I Semana de la música: “La historia de Armando (IV)” con “La muerte y la doncella” de Schubert.

– Necesito hablar con usted.

Nuevamente el periodista volvió a la carga, aprovechando el final del cuarteto de cuerda de Ravel. Pero Armando se resistía, ahora con la escusa de levantarse a aplaudir a sus chicos. Todo el teatro se levantó aplaudiendo, esta vez no había quien intentara acallarlos. Ahora sí, tocaba aplaudir. Pepe se llevó los dedos a la boca y silbó con estridencia. El señor del palco enarcó de nuevo las cejas, pero la mirada de su mujer consiguió relajarlo de nuevo.

El músico miró a su alrededor. Quería paladear ese ambiente de teatro a rebosar, de entusiasmo por la música. Esa sensación que tenía ya casi olvidada y que durante gran parte de su existencia, le dio la vida.

– Esto ya es otra cosa – exclamó casi eufórico.

– Aprovechemos el descanso, serán solo unos minutos.

Armando miró a Felipe. No hizo gesto alguno. Siguió aplaudiendo como si no hubiera escuchado nada. Los chicos salieron un momento del escenario, y volvieron a entrar, encabezados por Nuño. Los aplausos arreciaron. Un señor que estaba en la fila de delante se volvió para darle la mano a Armando.

– Una de las mejores interpretaciones que he escuchado de este cuarteto de Ravel. Felicitaciones.

– Muchas gracias.

– Espero que en alguna ocasión nos deleite usted con un pequeño concierto. He oído de su enfermedad, pero un maestro como usted, no puede permanecer en el armario. Llámeme, por favor – le tendió una tarjeta.

Armando le miró sin saber que decir.

– Geniales los chicos. – repitió el señor volviéndose hacia delante para seguir aplaudiendo.

– Por favor – insistió de nuevo el periodista – unos minutos, en el descanso.

– ¡Papá! – un chico de unos 10 años venía corriendo por el pasillo y se lanzó a los brazos de Armando, que lo recibió con una sonrisa y lo subió en volandas para darle un beso.

– ¿Habéis sido buenos con la tía?

– Inés se enfadó el primer día porque no la dejó utilizar el móvil en la hora de comer. Estaba wasapeando con el novio, es un pesao el Carlos ese. Me cae fatal.

– Papá. No le hagas ni caso. Me tiene harta.

– Inés, dame un beso.

La chica de 16 años venía con su móvil en la mano y antes de acercarse a su padre, se paró unos segundos para escribir un mensaje.

– Es Carlos, que me pregunta que qué tal el viaje.

– Pero si habéis estado hablando todo el viaje. ¡Pesao! ¿Ves lo que te digo, papá?

– ¡Cállate, mocoso! Este niño es insufrible. Me carga.

– No discutáis. ¿Ya habéis visto a mamá?

– No, todavía no. ¿Dónde está?

– En el escenario. Id, que yo tengo que hablar con este señor. Y dad un beso a Rúl y David, que os conozco.

Inés y Arturo se fueron camino del escenario arrugando la nariz a causa de la petición de su padre. La chica iba con su mano izquierda apoyada en el hombro de su hermano mientras con la otra seguía atenta al móvil.

– Vamos, vamos, vamos a zanjar esas necesidades perentorias que tiene, mi joven amigo.

Armando cambió la frase sobre la marcha. Su primera intención era la de haberle dicho “Vamos a levantar la tapa del baúl de los recuerdos dolorosos”. Pero se arrepintió. Se maldecía por haber hablado demasiado en el descanso del primer concierto. Debería haber obviado que conocía a su padre. Debía haber callado a tiempo y dejar de lado su antigua amistad, incluso la animadversión que se tenían mutuamente la madre del periodista y él. Pero el tener delante a al viva imagen de su amigo Benito Carnicero, hizo que no pensara en las consecuencias que pudiera tener.

Salieron del patio de butacas y se refugiaron en un rincón de hall.

– Enhorabuena, señor. Cada concierto se superan. Felicite a los músicos. Me han dicho que dos de ellos son sus hijos.

La señora del palco, la que discutía con su marido sobre la conveniencia de los aplausos o no, se acercó a saludar a Armando.

– Me han comentado que la semana que viene harán otros 4 conciertos. No faltaré. Va a ser un éxito.

Armando agradeció a la señora sus felicitaciones. Felipe aguardó paciente a que algún otro de los asistentes hiciera los honores a Armando.

Hubo un momento en el que todo el mundo que parecía querer saludar al músico, ya lo había hecho. Pero llegado ese punto, a Felipe no le vino a la cabeza qué decir ni por dónde empezar. Se quedaron en silencio a la expectativa.

– Armando. Me… – Manuela se acercaba angustiada. – No sabía dónde estabas, los niños… me tienes preocupada y… – se calló al ver al joven con su marido. – Perdone – se disculpó apresurada.

– Es Felipe Carnicero, un periodista especializado en música – Armando hizo las presentaciones – Mi mujer – dijo señalándola.

– ¿Carnicero? – preguntó ésta con la mirada perdida mientras estrechaba la mano del periodista. – ¿No serás…?

No siguió con la pregunta. Miró durante un instante al joven para luego centrar su atención en su marido y llevarse la mano a la boca para tapársela.

– No tienes… déjalo, es pasado. No tienes por qué volver a ello… otra vez no, te lo suplico.

Armando levantó la mano para impedir que su mujer siguiera. Ésta se aguantó a duras penas la impotencia y la rabia por la actitud de su marido. Lo veía caer, hasta ese fondo en donde lo encontró, cuando lo conoció. Todavía soñaba algunas noches con aquella época y lo que le costó que volviera a querer vivir. Ahora no se veía con fuerzas para repetir aquello. Y cada día, lo veía un poco más cerca de ese precipicio.

