I Semana de la música: “La historia de Armando (II)” con el quinteto para cuerda y piano de Brahms.

La Historia de Armando (I).

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– Creía que iba a tocar usted.

Armando sonrió a Felipe Carnicero, periodista especializado en música clásica que le había abordado para que le respondiera a unas preguntas antes de que comenzara la segunda parte. Levantó sus manos y las miró con atención.

– Mire mis manos. No puedo confiar en ellas. La artritis avanza. – las recogió en su regazo, debajo de la mesa, como si de repente se avergonzara de la exhibición que había hecho ante ese desconocido. – Pero mis chicos son buenos músicos. Cada día son mejores. – le salió un tono de orgullo.

– Los violines han sido maravillosos. ¿Quienes son? Tienen mucho futuro.

Armando pareció rejuvenecer diez años cuando se dispuso a contestar:

– Son mis hijos. – ya no disimuló su orgullo.

– Y la viola. Sensacional en esos primeros compases y luego…

– La viola es el novio de David, uno de mis chicos. Se llama Nuño, un gran músico con mucho futuro.

– Perdóneme, pero no es… no sé como han podido llegar aquí unos músicos tan competentes. Y con usted dirigiendo. Su prestigio debería abrirle otras puertas mucho más… – buscaba la palabra – selectas. Un público entendido y amante de la música, no el desecho que ha venido a escuchar esta noche, incluido el que roncaba en la 5ª fila.

– He tenido suerte con que José Luis Rupérez me haya permitido tocar en su teatro. Es un gran teatro.

– Perdóneme, pero lleva tres años cerrado. Es decadente. Pero si se cae a pedazos, las butacas son…

– Más a mi favor, reabrirlo es todo un privilegio. Que vuelva a servir para lo que fue construido… y que a lo mejor sirva para que tenga una nueva vida.

– Pero si…

– Las cosas no son tan fáciles para un viejo músico como yo – atajó Armando. – Cometí el error de tocar en esos sitios tan selectos cuando mis manos empezaban a fallar. Sabe, a veces confías en la gente y te falla, hasta te roba. Podía haberme retirado, pero mis personas de confianza me robaron mis ahorros. Confié en ellos para gestionar mis asuntos económicos y… bueno, no voy a aburrirle con mis problemas. Tengo cuatro hijos, los dos que ha visto tocar, mi niña Inés y el pequeño, Arturo. Comen y visten. Y yo quería que mis chicos violinistas estudiaran con los mejores, con esos amigos míos maestros, pero… eso cuesta mucho dinero. Así que alargué lo que pude mi carrera. Y empecé a no estar tan a la altura. Y eso es suficiente para que los que han esperado su momento te destruyan.

– Yo pensaba que eso no pasaba en el mundo de la música clásica.

– Es muy joven usted o muy ciego; o un incauto. O no se ha puesto a pensar en el tema. O un poco de todo, puede ser eso… – parecía meditar en la combinación de posibilidades. – La música, como en casi todas las artes, es una batalla continua de egos. Sonrisas y palmadas en la espalda de frente, y puñaladas traperas cuando uno se da la vuelta. Cuando triunfas, todos te dan coba, por ver si les toca algo en un posible reparto de prebendadas o necesidades. Por sacarse una foto contigo y abrirse puertas. Cuando no tienes que ofrecer, ellos lo hacen para tirar un par de paletadas de tierra en tu ataúd. Uno menos en su camino, uno menos a repartir los conciertos disponibles. Una subida en el escalafón, quizás.

– ¿Y no tiene amigos? No me creo que un maestro como usted necesite tocar en un teatro ruinoso y vacío – el periodista estaba desconcertado con la situación de un hombre al que conocía desde siempre.

– Había al menos treinta personas – Armando imprimió a su voz un tono alegre. – Al empezar no había más que tres personas, contando al conserje y la señora de la película de porno que estaba viendo. – Vio la cara de estupor que puso el periodista – El conserje, me refiero, estaba viendo una película porno con una señora que gritaba escandalosamente.

– ¿Una película porno mientras…? No… pero… ¡treinta personas! – estaba indignado. – Pero eso es nada. Usted ha tocado en auditorios para 50.000 personas. Yo fui a verle a Central Park con mi padre.

