I Semana de la música: “La historia de Armando (I)” con el “cuarteto americano” de Dvorak.

– Hola. Buenas tardes querido público.

Armando miró a su alrededor. No vio a nadie. Pero eso no hizo que se desanimara.

– Papá – su hijo le golpeó la espalda suavemente.

Armando no le hizo caso, ya sabía lo que le iba a decir.

– Siéntate – le dijo sin mirarlo y siguió presentando el concierto – Esta pieza que vamos a tocar, es de un gran compositor del siglo XIX. La compuso…

Una puerta se entreabrió a causa de alguna corriente de aire y dejó pasar los gemidos de la película porno que estaba viendo el conserje. La corriente se detuvo de repente y la puerta se cerró de golpe con gran estrépito.

Rúl y David miraban a su padre con lástima. Manuela miraba desde bambalinas. Quería a su marido como pocas personas amaban a sus parejas. Y ahora tenía el alma en los pies. Una vez más su marido se inmolaba por la música, se prestaba al ridículo, a la humillación mayor que un músico puede sufrir que era… un auditorio vacío.

– Toquemos y vayámonos, papá. Tomémoslo como un ensayo.

– Tocaremos y nos iremos, cierto. – se dio la vuelta de repente para encarar a Rúl con el gesto serio, adusto incluso. – Pero como la actuación que es. Y aunque ahora no haya gente, no… sé que queréis que no toquemos porque no hay nadie, pero no… debemos tocar porque la música es nuestra vida. Y hemos venido a hacerlo y lo haremos. Todavía puede venir alguien. Y debemos hacer música. Debemos… – repetía cada vez más bajo.

– Papá, pero… – David miraba desesperado a Nuño, su novio, que se encogió de hombros.

– Esto es ridículo – Íñigo se levantó y dejó el chelo apoyado en la silla – yo me abro de aquí. No pienso tocar para las ratas.

– Quieto ahí, joven – Manuela se interpuso en su camino. – Qué tú no sabes aún hacer la O con un canuto. Así que no te muevas.

– Para lo que cobro…

– Al menos tocas, cosa que nadie quería dejarte hacer por lo malo que eras. ¿O ya te has olvidad cuando viniste dónde mi marido suplicando una oportunidad y que te enseñara?

– Yo tengo…

– Estudios, un poco de técnica, que tampoco eres una maravilla, pero tienes la sensibilidad en el culo, querido. Así que siéntate. Con un poco de suerte aprenderás a sentir la música. Algún día. ¿Quieres que recordemos cuando te arrodillaste suplicando?

Íñigo bajó la cabeza y se volvió hacia su silla.

– No te preocupes, ya estoy – Martina entraba como un terremoto por el otro lateral cargada con su chelo. – Que se vaya si quiere. – lanzó una mirada reprobatoria a Íñigo mientras sacaba el chelo de su estuche.

– Oigan.

Una voz les interrumpió desde el patio. Se giraron y miraron. Un hombre joven, de aspecto descuidado les hablaba desde en medio del patio.

– Es para saber si van a tocar, por irme. Es que si discuten es imposible dormir.

La puerta del fondo del patio volvió a abrirse y los gemidos de la mujer del vídeo porno llenaron cada rincón del teatro.

– ¿Sois vosotros tan ruidosos, primos?

– Más prima – contestó David, en un tono ligeramente molesto – mucho más escandalosos.

– Di que si, no sabes que follón arman en casa – Rúl movía las manos de arriba a abajo agitando los dedos.

– Anda, y tú con Fede, no te jode.

– Pero lo nuestro es natural, porque tenemos que aprovechar cuando nos vemos. Vosotros estáis todos los d…

– O sea, primos, que vuestra casa es un gemir continuo. Cuando viene el Fede debe ser en estéreo.

– Hijos, sois la caraba. Ya que queréis contar intimidades, si queréis os cuento los secretos de papá y míos cuando…

– ¡¡Mamá!! – Rúl y David se levantaron al unísono asustados.

– Manuela – Armando amonestó delicadamente a su mujer. No le gustaba que entrara en ese juego con los niños.

– Nuño – Martina se inclinó para poder hablar al oído con él, aunque por el volumen, cualquiera le podía oír – ¿Estás segura que con el que follas es tu novio y no con su hermano? Mira a ver si cada día follas con uno… yo es que les veo igualitos. Nunca les he distinguido.

– Vete a tomar… – David se levantó indignado y se levantó con la intención de amonestar severamente a su prima.

