vaso de plástico. No tenía ganas de ir a la cocina a coger una copa. Prefería seguir con la sensación de que Diego lo miraba de pie, al lado de su cama, y se agachaba a besarlo. Y le besaba, y le besaba… y le pasaba la mano por su pecho…

Diego puso la copa de vino sobre su pecho y se quedó mirando al techo.

Santos puso su vaso de vino en el pecho y se puso a mirar el techo.

Sonrieron.

Diego se imaginó a Santos sonriendo.

Santos se imaginó a Diego sonriendo.

Sonrieron.

– Mañana hemos quedado. A las siete – dijeron los dos, mirando al techo.

– Y le voy a dar un beso al vernos – dijeron los dos, mirando al techo, y sonriendo embobados.

Suspiraron.

Y se durmieron, después de apurar el vino que tenían en sus recipientes.

.

Pues ya está. Y no lo voy a volver a leer por si las moscas y me arrepiento.

Ahora sí, me voy a la cama. Soñaré con mi Príncipe. Diego y Santos me han dado envidia. Quizás os cuente ese sueño otro día. El sueño de mi Príncipe apoyando su cabeza en mi regazo. Mi Príncipe sonriendo… mi Príncipe feliz… yo feliz con mi Príncipe…

Me iba a dormir.

¡Qué descanséis!

Besos.

Muchos.

Envueltos.

_____

He pensado, ya unas horas después de perpetrar este atraco y escribir un relato así sin pensar ni nada, con una maravillosa historia de amor de dos chicos pobrecitos tímidos y demás… el próximo relato de amor, será de un chico que se come el mundo y los miembros viriles de cinco en cinco.

Y he pensado ahora que podía poner una foto, para animar el cotarro, por si no os gusta el relato, que os guste el maromo…

jimmy200413-historia de las tantas01

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4 pensamientos en “Una historia para las tantas. De las tantas de la mañana.

  1. Me gusta, este torrente de sensibilidad; este recorrido de intenciones y de deseos, amor en estado inerte hasta que la chispa prende, la valentía del amor, y luego el candor, el recorrido, el temor, la ansiedad.
    Los cuerpos desnudos y la expectación de un nuevo día y de un deseo eterno, permitirme está música para acompañarlo. Me ha gustado mucho.

    • La música es maravillosa. Parece que está escrita ex-profeso para el relato. Las dudas del principio, los nervios, más dudas, la alegría del decir sí, luego más nervios preparando la cita y el esplendor del beso y el amor que parece que prende en estos dos chicos de hoy…
      De verdad me ha encantado la música.
      Muchas gracias por perder un poco de tu tiempo en leer y en buscar una música apropiada.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. A mi me ha gustado mucho la foto, con su correspondiente maromo jajaja. Eso si, para comerse tantas cosas, no se le ve muy contento. Creo que vas a tener que contar su historia pero ya. 😉
    En cuanto a la historia de los otros chicos. A mi esa mezcla de timidez, inocencia y ternura es que me encanta.

    Muchas gracias y un abrazo

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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