I Semana de la música: “La historia de Armando (VI)” con el cuarteto de piano y cuerda de Turina.

– No te entiendo Armando.

Manuela miraba a su marido en el camerino. Los chicos se habían escapado nada más ver que la tormenta se acercaba.

– ¡La has invitado a cenar! Pues a ver como te lo montas, porque yo no pienso hacer nada.

– Manuela, deja ya el pasado. Es algo que hay que… superar. Por cierto – hizo una pequeña pausa para pensar como preguntar – ¿No tienes algo que decirme?

– No cambies de tema. Lo que tú llamas pasado está aquí, a la puerta, ahora. Viene a cenar esta noche.

– Si no la hubiera invitado a cenar ¿Hubiera cambiado algo? Deberías darme las gracias que te he buscado una excusa a parte de la del dinero y el prestigio de tus hijos, que es como más mundano.

Armando de repente fue consciente de que no la convencería con palabras. De que nada de lo que pudiera decir, lograría que su mujer cambiara el semblante y lo que era más importante, cambiara la actitud y su decisión. Ahí fue consciente de que todo estaba perdido. De que quizás fuera mejor no luchar contra lo inevitable. No quería que nadie estuviera a su lado a la fuerza.

Manuela cogió su bolso y después de una última mirada de enfado e incomprensión, salió del camerino, camino de la calle.

No era seguro que Marisa y su hijo fueran esa noche. Faltaba apenas hora y media para que salir de dudas. Armando necesitaba clausurar ese capítulo de su pasado. Demasiadas cosas cerradas en falso hacía veinte años. Benito, Marisa, su hijo Felipe, Manuela, los niños… Demasiados secretos de todos guardados con celo. Demasiadas cosas imaginadas y no dichas, o expresadas con medias verdades, lo que las había convertido en una gran mentira en forma de bola de nieve que se iba acrecentando según caía ladera abajo.

Hubiera sido fácil echarle en cara a Manuela unas cuantas cosas. Decirle a Marisa unas cuentas verdades que en su momento se calló. Decir a Benito y a Joaquín, aunque ya no estuvieran aquí, lo que de verdad pensaba de su actitud en aquellos años, y enumerarles todos los cadáveres que fueron dejando en el camino. Contarle a Felipe la verdad sobre quién era él, y sobre lo que su padre era.

Llevaba ya meses haciéndolo, mirándose en el espejo cada vez que tenía oportunidad. Estaba siendo doloroso. Pero esa noche, todo llegaría a su fin. Su trabajo, sus errores, el echarse en cara sus cosas, sus mentiras, incluso esas que se habían dicho todos los días, quizás con la finalidad de poder seguir respirando, viviendo.

Durante unos años, todo fue sobre ruedas. La familia, bien gracias, los mayores creciendo, aprendiendo música. Luego, se decidieron a tener hijos de los dos. Inés llegó primero, y luego, Arturo. Su agenda de trabajo llena a rebosar de conciertos importantes en los mejores escenarios, salpicados de pequeños conciertos dados en asilos, en hospitales, en comedores sociales, en casa para los amigos, para los vecinos, en los hoteles incluso. Armando amaba la música y quería compartir ese amor con todo el que pudiera necesitarlo o desearlo aunque no pudiera pagar su caché.

Todo empezó a derrumbarse cuando falló la primera vez. Cuando sus dedos decidieron en medio de un concierto, dejar de responder a la velocidad que requería la pieza. Supo salir del paso, los años de experiencia daban algunos recursos. Pero algunos entendidos se dieron cuenta.

El siguiente concierto, pasó lo mismo, con la diferencia de que ya llevaba los trucos preparados de casa. Hasta que un día, empezaron a llegar las cancelaciones de algunos conciertos. Hasta que al cabo de unas semanas, su agenda se vació del todo. Como su cuenta corriente.

Algo tuvo que ver Marisa, eso estaba seguro. Era una mujer paciente y esperó a poder vengarse por despecho. Pero ahora no le encajaba en sus razonamientos que esa mujer había cambiado de actitud de repente. Su orgullo le había conservado el rencor que anidaba en su corazón en perfecto estado. Cuando tuvo oportunidad de vengarse, lo hizo. Marisa tenía posición y recursos para convencer a la gente de que lo aplastara. “Y qué bien lo ha hecho, la jodida; el golpe de gracia va a ser hoy”.