Armando levantó las cejas mientras asentía despacio con la cabeza.

– O sea que tú eres hijo de ese Carnicero. Algo en ti me recordaba a él – Armando lo miraba de otra forma ahora. Parecía que los recuerdos asomaban con cada parecido que le sacaba al periodísta. – Pero si no recuerdo mal, tú estudiabas piano.

El periodista se puso en guardia.

– No sé a que se refiere – contestó cauto al cabo de un par de minutos de silencio. Silencio que se le hizo opresivo.

– Benito Carnicero – dijo lacónico Armando fijando sus ojos en el rostro huidizo del periodista.

– Ese era mi padre, sí. ¿Lo conocía? – pregunto temeroso y expectante, aunque como siempre le pasaba cuando descubría algún dato de su padre, le daba pánico enterarse, conocer… por un lado tenía ganas de saber más cosas de su progenitor que se iba convirtiendo en una sorpresa contínua. Por otro lado, prefería vivir en la ignorancia.

Armando sonrió de nuevo con tristeza. Ocultó su mirada en algún rincón perdido y oscuro del camerino que estaban utilizando de sala de entrevistas.

– ¿Se puede?

– Adelante – invitó Armando a pasar a quién fuera.

Un camarero que Armando recordaba vagamente de la cafetería que había enfrente del teatro, venía con una bandeja en la que traía una jarra de café, otra de leche y unos croissants. Dos servicios de café y un par de botellas de agua mineral, completaban la bandeja. Y unas porciones de mantequilla y mermelada de frutos del bosque.

– Don José Luis me ha pedido que les traiga esto. Si prefieren alguna otra cosa…

– Por mí está bien – contestó el periodista. Armando asintió con la cabeza.

– Ahora te recuerdo. Esa manchita en el cuello. Del entierro de tu padre – Armando retomó la conversación cuando el camarero salió del camerino.

– ¿Fue al entierro? – Felipe estaba descolocado – No recuerdo haberle visto ni que mi madre me hablara de usted.

– En esos momentos es difícil acordarse de nada. Y tú no tendrías más de trece o catorce años cuando tu padre murió.

– Trece. Pero cuénteme, no… y antes ha dicho que sabía que… que yo tocaba el piano.

– Fuimos muchos años amigos. Tu padre fue un gran músico hasta que lo dejó.

– Por amor.

El violinista sonrió con amargura.

– Algo así, sí.

– Cuando se lo diga a mi madre se …

– Espera, espera, es mejor… – Armando se detuvo un instante – es mejor que no le digas nada. No creo que se alegre de que… no nos caíamos bien. ¿Sabes? Mejor que no le comentes nada. No desearía por nada del mundo molestarla, que se ofuscara.

– Pero cuénteme…

– No, perdone – volvió a tratar de usted al joven periodista, se arrepentía de haber comentado nada de su amistad con Benito Carnicero, – mejor sigamos con la música. Me decía que le gustó el concierto. Me interesa su opinión. Es joven pero tiene fama ya de entendido.

Esta vez fue Felipe quién se sumió en sus divagaciones. Fue intentando unir algunas piezas del rompecabezas que eran los retazos de recuerdos que ahora mismo iban apareciendo en su cabeza. Recuerdos y sensaciones. Incluso recuerdos olvidados, recuerdos que nunca fue consciente de haber vivido, ni siquiera soñado con ellos.

Miró, primero de reojo a Armando y, cuando estuvo seguro de que no captaba la atención del músico, lo miró con atención mientras cogía un croissant de la bandeja y rompía uno de sus cuernos para mojarlo en el café con leche. Se llevó rápidamente el bollo a la boca y se lo metió entero. Una gota de café se le quedó en la comisura de los labios. Armando distraídamente la recogió con su lengua. “Ese gesto era de mi padre también”.

– Creo que podríamos continuar después del concierto. No puedo ofrecerle una gran cena, pero si quiere ir a casa a cenar, un plato de sopa caliente seguro que le puede ofrecer mi mujer.

– No, no, no se moleste. Si… tengo un compromiso para cenar, no sería posible cancelarlo. Además tengo que escribir la crónica del concierto, sería estupendo que saliera en el periódico de mañana, me gustaría que estos días que quedan se acercara más gente.

