I Semana de la música: “La historia de Armando (III)” con el “Cuarteto de cuerda en Fa mayor” de Ravel.

Armando se sentó en la última fila, en la esquina. Apartado de todos.

Su mujer había intentado retenerlo, pero desistió enseguida. Ese brillo en los ojos… sabía que quería decir que su marido necesitaba estar solo; y recordar. Manuela se sintió desesperada e impotente, como casi siempre que lo veía así. Cada vez eran más frecuentes esas huidas hacia la soledad de su marido. Cada vez le pesaba más la mirada en los ojos. Ese mundo profundo y personal al que nadie podía acceder.

Manuela evitó a duras penas sus propias lágrimas de desesperación de comprobar como iba perdiendo a su marido poco a poco, como se le iba escabullendo entre sus dedos; y se refugió, como otras veces, en la música, poniendo sus cinco sentidos en la pieza de Ravel que tocaban sus hijos.

Armando también tenía puesta su atención en la música. En los pizzicatos del segundo movimiento, por ejemplo, en los que había insistido mucho en los ensayos y que le tenían un poco preocupado, porque no salían del todo a su gusto.

Pero sus precauciones se vieron rápidamente diluidas. Sonrió satisfecho al comprobar que habían salido bien. Y orgulloso. Hasta Íñigo parecía ya un gran músico. Esos cuatro días de conciertos al final habían hecho que todos cogieran confianza.

Había más gente que ningún día. Miraba hacia delante y por lo menos podía ver el patio casi lleno. Incluso alguno de los palcos. Esa misma mañana José Luis había mandado prepararlos y limpiarlos. Algún compromiso, seguro. “José Luis no hace nada por ninguna razón”.

Parte del público empezó a aplaudir al final del segundo movimiento. Otra parte del mismo, se lo recriminaba. Sus hijos dudaron, pero al final Nuño se levantó decidido y saludó al público. Los demás le imitaron y agradecieron brevemente esos aplausos que para los entendidos eran casi un sacrilegio. “No se debe aplaudir hasta el final de la pieza”, le decía claramente un señor a su mujer en uno de los palcos. Aunque ella no le hizo caso y siguió aplaudiendo cuando Nuño se levantó.

La pequeña orquesta se sentó rápidamente y Rúl puso el violín en su hombro, apoyó la barbilla en la mentonera, se refregó suavemente varias veces, antes de mirar a sus compañeros, uno por uno. Luego hizo un gesto rápido y empezaron el tercer movimiento.

Este movimiento era mucho más lento, más delicado. Ahí tendría más problemas Íñigo y su sobrina Martina. Pero hoy estaban todos muy centrados, sintiendo la música, no haciendo un trabajo.

Miró a su alrededor y observó a la gente. Ya el segundo día empezó a haber público entendido en música, asiduo a las salas de conciertos y que escuchaban Radio Clásica en el coche. Otros muchos no eran los que suelen ir a este tipo de conciertos, como el público del primer día, pero parecían todos satisfechos con la experiencia. No sabía de que ardides se había valido su amigo José Luis para ir atrayendo a gente al concierto. Incluso vio a su hija mayor que había vuelto. Sonrió para si recordando el breve encuentro que tuvo esa chica con Íñigo. A éste se le cayó el chelo al suelo… Martina se quedó mirándolo con expresión asesina: un poco por el chelo en el suelo, que suponía un sacrilegio, y otro poco por unos pocos celos. Armando siempre creyó que a su sobrina le gustaba Íñigo. “Por eso volvió a tocar el chelo, por el chico”.

Algo le hizo olvidarse de su sobrina, de la hija de José Luis y del chico del chelo. Notó como le taladraban unos ojos desde la tercera fila, al otro lado del pasillo. La señora del perro.

Armando la sonrió y asintió con la cabeza. Ella dulcificó su mirada durante unos pocos instantes. Y justo después, o quizás fue un poco antes, Armando no lo supo determinar, le dio las gracias. Él volvió a sonreír y volvió a asentir con la cabeza. La señora se giró y se acomodó en la butaca para seguir escuchando atentamente. De vez en cuando acariciaba al perrito que parecía, al igual que su dueña, no se perdía ningún detalle del concierto y se dejaba embaucar por la música.