Y él la conocía muy bien y sabía de todo lo que era capaz. La había amado con todo su ser, a pesar de sus muchos defectos. Y aunque eso le dolía, debía reconocer que a pesar de todo, la seguía amando.

Incluso llegó a pensar que ella había camelado a su agente para que le robara. Si hubiera tenido dinero, a lo mejor hubiera contratado a alguien para investigarlo.

Salió del teatro cabizbajo. Vio a los chicos hablando entre ellos y esperando a que ellos se fueran, para no interrumpir la discusión. Sus hijos y Nuño por un lado. Íñigo y su sobrina por otro. Ésta estaba un poco más alejada hablando por el móvil. Rúl y David siempre se lo habían montado de tal forma de que nunca estaban en las discusiones familiares. Eran un equipo aparte. En todo caso era el equipo de su madre. En las cuestiones musicales, sabían que debían hacer caso a Armando. En el resto de su vida, pasaban olímpicamente de la familia y de los compromisos que eso les pudiera coartar. Incluso algunas veces había llegado a notar un pequeño atisbo de desprecio en su actitud. Llegó a pensar alguna vez que los chicos se habían dado cuenta de que no eran hijos suyos. Por eso no tenían tampoco ningún apego con sus hermanos pequeños. A lo mejor es que no tenía apego por nadie, salvo por ellos y los que estaban a su nivel de excelencia. Quizás los había mirado con amor de padre, sin percibir cómo eran en realidad, solo registrando con sus sentidos lo que él quería ver.

Pensó en hacerse el tonto e irse en sentido contrario, pero se lo pensó mejor. “Hoy les va a tocar algo, vamos a empezar la fiesta”. Se dirigió a ellos con decisión. Nuño le dio un ligero codazo a David para avisarle.

– Bien, bien, hombre, bien hecho Nuño, bien hecho. No vaya a ser que me entere de alguno de los desprecios que me dirigís los tres.

– Papá, no… – el gesto de David denotaba ese desprecio y hartazgo sutil del que hacían gala a veces los gemelos.

– ¿No qué? – Armando le cortó, lo que consiguió que el aludido se sintiera inseguro. No era la forma de actuar de su padre a la que estaban acostumbrados.

Se quedó en medio de los tres. Ninguno se atrevía a levantar la cabeza.

– Creo que habéis aceptado una oferta de Amador. O la vais a aceptar. ¿A qué esperabais a decírmelo?

Se miraron por turnos sorprendidos. Nuño era el que parecía estar más sorprendido. Los gemelos algo no le habían dicho.

– Papá, es… no era … nos dijo que… – David fue el que habló.

– Que no me dijerais nada. Conozco a Amador de sobra. – Se calló unos segundos para mirar a sus hijos directamente a los ojos – Sois tan egoístas y os habéis convertido en unos creídos, que pensáis que Martina e Íñigo os sobran. Porque ellos no entran en el trato. Os ha prometido un chelo con garantías. Pensáis que sois los mejores. Y sois buenos, pero no sabéis lo que el mundo os va a deparar. No tenéis ni idea. No habéis tenido ni un segundo de duda de dejar tirados a vuestros compañeros.

– Papá, no te pongas así, que tú sabes el primero que no están a nuestro nivel.

Íñigo que había permanecido a parte, apoyado en el respaldo de un banco, se incorporó y dio una patada a una lata que había en el suelo y se fue.

– No te pongas así, – le espetó a Íñigo mientras se alejaba – que lo sabes – David se giró de nuevo hacia su hermano – Ahora como está papá se pone digno. No vale nada, si todo el mundo lo dice.

– Uno se cansa de que le pongan verde, David. Y eso de que no vale nada, tampoco es cierto. Cada día toca mejor.

– Gilipolleces. Tú lo sabes también, así que no te pongas ahora estupendo. Ya está bien de perder el tiempo con conciertos para gilipollas.

– ¿Gilipollas? ¿Pepe es un gilipollas? ¿Es gilipollas la gente que os ha aplaudido hoy?

– Tenemos que tocar en sitios donde se aprecie nuestra música – afirmó convencido Rúl.

– ¿Y el público de estos días no aprecia la música? ¿Qué queréis tocar, solo para los que sepan definir una armonía? ¿O los que conozcan el número de Opus del Bolero de Ravel?

– Pues sí. Como tú antes.