– Muy entretenido, parece ese programa de la tele y tal, pero que si van a tocar… – insistió el hombre del patio de butacas al comprobar que nadie le había contestado.

– ¿Le gusta la música? – se interesó un Armando más relajado al contar al menos con un espectador.

– Pus… así así… – aunque el tono parecía querer decir un no rotundo.

Armando se mostró sorprendido.

– Es que es más barato comprar una entrada aquí que pagar un hotel, así me echo una cabezadita que luego me espera mi piba – y puso su mejor sonrisa amplia y llena de suciedad.- Trabaja en el “Todo a 100” de la esquina ¿sabe?

– ¿Ves papá? Esto es… ridículo.

– Señoras y señores… – dijo Armando dirigiéndose a la platea.

Sabían todos que era la señal y que ya era tontería discutir. Se sentaron en sus sitios y afinaron sus instrumentos.

La puerta volvió a cerrarse de golpe. Para abrirse de nuevo al poco. El conserje apareció iluminando el pasillo a una señora de caminar majestuoso. Era una mujer madura de anatomía generosa y pechos todavía más generosos. Sabiéndose observada por todos, levantaba el mentó ligeramente y se ajustaba el abrigo al cuello. En su brazo derecho llevaba acomodado a un perrito diminuto que llevaba la misma pose de realeza que la dueña, mirando con chulería a todos lados.

– ¿Aquí el parece bien?

Ella asintió levemente con la cabeza y se sentó en la tercera fila, al lado del pasillo. Puso la mano que le dejaba libre el perro sobre la del conserje y este la cerró para que no se escapara el billete de cinco euros con que la señora le agradecía la atención dispensada.

– Ese ya ha cobrado más que nosotros – murmuró David a su hermano.

– Tchss – atajó su madre, que lo había escuchado perfectamente.

– Vamos a tocar en primer lugar…

Un portazo volvió a interrumpir a Armando.

– Perdone es que las corrientes de aire… – se disculpó el conserje.

– Deje la puerta abierta, así al menos no se cerrará de golpe, si no le es molestia.

Armando sonreía paciente al conserje mientras éste seguía sus instrucciones.

– Y que baje el porno, dile que baje el porno – Martina le susurraba a su tío. Pero éste no le hizo caso.

– Vamos a tocar en primer lugar…

Un señor entró en ese momento, seguido de tres jóvenes.

– Papá, es que así no se puede. – se quejó David.

– Perdona Armando, perdona que lleguemos tarde.

Era José Luis, el director del teatro Maravillas, donde estaban tocando.

– He querido venir con los chicos, quiero que se aficionen a la música, y prefiero que lo hagan con los grandes.

– Pasad, pasad, no te preocupes. Cuánto han crecido ya.

José Luis hizo pasar a sus tres hijos. Rosalía, Beatriz y Josecito.

– Han pasado muchos años.

– Yo a usted le recuerdo de… una vez tocó en casa del abuelo – dijo de repente Rosalía, la mayor, al levantar la cabeza y olvidar por un momento el enfado que tenía con su padre por haberles obligado a ir con él al concierto.

– Vaya – Armando sonrió – tienes buena memoria. Recuerdo además que te gustó mucho, nos mirabas embelesada.

Rosalía bajó la mirada avergonzada.

– Oigan que esto es imposible, que tengo que dormir. Esto era un concierto no un debate besamanos o como se diga.

– Un poco de respeto, que está usted ante un gran músico.

– ¡Ahhhh! Una mierda Pero si sus propios hijos lo tienen por un fracasado, no me joda. ¿No les ha oído? ¿No les ha visto como lo miran con lástima?

– Caballero, usted no sabe nada. Así que cállese y duérmase de una vez. Si no, no se le va a levantar con su novia.

– ¡Señora!

Pero la dama había vuelto la cabeza hacia el escenario, desdeñando cualquier respuesta que le pudiera dar el señor durmiente, como le bautizó en su subconsciente.

– Vamos a tocar en primer lugar, el cuarteto americano de Dvorak.

Se giró hacia sus músicos. Éstos se prepararon y les dio las últimas instrucciones en voz queda.

– Nuño, recuerda la fuerza de esos primeros compases. Y vosotros – se dirigió a los gemelos – recordad matizar los “pianos” y luego ir “in crescendo” cogiendo fuerza pero poco a poco. Íñigo, no te olvides de sentir la música, sigue a Martina, concéntrate. Siente el chelo como si fuera tu novia.

Asintieron todos mirándolo fijamente. Levantó la batuta a la vez que las cejas y…