El hombre sin reflejo.

Un hombre se miraba en el espejo. Miraba, pero no veía su reflejo.

Pensó durante unos instantes que tenía los ojos cerrados. Él intentaba abrirlos con todas sus fuerzas… pero no podía, porque en realidad tenía los ojos abiertos.

Se acercaba todo lo posible al espejo; notaba como su respiración chocaba con él… y veía el vaho, pero… no se veía él mismo.

Lo tocó con sus labios, incluso se llegó a besar… pero no… solo veía el reflejo de su respiración, su imagen no estaba. Y el caso es que durante un instante, sintió su propio beso.

Se apartó de repente… asustado.

Se sentó en el suelo, entre la taza y la bañera. Encogió sus rodillas en su pecho…

Miraba al frente, sin encontrar explicación. Estaba, asustado, preocupado, no entendía lo que pasaba, no entendía… nada. Su cabeza era un hervidero.

Buscando respuestas, recordó el día anterior. Recordó cuando, sentado en esa cafetería que tanto le gustaba, dio la patada a Juan.

“Es una etapa de mi vida de confusión” le dijo.

“No se lo que quiero” le dijo.

“Estarás mejor con otro” le dijo.

“Es lo mejor para los dos” le dijo.

No recordaba si Juan le había dicho algo No recordaba haberle visto abrir la boca. En realidad tampoco recordaba haberlo visto… no se había fijado para nada en él.

Habían sido unos meses maravillosos, pero… Mario era un cazador. Y un cazador debía cazar: iba con su esencia.

Estuvo bien, porque Juan fue una presa difícil, que le hizo agudizar su ingenio en la conquista.

Era un hombre que le puso desde el primer momento. Su mirada lánguida, su sonrisa, su forma de ser. Estaba bueno, eso ayudaba.

Y casado, un pequeño inconveniente.

Con María, otro pequeño inconveniente.

María era una amiga de siempre, a la que había perdido la pista un tiempo. Hubo una época en que fueron confidentes.

“Es tu mariliendre” le decía un día Ernesto, un tío cansino que siempre se pegaba a él en las discos para quedarse con sus sobras, con los que le quería cazar a él. Como si él fuera de esos que se dejan cazar.

Juan le puso… esa noche especialmente en que hacía arrumacos con María, en una cena de viejos amigos. De vez en cuando se cruzaban sus miradas… primero Juan parecía despistado buscando el significado de la mirada de Mario. Luego le gustó el juego, se sintió halagado. Al final se asustó al mirar de reojo a su mujer. Y bajó la mirada para el resto de la velada.

Tuvo que hacer muchos esfuerzos, usar todas sus armas. Pero al final, al cabo de un par de meses, Juan estaba en su cama.

No fue difícil que María se enterara.

Se divorciaron. Y Mario tuvo su presa.

Seis meses.

Había que ir a por otra presa. Seis meses para un cazador, era demasiado tiempo de inactividad.

Una patada. En la cafetería esa que tanto le gustaba.

Juan no se lo tomó muy bien. Mario no se enteró, porque en el fondo no quería enterarse. Puso su mejor parapeto para protegerse. Pero luego, Rosa vino a su casa a contárselo.

María en su momento tampoco se tomó muy bien su intromisión en su vida. Pero “es la jungla”, pensaba Mario. Y yo soy un cazador. El mejor.

Esa noche, después de romper con Juan, durante unos instantes pensó que era una tontería lo que había hecho, porque en realidad Juan le gustaba y estaba muy bien con él. Incluso sus dolencias se habían evaporado mientras estuvo junto a él. Pero solo fue durante unos pocos segundos, porque… eso iba contra sus propias convicciones.

Apartó esos pensamientos. “¡Fuera!”

Rosa llegó entonces, y le contó lo desesperado que estaba Juan.

Mario se encogió de hombros:

– Es la vida, lo superará.

Cerró la puerta de su casa tras Rosa y se fue a dormir.

Pero, ahora, pensaba sentado en el suelo de su baño, apoyado en la taza del váter, que ya no estaba tan seguro de eso.

Cuando se despertó, echó de menos su beso de buenos días.

Cuando fue a la cocina, preparó dos tostadas, como los días que Juan se quedaba en su casa, que ya eran casi todos. Y puso dos tazas, y calentó leche para los dos, e hizo dos zumos de naranja, y le llamó, pensando que estaba en la ducha.

En el baño, no lo vio, y recordó.

Se quedó un rato con una sensación de vacío, hasta que recordó quien era.

– Soy el cazador – dijo en voz alta, con tono decidido.

Y sonrió de esa forma que tienen los cazadores de sonreír.

Ahí estaba, sentado en el suelo de su baño, con miedo a levantarse, por si otra vez al mirarse en el espejo, no podía ver su reflejo.

– ¡El espejo de la habitación!