– Pero yo he tocado en todos los sitios donde he podido. En asilos, en patios de comunidades, en hospitales, en comedores de pobres. En colegios. Si me hubiera dedicado a los especialistas, a los eruditos, me hubiera muerto de hambre. Y de asco. La música es para todo el mundo. No hace falta saber en que año nació Mozart para disfrutarla. Ni saber hacer una disertación sobre la importancia de Beethoven en la evolución de la música sinfónica. Y nuestra misión como músicos es hacer que eso sea posible.

– Así no ganamos nada. Amador nos ha dicho que ganaremos mucho dinero con él. Y nos codearemos con los mejores. Estaremos donde nos merecemos, y viviremos en una casa cómoda, con ascensor al menos, y sin necesidad de tocar para los vecinos.

– Pues nada firmad. Cancelaré los conciertos de la próxima semana. Me hubiera gustado no enterarme por otros y sobre todo antes de comprometerme con José Luis. Aunque a lo mejor busco sustitutos y hacemos algo.

– Armando, no te pongas así. – Nuño no se sentía cómodo con la situación – no hemos firmado nada y tampoco sé si lo vamos a hacer. Es una posibilidad que estamos barajando, pero si te has comprometido, no creo que pase nada porque estemos una semana más.

David miró con dureza a su novio. Éste levantó las cejas y comprendió nuevamente que algo no le habían contado.

– No hemos decidido nada – se excusó Nuño abriendo los brazos dirigiéndose a su novio. – No sé por qué me miras así. ¿O sí lo hemos decidido y no me he enterado?

– Ya te has acojonado. Estaba todo hablado.

– Lo habéis hablado vosotros, de mí solo pedías asentimiento. Y veo que algo se os ha olvidado decir.

– Ya te lo dije, David, es un mierda.

– Un mierda que os da alguna vuelta musicalmente, no lo olvidéis. – Armando les cortó; se centró en el que sabía que controlaba la situación, aunque el que mas hablara era David – Rúl, eres… en fin. La gloria siempre ha sido tu finalidad. Ahora piensas que no puedes llegar a ella junto a mí y te has apresurado a buscar otros caminos. – Armando se giró como para irse, pero se volvió de repente, enfrentándose directamente a ellos de nuevo – No hace falta que toquéis la semana que viene si no queréis. Soy tonto – leyó perfectamente la mirada de Rúl – si no pensabais tocar de ninguna forma, y cuando os pregunté hace un par de días, callasteis como puta. Ya improvisaré algo. Sí. Y posiblemente vuelva a tocar, estoy mejor de lo dedos. Con el tratamiento que estoy siguiendo, puedo volver a intentarlo.

– Papá, no… pensábamos decírtelo. – Rúl desvió la mirada de su padre.

– ¿Cuándo? ¿El martes? ¿el día antes de empezar los conciertos? Porque no ibais a tocar de ninguna forma. Por eso estáis tan cansados, de hacer los preparativos estas noches. Ya me parecía extraño que no se os oyera teniendo sexo.

– ¡Joder! Armando, que flash – Nuño se había puesto colorado.

– Es una tontería tocar en ese teatro, confíésalo. – atacó Rúl.

– Hoy ha habido más de cuatrocientas personas – rebatió Armando.

– Pero ¿Has visto que gente?

– ¿Y la gente que te escucha por las noches en casa? ¿Esa tampoco es lo suficientemente buena para vosotros? Y veo, ya veo.

– Pues es que no está bien que toquemos así. Así no nos valorarán nunca. Debemos guardar nuestra música para…

– Amador veo que ha hecho un buen trabajo. – atajó el discurso de Rúl, ya se sabía esa proclama de Amador – No tengo nada más que deciros. Tomémoslo como una despedida, aquí y ahora. De todas formas no pensabais despediros.

Se acercó a Rúl y le dio un beso en la mejilla. Siguió con David. Cuando le llegó el turno a Nuño, éste se abrazó a él y lo apretó.

– Armando – Nuño quería desmarcarse de los otros, pero otra mirada de su novio y se quedó callado. Se fue separando poco a poco y hundió su mirada en el suelo; se quedó pensativo observando a una lombriz en busca de tierra a la que hacer un agujero. Quizás ese agujero le valiera para esconderse él.

– O sea que somos una mierda el Íñigo y yo. – Martina se acercó como un torbellino después de que Íñigo le pusiera al día, cuando colgó el teléfono – ¡Oh! Primos, que… gilipollas sois. Es una mierda. Nos dais la patada sin decir ni mu.