– No creo. No estamos en tiempos de música clásica, y menos de un fracasado como yo. No estamos en el lugar ni somos los elegidos. Si fuera una gran orquesta y tocáramos algo grande y espectacular… todavía. Un cuarteto de cuerda con piano… no.

– Pero esos chicos que tocan ahí, son el futuro. Son jóvenes… son buenos, tocan y sienten.

– Mis hijos hubieran podido llegar lejos. Pero mis penurias económicas les cortó la carrera. Perdieron la oportunidad de estudiar con los mejores. Eso les hubiera abierto muchas puertas. Ya es tarde para ellos.

– No lo creo. Son buenos y han heredado su sensibilidad. No como los chelos. La chica, todavía, pero ese chico no… no tiene alma.

– Debería haberlo escuchado cuando llegó a mí. Pero me pareció que a lo mejor… y va mejorando mucho, se lo aseguro. Un día va a explotar, lo presiento y será muy bueno.

– Tres minutos – el conserje tocó en la puerta con el puño.

– Gracias – contestó Armando.

– No lo suficiente para estar a la altura de los violines y de la viola.

– Es del equipo. Seguirá con nosotros hasta que él quiera.

– Debería cambiarlo. A lo mejor la chica sola, que tampoco es ninguna maravilla, podría dar mejor resultado que…

– Son del equipo. Prefiero perder un punto de excelencia que… una amistad.

– Ese chico es…

– Es un amigo. – no dio opción a que siguiera preguntando – Tengo que volver al escenario. Luego hablamos si quiere.

– Otro día quizás, hoy… tengo que salir, el compromiso, ya sabe.

– Como quiera. Me ha gustado conocerlo.

Armando le extendió la mano y se saludaron.

– Igualmente.

Felipe suspiró y se sentó de nuevo en la silla mientras Armando se encaminaba al escenario.

– Señoras y señores – podía escuchar perfectamente lo que decía el músico al público asistente – esta segunda parte la vamos a empezar con el quinteto de cuerda y piano de Brahms.

Una salva de aplausos celebró las palabras del músico.

– Parece que las artimañas de José Luis han traído más gente al teatro – se dijo en voz baja mientras abría el botellín de agua y escuchaba los primeros sones de la pieza de Brahms.

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13 pensamientos en “I Semana de la música: “La historia de Armando (II)” con el quinteto para cuerda y piano de Brahms.

  1. Bueno, veo que la historia va creciendo y pasa de lo que parecía ser un pequeňo esbozo, casi una anécdota, a tomar consistencia y profundidad. De pronto hay varios caminos para elegir, junto con algún cabo suelto que promete ser interesante. Como siempre es un auténtico regalo presenciar este proceso en el que un personaje anónimo se va llenando de vida, de historia y de alma. Y en este caso, quizás sea por la música elegida, siento que esta historia esconde emociones profundas, pasiones ocultas, encontradas …Bueno, ya nos contarás;-) .
    Por cierto, la música me ha encantado
    Nuevamente gracias

    Un abrazo

    • Pues sí Pucho, esta historia tiene muchas cosas dentro. Será difícil sacarlas en tan pocas entregas.
      Daría para mucho más.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

  2. Sin palabras, una sucesión de sentimientos, melancolías y también de personajes con una corazón latiendo en pasados y futuros, sabemos que un día el escenario te ama y luego acabas siendo un Armando; talento y sentimiento una guerra que hace a la música siempre ganadora.

    Me ha emocionado seguir este conjunto de notas con corazón y para compás esta delicia de Brahms. Emoción que se respira

    • Pues Didac, me llena de felicidad haberte emocionado con este relato imperfecto. Tan imperfecto como yo.
      Gracias, gracias.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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  5. Una historia que se va llenando de detalles mientras la música de Brahms nos regala el oído. Ya estoy cargado de interrogantes sobre el padre del periodista, Armando, el chelista, el hijo y su novio…

    Muchas gracias.

    Un abrazo.

    • Gracias PFE, por ponerte al día con el relato. Por meterte en estas historias con las bonitas historias que habrás vivido en tu viaje… sip.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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