Se levantó de un salto y volvió a su cuarto. Abrió la puerta del armario y ahí estaba su espejo de cuerpo entero. Se puso delante, sin mirarlo directamente… tenía… tenía miedo… pero al final lo hizo: miró.

No vio su cuerpo.

Vio el reflejo de los muebles, la cama, el aparador… vio el reflejo del ordenador en una mesa en un costado de la habitación… él no estaba en el reflejo.

Cerró de golpe la puerta y se fue al portátil. Leyó la prensa y abrió su correo:

cosas del trabajo… y un mail de Juan

Se pensó el abrirlo… pero se dijo:

– ¿Qué va a pasar por abrirlo? ¡Qué le peten al tío éste! A ver como lloriquea.

“Hola Mario:

Ha sido todo muy bonito. Me has hecho muy feliz en estos meses que hemos estado juntos. Por primera vez en mi vida, me he sentido amado y querido. Muy a tu pesar, porque eso no estaba en tus planes, pero ha sido así.

También me he sentido amado hoy, cuando me has echado de tu lado. No lo sabes, pero… es así… te parecerá sorprendente, pero… así es. Tu mirada perdida en tus manos te delataba.

Sabes, Mario, después de estos meses, ya no creo que sea posible vivir, sentir lo mismo.

Sabes Mario, para mí ya no hay un sentido a mi vida. Por mucho que quiera, nunca podré sentir lo mismo.

Hoy has muerto para mí, tú te has matado en mi corazón. Estás muerto Mario, aunque no lo sepas.

Crees que puedes vivir sin mí, que puedes olvidarte de tu amor, de lo que has sentido estos meses… yo no he hecho nada… sabes… cuando me conquistaste, cuando me arrancaste de los brazos de María, estabas fingiendo, sí. Estabas cazando, como te gustaba decir. Pero en realidad… caíste en mis redes, tejidas con más calma y paciencia.

Siento decirte que no me cazaste tú, sino que yo lo hice contigo. Hace casi un año, te vi un día en la playa. me quedé subyugado contigo, con esa prestancia tuya. Y ahí empecé a tejer mi plan. María se prestó a ello encantada. No lo recuerdas, Mario, pero la hiciste mucho daño. Hace ya cuatro años de eso. Pero todavía lo tenia muy presente y disfrutó con nuestra pantomima.

Todo fue sobre ruedas… tu creías que cazabas, pero en realidad eras la presa. Y caíste.

No has podido resistir la tentación de volverte a sentir cazador, aunque en estos meses has sido feliz, como no lo has sido en tu vida antes. Y has querido olvidarme, has querido cambiarme por uno nuevo. Pero… no sabes que no lo vas a hacer, porque has muerto.

Eres solo un espectro… dentro de poco, no serás ni eso.

Me voy de caza.

Adiós. “

Mario cerró de golpe el portátil. Su corazón latía deprisa.

Se levantó de golpe y fue a la ventana. miraba la calle con rabia…

“Eso es mentira, ¡una puta mentira!”

Gritaba.

Fue al armario para sacar ropa y vestirse

Sin darse cuenta pisó el ordenador, que se hizo añicos.

Se puso una camiseta un pantalón y unos zapatos, sin hacer caso a algún cristal que se había clavado en los pies.

Cuando llegó a la puerta de casa se quedó un momento parado.

¿Qué voy a hacer?”

Iba a salir corriendo de casa, pero… no sabía a donde ir, ni que hacer dónde quiera que fuese… se dio la vuelta cabizbajo… y volvió al baño.

Miro al espejo… por si acaso: nada.

Intentaba llorar… pero no… no podía.

Escuchó ruidos en la puerta de la calle.

Un grupo de personas hablaban… de repente reconoció la voz de su madre.

– Por favor, hagan lo que sea.

Algo pasó de repente. Todo fue muy deprisa…

Entraron de repente… bomberos, médicos… y su madre.

Fueron mirando una por una las habitaciones…

– Ahí está – dijo uno de los bomberos.

– No se acerque – le dijeron a su madre

Ella lloraba…

“Mamá, ¿porque lloras?”

Él preguntaba pero… no respondía… ella callaba… solo lloraba…

– Está muerto desde hace días – dijo uno de los médicos.

Y su madre arreció en el llanto.

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4 pensamientos en “El hombre sin reflejo.

  1. Pues bueno, como dice el dicho gallego: “A todo porquiňo lle chega o seu San Martiňo” , Y aquí nuestro protagonista parece que tenía experiencia en eso de hacerle marranadas a la gente.
    Muy buena la historia. Además me ha sorprendido
    Como siempre muchas gracias

    Un abrazo

    • Pues Chevy, como has desaparecido, pues no me ha quedado más remedio que matar a Mario.
      Es tu culpa… sisisisisi.

      😛

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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