– Se dio media vuelta y caminó decidida para alejarse.

– ¡Manuela!

La llamó pero no puso demasiada convicción en el intento.

Felipe Carnicero observaba todo esto imperturbable. No quería dejarse influir por nada. Su objetivo esa tarde era saber. Había pasado los tres días que habían transcurrido desde su primer encuentro con Armando, revisando los documentos que tenía de su padre. Unos baúles que salvó de la quema a los que la su madre los había condenado.

– Quiero saber qué relación tuvieron usted y mi padre. Por eso se enfadó mi madre con usted… es usted un…

– ¿Un qué? – Armando volvió de su abstracción de repente.

– Usted y mi padre fueron…

– Amigos. Muy buenos amigos. – fue rotundo en su respuesta.

Felipe movía la cabeza de lado a lado. Gesto enfurecido, fuego en los ojos, odio en la mirada. Asco.

– Debería matarlo ahora mismo.

Armando se giró para enfrentarse a él.

– ¡Qué dramático! Apareces aquí y crees que puedes juzgarme y juzgar a tu padre. No sabes nada, ¡Nada! No entiendo tu actitud. No lo entiendo.

– Traicionasteis a mi madre. Fuisteis…

– Amigos. Muy buenos amigos. Y no traicioné a nadie. Y no tengo que darte explicaciones. – Armando se puso rígido y se aprestó a irse.

– No… no… – se puso en el camino para evitar que se fuera; movía la cara de lado a lado, con gesto duro y nervioso; las venas del cuello estaban en tensión, parecía que le iban a estallar – No… traicionasteis a mi madre, por eso ella ha hecho todo lo posible por destruirte… me lo dijo el otro día, no quería… y convertiste a mi padre en un pelele que abandonó la música por tu culpa.

– Eso es problema mío, Felipe, hijo. Y tu padre dejó la música porque quiso.

Se dieron la vuelta. Marisa miraba con gesto duro a su hijo. Impertérrita, embutida en un vestido Armani, con gesto majestuoso.

– Hola Mari. ¡Cuánto tiempo! – Armando no pudo evitar que le apareciera un ligero brillo en los ojos.

La mujer sonrió. Fue apenas un pequeño rictus, pero que consiguió dulcificar su gesto.

– Demasiado sí.

Se quedaron mirando. Quizás recordaban aquella vez, aquella última vez que se vieron. Como discutieron y como Marisa lo echo de su casa a empujones, con la cara roja de ira. O quizás recordaban cuando en las reuniones de amigos se miraban a escondidas, diciéndose muchas cosas en silencio, en su lenguaje particular y secreto.

– Entonces éramos jóvenes.

– Y eran otros tiempos.

– ¿Tanto ha cambiado la cosa?

– Ahora tu hijo toca al lado de su novio, no tienen que ocultarse.

– Eran amantes, lo sabía, ¡puerco! ¡Qué asco me da! Destrozó la vida de mis padres. – escupía odio al hablar.

– Éramos amigos, muy buenos amigos. – repitió cansinamente Armando, sin mirar siquiera al joven. Su mirada la tenía dedicada en exclusiva a Marisa.

– Armando fue el mejor amigo de tu padre. El mejor amigo que nadie pueda tener. Fiel hasta la muerte. ¿Tienes tú amigos así, hijo? Fiel a su amigo hasta ser infiel a si mismo.

– He leído las cartas que se cambiaban… mamá, no puedes ocultar que papá era…

Su madre fue la que levantó ahora la mano.

– Nada de todo eso te incumbe, Felipe. Es una cosa entre Armando, tu padre y yo. Nadie más. Bueno, y Jacinto.

– ¿Nos dejas a solas, por favor? – Armando lo miró retador. Había perdido todo la simpatía que el primer día pudo tener hacia él.

– Quiero, exijo…

– Chico, no eres nadie para exigir.

– Te destruiré, tengo prestigio y te destruiré…

Armando levantó las manos y señaló el destartalado hall del teatro en el que estaban.

– ¿Recuerdas lo que me dijiste? ¿Puedo caer más bajo? Mira dónde estoy tocando y mira dónde me escuchaste con tu padre.

Levantó las manos y se las enseñó.

– Los años se han encargado de eso, chico. Si quieres escribir mal de mí, hazlo. Si quieres cerrarme alguna puerta… primero mira si hay alguna todavía que esté abierta. No entiendes nada ni eres incapaz de reconocerlo. Solo juzgas sin tener ni idea de nada. Buscas culpables de algo que, de haberlo, es tu padre. Fue responsable de las decisiones que tomó. Era mayorcito.

Armando hizo una mueca que mostraba toda la decepción que en diez minutos le había producido Felipe Carnicero, el hijo de su amigo del alma.

– ¡Vete! – le conminó su madre en un tono de voz que no admitía siquiera una ligera réplica.

El periodista se giró y enfiló hacia la puerta de la calle. Se subió los cuellos de la cazadora y se perdió en la multitud que abarrotaba la calle a esa hora, no sin antes dedicar una última mirada de odio a Armando.

– Perdónalo. Hablaré con él y vendrá a disculparse.

– Es igual a ti.

Armando no pudo evitarlo y le salió un gesto de pillo. Marisa intentó aguantarse pero al final acabó soltando una carcajada.

– Mira, escucha, han empezado… Es el cuarteto de Schubert,

 .

 .

Marisa abría mucho los ojos.

– “La muerte y la doncella” – dijo asombrada.

Armando sonrió.

– Te encantaba.

______

La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

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