– ¿Me permite?

Armando se sobresaltó, girándose de golpe hacia el lado de donde provenía la voz. Su cuerpo en tensión se relajó al ver quién era quién le había saludado.

– ¿Le importa que me siente a su lado? – apenas fue un susurro.

Armando sintió de nuevo como le taladraba una mirada. Felipe Carnicero no apartaba los ojos de él. Buscaba sus propios ojos con la intención, Armando lo notaba, de conquistar el más profundo e irreductible de sus refugios, dentro de su cabeza. Intuía que el joven había investigado desde su último encuentro y que algo tenía intención de interrogarle.

El músico se encogió de hombros y volvió a recostarse en la butaca, mirando al escenario. No estaba dispuesto a rendir sus fortalezas construidas con tanto tesón durante media vida. Ni estaba dispuesto a renunciar a su momento en soledad acompañado solo del sonido de las cuerdas de los instrumentos de sus chicos.

Terminaba ya el tercer movimiento. Otra vez, parte del público volvió a aplaudir, y de nuevo, la otra parte intentó acallar esos aplausos. En el palco, la señora aplaudía y miraba con el entrecejo fruncido a su marido, que esta vez no solo no protestó, sino que aplaudió también tímidamente.

– Ha cambiado el público.

El periodista intentó otra vez recabar la atención de Armando. Pero éste, una vez más, apenas lo miró de refilón por no parecer descortés y esbozó una sonrisa. Aunque después, su atención se dirigió hacia unas filas adelante. El hombre durmiente estaba de nuevo allí. Se llamaba Pepe y había venido todos los días desde aquel primero en el que dormir era su principal interés. “Luego mi novia, ya saben, tengo que cumplir y estoy hecho misto”. Hoy había venido con su novia. Se habían vestido los dos elegantemente, aunque se notaba que no estaban acostumbrados. Iban como rígidos, repeinados. Y escuchaban atentamente.

– Perdóneme, es que estaba hecho un mierda. – le explicaba a Armando cuando éste se acercó a hablar con él al final del cocierto. – Toda la puta mañana, desde las 6 de la mañana, descargando camiones en el Mercado. Y el encargado se me acerca, es un puto cabrón, pero un puto cabrón, se me acerca a las 3 de la tarde, que no podía con los cojones ¿sabe usted? Y me suelta el cabronazo de él, que viene un puto camión a las y media y que si me quedo. ¿Sabe usted? Me dieron putas ganas de mandarle a tomar por el culo, pero joder, si le hago un corte de mangas, mañana estoy a dos velas, sin un puto trabajo. Hay cientos de currantes esperando que me joda algo para tomar mi puesto. Así que hasta las 7 tirando de cajas. Estaba jodido, pero no tengo muchos ahorros ¿sabe? Y estuve jodido casi dos putos años sin nada de nada, con alguna chapuza aquí para ganar cuatro putos duros e ir tirando para comprar un chusco de pan ¿sabe usted?

La segunda tarde lo habían invitado a cenar en casa. A Manuela le cayó bien y esta vez fue ella la que se acercó cuando acabó el concierto.

– Caballero, si le parece, quisiéramos que viniera a cenar esta noche con nosotros. He ido al mercado y he comprado un pollo en oferta que tenía una pinta estupenda y lo he guisado. Pero es muy grande para nosotros solos, y sería una pena que se echara a perder. ¿Vendría a cenar con nosotros?

El hombre se quedó pensando un rato. Luego, con una copita de vino, confesó que al principio, pensó que le tomaba el pelo. “Pensé que era una puta venganza, ¿sabe usted? Por los ronquidos del primer día”. Después, cuando ya estuvo seguro que no era una tomadura de pelo, se miró sus ropas y miró las de los músicos, con sus smokings y sus pajaritas.