Les dejó discutiendo en medio de la calle. Íñigo se acercó y se unió a la bronca. Armando bajó la cabeza y se dirigió a su casa. Caminó despacio, mirando a la gente pasar a su lado, imaginándose algunas de sus vidas, de sus preocupaciones. “Todos somos un secreto, hasta para nosotros mismos; mis hijos clavándonos un puñal; y su madre en el ajo”.

– Estarás contenta, Manuela. Tus hijos ya han consumado su huida – espetó a su mujer nada más llegar a casa.

Dejó de cortar la patata que tenía en las manos. Se secó con el dorso de la mano derecha, la que tenía el pelador, la frente.

– No se de que me hablas.

– Perdona, sí se me había olvidad que las negociaciones las has llevado tú. Por detrás como siempre acostumbras.

– Estás loco – contestó sin alterarse Manuela.

Armando no dijo nada, solo la miró. Apretó los labios y se fue al armario para sacar los platos e ir colocándolos en el salón. Se lo pensó mejor y fue a otro armario y sacó un paquete de platos de plástico.

– Va a venir mucha gente.

– Pues comerán nada. No pienso hacer nada. Creo que me voy a dar una vuelta.

– Relájate, Manuela. Va a ser cierto eso que me dijo el otro día Reme, que la que estás tensa eres tú. ¿Alguna otra sorpresa me has preparado? ¿Os vais todos esta noche?

– Papá, va a venir Carlos a cenar. ¿Te importa? – Inés entró como un torbellino en la cocina.

– No me parece bien, ya te lo he dicho, que … – su madre la fulminó con la mirada.

– Claro que puede venir. – contradijo Armando.

– Ya le he dicho yo que no… – Manuela empezaba a no controlar su cólera.

– David vive con su novio ¿no? No veo por qué no puede venir a cenar y a escuchar música el novio de tu hija. ¿O tenemos dos clases de hijos?

Manuela se revolvió adusta para seguir pelando y cortando la patata que tenía en la mano.

Armando salió de la cocina con su hija. Inés iba casi llorando de rabia. No soportaba que por ella hubieran discutido sus padres. “Ya le digo que no venga, que hay mucha peña y tal”. Su padre la acarició la mejilla, la dio un beso en la frente, y la dijo: “Dile que venga, así lo conozco y miro a ver si estoy de acuerdo con tu hermano”. “Bobo, no me tomes el pelo. Y además a Artur le cae estupendo, lo dice para fastidiar”; “Le diré que traiga algo de comer, mamá no ha preparado nada”. Suspiró. “¿De verdad que no te importa?”

– Papá ¿qué van a tocar mis hermanos? Para decirle… quiere leer algo antes de venir, para no parecer un bobo.

Turina. Piano y cuerda. Escucha – y se acercó al equipo de música y dio a un botón.

 .

 .

– Bueno, eso si tocan, que ya veremos. – una pequeña nube de tristeza le tapó los ojos.

– Pues toca tú con mamá, sería genial. Tocas mejor que ellos.

– ¡¡Hummmmmmm!! Es mentira pero me gusta que me lo digas.

– Para nada. No tienen tu magia. Mucha tontería de agilidad y polladas de esas pero no tienen magia.

– Sí la tienen. Y no hables así, que no me gusta.

Inés de acercó a su padre con cara apenada. Lo miraba de reojo. Quería preguntar pero no se atrevía.

– ¿Me lo vas a decir?

– Artur me ha dicho que les ha oído que se dan el piro. Esta noche. Y mamá le ha preguntado si quiere irse con ella. Pero le dijo que no, que se quedaba contigo – se apresuró a aclarar Inés.

– Parece que sí. Debería haber tenido al enano aquí estos días para enterarme antes de las cosas.

Inés se acercó a su padre y lo abrazó.

– Nosotros no te dejaremos nunca.

– ¡Mentirosa! Claro que me dejarás. Pero me alegro que no sea hoy, he llegado a dudarlo. Mira, llaman. ¿Vas a abrir?

– Guay.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)

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2 pensamientos en “I Semana de la música: “La historia de Armando (VI)” con el cuarteto de piano y cuerda de Turina.

  1. Tus historias siempre me enganchan y esta no es una excepción, ya estoy imaginando finales, teniendo simpatías e inquinas a según que personajes… Y ya estoy esperando el siguiente episodio.

    Un abrazo.

Sería interesante que nos dijeras algo. ¡Comenta!

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