– ¡Ah! Pero no… – Manuela se echó a reír – pero no se preocupe, eso es solo para las actuaciones. Si estamos pelaos nosotros también, si viera las ropas de mis hijos… están para la basura. Tiene más agujeros que… – se lo quedó mirando – ¿Vendrá entonces?

– ¿Y durmió bien ayer con nuestra música aburrida?

David no se pudo contener y le soltó la pulla nada más sentarse a la mesa. Su madre le recriminó con la mirada y el chico bajó la cabeza y se encogió de hombros. Manuela fue a disculparse pero Pepe se le adelantó.

– Espera que te pongo unas patatas – dijo manuela llenando el cucharón de servir con un par de ellas.

– ¡De putísima madre! – Contestó Pepe a David, a la vez que daba las gracias a Manuela con una sonrisa y una mirada – Creí estar en el cielo y fue algo acojonante. – Giró su mirada hacia David – Como en la vida. Y luego con mi novia triunfé. Este guiso tiene una pinta acojonante, señora.

– ¡Ah, mira! Entonces como éstos – David volvió a lanzar su lengua frustrada, esta vez contra su hermano y Nuño. – También triunfaron anoche, los hijos de puta.

– Puta envidia, brother. A ver si el Fede se viene y te hace feliz, joder, eres un puto envidioso y un amargado, perdona que te lo diga broder.

Fue a contestar, pero Armando entró en ese momento a la cocina y lo miró con severidad.

– ¿Pero no les oyes, todas las…?

– ¡Vale! David. Vale.

– ¿Pero sois… ? – Pepe juntó los dedos índices de la mano, para indicar que estaban liados. A la vez abrió mucho los ojos, como sorprendido.

– Ahora los que nos faltaba, no te jode, un puto homófobo, un… un puto animal que va… lo veo venir al pavo este.

– Ya está bien David – esta vez Armando levantó la voz, mostrando ya un grado de disgusto que era difícil de verle.

– No, no – Pepe se puso nervioso – No, si yo… tuve un amigo que era gays de esos, y no… no, yo… lo que pasa es que pensé que… joder, es que no encuentro las palabras, es que no… pensé que … y así de repente a tres… joder, no quiero que por mi culpa… si cada uno es… era un buen amigo, sabe, y yo le quiero mucho; se fue tras un pavo que con el que se había encoñao, pero me da que el otro no le hacía ni caso, y… ya le perdí la pista. No había conocido otros así como él, y pues ha sido una… pero yo respeto mucho… yo… es… no… casi me voy que no quería yo molestar y si se van a enfadar…

Se quedaron en silencio.

– Perdona tú, Pepe. Mi hermano tiene razón, estoy amargado. – Se incorporó y le tendió la mano – quisiera que me perdonaras.

– La hostia puta, en la puta vida me ha pedido perdón nadie. Pero si no es nada, joder, tío, si… chócala, joder, Además esa mano es magia, con la que tocas las cuerdas de los ángeles. Algo se me pegará, fijo.

Rúl fue a decir algo sobre la mano de su hermano, pero la mirada que le lanzó su madre contuvo la chanza. Aunque no evitó que se echara a reír por lo bajo, riéndose de su gracia frustrada, y que su hermano le hiciera una mueca, porque él si le pilló sus intenciones.

Fue una velada muy agradable. Después de cenar, tuvieron una animada tertulia. Pepe se descubrió como un gran conversador que escuchaba las explicaciones de los músicos como si estuviera embrujado.

– ¿Solo tienes 28 años? Joder, si parece que tengas …

Martina lo miraba asombrado.

– Me lo dice mucho la peña. He tenido la vida jodida, ¿sabe? Y me ha dejado marcas.

Armando sacó un orujo, regalo exclusivo de un fan, una botella que guardaba para las ocasiones especiales. Un orujo francés que se trajo de la última gira que hizo por Europa. Y graduaba con meticulosidad las raciones que tomaba de ella. “Tiene que durar”, le decía a su mujer. Ésta le miraba resignada y se daba la vuelta. “El jodido orujo nos enterrará, no te fastidia”.

– Toquemos algo para nuestro invitado – propuso David deseoso de hacerse perdonar su comportamiento abrupto del principio de la velada.

– ¿Por qué no tocas tú solo? Luego nos unimos. Me gusta escucharte – propuso Rúl.

David le sostuvo la mirada. Quería comprobar que no el estaba tomando el pelo.

– La de Bach, la tercera, la que estabas tocando esta mañana.

– ¿Han llamado a la puerta?

Armando se levantó de la mesa y fue a abrir.

– ¿Hay concierto esta noche? – cuatro pares de ojos muy abiertos lo miraban desde la escalera, aunque solo Mª del Carmen había hablado.

– Claro que sí, – señaló Armando hacia la casa mientras se apartaba para dejarles pasar – íbamos a empezar ahora.

– He traído unas rosquillas de anís, que sé que les gustan a los chicos. – la señora Julieta mostró la bandeja que llevaba en las manos. – Las he hecho esta mañana. Vamos, Recadero, no te hagas el remolón y coge las sillas.

– Llegan nuestros fans, suegra – gritó Nuño – empieza el espectáculo. – e hizo un gesto con los dedos, como para calentarlos.

– ¿Podemos? – por la escalera bajaban los del último piso, los Jovellanos y sus tres hijos.

– Guay, eso ni se pregunta, Sr. Jovellanos – Rúl salió a recibirlos y los saludó a los chicos golpeando sus puños.

Íñigo se acercó a Manuela y le habló al oído.

– ¿Podría invitar mañana a una chica a cenar?

Manuela enarcó las cejas y lo miró.

– Claro, hombre. Y si es a quién yo me imagino, invita a sus padres y a sus hermanas también. Pero dime para preparar comida…

– Guay – exclamó Nuño palmeando las manos.

– ¿Llego a tiempo? – José Manuel, el viejito del piso de abajo subía las escaleras con dificultad.

– Le ayudo, hombre, si le he dicho mil veces que nos llame y bajamos a ayudarle a subir. Y encima viene cargado, deme, deme…

– Es la tarta que tanto les gusta a los chicos.

– Pero no tenía que molestarse. Si… me les va a malcriar a los chicos.

– Ande, ande, no se queje, que a usted también le gusta. Y no me diga que se me va a engordar usted, que soy viejo pero no ciego. Todavía. Y ni usted ni los chicos, chicha ni na que se le parezca.

– Éste es Pepe, un amigo – presentó David en voz alta. – Vamos a empezar hoy con un solo de violín que me ha pedido mi querido gemelo. – Arrejuntarros por allí un poco más, que llega más gente. Ricardo, buenas tardes – saludó efusivo a un chico regordeto que entraba en ese momento con cara de despistado.

– ¿Querido? ¿has dicho querido a tu hermano? Pero si estáis a la greña todo el día – picó Doña Julieta. – Se os oye discutir; y eso que estoy medio sorda.

– Lo de querido era irónico. ¡Cómo voy a querer yo a este imbécil! – Eso decían sus palabras pero su mirada decía otra cosa. – Pues lo dicho, Bach tiene la culpa de esa primera pieza del concierto de esta noche.

Acabaron de acomodarse todos en el saloncito, los niños encima de las piernas de los mayores, los músicos en una esquina solo con el espacio suficiente entre ellos para hacer los movimientos de los instrumentos y ahora, David en medio. Ajustó las cuerdas del violín, probó que sonaba como debía… se cruzó la mirada con su hermano al que guiñó el ojo y empezó a tocar.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

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10 pensamientos en “I Semana de la música: “La historia de Armando (III)” con el “Cuarteto de cuerda en Fa mayor” de Ravel.

    • Hombre Pezce for ever, por poder… puedes todavía participar. quedan todavía unos días para acabar la I Semana de la música.
      Espero que el viaje te haya ido estupendo.

      besos.
      muchos.
      envueltos.

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